Lo que le Debemos a Nuestros Parásitos

por Revilo P. Oliver

Nota Introductoria
Dr. R. P. Oliver, 1908-1994


El Dr. Revilo Pendleton Oliver es reconocido por unos pocos afortunados como para estar familiarizados con su trabajo, como uno de los estadounidenses más grandes de este siglo. Nacido en 1908, rápidamente subió por los rangos académicos para convertirse en uno de los principales filólogos y estudiosos clásicos de su época. Él fue Profesor de los Clásicos en la Universidad de Illinois, Urbana Campus, por 32 años. Fácilmente pudo haber dedicado su vida enclaustrado en sus estudios, haciendo lo que más amaba: aplicar la lupa de la erudición, enfocado por su brillante mente, en los polvorientos tomos y manuscritos del pasado. Pero escogió un camino distinto. Vio claramente, y mucho tiempo antes que la mayoría de sus compatriotas, hacia dónde estaba siendo guiada su gente por elementos extranjeros y subversivos, y escogió arriesgas su reputación y su posición social al hablar. Desde 1954 hasta su muerte en agosto de 1994, trabajó casi sin cesar por el despertar al peligro y posible gran destino de los estadounidenses de descendencia europea.

El Dr. Oliver entregó estas directivas a un grupo de germano-americanos reunidos en el Club Lorelei en Hamburgo, Nueva York, cerca de Búfalo, el 9 de junio de 1968. La transcripción se perdió en una inundación en 1990 en la casa del Dr. Oliver, pero ha sido restaurada por nuestro editor a formato impreso basada en la cinta original grabada por el Sr. Everett Weibert. Cualquiera errores introducidos en el artículo son por supuesto errores del editor y no del Dr. Oliver (también pueden ser errores del traductor en este caso).

Este es uno de los mejores discursos del Dr. Oliver, y es, ciertamente su trabajo corto más comprensivo. Aparece aquí en forma impresa por primera vez.
Kevin Alfred Strom.


 

Lo que le debemos a nuestros parásitos


por Revilo P. Oliver

Damas y caballeros, antes que nada permítanme agradecerles por el honor de su invitación y por el placer de estar con ustedes hoy. En la última docena de años he hablado ante una gran cantidad de organizaciones patrióticas y conservadoras, pero ésta es la primera vez que aparezco ante una sociedad específicamente alemana: es decir, compuesta por los descendientes de la parte de nuestra raza que permaneció en casa en el siglo quinto, mientras sus parientes conquistaron y ocuparon todos los territorios del oeste del largamente mestizado y moribundo Imperio Romano, que sus más remotos parientes habían fundado más de mil años antes.

Tal como lo entiendo, estoy hablando a una reunión cerrada de miembros e invitados en quienes tienen confianza. Creo que está estipulado que lo que se diga aquí hoy está fuera del registro y no es para publicarse bajo ninguna forma, y que no hay reporteros presentes. En ese entendimiento les daré a ustedes cándidamente y sin rodeos el mejor estimativo de la difícil condición presente que he podido evaluar. Algunos de ustedes tal vez recuerden el viejo cuento sobre una colegiala que se fue a la cama una noche y finalmente quedó dormida, pero temprano en la mañana escuchó el reloj marcar las dos y sintió que la puerta de su cuarto estaba siendo abierta lentamente. Aterrorizada, trató de pedir auxilio en la oscuridad, pero un pañuelo le fue puesto sobre su boca y sintió que unos brazos fuertes la levantaban de la cama. Ella fue cargada escaleras abajo, metida en el baúl de un largo y lujoso Rolls-Royce que arrancó a gran velocidad. Luego de un largo recorrido fue levantada y cargada dentro del gran vestíbulo de una inmensa y palaciega mansión, subida por las escaleras de mármol, y llevada a una habitación elegantemente preparada, donde fue arrojada sobre la cama. Recién entonces ella pudo ver claramente a su captor. Él era un hombre fuerte y buen mozo impecablemente vestido con un traje de noche. Él se paró junto a la cama, mirándola hacia abajo silenciosa y especulativamente. Ella trató de hablar, y al final fue capaz de decir lloriqueando, «¿Qué, oh, qué es lo que me va a hacer?» El hombre encogió sus hombros. «¿Cómo podría saberlo?», dijo. «Éste es tu sueño».

La historia es absurda, por supuesto, pero muestra qué poco humor posee su ambiguo juego en el misterio de nuestra propia conciencia. Un sueño es por definición una serie de sensaciones que ocurren en el cerebro cuando ambos, nuestros sentidos de percepción y nuestras fuerzas de voluntad y razón están aletargadas, por lo que no tenemos control sobre el flujo de sensaciones. Pero es, por supuesto, un bien conocido fenómeno que cuando soñamos que estamos soñando, el sueño termina y nos despertamos. Luego la mente consciente toma control y somos nuevamente responsables por nuestros pensamientos, y debemos encarar un día en que debemos ser responsables de nuestros actos, que, por su acierto o error, pueden determinar el resto de nuestras vidas. Nuestros sueños pueden darle expresión, placentera o dolorosa, a nuestros deseos o temores subconscientes. Pero en nuestras horas de vigilia debemos, si somos racionales, tomar nuestras decisiones sobre la base de los estimativos más objetivos y fríos que podamos hacer: estimativos de las fuerzas y tendencias en el mundo alrededor nuestro; estimativos de las realidades con las que debemos tratar; recordando siempre que nada propende a pasar sólo porque pensemos que es bueno, o es poco probable que pase sólo porque pensemos que es malo.

Si alguna vez hemos necesitado evaluar cuidadosa y racionalmente nuestra posición y perspectivas, el momento es ahora. En la plaza exterior de Brasenose en Oxford, si recuerdo correctamente, hay en el medio del césped verde un solitario reloj de sol, cuya placa de bronce posee la escalofriante inscripción, «Es más tarde de los que cree». Yo les aseguro, mis socios americanos, que ahora es tarde -muchos más tarde- de lo que creen. Es posible, por supuesto, que ahora sea ya demasiado tarde y que, como observadores veteranos y distinguidos amigos míos recientemente me aseguraron, nuestra causa es ahora tan desesperanzada como la era la del Sur después de la caída de Richmond y cerca de la trágica conclusión de la segunda guerra de independencia que fue peleada en nuestra tierra. Honestamente creo, sin embargo, que aún tenemos alguna posibilidad de supervivencia. Si no creyera ésto, de seguro no estaría hablándoles hoy o pidiéndoles que consideraran conmigo las probabilidades en nuestra contra.

Puedo estar equivocado. No tengo poderes adivinatorios, ni de profeta. Y ciertamente no conozco los planes secretos de nuestros enemigos, o incluso la estructura interna de su organización. Sólo puedo adivinar la extensión probable de su poderío y la probable eficacia de su estrategia por la extrapolación de lo que ya han consumado. Sólo puedo darles mi mejor estimación, hecha luego de largas y ansiosas consideraciones; pero no poso como un experto en estas materias, y dado que he prometido ser cándido, les diré cándidamente que mis estimaciones en el pasado probaron ser extremadamente optimistas.

