Síntesis de la Obra "El Anillo del Nibelungo"

Das Rheingold (El Oro del Rhín) - Opera en un Acto y Cuatro Escenas.

Obertura musical: La obra comienza con un amplio y oscuro preludio consistente en crecientes y cada vez más complejas figuraciones sobre un único acorde en Mi-bemol (El Rhín). El crescendo musical nos describe las primordiales, ondulantes y puras aguas del río Rhín y al levantarse el telón nos conduce de lleno en la Escena Primera.

 

Escena Primera:


Aparecen tres ondinas, las hermanas Woglinde, Wellgunde y Flosshilde, nadando y cantando entre las olas. Repentinamente, de una rendija oscura entre las musgosas rocas del lecho del río aparece el enano Alberich (Alberich) de la raza de los Nibelungos quién con ardiente deseo las observa y les pregunta si puede acompañarlas mientras nadan y juegas en las aguas. Al ver su horrible figura, las ondinas lo rechazan y burlándose de él. Una de ellas, sin embargo - Flosshilde - le recrimina a sus dos hermanas que no deben distraerse de cuidar el oro que yace en el fondo de las aguas del que ellas mismas son custodias por mandato del dios, Wotan. Las ondinas se dan cuenta rápidamente de que lo que atrae a Alberich no es el oro, sino su ardoroso deseo de amor y placer que ellas le inspiran. Así, cada una de las sirenas se turnan en atraerlo fingiéndole amor, pero ni bien él se les acerca, lo rechazan entre risas mientras el desdichado enano se resbala y cae entre las rocas musgosas sin poder alcanzarlas.


Cada vez que una de ellas lo rechaza a Alberich, va creciendo su enojo hasta un paroxismo de odio en el que las amenaza con sujetarlas por la fuerza. Pero en ese instante, las nubes se entreabren dejando filtrar un haz de sol que ilumina un lugar fulgurante en el lecho del río (El Oro), que deja a Alberich y a las ondinas fascinados. Lo que tan hermosamente brilla entre las aguas es el oro del Rhín, metal puro que duerme en su lecho. Las ondinas olvidan por un momento a su feo visitante y comienzan a nadar alrededor del brillante oro (Oro del Rín) mientras entonan un himno de alabanzas (“Rheingold! Rheingold!”). Alberich las observa atentamente mientras ellas cantan loas a las maravillas mágicas del puro metal. Particular interés despierta en el Wellgunde, quién descuidadamente alude a los poderes mágicos del oro, si se logra forjar un anillo (Anillo), que otorga poder ilimitado sobre el mundo. Flosshilde nuevamente fustiga a su hermana por hacer semejante revelación delante de un extraño, quién le recuerda que no existe peligro alguno ya que acaban de comprobar que el enano nibelungo resultó un enamoradizo incurable, mientras que la magia del oro hace que sólo podrá forjar el codiciado anillo aquél que renuncie al amor (Renunciamiento), y jamás criatura alguna aceptará semejante precio a cambio del poder.


Pero los repetidos desaires sufridos por Alberich lo han humillado abismalmente lo que hace que, en un rapto de furia y venganza, las sorprende abalanzándose repentinamente sobre la roca en la que yace el oro. Alberich maldice el amor tomando al propio río como testigo, arrebata el preciado oro de su lecho y desaparece con el botín entre las oscuras olas y las rocas. Desesperadas, las tres ondinas piden auxilio para salvar el oro mientras se escuchan a lo lejos las carcajadas de Alberich. El escenario se oscurece, la orquesta parece agitarse en oscuras y violentas olas que solo muy lentamente se van disipando, dando paso al cielo límpido de la aurora matinal.



