Mao Tse-Tung, cuando el Oriente fue Rojo
... ¿Qué es en la vasta historia china el nombre de Mao? Un ligero viento teñido
de sangre, un espasmo, una pesadilla, algo o alguien que pasará, pero que, sin
embargo, marcó el convulso calendario del siglo XX...
«MAO Zedong (Mao Tse-tung), que durante décadas ejerció un poder absoluto sobre
la cuarta parte de los habitantes de la Tierra, fue responsable de la muerte de
más de setenta millones de personas en tiempo de paz. De ningún otro líder
político del siglo XX puede decirse tanto», este es el arranque de la reciente,
exhaustiva y, por momentos, apabullante biografía (Taurus) sobre Mao escrita por
Jung Chang -autora de la célebre y conmovedora historia de una familia china a
lo largo del siglo pasado, Cisnes salvajes- y Jon Halliday. No menor es el
cierre más de setecientas páginas más adelante: «Pasados diez minutos de la
medianoche del 8 de septiembre de 1976, Mao Zedong murió. Su mente se mantuvo
lúcida hasta el final; una mente en la que sólo había lugar para un pensamiento:
él mismo y su poder».
A la vista de su espectacular crecimiento, no le ha ido
mal a China desde que, el 9 de septiembre de 1976, el padre de la patria, el
revolucionario comunista Mao Zedong, falleciera a los 82 años en su residencia
de Zhongnanhai, cerca de la Ciudad Prohibida de Pekín.
Durante los últimos seis siglos, en este complejo de palacios próximo a la plaza
de Tiananmen habían residido los emperadores de la antigua sociedad feudal
contra la que luchaba Mao. Al igual que ellos, el «Bienamado Presidente» moría
recluido y alejado del pueblo, como un monarca de antaño o un pequeño dios.
Toda una paradoja del destino para este hijo de campesinos que, nacido en
Shaoshan, en la humilde provincia de Hunan, se convirtió en el hombre más
poderoso de China, una nación orgullosa de sus 6.000 años de Historia que
entonces se encontraba en decadencia. A lo largo de los tres últimos siglos, y
en especial desde la Primera Guerra del Opio (1840), el coloso oriental venía
sufriendo la humillante ocupación de las potencias coloniales, que expoliaban el
dividido país, conquistaban ciudades como Hong Kong y Macao e incluso colocaban
en los parques de la «concesión francesa» de Shangai carteles prohibiendo la
entrada a «perros y chinos». Mao se unió entonces, como millones de jóvenes, a
la revolución nacionalista que, liderada por el doctor Sun Yatsen, derrocó la
dinastía Qing e impuso la Primera República. Tras acabar sus estudios como
maestro, abrazó el marxismo mientras trabajaba en la Biblioteca de la
Universidad de Pekín y fue uno de los fundadores del Partido Comunista de China
el 23 de julio de 1921 en Shangai.
Pero su ascenso político no llegó hasta que, tras una década dirigiendo las «guerrillas» de Hunan y Jiangxi, encabezó la «Larga Marcha» (1934). Acosadas por el Ejército del Generalísimo Chiang Kai-shek, las tropas rebeldes acantonadas en el sur emprendieron una retirada hasta la base de Yan´an, situada a casi 10.000 kilómetros. Esta epopeya sólo la culminaron 8.000 de los 90.000 hombres que la habían iniciado, ya que el resto murió en el camino por la dureza del viaje o luchando contra el enemigo. Fue un inmenso sacrificio en vidas que cimentó el prestigio de Mao y difundió el socialismo, lo que a su vez contribuyó a que los campesinos se unieran a él para luchar contra el invasor japonés y, después, contra el Gobierno del Koumintang de Chiang Kai-shek. Tras vencer a ambos, Mao instauró un nuevo Estado el 1 de octubre de 1949, cuando, ante una multitud enfervorizada, declaró en la plaza de Tiananmen: «¡Se ha establecido la República Popular China! ¡Se ha puesto en pie el pueblo chino!»
Mao es uno de los personajes más relevantes del siglo XX,
pero aún sigue siendo un desconocido por el celo con que el régimen comunista
protege su figura. No en vano, la legitimidad del sistema descansa en la
herencia dejada por el padre de la patria, cuya gestión fue valorada por sus
sucesores como «positiva en un 70 por ciento y negativa en un 30 por ciento».
Con esta solución de compromiso el Partido salvaba la cara al «Bienamado
Presidente» y se aseguraba su supervivencia pese a haber provocado dos de las
mayores catástrofes de la historia del «dragón rojo»: el «Gran Salto Adelante»
(1958-1961) y la «Revolución Cultural» (1966-76).