Cuando dejé la mefítica atmósfera de Washington tarde en 1945, no tenía grandes dudas sobre el futuro de nuestra nación. Sobre la base de los mejores estimativos que podía hacer por entonces, tenía confianza que nuestro futuro estaba asegurado por una reacción popular que yo estimaba inevitable dentro de los siguientes cinco años. Sentí ciertamente que los secretos de Washington serían rápidamente conocidos y que nuestra nación sería barrida con indignación y repulsión moral, cuando los americanos vieran expuestos a la luz del día, incluso una pequeña parte de la errónea actuación de la enferma criatura que se había escondido en la Casa Blanca por tantos años, rodeada de su horrible pandilla de degenerados, traidores y extranjeros subversivos.

Sabía que el secreto de Pearl Harbor sería rápidamente revelado, y los americanos sabrían pronto cómo los japoneses habían sido manipulados y trucados para destruir nuestra flota matando tantos de nuestros hombres. Estaba seguro que el público pronto conocería la antigua conspiración entre Roosevelt y Churchill, y también de los esfuerzos persistentes de Roosevelt desde 1936 hasta 1939 para comenzar en Europa la alocada y fraticida guerra que devastó el continente, que destruyó tanto de los que es el tesoro más preciado e irreemplazable de cualquier raza -la herencia genética de sus mejores hombres- y ésto inflingió en nuestro propio país un mayor despilfarro de vidas y riquezas, en una guerra que fue deliberadamente conducida para asegurar la derrota de Estados Unidos y Gran Bretaña en igual medida que la de Francia y Alemania. Estaba seguro que rápidamente, una vez llegada la paz, veríamos que habíamos luchado por el solo propósito de imponer la bestia del Bolchevismo sobre la tierra devastada. Estaba seguro que rápidamente veríamos la naturaleza de la gran trampa traicionera llamada Naciones Unidas. Pensé que se les iba a revolver el estómago a los hombres decentes, al conocer la estrategia admitida oficialmente del gobierno británico que, en violación de todas las convenciones sobre guerra civilizada, había iniciado un vicioso bombardeo de ciudades alemanas desprotegidas, con el expreso propósito de matar tantos civiles alemanes indefensos, como para forzar al gobierno alemán a que bombardeara ciudades británicas desprotegidas y masacrar suficientes indefensos civiles británicos para lograr en Gran Bretaña algo de entusiasmo para la guerra suicida que el gobierno británico le estaba imponiendo a su renuente población; el primer ejemplo en la historia, creo, de un gobierno en guerra que deliberadamente hace que se masacre a sus ciudadanos con propósitos de propaganda. Creí que la verdad sobre tal ultraje doméstico, como el infame Juicio por Sedición en Washington, necesariamente sería conocida, y excitaría los sentimientos que tales crímenes deben excitar en el pecho del hombre decente.

Y estaba seguro que otras mil infamias, sin superar y raramente igualadas en los anales de la historia, serían reveladas con el resultado de que todos los barcos a vapor que salieran de nuestras costas, en el lapso de pocos años, estarían abarrotados al máximo de sabandijas escapando desesperadamente de la furia de una despierta y disgustada nación.

En 1945 realmente creí que para el año 1952, ningún americano podría escuchar el nombre de Roosevelt sin estremecerse o pronunciarlo sin maldecir. Ustedes ven; estaba equivocado. Tenía razón en cuanto a lo inevitable de la exposición. Como los cuerpos de los oficiales polacos que fueron masacrados en el bosque Katyn por los Bolcheviques (como supimos entonces), muchos de los crímenes secretos del régimen de Roosevelt fueron expuestos a la luz del día. La exposición no fue ni tan rápida ni tan completa como había anticipado, pero su conjunto es mucho más de lo que se hubiera necesitado para la reacción anticipada. Solamente alrededor del 80 por ciento del secreto de Pearl Harbor ha sido hasta ahora conocido, pero el 80 por ciento debería ser por sí sólo suficiente para asquear a un hombre sano. Claro está que no sé, y tal vez ni siquiera sospeche, la total extensión de la traición de esa increíble administración. Pero debo adivinar que al menos la mitad de ella ha sido revelada en impresos en algún lado: no necesariamente en fuentes bien conocidas, sino en libros y artículos en variados idiomas, incluyendo publicaciones que la conspiración internacional trata de alejar del público, y no necesariamente en la forma de testimonio directo, pero al menos en la forma de evidencia de donde cualquier ser pensante puede sacar las correctas e inequívocas deducciones. La información está allí para aquellos que la busquen, y suficiente de ella es aceptablemente conocida, aceptablemente divulgada, especialmente la historia de Pearl Harbor, para sugerirle a cualquiera seriamente interesado en la preservación de su país, que debería aprender más. Pero la reacción nunca ocurrió. E incluso hoy la comúnmente usada estampilla postal de seis centavos muestra la inflada y cínica cara del Gran Criminal de Guerra, y uno escucha pocas quejas del público. ¿Por qué?

Es cierto que hubo algunos desmayados y débiles principios de reacción, especialmente cuando el Senador Joseph McCarthy comenzó su famosa serie de interpelaciones ante el Subcomité del Senado sobre Seguridad Interna. Todo lo que aquellas interpelaciones produjeron, fue un pequeño chorrito de escape en el vasto dique del secreto oficial, que retuvo el océano de evidencias de que los Estados Unidos habían sido capturados sigilosamente por extranjeros y por traidores trabajando para ellos. Pero cuando los diques comienzan a perder enseguida se rompen. Y cuando las interpelaciones de McCarthy comenzaron, sólo un poco después de lo que había predicho, me dije a mí mismo, ¡Por fin! Éste es el comienzo. I pronto comenzará ese gran éxodo de aterrorizadas ratas escapando de su justa retribución.

Pero estaba equivocado nuevamente. Por el contrario, un amigo mío tenía razón. En ese entonces él era miembro de la Agencia Central de Inteligencia, la que en ese entonces incluía algunos americanos. Y casualmente estuvo en Wheeling, West Virginia, el 9 de febrero de 1950, cuando el Senador McCarthy dio su famoso discurso en el qué indicó que había 57 miembros del Partido Comunista o del aparato de espionaje Soviético en el Departamento de Estado en posiciones de responsabilidad y que el Departamento de Estado sabía que ellos estaban allí. Luego del discurso, mi amigo encontró una oportunidad para hablar con el Senador McCarthy a solas. Él le dijo, «Senador, usted dijo que habían 57 conocidos comunistas en el Departamento de Estado. Si tuviera acceso a los archivos de mi agencia, usted sabría que hay pruebas absolutas sobre que hay diez veces esa cantidad. Pero Senador, usted no se da cuenta de la magnitud y el poder de la conspiración que usted está atacando. Ellos lo destruirán; ellos lo destruirán totalmente».

Pero el Senador McCarthy solamente negó con su cabeza y dijo, «No, el pueblo americano nunca me defraudará». También se equivocó, ustedes ven.

No es necesario que aquí repasemos los pasos a través de los cuales McCarthy fue destruido. Él fue por supuesto saboteado desde su propio equipo. Los extranjeros que controlan nuestra prensa y radio y las personas bobas conducidas salpicaron su cieno sobre el país. Hordas de ignorantes y neuróticos pequeños leguleyos que llamamos «intelectuales» lanzaron desde las puertas de los colegios y universidades, chillidos y expectoraciones como es su costumbre. Y todo ello tuvo su efecto. Pero la conspiración pudo silenciar a McCarthy sólo con una operación algo menos rutinaria.

