LA INMIGRACIÓN Y LA NECESIDAD DE FORMACIÓN
Me encontraba leyendo en mi habitación un ensayo sobre la antigua civilización de Tartessos. De este enigmático pueblo se sabe que poseía grandes riquezas, un sistema político que quizá era el más avanzado de toda hispania en aquel momento, una monarquía estable, un ejercito, y sus habilidades comerciales han quedado patentes por las menciones que se hacen en las pirámides de Egipto y en la misma Biblia en la cual se menciona a  ìlas naves de tharsisî. Sin embargo, un día llevados por un espíritu comercial que les animaba a las mayores temeridades, arribaron a las costas tartésicas las naves de un pueblo distante y diferente. Los fenicios.
Se produjo entonces lo que los historiadores han llamado la ìcolonización culturalî, el pueblo recién llegado enseñó a los tartésicos el valor del oro, la plata y los metales que existían en abundancia en su territorio, la explotación de las riquezas minerales conoció entonces un gran impulso, hasta el punto que se piensa que parte de la población tartésica fue obligada a trabajar en las minas como esclavos por sus propios reyes. Finalmente esta civilización desapareció, sin hacer ruido y sin dejar demasiados rastros, No se conoce con exactitud el motivo de la desaparición de tan gran imperio, pero resulta evidente que la mano extranjera no era inocente. Tras los comerciantes semitas vinieron los componentes de su (podríamos decirlo así) brazo armado. Los terribles cartagineses. Un pueblo que vivía en paz y armonía desapareció en medio de la vorágine provocada por la destrucción de su tradición y la avaricia motivada por el deseo de tener más y más de aquellos hermosos productos producidos en lejanas tierras o en las factorías que los fenicios establecieron en España.
Esto me hizo reflexionar sobre el tema de la inmigración y la política en la España actual. No resulta difícil ver como la afluencia masiva de inmigrantes provoca la preocupación de muchos. Esta afluencia de gentes foráneas no sería preocupante de tratarse de solo unos pocos cientos de individuos y de no existir una fundada sospecha de que es favorecida desde las más altas instancias del propio Estado o por otros poderes fácticos que es obvio citar.
Hoy en día parece ser el argumento principal para aglutinar tanto los esfuerzos como la unidad de todos los movimientos de carácter nacional-revolucionario. Es indudable tanto su importancia como el preocupante cariz que van tomando los acontecimientos. La lectura o audición de cualquiera de los innumerables ìmedios de informaciónî ya sea prensa,  radio o televisión arroja datos escalofriantes: zonas de España bajo el control del terror islámico, donde existe una cultura dominante ìde  factoî que no es la nuestra, otras en las que, poco a poco, se va camino de perder la identidad cultural europea para convertirse en una colonia extranjera (los medios llaman a esto cínicamente ìzonas multiculturales en las que conviven pacíficamente gentes de diversas procedencias), aumento
espectacular de la delincuencia, curiosamente extranjera.
Esta masiva infiltración forzosamente ha de provocar un choque cultural, pero el sistema está preparado para afrontar esto. Cuando en una zona del territorio nacional, los ciudadanos no soportan más las continuas agresiones, robos, violaciones, asesinatos y demás amenazas a las que se ven sometidos y se termina produciendo el enfrentamiento o simplemente elevan quejas a las autoridades que debieran defenderlos, son rápidamente tachados de racistas, de fascistas (por más que lleven el carné del partido comunista desde los años 60) y de incultos e intolerantes.
Siempre hemos escuchado decir en los más variados foros que la legislación en España está hecha para defender al delincuente. Se trata de un tópico provocado las más de las veces por el intento de dar protección legal a un acusado antes de quedar demostrada su culpabilidad pero en este caso se convierte en una realidad manifiesta. Todo aquel blanco que ose realizar acusación o acción alguna contra un miembro de un grupo racial distinto será invariablemente tachado de racista. No se minimizará esta condena moral ni se harán otras consideraciones. En cambio, de tratarse de un extranjero, rápidamente varios tertulianos, columnistas de prensa y políticos nos explicarán que el inmigrante se ve obligado a delinquir por las paupérrimas condiciones en las que subsisten. Lo que no nos dicen es por que no vuelven a sus países de origen si tan mal les va en Europa. ¿Quizá allí no resulta tan beneficioso el crimen?
Es la debilidad del propio sistema judicial Español, es el temor del gobierno a aplicar las leyes que el mismo aprueba, tan solo para calmar el clamor popular, quien lleva la nación a esta situación.
Pero mientras los políticos discuten de forma estéril, el número de victimas aumenta, las más de las veces por causa de un individuo que ya ha sido detenido en otras ocasiones y que la inoperancia judicial española, tan presta siempre a detener y condenar a ìpeligrosos fascistasî han dejado en  libertad a la espera de juicio.
