EL CAMINO DE JULIANO, EL EMPERADOR.
En este artículo, Julius Evola rescata las enseñanzas metafísicas (metamitológicas,
podríamos decir) de la Roma Imperial, mostrándonos el esoterismo de los mitos,
según el cual el conocimiento respecto de los dioses no se obtiene quedándonos
en la epidermis de los símbolos sino que remontándonos a lo que está más allá
de la simple mirada, hasta alcanzar aquellos
“estados transcendentes de conciencia” que permitan “una realización
interior”.
En Juliano, éstas experiencias espirituales van conectadas directamente con
una visión perfecta del orden político, todo lo cual es causa y efecto de la
unidad armoniosa del cosmos.
Petras, 28 de octubre de 2005.
EL EMPERADOR JULIANO
por Julius Evola
Es alentador dar con trabajos eruditos que van más allá de los prejuicios y
distorsiones que caracterizan la mayoría de los puntos de vista de los
historiadores contemporáneos. Este es el caso de Raffaello Prati, quien ha
traducido al italiano e introducido al público los escritos especulativos del
emperador romano Juliano Flavius, titulados colectivamente "De dioses y
hombres".
Es destacable que Prati empleara el término "emperador
Juliano" en lugar de la expresión predominante de "Juliano el apóstata". El
término "apóstata" es difícilmente apropiado en este caso, puesto que más bien
debería ser aplicado a aquellos que abandonaron las sagradas tradiciones y los
cultos que eran el verdadero alma de la antigua grandeza de Roma y a quienes
aceptaron una fe nueva, que no era la de la estirpe romana o latina sino de un
origen asiático y
judío. De este modo, el término "apóstata" no debería caracterizar a aquellos
que, como Juliano Flavius, osaron ser fieles al espíritu de la tradición,
tratando de reafirmar el ideal solar y sagrado del imperio.
La lectura de los textos publicados, que fueron escritos por Juliano en su tienda de campaña, entre largas marchas y batallas (como tratando de sacar nuevas energías de su espíritu para afrontar eventuales dificultades), debería de servir de provecho a los que siguen la corriente de opinión que define el paganismo, en sus componentes religiosos, como más o menos sinónimo de superstición. De hecho, Juliano, en su intento por restaurar la Tradición, opuso al cristianismo una visión metafísica. Los escritos de Juliano nos permiten ver, tras los elementos alegóricos y externos de los mitos paganos, una substancia de calidad superior.
Juliano es muy directo cuando escribe:
"Siempre que los mitos sobre asuntos sagrados sean absurdos según el
pensamiento racional, siendo gritados en voz alta, como lo fueron, nos llaman
a no creerlos literalmente, sino a estudiarlos y seguirles la pista de su
significado oculto... Cuando el significado es expresado incongruente hay una
esperanza de que los hombres descuiden el significado más obvio (aparente) de
las palabras, y que la pura inteligencia pueda ascender a la comprensión de la
naturaleza inequívoca de los dioses que trasciende todos los pensamientos
actuales".
Este debería ser el principio hermético empleado por los que estudien los
antiguos mitos y teologías. No obstante, cuando los eruditos utilizan términos
despreciativos como "superstición" o "idolatría", vienen a demostrar que son
cerrados de mente y de mala fe.
Por lo tanto, en la reevaluación de la antigua tradición
sagrada de Roma, intentada por Juliano, es
el punto de vista esotérico de la naturaleza de los "dioses" y su
"conocimiento" el que finalmente
importa. Este conocimiento corresponde a una realización interior. Desde esta
perspectiva, los
dioses no son retratados como invenciones poéticas o como abstracciones de
teologías filosóficas, sino más bien como los símbolos y las proyecciones de
estados trascendentes de consciencia.
De este modo, el mismo Juliano, como iniciado en los misterios de Mitra, vio una estrecha relación entre un conocimiento superior de uno mismo y la vía que conduce al "conocimiento de los dioses"; esta es una noble meta que a él no le impidió decir que incluso el dominio sobre las tierras de Roma y las bárbaras palidece en comparación.
Esto nos lleva de nuevo a la tradición de una disciplina secreta a través de
la cual el conocimiento
de uno mismo es transformado radicalmente y fortalecido por nuevos poderes y
estados internos, que son simbolizados en la teología antigua por varios
numina. Esta transformación se dice que ocurre tras una preparación inicial,
consistente en vivir una vida pura y en la práctica del ascetismo y finalmente
recibiendo experiencias especiales que están determinadas por ritos
iniciátorios.
Helios es el poder al cual Juliano dedica sus himnos,
cuyo nombre invoca incluso en sus últimas palabras, cuando muere al ponerse el
sol en un campo de batalla en Asia Menor. Helios es el sol, el cual no es
concebido como un cuerpo físico, sino más bien como un símbolo de una luz
metafísica y un poder trascendente.
Este poder se manifiesta en la humanidad y en aquellos que han sido
regenerados, como soberano nous y como una fuerza mística de lo alto. En los
días antiguos e incluso en la misma Roma, vía influencia persa, se consideraba
que esta fuerza estaba estrictamente asociada con la dignidad real.