Encontraron un oficial de la Armada que había sido un fracaso militar hasta que Bernard Baruch lo promovió a General, y quien en 1945 no habría sido capaz de esperar nada mejor que poder escapar una corte marcial y así evadir ser despedido, si podía probar que todas las atrocidades y todos los sabotajes a los intereses americanos de los que él había sido culpable en Europa, habían sido llevados a cabo bajo su protesta y bajo ordenes categóricas del Presidente. La conspiración tomo a esta persona, y con la ayuda de la prensa hizo un trabajo de rápida mascarada y lo presentaron como un conservador. Ellos escribieron discursos que él fue capaz de entregar sin demasiado abejorreo. Ellos desplegaron su sonrisa sobre toda las personas bobas conducidas. Y lo eligieron Presidente. Y, por supuesto, Ike fue elegido con un mandato de sus amos de apuñalar al Senador McCarthy por la espalda. Y lo hizo. Y así la conspiración bloqueó esa pequeña fuga en el dique.

¿Pero cómo fue posible que hicieran eso? Oh si, podríamos rastrear toda la operación paso a paso. Sabemos que nuestros enemigos son furtivos y astutos. Sabemos que dominan la riqueza del mundo, incluyendo todo lo que hay en la Tesorería de Estados Unidos y, a través del impuesto a la ganancia, lo que haya en su bolsillo o en el mío. Pueden contratar americanos estúpidos o inmorales para hacer cualquier cosa por ellos y para dar la cara. Pero la cuestión real frente a nosotros nos es su astucia y su innata maldad.

La más profunda, más importante, y aún más desagradable pregunta es: ¿Qué está y sigue estando mal con el pueblo americano que los hizo y los sigue haciendo gustosas víctimas de sus enemigos?

Hace algunos años, era corriente para hombres confiados y con facilidad de palabra, encontrar algún tonto con cinco o diez mil dólares en efectivo y venderle el puente de Brooklyn o el túnel de Holanda. Y escuché que cuando la ferroviaria Pennsylvania comenzó a demoler su estación en la ciudad Nueva York, alguien la compró contado por 25.000 dólares. Ya bien, los estafadores en todos esos casos son indudablemente hombres malvados. Merecen castigos ejemplarizantes. Pero, ustedes saben, debe haber habido algo malo también en los compradores. Por más que simpaticemos con ellos, debemos estar de acuerdo, creo, que no eran extremadamente brillantes.

Nosotros los americanos, ustedes saben, somos vistos con gran desprecio por nuestros enemigos, quienes nos describen en privado y a veces en público en los términos más ofensivos. Ustedes recordarán que hace algunos años un hombre llamado Khrushchev era el jefe empleado en el estado conspirador de Rusia. Él fue invitado a este país por su camarada Ike, y paseó por nuestra tierra, honrado y aplaudido por nuestra prensa e incluso por algunos americanos. Enseguida después de volver, le dijo a los reporteros gráficos en Vienna, «¿Los americanos? Por qué, uno les escupe en la cara y ellos creen que es rocío».

Esa delicada fraseología me recordó lo que me había sido dicho por un conocido en Washington durante la Segunda Guerra Mundial. Este hombre, un periodista veterano, ocupaba una posición importante en una de las fábricas de mentiras operadas por el régimen Roosevelt para mantener a las personas bobas vigorizadas con entusiasmo para mandar a sus hijos y a sus maridos a una matanza sin sentido. En una conferencia de política, este hombre objetó una mentira propuesta sobre la base que era tan absurda que destruiría la confianza pública, con el resultado que los americanos pronto dejarían de creer cualquier cosa que la agencia fabricara.

Se debatió mucho sobre esta cuestión en la conferencia de política hasta que fue terminado por el mayor experto de la agencia en esta materia. Él era un hombre quien, de paso, por una razón u otra, había deja Alemania uno pocos años antes y bendecido los Estados Unidos con su presencia. Este experto, estando un poco enredado por el debate, finalmente sacó su elegante y pequeño cigarro de su boca y dijo concluyentemente, «Ve spit in ze faces of the American schwine!» (Le escupimos en la cara a los tontos americanos) Y eso lo arregló todo. El amo había hablado.

¿Por qué recibimos y merecemos tal menosprecio? A no ser que simplemente nos hallamos degenerado en una raza de imbéciles, no aptos para sobrevivir en el mundo, debe haber algún bloqueo mental determinable que nos hace tan ingenuos. Y, si es así, debemos con la mayor urgencia determinarlo. Esa es la verdadera razón por la que mencioné la cuestión del Senador McCarthy y lo que pudo haber parecido la historia pasada e inefectiva. Ese episodio fue obviamente el antecedente de nuestra difícil condición presente. Y cuando tratamos de mirar hacia atrás a los factores obvios, tales como el control extranjero de nuestros canales de información y de nuestras finanzas, sabemos que debe haber algo más detrás de eso. Y luego vemos un factor obvio, del que muchos se han percatado sólo recientemente por el comportamiento chocante de los llamados estudiantes en las llamadas universidades y por mucho más chocante comportamiento de los oficiales administrativos y los facultativos de estos molinos de diplomas. Ahora vemos que la pandilla de estafadores con mala fama encabezada por John Dewey ha conseguido su objetivo. Nos damos cuenta que la escuela pública ha sido por muchos años una vasta máquina de lavado y contaminación de cerebros que ha funcionado, en su totalidad, con gran eficacia. Es la máquina a donde mandamos a nuestros niños a que les llenen las mentes con supersticiones grotescas y envilecedoras; para que sus instintos de integridad y honor desaparezca de sus almas; para ser incitados a la prematura depravación y perversión; para estar imbuidos con irreflexiva irresponsabilidad, y para que estén preparados para la adicción a drogas destructoras de mentes y una existencia por debajo del nivel animal. Las escuelas públicas han sido de hecho los motores independientes más poderosos de subversión que nuestros enemigos han utilizado sobre nosotros. El resto de esta hora no sería suficiente incluso para enumerar las formas en que los supuestos «educadores» han consumado su mortal tarea.

Cuando vayamos para atrás al asunto del Senador McCarthy y busquemos por una causa más profunda, podemos por supuesto culpar a las escuelas, que estaban haciendo entonces, un poco menos abiertamente, el trabajo que están haciendo ahora. Pero eso nos deja con la pregunta: ¿Por qué cayó el pueblo americano en ese fraude organizado? ¿Por qué fueron suficientemente ingenuos para ser fácilmente capturados por el engaño de John Dewey?