Escena Segunda:


Se divisa a lo lejos un noble y altivo castillo entre las nubes (Valhall), la celestial morada recién construida de los dioses. Wotan, Rey del Olimpo germánico duerme (Sueño) sobre una cama de flores con su consorte, Fricka – diosa del Hogar - quién lo despierta para que mostrarle tamaña maravilla. Ambos dialogan recordando que fue el propio Wotan quién mandó construir la divina morada a los gigantes, Fasolt y Fafner, con quienes pactó entregarles a la diosa del amor, Freia, (Pacto) en pago de sus labores. Fricka, le echa recrimina ese pacto que ha sellado con runas mágicas grabadas sobre su lanza, símbolo de poder universal, cuyos compromisos ni el propio Wotan puede quebrar.

Wotan le recuerda a Fricka que fue ella quién le pidió que construyera esa morada altiva, digna de los dioses, mientras Fricka se lamenta que sólo lo hizo como treta para retenerlo a su inquieto esposo. Wotan afirma su derecho a la aventura y le recuerda que valora a la mujer más de lo que ella misma imagina, habiendo entregado uno de sus ojos para conquistar a Frika. De todos modos, le dice no tiene ninguna intención de entregarles a Freia a los gigantes.

El diálogo se interrumpe al escucharse los pedidos de auxilio de Freia, mientras viene huyendo desesperadamente de los gigantes, y les pide a sus hermanos dioses que la protejan. Wotan pregunta si alguien ha visto a Loge (Fuego), dios del fuego y del engaño, con quién cuenta para salirse de su complicada situación. Freia, no simpatiza con el escurridizo dios del fuego y le señala amargamente a Wotan que, una vez más, Loge lo está abandonando a su suerte. Entonces aparecen los gigantes (Gigantes), quienes relatan la manera en que llevaron a cabo su duro y arduo trabajo para construir los enormes muros y gigantescas bóvedas del Valhall.

Correspondientemente, los dos hermanos, Fasolt y Fafner, demandan su paga pero se quedan atónitos cuando Wotan les dice que deberán elegir otra recompensa puesto que no les entregará a Freia. Fasolt le recuerda lo pactado y le señala el grave peligro que significa que el jefe de los dioses incumplir sus propias promesas, mientras que Fafner, mucho más realista, le recuerda discretamente a Fasolt que la razón por la que los dioses no desean entregar a Freia es porque que necesitan de las manzanas de oro que otorgan la vida eterna y que solo Freia sabe cultivar(manzanas). Sin ellas, los dioses rápidamente envejecerían y morirían.

Los gigantes deciden entonces llevársela a Freia por la fuerza, pero se les interponen en el camino los dioses del trueno, Donner, y de la alegría Froh, quienes pretenden auxiliar a su hermana. Cuando la violencia se torna inminente, Wotan interviene para separarlos (Tratados Sagrados) . En ese momento, entre chispas y llamaradas, aparece Loge, dios del fuego Sus palabras resultan inciertas, vagas y elípticas, ya que primero menciona que inspeccionó el castillo celestial pudiendo comprobar que la construcción es verdaderamente maravillosa: no hay razón alguna por la que Wotan le niegue su paga a los gigantes. Wotan le recuerda seriamente que fue él mismo quién le prometió encontrar una salida de aquél acuerdo con los gigantes, pero Loge retruca diciendo que su promesa fue tan solo de proporcionarle una salida únicamente si tal salida existiese.

Pero entonces Loge relata que en sus recorridas por todo el mundo, por agua, tierra y aire (Naturaleza) ha buscando algo de tal valor que pueda reemplazar al amor y a la belleza de la mujer, pero no halló criatura alguna dispuesta a abjurar del amor. Sin embargo, oyó hablar de una excepción, que le relataron las ondinas del Rhín: el nibelungo Alberich, al que ellas mismas le negaron el amor que hizo que en venganza les robara el oro del Rhín. Alberich maldijo el amor y ahora considera al oro superior a toda mujer, a lo que agrega Loge, que las ondinas le pidieron que contara a Wotan su terrible pérdida para que las ayude a recuperar el tesoro perdido.

