HACE 60 AÑOS EUROPA PUDO SER LIBRE

(En el 60 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial)

 

Así es. Pero no fue posible. En la tragedia de la derrota de Europa en 1945, cayeron con honor en el mes de abril de hace sesenta años los dos líderes y estadistas que pudieron construir una nueva Europa libre, socialista y nacional. Hablamos, claro está, de Mussolini y Hitler.

Y, por este motivo se han publicado artículos en revistas especializadas de historia, libros como el de “Berlín. La caída. 1945” de Anthony Beevor,  o “La caída de los dioses” de David Solar, e incluso películas como la recientemente estrenada película alemana de “El hundimiento”. Esta película técnicamente insuperable – ya hemos dicho que se trata de una película alemana -, sin embargo, y pese a que trata de dar a conocer el lado humano del último Hitler, dando a entender que Hitler no era humano, no está exenta de los típicos tópicos habituales. Presenta a un Hitler que ha perdido el contacto con la realidad, un Goebbels fanatizado hasta el extremo de pronunciar frases de desprecio ante el sufrimiento del pueblo alemán, una Eva Braun frívola y tonta hasta el ridículo, y un búnker lleno de generales borrachos y bailando, totalmente al margen de lo que ocurría en aquellos días terribles de abril de 1945. Y así podríamos continuar con un largo etcétera de topicazos  absurdos e imposibles.

 

Pero, ¿realmente fue ese el desarrollo de la última batalla, la batalla de Berlín? ¿Fueron así como se desarrollaron los últimos estertores de Alemania y sus aliados?

Obviamente, no. La batalla de Berlín no tuvo nada que envidiar a Numancia. La resistencia de los berlineses encuadrados en el Volksturm fue una resistencia numantina y heroica como la que más. Como símbolo de esa resistencia nacional frente a la barbarie democrática, en el Berlín cercado y sitiado por los aliados, los berlineses llenaron de banderas N.S. y de pancartas  que rezaban: “Unsere mauern brachen, ober unsere herzen nicht!” (“Nuestros muros han cedido, pero no nuestros corazones”). El pueblo en armas resistió a la ocupación y no cedió ante los ocupantes. Y este es el gran ejemplo para el futuro.

Mientras el frente alemán del Oeste se derrumbaba ante la superioridad material, en el Este las fuerzas del III Reich se enfrentaban al ataque masivo soviético. En Yalta los aliados ya establecían sus futuras zonas de influencia tras el rapto de Europa, por lo que el asalto de la capital del Reich, Berlín, quedaba para la soldadesca de Stalin .

La última batalla comenzó a orillas del río Oder. Desde allí hasta el perímetro de Berlín, los ejércitos soviéticos debieron forzar varias líneas defensivas, pasando luego a la lucha dentro de la ciudad, casa por casa, metro a metro, hasta la toma de la Cancillería del Reich.

Por entonces, un acontecimiento inesperado creó algunas esperanzas entre los dirigentes del III Reich. El día 12 de abril de 1945 falleció el Presidente Roosevelt. Automáticamente, según estaba previsto por la Constitución norteamericana, fue nombrado Presidente el anterior Vice-Presidente, Harry Truman, sin someter su augusta persona a la aprobación en una elecciones democráticas. ¿Para qué? Los “buenos” luchaban por la democracia. Sólo el “malo” Hitler había accedido al poder en virtud de unas elecciones libres y democráticas. Los “demócratas” no necesitan demostrarlo. Lo dicen y punto.

Poco se sabía entonces del nuevo Presidente, a parte de que era masón, de alto grado, como lo había sido Roosevelt. Más tarde se sabría que su verdadero nombre completo era Harry Salomon Schippe Truman, y que no era un descendiente de “los Padres peregrinos”, sino que tenía antecedentes judíos, aunque en menor escala que Roosevelt, de quien sería digno sucesor.

Por aquellos días, el mundo asistía a los últimos estertores de Alemania. Ciento cincuenta mil soldados, cercados en Prusia Oriental, resistieron durante ciento tres días a más de ochocientos mil soldados soviéticos. Parte de la población civil pudo ser evacuada por mar. Más de un millón de refugiados lograron salvarse, pero muchos miles perecieron ahogados. Los submarinos soviéticos se aprovecharon del blanco fácil y desprotegido que ofrecían los transportes. El “Wilhelm Gustloff” (a cuya tragedia dedicó el escritor alemán Günter Grass un interesante libro), el “Goya”, el “General Steuben” y muchos otros buques que viajaban con las insignias de la Cruz Roja fueron destruidos. Los aliados occidentales, por su parte, colaboraron en estas acciones de la Flota Roja, sembrando de minas el Báltico para que los fugitivos del Este no pudieran escapar a su espantoso destino.