Bien, vayamos atrás a 1917, cuando el fraude de Dewey había ganado control de sólo un área pequeña, y cuando el mundo de seguro era un lugar más luminoso y agradable. Eso nos trae, por supuesto, al tiempo de Woodrow Wilson, otras maligna figura de nuestra historia. Yo no soy uno de esos que consideran a Wilson como un completo villano. Yo creo que era ante todo un hombre que podía intoxicarse a sí mismo con sus propias palabras. Y creo se equivocó durante la mayoría de su vida confundiendo sus alucinaciones con la realidad, como seguramente hizo aquel día en 1919 cuando estaba conduciendo temprano en la mañana por las desérticas calles de Washington, mecánicamente levantando su sombrero y reverenciando los aplausos de las multitudes que existían sólo en su febril cerebro. Es por ésto que quiero creer que él creía una gran parte de lo que decía. Y aunque en su vida política él era solamente una marioneta que bailaba y giraba en el escenario mientras sus hilos eran tirados por Jacob Schiff, Bernanrd Baruch, los Warburgs, y su agente Colonel House, el hecho es que Wilson le habló con rimbombancia al pueblo americano sobre «hacer el mundo seguro para la democracia» y «una guerra para terminar todas las guerras», y ellos le creyeron. En vez de llamar a un terapeuta cuando comenzó a balbucear esas notorias tonterías, ellos le dejaron zambullirlos en una guerra en la que no tenían ninguna inquietud concebible y utilizar el poder de los Estados Unidos para hacer que el resultado de esa guerra fuera tan desastroso a largo plazo para Gran Bretaña como lo era para Alemania.

Ahora admito que la noción de un mundo sin guerras es una idea placentera y atractiva. Pero a la gente que cree que puede haber tal cosa debería preguntársele por Papá Noel, en quien indudablemente también creen.

Vayamos hasta 1909, cuando al pueblo americano se le ofreció un plan para destruir naciones que había sido formulado nuevamente por un asqueroso degenerado llamado Mordechai, alias Karl Marx. Ahora, es cierto que los promotores contrataron unos cuantos periodistas, profesores liberales, y otras prostitutas intelectuales, para probar terminantemente que el impuesto a la ganancia propuesto no podría bajo ninguna circunstancia exceder el cuatro por ciento sobre los ingresos de los millonarios y nunca podría afectar a nadie más, por la obvia razón que ningún gobierno federal podría gastar tanto dinero. Pero el punto es que una mayoría del pueblo americano -los herederos de un gobierno gratuito basados en la premisa de que el gobierno debe ser limitado a lo esencial y debe ser atado por las cadenas de una estricta constitución, inhibiendo el ejercicio de todos los poderes excepto aquellos estimados absolutamente necesarios para la defensa nacional- aquellos americanos creyeron esa farsa. En efecto, lo que los promotores les estaban diciendo en todo de engatusamiento era, «Vengan, pequeños tontos, pongan sus cabezas en el lazo y nosotros les haremos mucho bien». Y los atontados pequeños tontos pusieron sus nucas en el lazo, y así el país está ahora bajo el régimen del gran «White Slave Act», y por eso estamos donde estamos hoy.

Podríamos ir mucho más atrás, y si tuviéramos el tiempo ciertamente deberíamos ir hacia atrás hasta al menos el Siglo XVIII, cuando la extraña mitología de lo que hoy llamamos «liberalismo», y todas las mentiras básicas que son grabadas en las cabezas de nuestros niños en las escuelas, fueron manufacturadas por una estrafalaria y botarga pandilla compuesta por agentes de la gran conspiración de Weishaupt, muchos estafadores ordinarios y charlatanes de feria, y casi una manada de «idealistas» con zumbidos en sus cerebros y lenguas nerviosas. Pero creo que hemos dicho suficiente para ver que nosotros, americanos, estamos sufriendo de una enfermedad crónica o tropismo que invariablemente nos ha puesto a merced de nuestros enemigos al hacernos incapaces de pensar por nosotros mismos. Hay en nosotros una debilidad, tal vez una debilidad fatal, que nos hace no sólo escuchar el balbuceo de los autodeclarados hacedores del bien, sino hacer lo que sea que nos digan que hagamos, y que lo hagamos de la forma más descuidadamente posible como si estuviéramos en un trance hipnótico y hubiéramos rendido nuestra voluntad a la del hipnotizador.

Ahora creo que esta extraña debilidad, a diferencia de tantas de nuestras peculiaridades, no es una simple idiotez congénita o hereditaria. Si eso fuera verdad, nos estaríamos aquí: nuestros remotos ancestros hubieran sido comidos mucho antes del amanecer de la historia. Esta compuesto, me parece a mí, de la perversión de siete cualidades diferentes; una perversión causada y adoptada por ciertos malentendidos en las peculiares circunstancias que resultaron de la prosperidad, poder, y dominación del mundo que nosotros, los del oeste, conseguimos por nosotros mismos y disfrutamos en siglos recientes. Todos los siete elementos de nuestra mentalidad que voy a enumerar son buenas cualidades, al menos en el sentido de que nacen en nosotros, que no las podríamos eliminar de nuestra herencia genética si lo quisiéramos, y que hemos tenido que aceptarlas forzosamente. Podríamos comentar mucho sobre cada una de ellas, y sería particularmente interesante compararnos con otras razas en cada punto. Pero debo enumerarlas tan brevemente como sea posible, con sólo una palabra o dos de explicación para hacer mi significado claro.

La primera es la imaginación, la que está altamente desarrollada en nosotros, y vívida; una imaginación que significa, sobre otras cosas, que tenemos una necesidad espiritual de una gran literatura: ambas, una literatura de experiencias vicarias y una literatura de lo fantástico y maravilloso que trasciende el mundo de la realidad. Pero este don trae consigo, por supuesto, el peligro de que podamos no distinguir claramente entre una imaginación vívida y algunas cosas que efectivamente podamos ver en el mundo.

Segunda, el sentido de honor personal que es tan fuerte en nosotros, y parece tan vanidoso y tonto a otras razas. Es éste, sobre otras cosas, que nos da la concepción de un combate honorable cuando hombres de nuestra raza se encuentran como oponentes en la guerra. Nos da el rasgo distintivo caballeresco que ustedes ven cuando Diómedes y Glauco se encuentran en las planicies de Troya y en toda la historia subsecuente y cuentos de nuestra raza. También nos expone al peligro de comportarnos de modo caballeresco ante aquellos para quienes estos estándares son una locura.

La tercera es la capacidad de pensamiento objetivo y filosófico, que está virtualmente limitado a nuestra raza, y que nos permite ponernos a nosotros mismos mentalmente en la posición de otros, pero simultáneamente nos expone al riesgo de imaginar que sus pensamientos y sentimientos son lo que serían los nuestros.

La cuarta es nuestra capacidad de compasión. Tenemos una renuencia racial de inflingir dolor innecesario, y nosotros mismos nos angustiamos ante una escena de sufrimiento. Esto es, por supuesto, una peculiaridad que trae sobre nosotros la burla y el desprecio de la numéricamente mayor población del mundo, que son seres constituidos diferentemente. Los salvajes de Africa, quienes son ahora sus amos en el sentido de que usted tiene que trabajar para ellos todos los días, encuentran el espectáculo de un ser humano bajo tortura simplemente hilarante. Y cuando ven a un prisionero cegado, con sus miembros rotos retorcerse mientras lo aguijonean con un hierro al rojo vivo, se ríen con alegría; con júbilo, un verdadero júbilo, que es mayor a la excitación que pudo provocar en ustedes la comedia más divertida sobre un escenario. Ustedes pueden buscar en vano en la vasta y respetable literatura de China por un rastro de compasión por el sufrimiento en sí.

Quinta, nuestra generosidad, tanto como individuos y como nación, lo que naturalmente trae sobre nosotros el menosprecio de aquellos a quienes le damos en el extranjero.