Wotan se impacienta y le increpa a Loge que pretenda ayudar a otros en momentos en que él mismo necesita de ayuda. Pero los gigantes han escuchado el relato de Loge con sumo interés, especialmente lo concerniente al maravilloso tesoro robado por Alberich. Los dioses también se muestran maravillados: a Fricka le fascina pensar en las alhajas de oro que podrían fabricarse para adornar su belleza y así retenerlo a su esposo; Donner señala que si no le quitan el oro y el anillo al Nibelungo, pronto todos se convertirán en sus esclavos; y el propio Wotan decide que debe conseguir para sí mismo ese maravilloso tesoro que otorga poder universal. Cuando Wotan le pregunta a Loge como aconseja obtener el tesoro, Loge responde simplemente: "¡robándolo!: lo que un ladrón roba, tu se lo robas al ladrón!".

Mientras tanto, los dos gigantes discuten y el avaro Fafner termina por convencerlo a su hermano para que se conforme con el oro del Nibelungo en lugar de la bella Freia, como paga por sus labores al construir el castillo a los dioses, y así se lo dicen a Wotan. Ignorando sus protestas quién les recuerda que difícilmente pueda darles algo que él mismo no posee, los gigantes la toman a Freia y se la llevan al Riesenheim, país de los gigantes. Ellos la traerán devuelta al atardecer, pero si para entonces no se encuentra listo todo el oro del Nibelungo para que les sea entregado, entonces la bella Freia tendrá que morar eternamente en el país de los gigantes. De inmediato desaparecen rápidamente de la escena y Loge, trepándose sobre una roca, relata cuán raudamente van cruzando el Rhín y los bosques.

Repentinamente, se oscurece la escena y los dioses aparecen pálidos, envejecidos y débiles. Loge les pregunta uno a uno qué es lo que les pasa, pues sólo él parece no verse afectado por esta repentina y extraña desdicha. Tras meditarlo unos instantes, Loge comprende que al faltarles las manzanas doradas que solo Freia puede proporcionarles (Manzanas), los días de los dioses parecen estar contados. Sin embargo, dado que Freia solo raramente le ofrecía esos frutos a Loge, él ahora apenas si se veía amenazado por su falta. Ahora, al llevársela a Freia, los gigantes estaban atentando contra la propia existencia de la raza divina.
Al comprender esto, Wotan sale de su oscura meditación y le ordena a Loge que se prepare para acompañarlo al Nibelheim, el país subterráneo, patria de los Nibelungos y de Alberich. Su meta: arrebatarle el oro al enano. Loge le propone hacer el viaje por el Rin pero Wotan se rehusa pues no quiere encontrarse con las ondinas, dueñas genuinas del oro. Loge entonces le sugiere hacer el viaje escabulléndose a través de una grieta sulfurosa en la montaña. Wotan le indica a los dioses que aguarden a su regreso y ambos se despiden. (Cae el telón).

Interludio musical: Un potente interludio pinta en tonos oscuros y violentos el viaje de Wotan y Loge al centro del mundo, pasando por paisajes y cuevas subterráneas. En su punto culminante se escuchan los miles de martillos de los laboriosos Nibelungos que golpean contra otros miles de yunques en sus oscuras fábricas del oro

 

Escena Tercera:

Alberich viene corriendo a latigazos a su asustado y doliente hermano, Mime, porque éste se demora en forjarle el Tarnhelm, un yelmo mágico que permite a su portador adoptar cualquier forma que desee y hacerse invisible. Ya Alberich se ha forjado el anillo que otorga poder sin límite sobre todo el universo y se lo ha puesto en el dedo de una mano. Entonces, Mime le entrega el yelmo que ha forjado – llamado Tarnhelm - y se lo prueba. Inmediatamente se torna invisible (Yelmo mágico) ,con lo que una vez mas empieza a perseguir a latigazos a su hermano quién, desesperado, huye sin lograr divisar dónde está su atacante.
Entonces, aparecen en escena Wotan y Loge quienes encuentran a Mime escondido en un rincón, quejoso y dolido. Él les relata las fechorías de su hermano quién ha esclavizado a todo el pueblo nibelungo. Reaparece Alberich gritando y castigando a la multitud nibelunga, a la que obligada a trabajar forjando y acumulando montañas y montañas de oro. Alberich ve a los dos extraños y, sospechando de ellos, ordena a las huestes nibelungas a que sigan trabajando. En medio de un dramático crescendo orquestal, los amenaza con el terrorífico poder del Anillo (maldición) con el que los amenaza, con su puño cerrado y el brazo en alto. Es éste el símbolo máximo de su inmenso poder y violencia. Presa de pánico, todos los Nibelungos huyen a los gritos a trabajar entre las piedras y los pasadizos lúgubres de su mundo subterráneo.