En el «Gran Salto Adelante» perecieron de hambre entre 30 y 40 millones de personas por una desastrosa industrialización colectiva que llenó los patios traseros de las casas de pequeñas fundiciones para producir acero. La mala calidad del mismo, el abandono de la agricultura y las adversas condiciones climatológicas arruinaron el experimento y erosionaron la imagen de Mao, que cedió su autoridad ante los moderados Liu Shaoqi o Deng Xiapoing.
En esta lucha de poder, el «Gran Timonel», adorado por la
juventud y el campesinado, lanzó en 1966 la «Revolución Cultural», una cruzada
antiburguesa que sumió al país en una década de fervor comunista y caos. Entre 2
y 20 millones de personas murieron víctimas de las persecuciones políticas y
cientos de millones fueron salvajemente purgadas.
De ahí que la sufrida sociedad acogiese con satisfacción, sobre todo en las
ciudades, las reformas capitalistas acometidas tras su fallecimiento por los
líderes revisionistas Deng Xiaoping y Jiang Zemin, que han convertido a la
humilde China comunista en la cuarta potencia económica del mundo. Aunque los
800 millones de campesinos que apenas se han visto beneficiados por este
progreso siguen venerando los retratos de Mao que adornan las desnudas paredes
de sus casas.
En medio, la vida, la figura y la obra de un personaje oculto tras la máscara de la ambición, la inteligencia y la soberbia. Supo estar en el lugar preciso en el momento oportuno. A diferencia de otros colegas como Lenin o Stalin apenas pronunció discursos, se deshizo, a menudo con crueldad, a veces con audacia, siempre de manera implacable de todos aquellos que le auparon y le mantuvieron en el trono rojo del Imperio del Centro, como nuevo Hijo del Cielo, y a los que no eliminó, chantajeó o sobornó, como el fiel Chu Enlai, al que no permitió tratarse de un cáncer con la intención de que muriera antes que él; no conoció lo que era una ducha o un baño durante décadas, salvo los baños de masas y sus exhibiciones en el río Amarillo, y éstas sólo con la intención de cortar los rumores de una posible enfermedad, puede apreciarse ya en los años sesenta el repulsivo oscurecimiento de su dientes, resultado de la negativa a limpiárselos; su médico privado, Li Zhisui, en unas memorias espeluznantes, ha contado la inveterada obsesión por las jóvenes campesinas con las que compartía a diario algo más que el ideario socialista; su pasión por los Estados Unidos -nación que tras la Segunda Guerra Mundial, aunque suene hoy a terrorífica paradoja, le aupó al poder-, y ahí están los testimonios del general Marshall y el «gran juego» elaborado por el Departamento de Estado norteamericano y algún asesor de Roosevelt, ante los informes que le llegaban de que el pueblo -bonita entelequia- seguía a los comunistas y éstos eran los únicos que podían garantizar el orden y la integridad territorial ante la inmensa frontera con Rusia; su desprecio por la Unión Soviética, su constante y particularísima lectura de la historia china, sus ingenierías sociales -la más brutal, el denominado Gran Salto Adelante-, su falta de horario al albur del estado de ánimo, la costumbre de convocar a sus colaboradores a cualquier hora de la madrugada y celebrar una reunión en la que se podrían tomar relevantes decisiones de Estado, en torno a su cama; la obsesiva insistencia en aparecer como el máximo teórico del marxismo, junto a sus excelentes composiciones poéticas, plagadas -¿plagiadas?- de elementos de la monumental poesía clásica china; la gestación y desarrollo de sus visionarios programas políticos: la Larga Marcha -llegaron sólo ocho mil de las ochenta mil personas que la iniciaron-, la trampa maquiavélica de la política de las «Cien Flores», el citado Gran Salto Adelante -que significó la muerte por hambruna de decenas de millones de chinos- y su apocalipsis final con la instauración de la Revolución Cultural Proletaria -una revolución dentro de la revolución, y una encubierta guerra civil que costó, de nuevo, millones de vidas. Todo por una única e intransferible razón: el poder.
«Cien años son muchos pero también se acaban» escribió el poeta Su Dongpo (1036-1101) en el exilio de Hainán, decepcionado de la política y de sí mismo. ¿Qué es en la vasta historia china, el nombre de Mao? Un ligero viento teñido de sangre. Porque lo cierto es que de los iconos contemporáneos, en ese laberinto imaginario que es China para el lector occidental, la figura de Mao Zedong ha tenido una suerte equívoca.
