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ENEMIGOS DEL PROLETARIADO CATALÁN
Recuperamos este texto de 1932, de indudable interés histórico. El mítico sindicalista Juan
García Oliver critica implacablemente las políticas de ERC y demuestra el
carácter antiobrero y profundamente demagógico del nacionalismo separatista catalán.
Juan García Oliver, dirigente histórico de CNT desde la prisión (año 1932).
Hace solamente unos quince años, los trabajadores de Cataluña dieron patentes
pruebas de haber superado la tradición histórica de su pueblo. Cataluña, la
Cataluña auténtica, la que trabaja y piensa, había relegado al olvido, como
quien se desprende de algo que por anticuado es inservible, el anhelo
separatista que de una manera tan pobre e insustancial se empeñaban en sostener
un puñado de sacristanes investidos de los atributos de la literatura. La
«Historia de Cataluña» de Víctor Balaguer ni siquiera era leída por las personas
más cultas de la intelectualidad catalana. El pueblo hacía tiempo que había
dejado de leer los acaramelamientos patufetistas a lo Folch i Torres, quien
solamente conseguía entretener los ocios de las estúpidas hijas de los
burgueses.
El trabajador catalán pensaba y obraba por encima de sus estrechas fronteras
locales. Todo lo más, recogiendo la parte sana de su espiritualidad: ofrecía a
los pueblos ibéricos un tipo de organización proletaria que, como la CNT,
permitía, dentro de sus amplios principios federalistas, la posibilidad de
estrecha y fraternal convivencia de todas las regiones peninsulares. Cataluña se
superaba ella misma, y aparecía ante el mundo revestida del más elevado sentido
de universalidad.
La CNT dio un serio golpe a todos los localismos, regionalismos y separatismos
de España. Por primera vez, los españoles encontraron un punto de convivencia y
mutua compenetración. La espiritualidad federalista e internacionalista del
anarquismo habían obrado el milagro. Tocaba a un puñado de aventureros de la
política el ser los atentadores y destructores de este caso de simpatía y
fraternidad ibérica, que ojalá pueda verse restaurado y hecho extensivo a todos
los pueblos del globo.
Mientras que por un lado, la CNT se dedicaba a la gigantesca labor de dar una
unidad federalista a los trabajadores españoles (elemento indispensable para
poder realizar sobre bases sólidas la gran revolución social que se proyectaba
en nuestro país), había por otro lado en Cataluña, un pequeño núcleo de
tenderos, curas y ratones de sacristía que se dedicaban a hacer política
separatista. Nadie les hacía caso. Vivían ahogados por la gran gesta
revolucionaria que llevaban a cabo los trabajadores de Cataluña y España. Pero
vino la dictadura de Primo de Rivera y, con ella, la idiota política de
perseguir a esos cuatro tenderos, curas y ratones de sacristía, produciendo una
leve exaltación de aquel sentimiento de catalanidad que tan acertadamente
definiera el poeta Josep Carner, y que nada tenía de común con el sentido
político separatista, de los cuatro logreros de la política de las cuatro barras
y la estrella solitaria.
Con la persecución de los pocos separatistas, vino la desbandada hacia el
extranjero y los comploteos ridículos de gentes que, inútiles para el trabajo,
se pasaban el tiempo en las mesas de café diciéndose pestes unos de otros y
demás tonterías por el estilo. Nada grande ni de importancia acometieron
aquellos separatistas contra la dictadura primoriverista, ni por la obtención de
su cacareada independencia. París, el de la holganza, la bohemia y la golfería,
se les ofrecía con todos los atributos de sus reducciones ¿Quién, de aquellos
vividores que se decían separatistas, pensaba sinceramente en la independencia
de Cataluña? Bien claro se ha visto: ninguno.
El separatismo de los separatistas de Cataluña, la idealidad de esos hombres que
hace unos meses, cuando dirigían sus peroraciones al pueblo, se llenaban la boca
con aquellas expresiones de «queridos hermanos», «os quiero como a hijos míos» y
demás zarandajas paternalistas, ha quedado demostrado hasta la evidencia que
tanto su separatismo como su idealismo quedaba reducido a un afán de comerse a
Cataluña, a San Jorge y a la misma Generalidad, antigualla carcomida que con
muchas prisas y sudores extrajeron de los archivos históricos tan pronto como
los gobernantes de Madrid se sostuvieran un poco sobre los patriarcales bigotes
de Macià [sic].