La capacidad de autosacrificio es la sexta; y ésta esta, por supuesto, altamente desarrollada en nosotros, pero es una base necesaria para la existencia de cualquier sociedad civilizada. Ningún pueblo sobre el nivel del salvajismo irreflexivo puede sobrevivir en este mundo sin algún instinto o alguna creencia que haga que sus hombres jóvenes den sus vidas por la preservación de la sociedad en la que nacieron.

Y la séptima y última es el sentimiento de religión, el que por supuesto es común a toda la humanidad, aunque aquí también toma una forma diferente en nosotros. Por quince siglos la religión del mundo occidental ha sido el Cristianismo, Cristianismo occidental, y no hay otra religión ahora conocida o incluso imaginable que pueda quitarle su lugar. Pero es simplemente un factor histórico, que tenemos que deplorar aunque no podamos cambiar, que sólo una pequeña parte de nuestra población actual, 12 o 15 por ciento, realmente cree que Cristo era el hijo de Dios, que el alma es inmortal, y que nuestros pecados serán castigados en una vida futura. Esto significa que el instinto religioso, que es parte de nuestra naturaleza, encuentra insatisfacción en la mayoría de nuestra gente por ser una fe incondicional; por lo que aquellos instintos frustrados están disponibles para explotación por cualquier sinvergüenza medio listo, como los leguleyos y punks que ahora ocupan la mayoría de los púlpitos bien saben. Cuando se pierde la fe, lo que Pareto llama el residuo religioso, en las personas se vuelve su punto más vulnerable, su talón de Aquiles. Es la necesidad insatisfecha de una fe incondicional en un poder superior.

Ahora, una perversión de todas estas cualidades en nosotros se produjo durante los siglos de nuestra dominación, dejándonos una completa falsa concepción de los otros pueblos. Nosotros hemos imaginado que por alguna magia podríamos transmitirle a ellos no sólo nuestras posesiones materiales, sino también las cualidades de nuestra mente y espíritu.

Y siempre hemos sucumbido al halago de la imitación. La capacidad de comportamiento imitador es común no sólo a todos los seres humanos, sino también a todos los antropoides, tal como todos sabemos de la expresión proverbial, «mono ve, mono hace». La habilidad del mono para imitar es, por supuesto, limitada. Pero, con la excepción de los Australoides, otras razas poseen la capacidad de imitarnos en lo externo convincentemente. Si se visten con nuestras ropas, cumplen con nuestras buenas costumbres sociales, y hablan nuestro idioma, utilizando las frases que como pueden aprender por observación nos complacen, y utilizando esas frases incluso si no las entienden o si las consideran absurdas tonterías y disparates, los miembros de otras razas podrían imitarnos tan verosimilmente que los creeríamos convertidos a nuestra mentalidad y a nuestra concepción de vida. Y cualquier defecto que pudiéramos notar en la ejecución del imitador, generosamente los pasaríamos por alto o lo consideraríamos como una simpática candidez.

Esta capacidad de imitación es poseída por salvajes, al menos por los más inteligentes, y nos ha engañado una y otra vez. Los británicos son tan crédulos como nosotros. Cientos y cientos de veces, al menos, ellos les dieron escolaridad a negros de Basutolandia o Kenia o Nigeria o de alguna de sus otras posesiones, y el resultado fue casi siempre el mismo. Con el dinero recibido, el salvaje se compró un buen guardarropa, asistió a un colegio inglés, aprendió a jugar fútbol, asistió a Oxford, escribió un encantador ensayo sobre el valor de la lengua o sobre leyes antiguas, copuló con mujeres inglesas poco iluminadas quienes lo creyeron «romántico» y a ellas mismas de «mente abierta», y cuando se cansó de vivir de la generosidad inglesa, se fue a casa con su tribu donde lo esperaba un bebé bien rostizado servido a él como una delicadeza que le había sido negada durante mucho por los estúpidos prejuicios de los estúpidos británicos.

Con algunos de los muy inteligentes pueblos orientales, la capacidad de disimulación va aún más allá que ésta y se aproxima a la genialidad.

El extraño y único pueblo internacional, los judíos, quienes a lo largo de toda la historia conocida han vivido y florecido plantando sus colonias en los países de otros pueblos, le han debido mucho de su éxito a su habilidad tipo camaleón de adaptarse, cuando eligen, a las maneras y actitudes de cualquier país que escogen para residir. Ellos son un pueblo altamente inteligente, casi posiblemente mucho más inteligentes que nosotros. Pero todos los observadores, notablemente Douglas Reed y Roderick Stohlheim, han comentado sobre la asombrosa habilidad de los judíos de parecer un alemán en Berlín, un checoslovaco en Praga, un italiano en Roma, y un inglés en Londres, alternando de un rol a otro con la facilidad con la que un hombre podría cambiarse sus ropas. Los judíos tienen, por supuesto, la gran ventaja de que su piel es blanca, y que muchos de ellos se asemejan, en rasgos, a miembros de nuestra raza, incluso al punto de ser indistinguibles, al menos a para un ojo poco experimentado, e incluyendo personas con tales características no orientales como pelo rubio o pelirrojo.

No estoy seguro, por consiguiente, que el mayor talento para la disimulación no pertenezca a un pueblo que no cuenta con esa gran ventaja física: el japonés. Su habilidad de ganar nuestra confianza y apropiarse de nuestra tecnología y ciencia es simplemente fenomenal, como resulta obvio de lo que ellos, viviendo hacinados en una pocas islas pobres, han realizado. Pero su talento para la disimulación es igualmente genial.

Siempre recuerdo la experiencia de un amigo mío, quien era a finales de 1930 profesor de química en una gran universidad, en la que puede ser llamada un área estratégica de nuestro país. Los estudiantes sobresalientes de sus clases de graduados eran cuatro japonenses jóvenes. Y en parte porque eran tan aptos para aprender las más abstrusas formas de química, y en parte porque eran extranjeros y por ello entusiasmaban en él la generosidad que es normal en nosotros, él los invitó a su hogar; y en el transcurso de tres años él llegó, pensaba, a conocerlos muy bien personalmente. Sus modales y su inglés eran excelentes. Profesaban la mayor admiración por América y sus instituciones. Ellos hablaban, por supuesto, de la «democracia» en términos de gran adoración. Deploraban el «militarismo», y fervientemente deseaban la «paz mundial» y «el entendimiento entre todos los pueblos». Mi amigo estaba convencido que si sólo pudiéramos trae más jóvenes como ellos a los Estados Unidos, la política de Japón cambiaría eventualmente, y las dos naciones vivirían a partir de entonces en perpetua armonía.

Luego, un día se encontró solo en un cruce de carreteras en el campo abierto, a unas veinte millas de la universidad, esperando que unos amigos lo recogieran en su automóvil. Estaban retrasados, y ya que el día era caluroso, él fue a un huerto cercano a reposar bajo la sombra de los árboles mientras esperaba. Vio a sus cuatro estudiantes japoneses venir paseando por una de las carreteras, evidentemente en un paseo sin prisa. En el cruce de carreteras, ellos se detuvieron, miraron arriba y abajo cada carretera, miraron alrededor y no vieron a nadie. Luego se pararon rectos espalda con espalda, cada uno de cara a una dirección, sacaron una cámara Leica, y fotografiaron cada carretera y luego los alrededores en cada diagonal e hicieron anotaciones en un mapa. Ellos habían, por supuesto, venido a nuestro país no sólo a aprender nuestra ciencia química para su eventual utilización en nuestra contra, sino dicho sea de paso, a cartografiar el territorio alrededor de la universidad para una futura referencia, por si su armada tenía ocasión de invadirnos o si tenían ocasión de desembarcar una fuerza secreta en nuestras costas. E hicieron su trabajo con la paciente minuciosidad de su raza, indudablemente riéndose para adentro de la ingenuidad de los grandes bobos blancos quienes libremente entregan todo su conocimiento duramente ganado a sus enemigos naturales.

