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Sobre el Fatalismo
Hay algo en este mundo que no soporto, y ese algo es el fatalismo. Ese ‘dar
por hecho’ que las cosas van a suceder de una manera determinada, por una
especie de inapelable decreto del destino... Desgraciadamente, ese fatalismo,
tan semita, tan monoteísta, ha invadido y obliterado las mentes de una gran
mayoría de nuestros hermanos arios. Me refiero, concretamente, a ese mensaje no
subliminal precisamente, sino bien explícito y bien extendido que encontramos
por todas partes, según el cual “el futuro del mundo es el mestizaje”.
Todos los mass media lo dan por hecho, no digamos el establishment político,
y nos lo ornan como una meta maravillosa, y bueno, nada tiene esto de extraño
que digan esta falacia, pues sabemos muy bien a qué amo sirven todos esos
poderes fácticos. Lo que me parece grave de verdad es que la gente se lo cree, y
a pie juntillas, sin ponerlo en duda. No hay nadie con quién hables -en
referencia a este tema- que no haya caído en esa vergonzosa rendición de la
voluntad que es el fatalismo. Para empezar, la mayoría ni siquiera se da cuenta
que cuando se nos está bombardeando el cerebro con el susodicho mensaje, lo que
se pretende, hablando a las claras, es que la raza aria desaparezca del mapa. Ya
consiguieron los adláteres del demiurgo Jehová nuestro estancamiento
demográfico, pero como eso no les basta porque tienen prisa por no ver ni a un
blanco sobre el planeta, ahora ¡venga mestizaje!, como diciéndonos: “sigan
aceptando a todos los inmigrantes del mundo, y, por caridad también, sería bueno
que además se mezclaran con ellos”. Sé que digo esto como muy ‘a lo bestia’,
pero bien sabéis, camaradas, que es así.
Una de las múltiples razones por las que me encanta la filosofía y el
pensamiento de Julius Evola, es porque en él no tiene cabida alguna el
fatalismo, en el que vio con una meridiana claridad que se trataba de una visión
semita del mundo y de la historia. El fatalismo es algo completamente extraño y
ajeno a la raza aria, como bien sabemos por nuestra excelsa y heroica historia.
Si hay algo que nos ha caracterizado desde siempre ha sido nuestra fuerza de
voluntad -el mismo Hitler era, en términos hindúes, el Señor de la Voluntad
Absoluta-. Hay una imagen arquetípica muy aria que siempre tengo además presente
cuando hablo con mi familia o con mis amistades de este tema, y es la de Ulises
atado al mástil del barco para no dejarse llevar por los cantos de las sirenas.
Hoy, desgraciadamente, casi todo el mundo se ha tirado al mar… Sólo unos
pocos nos mantenemos sordos a los ruidos de este inarmónico y caótico mundo que
nos rodea por todas partes. Nuestra sangre, en todo sentido, no está contaminada
y no permitiremos jamás que lo esté, porque nuestro honor se llama lealtad.
Lealtad a nuestras raíces que provienen más allá de las estrellas, pues nuestro
origen es divino -como bien resaltó Nietzsche en “La genealogía de la moral” al
recordarnos que la palabra ‘godo’ proviene de ‘dios’- y no hemos creído nunca en
esa mixtificación que es la monogénesis. Lealtad a nuestros antepasados arios, a
nuestros ancestros de los que nos sentimos tremendamente orgullosos, y a los que
queremos honrar siguiendo su ejemplo y teniéndolos siempre presentes en nuestros
corazones. Lealtad a nuestros hermanos y camaradas que derramaron su sangre en
los campos de batalla para hacer posible el hermoso sueño de Ariana Vaiji…
Lealtad, en fin, al inmenso legado que nos dejaron, y que no podemos ni debemos
permitir que se pierda para siempre en la repugnante mezcolanza de sangres que
preconiza y apoya, desde la sombra, el enemigo eterno de nuestra raza y de todas
las razas, el judío internacional.
Frente a la uniformidad mundial que desea realizar el sionismo (esa mezcla
indecente de judíos y traidores blancos), los vigilantes del alba, los
peregrinos de la eternidad, los arios despiertos hemos de velar por la llama
eterna sin caer jamás en el desánimo ni en ningún tipo de fatalidad. Para
contrarrestar esa infame uniformidad que se pretende de seres alienados y
clonados a nivel mundial, hemos de mantenernos muy unidos y cohesionados, y
ahora más que nunca. Y esta unidad nada tiene que ver con la uniformidad, pues
como bien sabéis éstos son dos conceptos distintos. Bienvenidas sean pues todas
las corrientes de pensamiento -evolianos, guenonianos, serranistas…- de las que
nada tememos, pues ya se daban también, en su contexto, en el glorioso Tercer
Reich. Lo esencial es que, como en aquel entonces, haya una serie de puntos
comunes e inamovibles, la de nuestra cosmovisión nacional socialista, pues todos
nosotros somos nazis, y a mucha honra. Frente a los anti-valores de la
modernidad, defendemos y postulamos los valores solares y heroicos de la
Tradición, y esto es lo que verdaderamente importa. ¡Ánimo, hermanos y hermanas
arios/as, y a luchar día a día por la pureza de nuestra sangre divina!
Heil Hitler! Sieg Heil!
Rodrigo