Los dos dioses quedan a solas con Alberich, quien les pregunta qué es lo que desean al venir al Nibelheim, a lo que Wotan responde de manera conciliadora, diciendo que solo vienen para observar las maravillas que se rumorea realiza Alberich con su nuevo tesoro. Pero Alberich bien sabe qué es lo que los atrajo: la envidia. Por eso, empieza a describirles con orgullo demencial las maravillas de su nuevo tesoro y de sus pilas y pilas de oro. Con este tesoro, declara Alberich, logrará dominar al mundo entero y les explica en detalle su plan de dominio universal en tonos llenos de malévola y exultante maldad. Les describe la manera en que se propone esclavizar hasta la mismísima raza de los dioses con sus esposas y hermanas quienes también deberán renunciar al amor para someterse al dominio universal del enano nibelungo.

La ira y el asco se apoderan de Wotan quién está a punto de atacar al enano cuando Loge se lo impide y le solicita a Alberich que siga describiendo sus planes. Se inicia entonces un diálogo entre Alberich y Loge en el que éste astutamente le señala al enano que aunque su poder parece admirable, su situación sin embargo no se encuentra exenta de ciertos peligros, por cuanto el anillo sobre el que descansa su poder bien podría serle robado mientras duerme. Alberich responde de manera burlona diciéndole que para eso, precisamente, hizo forjar el yelmo mágico - el Tarnhelm - que lo tornará invisible mientras duerma. Loge se muestra como si estuviera maravillado ante semejantes poderes pero le dice que le cuesta creerlos salvo que pueda verlos con sus propios ojos.

Alberich fanfarronea colocándose el yelmo y tras murmurar algunas palabras mágicas se transforma en un gigantesco y espantoso dragón (dragón). Loge pretende estar aterrorizado y cuando Alberich recupera su forma normal, le sigue expresando sus dudas acerca de los poderes del yelmo mágico. Le pregunta, entonces de qué le serviría en caso de que surgiera algún peligro repentino que obligara a Alberich a huir rápidamente, ¿podría el yelmo transformarlo en un ser lo suficientemente pequeño como para escapar por alguna rendija? Nada más fácil, responde Alberich, “¿cuán pequeño quieres que sea?”, le pregunta, a lo que Loge responde señalando un rincón de la cueva y diciendo “como para poder escapar entre esas piedras”, con lo que Alberich nuevamente se coloca el yelmo y se transforma en un sapo.

Inmediatamente de hacerlo, Wotan lo pone el pie encima mientras Loge le quita el yelmo. Alberich recupera su forma normal y maldice el engaño al que ambos dioses lo han expuesto, mientras Loge lo ata de pies y manos y juntos arrastran a su prisionero, llevándoselo de vuelta a la superficie (alegría del éxito).

Cae el telón sobre la Escena Tercera con un nuevo interludio que nos describe el viaje de Wotan, Loge y su prisionero, Alberich, de regreso a la superficie del mundo. Nuevamente se escucha a lo lejos el martillar de los Nibelungos mientras trabajan el oro sobre sus yunques.

