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Blas Infante “padre de la patria andaluza”

 

Estimados camaradas.

Llevo bastante tiempo acudiendo a vuestra página web, y aprendiendo siempre de todos los contenidos que ponéis en ella. Admiro muchísimo vuestro valor y vuestra audacia, y comparto total y absolutamente vuestros ideales, que son los míos desde que tengo memoria. Tengo 45 años y resido en Granada.


El caso, amigos míos, es que me dedico a escribir desde hace mucho tiempo, pero no me han publicado nada, por la sencilla razón de que nada de cuanto he escrito lo he mandado a ninguna editorial, entre otras razones porque sé que el establisment nunca me lo iba a publicar… Ya conocéis al Sistema… Pues bien, el otro día, leí (en la Red) un discurso político andalucista del ex ministro Luis Pimentel que me indignó bastante, y se me ocurrió hacerle una réplica. Al final, modestia aparte, me gustó tanto lo que escribí que decidi enviaroslo por si teneis a bien publicármelo en la sección que creáis conveniente.

Siempre a vuestra disposición, vuestro amigo y camarada

Rodrigo


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Hace pocos días tuve la ocasión de leer íntegramente -en la Red- el discurso oficial que se pronunció en Sevilla con ocasión del 73 aniversario del fusilamiento del “padre de la patria andaluza” Blas Infante. Pongo aquí un breve fragmento de tal discurso para inmediatamente después contradecir, con sólidos argumentos, lo que en él se dice...

“Blas Infante pronto se diferenció del nacionalismo vasco y en gran medida del catalán, por tener bases étnicas y raciales, mientras que el andaluz lo debía de poseer ético o moral, basado en la filosofía de la libertad de la persona, y con una nítida expresión cultural. “Andalucía siempre ha sido y será tierra abierta, que recibe con los brazos abiertos y que hace suyos a los que con nosotros viven” gustaba repetir con orgullo. Contrapuso el “Cataluña para y por los catalanes” de los nacionalistas catalanes con el “Andalucía, por sí, para España y la Humanidad”. Toda una tradición de abierta generosidad contrapuesta al exclusivismo del nacionalismo clásico. ¿Ante qué modelo nos sentimos más cómodos los andaluces de hoy? ¿Cuál de las dos perspectivas puede ayudar a construir un mundo más solidario y pacífico? Sin duda alguna seguimos abrazando los hermosos postulados del notario andalucista […] Aquellas tierras que la basan en criterios étnicos están condenadas a encerrarse en sí mismas o morir. Aquellas otras que, como Andalucía, mantenemos una fuerte identidad cultural que sobrevuela lo racial, seguiremos enriqueciendo sin merma nuestro acervo común. No podemos adivinar el futuro, pero estamos seguros que lo andaluz será más reconocible en el futuro que las identidades étnicas que precisan de las muletas oficiales para su conservación asistida. Paradojas de la vida. Nuestra patria abierta tiene raíces más profundas que sus naciones de razas y apellidos, porque está prendida en el pueblo mismo…” Hasta aquí el extracto.

Está claro que, salvo algunas excepciones, el modelo con el que se sienten más cómodos los andaluces de hoy es con el postulado por Blas Infante. Pero, remitiéndonos a los hechos, tal modelo “abierto” no ha posibilitado que Andalucía sea más solidaria ni más pacífica. A lo mejor pues el modelo no es tan bueno como se supone. Tanta apertura, tanto mestizaje, tanta alegría mal entendida, tanta jarana, no sólo no ha impedido el individualismo y la violencia, sino que han estimulado ambos males.


Por si fuera poco, tal idiosincrasia es la causa -es difícil, muy difícil no verlo- de que, como reconoce el mismo autor del discurso, sigamos “teniendo la tasa de paro más alta de toda Europa”. Si triplicamos la tasa de paro europea, y duplicamos el de otras muchas zonas españolas, y el mismo autor admite que la respuesta debe estar en nosotros, en el pueblo andaluz, habremos de reconocer al menos que algo tiene que cambiar en la actitud de los andaluces… Porque lo que está claro es que los tan vilipendiados vascos y catalanes, con su “pérfido” nacionalismo clásico y tribal, han alcanzado mayores tasas de bienestar y de progreso en todos los aspectos. Y sería absurdo no admitir que ambos pueblos también tienen una fuerte identidad cultural que no necesita precisamente de “muletas oficiales para su conservación asistida”…