Nuestras mentes han sido omnubiladas por una  aún más peligrosa falsa concepción largamente anexada a nuestra religión. Por siglos hemos trabajado bajo la ilusión de que la cristiandad occidental era algo que podría ser exportado, y sólo eventos recientes han finalmente hecho obvio para nosotros cuán vano y fútil ha sido el trabajo y entusiasmo de devotos misioneros por cinco siglos. Cuando Cortés y su pequeño pero valiente banda de hombres de hierro conquistaron el imperio de los Aztecas, él fue inmediatamente seguido por un tren de desinteresados y devotos misioneros, principalmente Franciscanos, quienes comenzaron a predicar el evangelio cristiano a los nativos. Y ellos rápidamente mandaron de vuelta a sus casas, con inocente entusiasmo, brillantes informes de las conversiones que habían efectuado. Uno puede sentir su sinceridad, su piedad, su ardor, y su regocijo en las páginas del Padre Sagún, Padre Torquemada, y muchos otros. Y por su bien me alegro que los pobres Franciscanos nunca sospecharan cuán pequeño rol habían jugado realmente en la conversión religiosa que les dio tanta alegría. Mucho más efectivos que sus palabras y sus libros habían sido los cañones que habían roto las defensas Aztecas y los despiadados soldados españoles que habían masacrado a los sacerdotes Aztecas en sus altares y derribado sus ídolos de las pirámides de sacrificio. Los Aztecas aceptaron el cristianismo como un culto, no porque sus corazones hubieran sido tocados por doctrinas de amor y compasión, sino porque el cristianismo era la religión de los hombres blancos cuyos cañones de bronce y sus guerreros con armaduras los hacían invencibles.

Eso fue temprano en el Siglo XVI, y nosotros, de occidente, hemos seguido repitiendo ese cariñoso error desde entonces, como los misioneros que mandamos a todas partes del mundo y escribieron a casa con inocente satisfacción brillantes informes sobre el número de corazones que habían «ganado para Cristo». Y fue sólo luego que las campañas de conspiración internacional de «anticolonialismo» estuvieron en marcha, que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta que lo que había ganado todos esos corazones habían sido principalmente la disciplina de los regimientos Británicos y el poder del hombre blanco.

En muchas de las costas africanas, por ejemplo, misiones anhelaban ganar almas aventurándose en tierra solos; y los nativos, luego de divertirse mucho torturándolos hasta morir, se los comían; tanto cocidos como crudos, de acuerdo a la costumbre local.

Lo que pasaba comúnmente, era que pocos meses más tarde, un crucero británico se acercaba a la costa y disparaba media docena de proyectiles de 4,5 pulgadas de alto explosivo sobre la aldea nativa, y, si no tenían apuro, tal vez desembarcaban media compañía de soldados navales para limpiar la espesura y sacar alrededor de una docena de salvajes para colgarlos en árboles convenientes. Al menos que la tribu fuera excesivamente estúpida, entendían el mensaje. La siguiente partida de misioneros era respetada, como si de algún modo representaran al Dios del trueno y el relámpago. Y si esos hombres de Dios distribuían suficiente arroz y medicamentos gratuitos con sus sermones, podían llegar a hacer muchos conversos. Ellos podían enseñar un ritual, y podían tal vez inculcar una superstición que tuviera un parecido superficial con su religión; pero para enseñar la substancia espiritual de la cristiandad, ellos podían también haber seguido el ejemplo de San Francisco y dado sermones a los pájaros. A pesar que es verdad que en algunos lugares de las posesiones coloniales anteriores, los misioneros son aún tolerados, si pagan muy bien, hemos finalmente entendido que el evangelio va tras los regímenes Británicos en las insanas e ignominiosas retiradas del hombre blanco del mundo que fuera de él.

Todos estos factores han contribuido, creo yo, a nuestra extraña tolerancia de los «hacedores de bien» y nuestra increíble obtusencia en nunca preguntar contra quién él está «haciendo el bien». Porque es desdichadamente cierto que un completo 80 por ciento de esos altamente sonados proyectos de «mejoramiento» y «justicia social» son motivados, no por el interés de los supuestos beneficiarios, sino por avaricia y maldad. Pero nosotros nunca preguntamos.

Esta es la razón por la que tenemos tantos «intelectuales» batiéndose sobre nosotros. Ellos han descubierto la más segura y lucrativa de todas las extorsiones. Un «intelectual» se distingue por dos talentos: una brillante habilidad con palabras, y fosas nasales muy sensibles. Él puede oler un billete de veinte dólares en tu bolsillo a una cuadra de distancia, y dos minutos después de que ese delicioso aroma llega a sus fosas nasales, los «ideales» corren por sus colmillos. Ustedes conocen la jerga: «los poco privilegiados», «igualdad de oportunidad», «países subdesarrollados», «pueblos emergentes», y similares, suman infinitas náuseas. Y mientras escuchan esta canción seguramente ni siquiera noten mientras la mano de él entra en el bolsillo de ustedes.

Ahora podemos ser suficientemente ricos para ser tontos, pero no podemos afrontar las más elaboradas formas de «hacer el bien» que están inspiradas por malicia y odio. Pero igual así las toleramos con un masoquismo colectivo que es simplemente suicida. Hemos aceptado una inversión increíble de los valores al punto que nos hemos declarado una especie inferior, apta sólo para ser esclavizada, golpeada, y masacrada al grito de nuestros superiores.

Esto es a lo que equivale la propuesta, aunque, por supuesto, está embadurnada con la viscosa baba de estupideces humanitarias ideadas por nuestros enemigos y multiplicada descuidadamente por el lloriqueo de nuestros propios sentimentalistas.

Esto no es algo nuevo. Si tuviera tiempo, dirigiría su atención en algún detalle hacia la vasta e irreparable calamidad traída sobre nuestra nación en el último siglo por un pequeño grupo de bulliciosos y fanáticos enloquecidos, y abolicionistas, quienes forzaron sobre el Sur su trágica guerra de independencia. No estoy defendiendo la esclavitud, la esclavitud negra, como una institución. Creo que Jefferson y Lincoln estaban en lo correcto al referirse a ella como un sistema que era pernicioso, por bastantes razones racionales, de las cuales las más importantes eran: primero, que mantenían en nuestro suelo millones de personas de una raza radicalmente diferente a la nuestra, e inferior bajo nuestros estándares; y segunda, que resultaba en cierta producción de mestizos, lastimosas criaturas desgarradas por los instintos incompatibles que habían heredado. Como saben, era el firme propósito de Abraham Lincoln hacer que todos los negros volvieran a Africa, o, en el interés de la economía, a América Central. Pero los abolicionistas no eran racionales. Ellos eran, lamento decirlo, en su mayoría americanos, incluyendo personas tales como Wendell Phillips, Professor Elizur Wright, y, por supuesto, féminas histéricas tales como Lydia Child y Harriet Beecher Stowe. Su líder era William Lloyd Garrison, quien también era un americano, aunque estaba financiado por Isaac Mack y otros judíos. Ellos eran un grupo pequeño, despreciados por los americanos cuerdos, tanto en el Norte como en el Sur. Pero ellos vociferaron y encolerizaron hasta que consiguieron su camino. Comenzaron a agitar en 1840 por la disolución de la unión americana, y por la división de Estados Unidos, por secesión, en dos países. Y luego de veinte años de discursos violentos, finalmente persuadieron a los estados del Sur de tomar su propuesta con seriedad.