 

Escena Cuarta:

Aparecen Wotan y Loge arrastrándolo a Alberich. Loge se mofa de él, quién tanto quería conquistar el mundo y ahora le pregunta que rinconcito piensa reservarse para sí mismo. Inmediatamente, los dioses le indican cuál es el precio de su libertad: el oro del Rhín y todos sus tesoros. A regañadientes, Alberich le pide a Loge que le desate las manos para poder convocar al pueblo nibelungo, ordenándole - nuevamente con el poder del Anillo - que traigan todo el oro (acumulación) amasado en el Nibelheim para entregárselo a los dioses. Se siente terriblemente avergonzado que su pueblo lo vea prisionero, por lo que inmediatamente que terminan de amasar el tesoro les ordena retirarse, cosa que los nibelungos obedecen, siempre aterrorizados.

Nuevamente quedan los tres solos. Alberich pregunta si puede quedarse con el Tarnhelm pero Loge se niega diciéndole que lo debe incluir para su rescate. Loge le pregunta entonces a Votan si puede liberarlo al infortunado enano pero Wotan dice que falta un último objeto: el anillo que Alberich porta en su dedo. Alberich, horrorizado protesta diciendo que ese anillo es más valioso que su propia vida, pero Wotan le impreca habérselo robado a las ondinas del Rhín, y Alberich retruca diciéndole que entonces ahora es el propio dios quién se apresta a robarlo a su turno. Wotan se impacienta y sin ánimo para seguir discutiendo, lo toma a Alberich y le arranca el anillo de su dedo. El enano pega un terrible alarido y cae en la más oscura y abyecta desesperación. Entonces, Loge lo desata y le dice que ahora es libre. “¿Libre?” pregunta Alberich con una mueca de dolor y sarcasmo. Él ya no puede imaginar su vida sin el poder del oro y del anillo.

Entonces, vuelca todo su odio contra los dioses y el mundo y maldice la sortija (Maldición) que se le acaba de sacar: “que a su dueño lo carcoma la ansiedad y a aquél que no la posea lo carcoma la envidia”. Se retira rauda y furiosamente.

La oscuridad se disipa y Wotan se coloca el anillo, al que se queda contemplando extasiado. Loge observa que en la distancia se acercan los gigantes con Freia para reclamar su rescate mientras Fricka, Donner y Froh también llegan y observan complacidos que Votan ha logrado conseguir el oro para pagar el rescate. Al llegar los gigantes, Fricka se abalanza sobre su hermana, Freia pero es contenida por el gigante Fasolt quién le recuerda que aún no puede tocarla hasta tanto se pague el rescate, agregando que no soportará apartarse de Freia hasta que el tesoro la haya ocultado totalmente a sus ojos. Fasolt y Fafner plantan sus enormes estacas a cada lado de Freia mientras exigen a los dioses que apilen el oro delante de ella hasta taparla de sus vistas. Loge y Froh comienzan la ingrata tarea mientras Fafner les indica que apilen los lingotes bien juntos y compactamente.

Finalmente, Loge indica que el tesoro se ha acabado pero Fafner señala que aún queda una rendija por la que se pueden ver los rubios rizos de Freia y exige que sea tapada con el Tarnhelm. Los dioses acceden y arrojan el yelmo al rescate. Entonces, Fasolt señala que puede ver otra pequeña rendija que le deja ver la bella mirada de Freia, por lo que Fafner ordena que sea tapado, a lo que Loge contesta que se terminó el tesoro. Pero Fafner lo contradice, observando que en el dedo de Wotan brilla un anillo. ¡Debe aportarlo al rescate de Freia! Loge les dice que eso no es factible por cuanto el mismo será devuelto a sus genuinas dueñas, las ondinas del Rhín.