Andalucía no está enriqueciendo su acervo cultural común, pues es una región estancada y anquilosada en los tópicos, en las “sevillanas”, en los “rocíos” y en los toros desde hace mucho tiempo… Por más que le pese al ilustrado conferenciante, esa alegría andaluza tiene mucho de frivolidad, de superficialidad, de banalidad, y poco o nada de “sabiduría”. Andalucía está ebria de alcohol y de corridas de toros, de pasos sangrientos de semana santa, de quejíos y de pereza endémica, y lo único que se enriquece, desde hace más de treinta años, en esta región subdesarrollada es una entidad: el tesoro de una oligarquía política que -votada eternamente por un pueblo inculto y subsidiado- se ha enriquecido hasta el punto de convertirse en un nuevo caciquismo, la plutocracia socialista (los socia-listos…) Todas estas realidades indiscutibles las omite el insigne orador. Es una pena.

La inmensa mayoría de los andaluces no son ni profundos ni sabios, y les cuadra todavía el “mito” de la pandereta y las castañuelas, tanto en el sentido literal como en el metafórico. Aquí hay mucho “cachondeíto”, mucho hedonismo, mucha juerga, mucha picaresca y poca o nula responsabilidad. Ya quisiéramos ser como las regiones del norte… Sinceramente, no tenemos motivos para el orgullo. Siento desmontar el florido discurso del conferenciante andalucista con esta dosis de realidad, pero, como dice el refrán, “la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero”.

Por otro lado, es más que ostensible la insistencia del autor, a lo largo de su conferencia, en defender “nuestro milenario mestizaje” al que “no renunciaremos jamás”; llegando a afirmar además que “aquellas tierras que la basan en criterios étnicos están condenadas a encerrarse en sí mismas o morir…”

La superposición de una inmensa variedad de culturas (tartessos, fenicios, íberos, celtas, romanos, godos, vándalos, semitas…) no es ni constituye un “mestizaje”. No hay que confundir ambos términos. De hecho, el mismo autor admite -en el discurso referido- que fueron siempre los andaluces, y no los foráneos, los que construyeron aquellas edificaciones como la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba, Medina Azahara, o los Alcázares de Sevilla, que tanto nos admiran. El mismo conferenciante admite pues un sustrato racial común, allende las culturas que nos visitaron y que se inocularon en nuestra historia. Esto es una cosa y otra bien distinta es el mestizaje, que implica por sí mismo una fuerza entrópica y una vibración negativa que siempre tira hacia abajo ya que contraviene el orden natural. Así, sería mestizaje todo lo que es caótico y contranatura: la mezcla racial, la “música” rap, el jazz, el libertinaje sexual (promiscuidad, bestialismo, homosexualidad…), la interculturalidad simultánea que genera un batiburrillo ininteligible y una guetización de la sociedad, etc., etc., etc. Mestizaje e inorganicismo es lo mismo. – Y si Andalucía está en la bancarrota se debe a que pese a que mantiene aún su sustrato racial común (y quizá no por mucho tiempo), ha adoptado las formas más nefastas del mestizaje propio del sincretismo y la globalización. Se ha dejado engullir por el espíritu de los tiempos, como tantas otras regiones del planeta. En esto no es una excepción…


Pero no nos desviemos del discurso andalucista. Disiento también de esa afirmación, antes mencionada, según la cual “aquellas tierras que la basan en criterios étnicos están condenadas a encerrarse en sí mismas o morir…” Pues bien, es justo lo contrario. Aunque, a fuer de ser sinceros, no hay hoy en día ningún pueblo o nación que base su devenir existencial en criterios étnicos (al menos conscientemente), lo que sí es cierto es que del mismo modo que aquellos pueblos en los que se ha dado un mayor mestizaje racial (Brasil, Colombia, Venezuela, todo el Caribe…) son los más pobres de la tierra [*], y poseen los más elevados índices de criminalidad, aquellos pueblos que han conservado una homogeneidad racial son los más adelantados en desarrollo económico, en conciencia cívica, en progreso social auténtico, en calidad de vida y en bienestar general. Piénsese en Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Suiza, Austria, los Países Bajos… Aunque estos países modélicos padecen una inmigración galopante (como el resto de Europa) aún están a salvo de los efectos deletéreos de la globalización y la multiculturalidad, al menos por ahora.