Para colmo de males, tras calmarse los ánimos en las zonas en que se producen este tipo de altercados ìracistasî, cuando las auténticas víctimas (es decir, los vecinos de la localidad) han sido suficientemente criminalizadas por la prensa, radio, y TV y con ello se ha enviado un tácito mensaje a todo aquel que piense quejarse en un futuro, suelen aparecer, a los dos o tres días, noticias de que la confederación de empresarios, el gobierno u otra institución oficial nos comunican que es necesario aumentar el cupo de inmigrantes. El arma más utilizada es la necesidad de mantener vivo el actual sistema de pensiones.
A fin de cuentas ¿qué les importa a ellos , a nuestros políticos y empresarios, que vengan más gentes a colonizar, y a veces a parasitar, nuestra tierra? ¿Qué importa el choque cultural que ineludiblemente ha de producirse con la masiva afluencia de los desheredados de otras tierras?  La experiencia y el análisis de la vida de la mayoría de estos îrepresentantes del puebloî nos mostrará que no pertenecen al pueblo, es más, desprecian al pueblo. Lo consideran incapaz y estúpido, el pueblo solo es el medio del cual se sirven para lograr sus fines. Desde el nacimiento muchos de estos ìdirigentesî han sido diferentes, se han criado en colegios privados, han realizados estudios y carreras y posteriormente se han recluido en sus despachos y urbanizaciones privadas. Verdaderos ìgetthosî dorados, lejos del ruido, el sufrimiento, las incomodidades y los problemas que provoca la mezcolanza cultural en los barrios de cualquier ciudad.
De cuando en cuando, por necesidad y culturilla, estos personajes encargan una encuesta sobre las inquietudes de los españoles, analizan las respuestas y hábilmente trastocan todos los resultados para adaptarlos a sus particulares conveniencias. Dicho de otro modo, si la gente se queja del alto número de inmigrantes en el barrio se les tacha de incultos y racistas. Si, además, se culpa a los inmigrantes de la delincuencia, se dice que es debido a que no encuentran trabajo (curioso, ¿no se necesita teóricamente más de un cuarto de millón de inmigrantes para trabajar? ¡El trabajo debería sobrar a espuertas!) Y rápidamente se liberan fondos para dotar de vivienda y ayudar a los foráneos.
Los españoles no tienen derecho a estos fondos ni a alquileres de bajas rentas, pues es sabido que han tenido todas las oportunidades y los que no han conseguido una situación laboral estable no son más que ìvagos e incapacesî.
De todas formas, pese a todo,  todavía algunos pobres muchachos inmigrantes cometen algún que otro pecadillo de juventud, pese a tener 40 años, y el racismo despreciable del pueblo español provoca tumultos e incluso algunos se atreven a realizar manifestaciones de carácter racista en algún que otro medio de comunicación. ¡Nada, nada!, en este caso la solución es más simple, porque la historia de España nos enseña que el despotismo ilustrado es la regla a seguir. Se imponen códigos penales que castigan cualquier manifestación de autodefensa y que prohíben expresamente realizar declaraciones contra estos pobres infortunados de lejanas tierras so pena de resultar permanentemente incapacitados para ejercer cualquier cargo público o incluso amenazando con la cárcel. . Eso sí, no nos prohíben pensar libremente lo que deseemos, que en el fondo ellos creen en el la democracia y eso sería un acto fascista ¿o es que quizá se ven imposibilitados para demostrar lo que cada uno de nosotros pensamos? Si hubiese alguna forma de saber lo que cada uno piensa ya veríamos si tardaba en ver la luz alguna ley al respecto. En este sentido, los alemanes, que como todos sabemos siempre han sido una de las más avanzadas naciones de la tierra ya se han adelantado, condenando algunas mentes libres, no por lo dicho, sino por lo que ìpensaban o querían decirî. Hay que agradecer al divino creador y a las bondades del sistema educativo el haber desarrollado tan fina percepción en  la mente de estos juristas.
Viendo este estado de cosas, resulta realmente cómico ver a estas gentes escandalizarse por condenas como las que la iglesia impuso a Galileo o Giordiano Bruno, de un calibre similar a las impuestas por su ìpolicía del pensamientoî.
Es cierto, el tema de la inmigración es importante y resulta un factor fundamental para que el pueblo pueda ver con claridad lo que sus gobernantes piensan de él. Sin embargo no es el único tema para un nacionalsocialista.
Un detalle debe llamarnos poderosamente la atención. Y es un dato que aterra. La mayor parte de los jóvenes que hoy en día sienten la necesidad de combatir la ola humana que amenaza con engullirnos lo hacen motivados por dos instintos primarios que no son nada positivos. El odio y el miedo.