Es muy instructivo leer a los abolicionistas. Ellos picotearon citas de la Biblia, y balbucearon sobre «derechos humanos» e «igualdad». Pero no pueden encubrir completamente su ánimo real e inspiración. Su veneno está dirigido contra los propietarios de las plantaciones del Sur, la mayoría de quienes, aunque no todos, eran damas y caballeros. Los abolicionistas tenían en sus mentes una imagen, parcialmente correcta, del terrateniente sureño como un hombre muy superior a ellos en educación, cultura, y humanidad. Y por eso lo odiaban, implacablemente. Ellos también tenían en sus afiebradas mentes una imagen, totalmente falsa, del hacendado como un hombre de riqueza y ocio ilimitados quien se pasaba la vida recostado en un amplio porche chupando julepes de menta. Y lo envidiaban ardientemente. Ellos tenían una imagen, igualmente falsa, de la mujer sureña como una que pasa sus días con una comodidad tipo hada, esperada por serviciales esclavos en cuatro patas. Ellos tenían una imagen, muy correcta, de esas mujeres siendo tratadas por los hombres con un respeto caballeresco que era casi desconocido en el Norte. Y por ello aspiraban a humillar y destruir a esta dama sureña. Esta era la verdadera inspiración de su maniático «hacer el bien».

Uno puede sacar la dimensión real de lo que le ha pasado a la mentalidad de nuestra nación tan sólo recordando el nombre de ese distinguido ladrón de caballos y maniático homicida, John Brown, quien, financiado por un grupo conspirador autoproclamados los «Secret Six», fue mandado al Sur a iniciar una revuelta de esclavos. Como todos admiten, su propósito era conseguir que todas las mujeres del Sur fueran violadas y masacradas, y que todos los hombres de Sur fueran brutalmente mutilados y masacrados. ¿En qué lo convierte ésto de acuerdo a una opinión contemporánea? Porque fue «un paladín de los derechos humanos», «un mártir de la libertad», y todo eso. Él quería hacer una carnicería, es verdad, pero una carnicería de hombres y mujeres blancas. Es decir, limo blanco, como nosotros mismos, mientras nos revolcamos en éxtasis de autodegradación y autoodio. Y eso es suficiente para hacerlo admirable, para hacerlo noble. Y su alma sigue marchando ó sobre las brazas calientes, espero.

Yo les recuerdo que aquel pequeño grupo de santurrones gritones trajo sobre nosotros una terrible y fratricida guerra, inflingiendo en nosotros una pérdida irreparable y empobreciendo nuestra nación y raza para siempre al destruir la herencia genética de nuestros mejores hombres. Y también nos disminuyó moralmente, tal vez incluso irreparablemente. Para luego del asesinato de Lincoln, el que ciertamente tramaron, nuestros odiosos enloquecidos «hacedores de bien» tenían su camino libre. Si existe algún americano que pueda leer la historia de todo el sufrimiento lacivamente inflingido sobre las personas blancas del Sur durante lo que se llama «Reconstrucción», sin bajar la cabeza de vergüenza y sentir a través de todo su cuerpo un remordimiento angustiante, sólo puedo decir que él es un despiadado y sádico más allá de mi comprensión.

Partiendo de esta base, ¿podemos asombrarnos de haber llegado hoy al punto en que el odio frenético hacia nosotros mismos es la forma cierta de lograr nuestra veneración y nuestra reverencia? ¡Cómo fueron los americanos enseñados a odiarse a sí mismos!

Los chinos comunistas atacaron y capturaron una de nuestras embarcaciones navales, la que nosotros, tal vez por un acuerdo entre ellos y nuestros enemigos en Washington, rehusamos defender aunque teníamos una amplia advertencia del ataque. ¿Pero a quién le importa? Ellos son sólo limo blanco como nosotros, nacidos para trabajar y morir por el placer de sus amos. Ahora por supuesto, si ellos hubieran sido algo realmente valioso y noble, tal como un caníbal comunista homosexual mestizo sifilítico piojoso, todos nuestros punks liberales hubieran estado gritando y aullando en nuestras calles desde el alba y durante toda la noche.

Cada día, más y más de nuestros jóvenes hombres son embarcados para Vietnam y forzados a pelear bajo condiciones cuidadosamente concebidas para asegurar la máxima cantidad de pérdidas de vidas americanas y para asegurar una eventual derrota. Pero pasemos por alto esto. Asumamos que realmente es una guerra y que está siendo honestamente peleada. ¿Cuál es su objetivo declarado? ¿Para asegurar una base naval o aérea para los Estados Unidos? ¿Para conquistar una colonia para los Estados Unidos? ¿Para proteger a nuestros hermanos de sangre en Australia? Estos serían propósitos racionales, aunque uno podría debatir la necesidad estratégica de esa ubicación en particular. No, el propósito aparente, el propósito declarado, es salvar a los prolíficos orientales de Vietnam del Sur de los horrores del comunismo. No importa que ese propósito sea transparentemente hipócrita. Asumamos que es sincero. ¿Entonces qué?

Nosotros somos americanos, hombres blancos de occidente. Y si fuéramos cuerdos, ninguna verdad sería más obvia e incuestionable para nosotros que el hecho que, en lo que a nosotros respecta, toda la abundante población de Vietnam no vale la vida de un soldado americano. Pero si alguien sugiere eso, porqué todo el mundo se horroriza: ¿»No somos acaso los esclavos del mundo para ser utilizados en hacer el bien? A quién le importa su hijo o el mío - ellos son sacrificables».

Ahora, con instigación de los promotores de esa carnicería en Vietnam por razones políticas, hordas de jóvenes punks vienen gritando desde las puertas de nuestros criaderos de rufianes (los que por alguna razón siguen siendo llamados colegios), y ellos protestan por la espantosa guerra de Vietnam. ¿Qué es lo que están protestando? ¿La muerte inútil de un hermano? ¿O de un antiguo compañero de clase, un hombre blanco? No, ellos aúllan y manifiestan porque algunos de los dulces orientales de Vietnam del Norte salen lastimados a veces. Si sólo pudiéramos encontrar una forma plausible de matar muchachos americanos sin incomodar a los orientales, esos rabiosos quejosos estarían bien felices.

Los judíos, quienes, como he dicho antes, son un pueblo extremadamente inteligente, y quienes con tal vez un cinco por ciento de nuestros recursos militares supieron cómo terminar en seis días una guerra contra oponentes mucho más numerosos y formidables que los vietnamitas, y quienes fueron suficientemente inteligentes para saber que la única justificación para una guerra agresiva es el territorio que se conquista con ésta, decidieron que sería gracioso matar unos despreciables goim en nuestro barco Liberty, y lo hicieron - con el resultado de que la legislatura de al menos un estado americano les mandara de apuro un mensaje oficial de felicitaciones. Nuestros hombres fueron matados en donde los mandamos, aparentemente al servicio de nuestro país, muertos mientras usaban nuestros uniformes y flameaban nuestra bandera. Ellos eran el símbolo de nuestra nación. Ellos hubiesen sido la visible encarnación de nuestro autorespeto, si tuviéramos algo. ¿Pero a quién le importa? Ellos son sólo limo blanco como nosotros.