Estos países no están condenados a morir por haber mantenido su identidad racial, sino que es justo al revés, es cuando empieza a menguar su población aborigen en la misma proporción en que crece la inmigración, cuando estos pueblos empiezan a morir... Si hubieran seguido “encerrados en sí mismos” no estarían “condenados a morir”. Se equivoca pues de plano el orador andalucista. Desde el momento en que un pueblo se abre al exterior, no para expandirse, sino para dejarse devorar por identidades extrañas a su hábitat y ser natural, ha firmado su sentencia de muerte a corto o largo plazo. Es una ley implacable que vemos hasta en el reino animal. Cuando una especie se cansa de vivir, dejando de reproducirse, y se repliega en su territorio, dejándose invadir por otras especies más numerosas y que se reproducen rápidamente, al final esta especie sustituye a aquélla, como es absolutamente lógico.

En términos humanos, el mentado cansancio tiene un nombre claro: nihilismo. Y el nihilismo es la gran enfermedad de Occidente. La raíz de su decadencia y su agonía. El ‘problema’ de Andalucía, en el fondo, no es pues más que el mismo que padece el resto de nuestra otrora civilización, actual sistema. Ya no se cree en nada, se han agotado ‘todos’ los recursos de verdades universales, y no hay ningún megarrelato cohesionador a la vista. Bien al contrario se está de vuelta absolutamente de todo. Ya nada puede unirnos: ni una moneda común, ni una religión, ni unos valores, ni un proyecto histórico, ni una ideología política… Nada de nada. Ya se han padecido demasiadas guerras, demasiados desengaños, demasiados despedazamientos, demasiados desgarramientos en la vieja Europa, como para poder continuar viviendo con un mínimo de ilusión sobre sí misma o sobre su futuro… Me temo que la raza blanca ha agotado su savia y quiere morir, su instinto de supervivencia ha desaparecido. Ha sucumbido a Tánatos. Con mucha pena y sin alborozo alguno, sólo siendo conscientes de una realidad antropológica que parece ineluctable, sólo cabe entonar un réquiem por un pueblo, el indoeuropeo, que ya no quiere vivir. Las pocas células vivas de este gran cuerpo, ya moribundo, sólo podemos hacer una cosa: entonar sus viejas glorias y morir con una canción en los labios…

Pero no quisiera ser de tan realista pesimista. Soy nacional socialista y, como tal, idealista, y no sucumbiré pues al abominable nihilismo. Desearía recordar aquí, a este respecto, las últimas palabras que pronunció antes de morir el gran músico alemán Richard Strauss: “Hace cincuenta años escribí y compuse Muerte y Transfiguración”. Luego, tras un silencio, añadió: “No me equivoqué. Era exactamente eso…”

En el límite en el que el propio límite deja de serlo para convertirse en un tránsito vemos un inquietante e ineludible testimonio: su realización corresponde desde luego a la fe profesada en lo más recóndito del alma. Si recordamos los últimos compases del poema sinfónico citado, comprenderemos lo que quiere decir esta constatación en presente, cuando lo último se convierte en un comienzo: todo lo que se presintió, todo por lo que hubo dolor y gozo, lucha y esperanza, mantenida en secreto como un desafío, es ‘eso exactamente’... Sólo importa una cosa en la noche que envuelve a nuestra raza aria: que crezca su luz diamantina, esa incandescencia que permite reconocer la “Tierra de los Arios”… La Tierra de Luz de las ciudades de esmeralda…

Un saludo a nuestro estilo

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Rodrigo

[*] Por descontado, he hecho una generalización al hacer referencia a los países donde se ha dado, en cuestión de porcentaje, un mayor mestizaje racial. Desde aquí envío, de todo corazón, toda mi solidaridad y todo mi respeto y todo mi cariño a aquellos hermanos arios que viven en América, y que, como nosotros los europeos, sufren en su alma y en sus carnes con la visión horrible del mestizaje, con la mezcla de sangres, y con la confabulación judía mundial que pretende acabar con nuestra amada raza blanca.

 


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