Que el nacionalsocialismo fue desde el primer momento de su concepción un movimiento racista resulta obvio. Pero a diferencia de los movimientos racistas americanos o de otras partes del mundo no se enfrentaba a una migración masiva de elementos extraños a su comunidad nacional. Es decir, tenía el problema del control judío de los órganos directivos de la economía y del estado pero no existían en aquel entonces masivas migraciones de turcos, marroquíes u antiguos pobladores de las extintas colonias alemanas en África deseosos de alcanzar el bienestar económico de la antigua metrópoli.
En los Estados Unidos el caso era diferente, la hambruna provocada por la  crisis de la bolsa en Europa y el desastre de las cosechas en irlanda  provoco una masiva migración de europeos a los estados unidos. Un  incesante  flujo de mano de obra suramericana acudía a la llamada de la  explotación  capitalista y existía por ende el problema de la población negra,  siempre con índices de natalidad superiores a los blancos y que constituían una  amenaza. Por estas dos últimas razones el racismo americano se forjó  como  una autodefensa, como un sistema que en el fondo pretendía mantener el ìstatus quoî de los blancos sobre los negros, pero conservando los  símbolos  y las leyes nacionales americanas.
Sin embargo, el caso alemán como hemos dicho es diferente. Libre del  peligro  de inmigraciones masivas Alemania se hizo racista por amor a su pueblo,  por  el sentimiento de pertenecer a una comunidad, por orgullo de casta y fe
en  el propio destino. Las leyes del estado nacional-socialista alemán no  se  hicieron realmente con afán discriminador, sino protector del pueblo.  Se  pretendía fomentar la unidad y acrecentar la hermandad entre los miembros de  la comunidad.
El pueblo alemán ha sido siempre considerado uno de los más cultos de  Europa. Que el joven Hitler se sintiera conmovido por la belleza de la  arquitectura de los edificios vieneses, sintiese una fuerte vocación  artística o su fuerte pasión musical no es más que un botón de muestra  del  espíritu que podía latir en el corazón de un hombre del pueblo alemán.
La llegada al poder del nacionalsocialismo en Alemania significó un  acercamiento de la cultura al pueblo, El arte debía hacer sentir, debía  expresarse por sí mismo, no debía ser necesario contar con ìtraductoresî que  nos explicaran lo que el artista quería decir. Se organizaban  conciertos de  música clásica y popular, en fábricas y lugares públicos. Las artes  vieron  un nuevo renacimiento, y además, estaban orientadas hacia el hombre del  pueblo. La visión de un cuadro o una escultura, movia pasiones, hacía  sentir fuerza y emoción. No era necesario, como en las exposiciones que hoy en día podemos ver en cualquier telediario, disponer de un ìtraductorî que nos explique lo que tal o cual ìartistaî ha querido expresar con su obra.
La comparación entre estos dos modelos racistas en España, con nuestra pobre juventud, y me refiero a la del movimiento, no puede por menos que descorazonarnos. Lamentablemente y a causa de las circunstancias que estamos viviendo se está imponiendo el sistema ìamericanoî, el sistema violento que realmente busca la autodefensa y evitar la pérdida de los valores  nacionales.
No existe la inquietud intelectual, se lee poco y mal. La lectura de ciertas publicaciones y páginas webs nos muestra que se buscan las frases más llamativas, violentas y chocantes de un texto sin procurar entenderlas  en su  contexto y en el momento histórico en que fueron escritas. Recuerda  vivamente esto lo que Hitler manifestaba en Mi Lucha en lo relativo a los lectores de prensa diaria. AH clasificaba a los lectores en tres tipos,:
1º Los crédulos que admiten todo lo que leen.
2º Aquéllos que ya no creen en nada.
3º Los espíritus críticos, que analizan lo leído y saben juzgar.
Numéricamente, el primer grupo es el más considerable; abarca la gran masa del pueblo y representa, por lo tanto, la clase menos intelectual de la nación. Pertenecen también a este grupo esa especie de haraganes que serían capaces de pensar pero que por pura negligencia aceptan todo lo que ya han elaborado los demás.
El segundo es numéricamente mucho más pequeño que el anterior; está compuesto en parte de elementos que, en un principio, participaban del primer grupo y que después de funestas y amargas decepciones, optaron por cambiar diametralmente de criterio, acabando por no creer en nada de lo que leyesen. Estas gentes son muy difíciles de tratar, porque hasta frente a la verdad misma, se mostrarán siempre escépticas, resultando así elementos anulados para todo trabajo positivo.
El tercer grupo, finalmente, es el más pequeño de todos y está constituido por lectores verdaderamente inteligentes, acostumbrados a pensar con independencia por naturaleza y educación. Leen la prensa trabajando constantemente con la imaginación y animados de espíritu crítico con respecto al autor. Estos lectores gozan del aprecio de los periodistas, bien es cierto, con explicable reserva.