Allá en Memphis, alguien le dispara a un ladrón de autos negro, notorio agente comunista, y un incitador ávido de sangre de disturbios y revolucionario en nuestra contra. ¿Qué pasa? La mitad de los blancos cretinos de este país gimotean y sollozan y se acongojan, diciendo llorozamente, «Qué hombre maravilloso que era. Él quería matar limo blanco como nosotros. ¿No era eso dulce, no era eso noble, no era eso celestial, no era él igualito a Jesús?».

Uno podría listar durante horas más ejemplos. Pero ya he dicho suficiente, seguramente, para mostrarles cuál es realmente el mayor obstáculo individual que enfrentamos: el masoquismo colectivo pervertido que ha sido incitado en tanta de nuestra gente.

Lo que he estado diciendo hasta ahora no es lo que tenía intención de decirles al principio. Yo medité, y preparé un discurso que estaba destinado a mostrarles que habíamos pasada el punto sin retorno, y que ahora enfrentábamos un futuro de violencia que sólo puede resultar en nuestro sometimiento total al status de ganado, o supervivencia al costo de grandes penurias, sacrificio, y pérdida de vida. Tenía intención de hablar en alguna medida sobre Francis Parker Yockey y su gran libro Imperium. Es un libro que evidentemente tiene el poder de darle una inspiración y propósito a los alertados y sanos jóvenes americanos. Y yo tenía la intención de comentar sobre él como representando, probablemente, nuestra única fuerza que nos ayudará a emerger de nuestra difícil presente situación.

Pero luego de ésto, tuve dos telefonemas de hombres cuyos nombres ustedes probablemente reconozcan. Los movimientos patrióticos de este país incluyen algunos impostores y un número de agentes dobles, cuya misión es la de comprobar que todos los esfuerzos patrióticos sean dirigidos hacia callejones sin salida, donde deben terminar en frustración y desánimo. Pero me siento seguro que ninguno de los hombres que me llamaron pertenecía a ninguno de estos dos grupos. Me siento convencido que fueron sinceros y entusiastas. Uno de ellos me habló muy solemnemente sobre nuestro deber de proteger y defender al pueblo de Vietnam de los horrores del comunismo. El otro, en el transcurso de la conversación, habló muy enfáticamente sobre nuestro deber de darle al resto del mundo un ejemplo inspirador de las bendiciones de la libre empresa - al resto del mundo, tu asunto. Estamos obligados a darles un modelo que puedan seguir. Por lo que he descartado el discurso que tenía preparado y reemplazado esta discusión, la que ya ha sido muy larga y muy apresurada.

Porque estoy convencido de que nunca seremos capaces de pensar racionalmente sobre nuestra propia supervivencia hasta que tengamos el coraje de decir, en nuestras propias mentes: Somos americanos, hombres blancos de occidente. Este es nuestro país porque se lo quitamos a los indios. Y tenemos un derecho incuestionable a este país mientras tengamos el poder y la voluntad de defenderlo.

¿Qué le debemos a las naciones de Europa occidental o naciones tales como Australia y Sudáfrica? Les debemos reconocimiento por nuestra relación de sangre a los hombres de nuestra raza que permanecieron en las tierras de donde nosotros venimos, y con los que tenemos, en el grado que ellos lo reconozcan, un interés común, siendo que nosotros y ellos juntos formamos una raza que es numéricamente una minoría en el globo, en donde el resto de sus habitantes nos odian.

¿Qué le debemos al resto del mundo? Nada, absolutamente nada.

¿Cuáles son los «derechos civiles» que le debemos a nuestros negros si insisten en tenerlos? Un boleto gratuito a Africa.

¿Qué le debemos al autoproclamado pueblo elegido? Respeto común y trato considerado siempre que estemos convencidos que es para nuestra conveniencia el tener un cuerpo cohesivo de 12 a 15 millones de extranjeros residiendo en nuestro país y que poseen una gran parte de él.

¿Qué le debemos a la inmencionable abominable pandilla que ahora nos gobierna en Washington? Un juicio justo.

Ahora todo ésto, por supuesto, es algo que sólo podemos decir en nuestras propias mentes y en reuniones cerradas. Es probablemente incauto decirlo incluso en asambleas tales como ésta, dado el extraño apasionamiento de la mayoría de nuestra gente sobre quienes he llamado su atención por ser el mayor obstáculo individual delante de nosotros. Tales afirmaciones obviamente no son utilizables como propaganda o proclamaciones. Ciertamente, temo en gran medida que para la mayoría de nuestro pueblo esas alucinaciones «humanitarias» implantadas sean tan profundas y crónicas que puedan ser rotas, de ser posible, sólo por la terrible conmoción del sufrimiento físico. Y que seguramente reciban.

Mientras tanto, recaerá sobre ustedes, si no se proponen rendirse, proveer tal liderazgo en sus propios círculos y comunidades y hacer tales preparativos y tomar tales acciones como para que avance nuestra causa con la debida consideración en prudencia y estrategia. Les he dicho ésto a ustedes porque estoy firmemente convencido de que nuestro futuro es realmente desesperanzador si no vemos claramente en nuestras propias mentes nuestros propios objetivos. Y que, me consta, no podemos lograrlo, a menos que podamos liberar nuestras propias mentes de las apretadas restricciones de la superstición «humanitaria» y de las falsas inhibiciones morales que han reemplazado la verdadera moralidad.

Confío en no haber horrorizado a ninguno de ustedes. Pero sé que es muy posible que algunos de ustedes puedan sentir que lo que he dicho es despiadado y en violación de nuestro deber cristiano de amar a todos. Si es así, sólo puedo pedir disculpas y observar que ustedes son demasiado buenos para este mundo. Sé que la perspectiva que he sugerido es sombría y puede perfectamente desanimar a un hombre. Sólo puedo recordarles la más incontrovertible y verdadera declaración en el gran y profético trabajo de Oswald Spengler: «Glucklich wird niemand sein der heute irgendwo in der Welt lebt». [Nadie en este mundo hoy puede esperar felicidad]. De ese destino no hay retirada, no hay escape. No hay dónde esconderse de las consecuencias de los que nosotros del occidente hemos traído sobre nosotros mismos por nuestra generosa bobería.

Las únicas alternativas ahora son luchas o lloriquear. Pero si creen que pueden escapar, adiós y buena suerte. Al resto de ustedes les sugiero que debemos ver claramente nuestro problema cuando nos digamos a nosotros mismos:

Nosotros somos americanos. Este es nuestro país. Quién trate de quitárnoslo, por la fuerza o cautelosamente, es nuestro enemigo. Y es nuestro propósito - más aún, es nuestro deber hacia nuestros hijos y sus hijos y hacia nuestra posteridad aún no nacida - es nuestro deber utilizar cualquier medio accesible para destruirlo. 

 



Historia
NuevOrdeN