Wotan rechaza semejante idea y en forma vehemente se rehusa a entregar el anillo aun ante el peligro de que los gigantes se la lleven a Freia nuevamente con ellos. Se suscita gran confusión y tensión cuando repentinamente un resplandor azulado surge de una de las rocas. Aparece la diosa madre de la tierra, Erda, quien con sus tres hijas, las Nornas, teje el hilo del destino del mundo. Ella ha venido para alertar a Wotan que se deshaga del anillo, si no él mismo corre peligro de verse afectado por la maldición que Alberich lanzó. También le previene que una oscura noche se avecina para los dioses (Ocaso de los dioses). Éstos quedan fuertemente impactados y Wotan pretende retenerla a Erda para saber mas sobre el incierto destino que ella ha insinuado para los dioses, pero Erda dice que ya sabe lo suficiente y desaparece. Wotan queda sumido en una profunda meditación y repentinamente anuncia que liberará a Freia y arroja el anillo sobre el tesoro del rescate.

Freia corre a abrazarse con los demás mientras en el fondo los dos gigantes se reparten y disputan el botín, desatándose una pelea entre ambos. Fafner insiste en que le corresponde la porción más grande ya que, de haber sido por el enamoradizo Fasolt, se hubiesen tenido que conformar con tenerla a Freia y solo gracias a sus maniobras negociadoras ahora ellos eran dueños del botín. La pelea se torna mas violenta hasta que Fafner mata a su hermano Fasolt a mazazos. Le quita el anillo que pretendía llevarse y se retira con todo el tesoro mientras los dioses observan horrorizados. En ese momento se escucha con gran fuerza el leit-motiv de la “maldición del anillo” que acaba de cobrar a su primera víctima.

Wotan comprende entonces que deberá regresar para buscar el consejo de Erda para conocer más sobre el destino del mundo y de los dioses. Mientras tanto, Fricka propone que todos ingresen con ella a su nueva morada. Al castillo se lo divisa en el fondo del escenario entre pesadas brumas por lo que Donner, dios del trueno convoca con su martillo a los vientos y la tormenta a que disipen el aire (Vientos y nubes). En el momento culminante de su invocación, golpea con su martillo sobre una roca y se desata una tempestad con relámpagos y truenos (Tormenta). Inmediatamente se dispersan las nubes y en el cielo se divisa un arcoiris que conduce hacia la flamante morada de los dioses (Valhalla), quienes se quedan extasiados ante semejante visión iluminada por el sol del atardecer.

Wotan canta una alabanza al castillo que los protegerá de la “noche de la envidia que se aproxima” y tomando una espada que se le cayó a Fafner al llevarse su botín, la levanta y con ella saluda al castillo mientras las trompetas hacen sonar con gran vigor el leit-motiv de la “espada”, símbolo esencial de todo el ciclo del Anillo del Nibelungo. Entonces, se dirige solemnemente a Fricka y la invita a que lo acompañe al “Valhall” - Sala de los Guerreros - nombre con el que bautiza a su nueva morada.

Freia, Donner y Froh se aprestan a seguirlo mientras Loge se demora un poco ya que no comparte la soberbia de los dioses a los que cree se encaminan hacia su propio fin. ¿Quién sabe?, quizás él mismo termine algún día transformándose nuevamente en voraz fuego. Pero, por el momento se escabullirá entre el mundo. Se escucha entonces desde el fondo del Rhín al canto melancólico de las ondinas que lamentan la pérdida del oro (Oro del Rhín). Wotan reacciona con irritación al oírlas pues ese canto le recuerda quienes son las genuinas dueñas del oro robado con el que acaban de pagar por el Valhall y le ordena a Loge que las silencie. El dios del fuego se asoma desde lo alto de la montaña y les grita a las ondinas que hagan silencio, puesto que la luminosidad del Valhalla sobre las aguas del río debiera ser recompensa suficiente por el oro perdido. Las ondinas, sin embargo, siguen cantando su lamento mientras los dioses cruzan sobre un puente formado por el arcoris, ingresando al Valhall.

La obra concluye con los leit-motiv de la “espada”, el “Valhall” y el “arcoiris” sonando a plena orquesta. (Cae el telón).



Extraido de Richard Wagner : El Profeta de la Edad de Hierro de A.Salbuchi.

 



WAGNER
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