Ocupó un lugar privilegiado que ahora es revisado mediante una formidable serie
de documentos bibliográficos de rotunda enjundia, hasta trazar los perfiles de
un personaje ambiguo que se esconde tras los siniestros huecos de una
desmesurada ambición. La ambición de poder. La citada biografía de Jung y
Halliday, la de Spence, la de Short, por citar sólo las más cercanas a
Occidente, y profusamente documentadas, permiten dibujar, como un cartógrafo, el
mapa, el telón de fondo, el itinerario y las epifanías de quien fue desde antes
de 1949 -año de la proclamación de la República Popular China-, y hasta 1976,
«el gran timonel» de ese inmenso navío en el proceloso mar de la Historia que es
la China del siglo XX; testimonios que permiten adentrarse en la enrevesada vida
familiar -la traumática muerte de la madre-, los diversos matrimonios, los
abandonos, casi sistemáticos, a las mujeres que le han acompañado, su frialdad,
enormemente cálida y encendida, a la hora de destruir a sus enemigos políticos
-siempre los más cercanos- su habilidad en el manejo de la propaganda, a través
de los intelectuales orgánicos y el control minucioso, obsesivo de los medios de
comunicación, la convicción de que «él», «el gran timonel», debía «pensar por
ellos» (los ciudadanos chinos) en un pasmoso ejercicio de omnisciencia sin
límites y el irreversible aislamiento de la realidad tras los muros de lujo
imperial de su residencia en Pekín, Zhongnanhai. La de Mao representa la
biografía de quien todavía es la metáfora de una época convulsa y dramática.
Dejando a un lado las biografías oficiales, obras prohibidas
en China como «La vida privada de Mao», escrita por su médico, Li Zhishui, o la
reciente «Mao: la historia desconocida», de Jung Chang y Jon Halliday, lo
definen como «ególatra y cruel».
«Ni siquiera la miseria de millones de moribundos durante el Gran Salto Adelante
le afectó», escribe el doctor Li, quien asegura que el líder chino «vivía en una
villa con piscina cubierta, viajaba en un tren blindado y raramente entraba en
contacto con la gente normal». Además, su libro desvela que Mao sufría
«depresiones, ansiedad e insomnio» y era poco dado a la higiene personal y
bucal, por lo que contagió más de una infección a las jovencitas que le ofrecían
para su divertimento sexual y, según se rumorea, también para el de Jiang Qing,
su cuarta esposa e integrante de la «Banda de los Cuatro» que aterrorizó a China
durante la «Revolución Cultural». Por su parte, el «best-seller» de la ex
«guardia roja» Jung Chang equipara a Mao con Stalin al atribuirle 70 millones de
muertes y desmontar muchos de los mitos que han forjado su leyenda como la
«Larga Marcha
Una vida tumultuosa, un retrato en relieve de un déspota contemporáneo. Y depara sorpresas, como la que apunta Spence: «El punto fuerte de Mao eran los negocios». Claro, los negocios del poder y de la muerte, del trapicheo de personas, de la traición, de la ambición, un drama digno de Shakespeare. El retrato que narra el viaje, la etopeya que comienza y va del provinciano rencoroso ante los intelectuales de Pekín, al ayudante bibliotecario y al lector impenitente. Lector, sí, y compulsivo: llegó a decir que en sus años juveniles «había sido como un búfalo que, tras irrumpir en un huerto, se hubiera comido todo cuanto crecía en él», lecturas que realiza en los años clave de su formación política, intelectual, literaria: Adam Smith, Darwin, Spencer, Mill, Rousseau, Montesquieu, Bergson, Russell, Dewey. Sugieren Chang y Halliday: «Comer hasta hartarse y leer cuanto quería era la idea que Mao tenía de la buena vida», gracias al Dr. Li sabemos que esta idea se amplió con algún verbo más. Vaya el lector tras la cortina. Descubra la corrosión del carácter, la perversa naturaleza del poder que inspira cada paso, tan justo, tan medido. Y el drama. Los muertos y lo inútil. Mao fue un espasmo, una pesadilla, algo o alguien que pasará en la luenga historia china, pero que, sin embargo, marcó el calendario del siglo XX.
Los cambios vinieron después. Tras su muerte. Y qué cambios. Es curiosa la
historia; algo así como la paradoja sin fin de una venganza. La de tantos
muertos. Estos días Mao es un pin, se venden aparatosas insignias, mecheros,
gorras, camisetas, calzoncillos y uno supone que el sabio e irónico ingenio
chino también habrá fabricado algún preservativo con la efigie de Mao, aun
cuando su venta sea reservada. Buena parte de los chinos lo han convertido en
objeto de bulla y chanza. El astuto Deng afirmó: «Nunca haremos con Mao lo que
se hizo con Stalin». No, qué va. Han hecho algo más cruel. Por eso lo conservan
en Tiannanmen. Hay formas del pensamiento chino que se escapan a la cartesiana
linealidad occidental. La transformación de Mao en un pin y, al mismo tiempo, su
presencia en la puerta de la Ciudad Prohibida es una de esas sutilezas que
apenas desde Occidente ahora adivinamos a descubrir. Pero hay tiempo, mucho
tiempo.