El auténtico significado del culto imperial Romano que
Juliano intentara restaurar e institucionalizar por encima de y contra el
cristianismo, sólo puede ser apreciado dentro de este contexto. El motivo
central en este culto es: el auténtico y legítimo líder es el único que está
dotado de una superioridad sobrenatural ontológica y el cual es imagen del rey
del cielo, llamado Helios. Cuando esto ocurre (y sólo entonces), la autoridad
y la jerarquía están justificadas; el
regnum es santificado; y un centro luminoso de gravedad viene a fundarse, el
cual atrae hacia sí a un número de humanos y fuerzas naturales.
Juliano añoraba realizar este ideal "pagano" dentro de
una jerarquía imperial estable y unitaria, dotada de un fundamento dogmático,
un sistema de disciplinas y leyes y una clase sacerdotal. La clase sacerdotal
se suponía tener como líder al mismo emperador, el cual, habiendo sido
regenerado y elevado por encima de las meras condiciones mortales gracias a
los Misterios,
encarnaba simultáneamente la autoridad espiritual y el poder temporal. De
acuerdo con este punto de vista, el emperador era tenido como el Pontifex
Maximus, un término antiguo recuperado por Augusto. Los presupuestos
ideológicos sobre los que se fundamenta la visión de Juliano, son: 1) la
naturaleza, es entendida como formada por un todo armonioso y penetrada por
fuerzas vivas pero invisibles; 2) un monoteísmo profesado por el estado; 3) un
cuerpo de "filósofos" (sería más apropiado llamarles hombres sabios) capaces
de interpretar la teología tradicional de la antigua Roma y de actualizarla
mediante ritos iniciatorios.
Esta visión está en duro contraste con el temprano dualismo cristiano,
ejemplificado por la frase de Jesús que dice: "dad a Dios lo que es de Dios y
al César lo que es del César". Esta frase lleva
finalmente al cristianismo a rechazar rendir homenaje al emperador en ningún
otro rol que no sea el de un gobernante. Este rechazo, ocasionalmente, fue
considerado como una manifestación de anarquía y de subversión, y culminó en
la persecución estatal contra los cristianos.
Desgraciadamente el tiempo no estaba maduro para la realización del ideal de
Juliano. Una realización semejante habría requerido la participación activa, y
mediante sinergía, de todos los estratos de la sociedad así como un
relanzamiento de la antigua Weltanschauung en términos más vibrantes. En lugar
de esto, dentro de la sociedad pagana se dio una separación irreversible entre
forma y contenido.
Incluso el consenso que había conseguido el cristianismo
fue un signo fatal de la decadencia de
los tiempos. Para una amplia mayoría del pueblo, hablar acerca de dioses como
experiencias internas o considerar los principios solares y trascendentes
arriba mencionados como requisitos necesarios para el imperio era nada más que
una ficción o mera "filosofía". En otras palabras, lo que faltaba era una
fundación existencial. Además, Juliano se engañó creyendo que sería capaz de
transformar ciertas enseñanzas esotéricas en fuerzas formativas políticas,
culturales y sociales. Debido a su verdadera naturaleza, esas enseñanzas
estaban destinadas, no obstante, a caer únicamente dentro de la competenciade
círculos restringidos.
Esto no debería llevarnos a la conclusión de que, al menos en principio,
existiera una contradicción entre la visión de Juliano y el ideal de un Estado
forjado en la aplicación de estos elementos espirituales y trascendentes. La
misma existencia histórica de una sucesión de civilizaciones que fueron
centradas en una espiritualidad "solar" (abarcando desde el antiguo
Egipto y el antiguo Irán, hasta el Japón anterior a la Guerra Mundial II)
debería demostrar que esta
contradicción no existe en realidad. Debería decirse más bien que Roma, en
tiempos de Juliano, carecía de la substancia humana y espiritual capaz de
establecer las conexiones y relaciones de participación que caracterizan a una
nueva jerarquía viva que pueda crear un organismo imperial totalitario
merecedor del nombre pagano.
El célebre texto de Dimitri Merezhkovsky, "Muerte de los dioses", reúne de
modo admirable y sugestivo el ambiente cultural de tiempos de Juliano con sus
presagios de un ocaso de los dioses.
Tras un largo paréntesis, algunos elementos de la
antigua Tradición fueron destinados a resurgir.
Gracias a la emergencia de las dinastías germánicas en las escenas de la
historia europea, fue posible hablar de nuevo de restauratio imperii, en la
forma del Sacro Imperio Romano Germánico medieval. Esto es cierto
especialmente si consideramos la tradición gibelina que trató de reclamar para
el Imperio, contra las demandas hegemónicas de la Iglesia de Roma, una
dignidad sobrenatural no inferior a la que la misma Iglesia disfrutaba.
Atendiendo a esto, es importante para un examen más de cerca tener en cuenta
lo que fue ocultado en la literatura caballeresca, en la así llamada leyenda
imperial y también en otros documentos. He tratado de reunir e interpretar
adecuadamente todas estas fuentes en mi libro "El misterio del Graal y la
tradición gibelina del imperio", año 1937.