Naturalmente que para los componentes de este último grupo no entraña peligro alguno ni tienen trascendencia los absurdos que pueden consignarse en las columnas de un periódico. Hoy, que la cédula electoral de la masa decide situaciones, el centro de gravedad descansa precisamente en el grupo más numeroso, y éste es el primero: un hato de ingenuos y de crédulos.
Asimismo parece hacer cierto el tópico de la necesidad de una sólida formación académica para acceder a los beneficios de la cultura. Solo unos pocos ejemplos de obreros autodidactas, de gentes en las que late con fuerza una necesidad vital de conocimiento hacen honor a la máxima de que el espíritu de la cultura reside en el pueblo.
No, el nacionalsocialismo no es sólo lucha contra la inmigración. Este puede ser un tema que agite las conciencias de las buenas gentes de nuestro pueblo, que les haga sentirse como una comunidad amenazada y fuercen su reacción. Es lícito y justo en defensa de nuestra raza incidir en él, pero para ello es necesario que, al igual que el ejército de la república de Weimar  cada nacionalsocialista tenga una sólida formación física, cultural y espiritual, cada uno ha de ser un ejemplo para sus conciudadanos y estar presto para regir la comunidad en la que vive. Cada nacionalsocialista hoy ha de ser un futuro líder de las masas que han de seguirnos en el mañana.
Debemos ver la esencia de nuestra doctrina en los referentes culturales de nuestra cultura, en Platón, en Aristóteles, en Virgilio, en Herodoto y Homero. Debemos conocer y estar orgullosos de los escritores del siglo de oro español, pero también de un Shakespeare, un Knutt hamsum o cualquier otro escritor europeo. Sorprendernos con la complejidad del sistema político romano, con la constitución de licurgo, alma de la grandiosa Esparta, y conocer el verdadero alcance de la tan maltratada democracia griega.
Saber que, si bien heredamos nuestro sistema jurídico de roma, también en nuestro carácter se encuentran elementos de la civilización germánica que han conformado nuestro caracter. Europa es una unidad racial y cultural, que solo ciertos intereses egoístas se empeñan en negar, Europa es una nación que se encuentra allá donde hay un hombre blanco. La animadversión manifiesta entre franceses y españoles no tiene en realidad mayor alcance que las provocadas entre gentes de dos localidades vecinas dentro de nuestro propio país, pero al tratarse de naciones soberanas, en tiempos pasados estas diferencias se solventaban por la guerra. Guerra en la que morian ciudadanos blancos.
Sin embargo, compartimos un destino común. Y la amenaza se cierne sobre todos.
Me sorprende vivamente no haber leído en tantas y tantas webs y publicaciones noticias sobre los asesinatos, violaciones, robos e injusticias que a los que están sometidos unos compatriotas blancos en la Zimbawe del dictador Mugawe. ¿Hemos perdido nuestro espíritu racialí ¿Ha llegado a dominarnos el chauvinismo nacionalista por encima de nuestro sentimiento racial? ¿Es que acaso ya no late con fuerza en nuestros corazones la llamada de la sangre?
Debemos tener claro que tipo de militantes deseamos. Si gentes embrutecidas, dispuestas a quemar tal o cual mezquita, a dar una paliza al primer moro que se cruce por la calle, que desprecie y diga barbaridades sobre la forma de vida de un árabe en su propia tierra mostrando con ello una incultura que tanto sirve al sistema o jóvenes formados en los valores tradicionales europeos, orgullosos de su procedencia, no temerosos de lo que viene del extranjero, sino amantes de sus símbolos de identidad y por ello dispuesto a defenderlos. Jóvenes en fin, conscientes de pertenecer a la mayor civilización de todos los tiempos, portadores de la antorcha del conocimiento inmortal, que ha iluminado el destino de la humanidad desde  hace ya milenios. La raza blanca, la cultura Europea. No griega, ni romana, ni siquiera germana o Española. La cultura de todos los Europeos. La lucha no ha de ser fácil, el sistema siempre encontrará la forma de  ìapretar las tuercasî a tal o cual comunidad para provocar la explosión de justa indignación que luego será hábilmente manipulada por sus medios propagandísticos. Si un joven que comienza a tomar conciencia de su verdadera identidad comete un acto delictivo será inexorablemente identificado, detenido y marcado de por vida. Recibirá presiones tanto sociales como familiares para que abandone su lucha y finalmente se habrá perdido un elemento que podría haber sido muy útil, pero que lamentablemente  solo ha servido al sistema.
Quizá los tartésicos de haber tenido conciencia de su propia identidad, si hubiesen sido capaces de superar su avaricia y de frenar la necesidad de obtener más bienes materiales hubiesen sobrevivido como pueblo. Solo deseo que no sigamos su camino
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