De hombres y políticos traidores ¿qué se podía esperar? El humillado por un
superior gusta de humillar a sus inmediatos inferiores. Aquellos políticos
hambrientos de sinecuras, arriaron la bandera del separatismo solamente porque
se les tolerara el comer a dos carrillos. Por de pronto, se comieron las barras
y la estrella solitaria; después, todo cuanto ha caído bajo sus fauces abiertas,
hasta su propia vergüenza.
Pero había unos hombres, los anarquistas, que les estorbaban durante su
cotidiano deglutir. Los anarquistas les decían a los trabajadores cuántos
apetitos inconfesables esconden las melifluas palabras de los políticos, aun
cuando esos políticos se denominen de «la Izquierda catalana». Y a medida que
los anarquistas conseguían que el pueblo trabajador fuera dejando,
despreciativamente, a los políticos que comían y a los que estaban a dieta
esperando su turno, los hombres de ese partido que se denomina Esquerra
Republicana de Catalunya palidecían de ira al pensar que la propaganda
anarquista, de seguir extendiéndose, amenazaba con arrancarles la pobre Cataluña
que ellos se tragaban.
Fue entonces cuando los políticos agazapados en la Generalidad se juraron el
exterminio de los anarquistas. Aún retumba el eco de las palabras de amenaza
pronunciadas por Lluhí y Vallescà en el Parlamento, al referirse a los
dirigentes de la Federación Anarquista Ibérica. Reciente aquella expresión
rufianesca de Companys, al decir después de la huelga general de septiembre, que
había que apretarles los tornillos a los extremistas de Barcelona. Cálidas y de
actualidad resultan todavía, aquellas declaraciones de Macià en las que decía
que era de suma necesidad expurgar a Cataluña de los elementos morbosos.
Se han cumplido las amenazas de Lluhí y Vallesecà, los deseos de Companys y las
saludables intenciones de Macià. Los hombres de la Federación Anarquista
Ibérica, los extremistas, los morbosos, ya están presos los unos, y ya marchan
hacia la deportación los otros.¿Qué más os falta, señores de la Esquerra
Republicana de Catalunya? ¿Ya podéis comer y digerir bien? ¿Para cuándo ese
Estatuto ridículo que no podría servir ni para regir los destinos de una
sociedad de excursionistas?
Desde hace años, la CNT, organismo anarquista y revolucionario, bajo sus
principios federalistas acogía a todos los trabajadores de España, dándoles al
mismo tiempo una unidad espiritual. Hoy, los elementos verdaderamente sanos de
la CNT, los no contaminados por el virus político y burgués, que es casi decir
todos sus militantes, han reemprendido la magna tarea de refundir en una sola
idealidad los sentimientos del proletariado ibérico. Frente a los militantes
anarquistas de la CNT, se levantan con su política localista y regionalista,
aquellos cuatro tenderos, curas y ratones de sacristía de ayer, muy bien
enchufados hoy a las arterias de Cataluña, pretendiendo destruir la solidaridad
del proletariado español.
Dentro del palacio de la Generalidad, elaboraron un Estatuto que decían
concretaba las aspiraciones de Cataluña. Hubo una farsa de plebiscito para su
aceptación. El Estatuto será o no será aprobado por las Constituyentes ¿Qué más
da?... Cataluña, y esta vez de una manera verdaderamente democrática, ha dicho
ya cuál tiene que ser su Estatuto, su auténtica manera de vivir para el
futuro... Cataluña, solidaria otra vez del resto de España, desprecia a sus
políticos, y mientras que en Corral de Almoguer, Almarcha y otros pueblos
hispanos izaban la enseña revolucionaria como símbolo de sus apetencias
renovadoras, Fígols, Cardona, Berga, Tarrasa, en un bello amanecer, cuando las
brumas se disipaban, descubrían al mundo un nuevo porvenir bajo el aletear
electrizado de sus rojos y negros.
Ya pueden los enchufados enemigos del proletariado catalán amenazar a los
componentes de la Federación Anarquista Ibérica y pedir que se aprieten los
tornillos a los extremistas y propugnar exterminios de «morbosos». No importa,
Cataluña ha dicho ya, y eso de una manera que no deja lugar a dudas, que quiere
vivir sin políticos, sin burgueses, sin millonarios, sin curas, ni ratones de
sacristía. El obrero catalán se funde otra vez con el obrero de España y del
mundo entero. Por encima de la Izquierda Catalana y de sus encubiertos corifeos.
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