 

El 25 de abril de 1945, norteamericanos y rusos establecieron contacto junto al río Elba. Los soldados de la democracia y los del bolchevismo confraternizaron perfectamente. El mismo día se iniciaba la Conferencia de San Francisco y se promulgaba la Carta de las Naciones Unidas. Participaban todos los países aliados en la cruzada democrática contra Alemania, es decir: Australia, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, China, Colombia, Costa Rica, Cuba, Checoslovaquia, República Dominicana, El Salvador, Etiopía, Grecia, Guatemala, Haití, Honduras, India, Irán, Irak, Liberia, Luxemburgo, México, Países Bajos, Nueva Zelanda, Nicaragua, Panamá, Filipinas, Polonia, Unión Sudafricana, URSS, Gran Bretaña, EE.UU., Yugoslavia, Chile, Ecuador, Egipto, Francia, Islandia, Paraguay, Perú, Uruguay, y Venezuela.

 

Entre tanto, las tropas de Zhukov llegaron a las puertas de Berlín. El Ejército de Wenck intentó romper el cerco de la capital del Reich, pero fue diezmado.

El 22 de abril de 1945, Hitler decide permanecer en la capital cercada y morir en ella. Eva Braun, amiga íntima y fiel compañera de Hitler durante muchos años, decidió marchar a Berlín y permanecer junto a él los últimos momentos de la vida de ambos. Esta no parece ser una decisión fácil ni propia de una mujer tonta y frívola sino de una mujer idealista.

Hitler ordena a Keitel y a otros jefes militares que salgan para Hamburgo. El día 25 de abril, los rusos llegan a situarse a unos centenares de metros de la Cancillería. Jóvenes muchachos y niños de 14 y 15 años de la Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas) y el Volksturm se lanzaron y se inmolaron en un último ataque defensivo final contra las moles de acero de los carros y tanques soviéticos. Como única arma, los “panzerfaust” montados sobre bicicletas, y un desconocido arrojo. Hitler y Goebbels recibieron a los miembros de la Juventud Hitleriana distinguidos con la cruz de hierro. La lucha de la juventud nacional-socialista no tuvo parangón y contuvo a las masas de soldados rusos en Berlín. Los soviéticos estaban exhaustos, pero continuaron luchando empujados por el fanatismo de sus comisarios políticos.

Joseph Goebbels, quien había conquistado el Berlín rojo para el Nacional-Socialismo hablando en las calles y en los barrios obreros de Berlín con su brillante oratoria, el infatigable orador, luchador, escritor y político de primera línea, era sin duda el hombre más preparado del equipo N.S. que llegó al poder. El Gauleiter de Berlín decidió quedarse en la capital del Reich, en la primera línea del frente, y caer junto a Hitler. En 1945 Goebbels fue nombrado “Comisario de Defensa de Berlín”. Y como sucesor de Hitler fue Canciller del Reich por un día, compartiendo así, junto al Gran Almirante Dönitz como Jefe del Estado, la responsabilidad final. Por primera vez desobedecía una orden de Hitler, que le ordenaba formar gobierno en las montañas y continuar la lucha hasta el final.

 

Cuando el Ejército alemán se vio obligado a retroceder, sus aliados de las victorias pasadas empezaron a volverle la espalda ya desde 1943: Hungría, Rumania, España, y otras fuerzas abandonaron el frente. Allí, en Berlín, sólo quedaron los voluntarios SS de toda Europa luchando por la gran idea de la raza. Y entre ellos, los españoles del batallón del coronel Ezquerra (el autor de “Berlín a vida o  muerte”), de los que de doscientos hombres, sólo sobrevivieron veintiuno. Europa entera había tomado conciencia de la nueva idea, y lo que en principio fue un movimiento popular y nacional alemán, se transformó a partir de 1941 en la Nación Europa, por la que todos los pueblos lucharon, primero contra el bolchevismo, y después por la gran idea de reconstrucción y creación de una nueva Europa.

El 29 de abril de 1945, Hitler dicta su Testamento político. En él comunica la decisión de casarse con “la mujer que, después de muchos años de amistad, vino a esta ciudad sitiada, por su propia voluntad  para compartir mi muerte”. Designa ejecutor testamentario a Martin Bormann, y termina anunciando su decisión de poner fin a su vida.

El 30 de abril de 1945, Hitler se suicidó, en compañía de su esposa, Eva Braun. Por expreso deseo suyo, manifestado en su Testamento, su cuerpo fue incinerado.

 Joseph Goebbels caía el 1 de mayo de 1945, de forma sublime, en medio del estruendoso colapso final, quedando para la historia como uno de esos ejemplos “claros y comprensibles para todos” que él buscaba.

 En su Testamento Goebbels dice:

 “El Führer me ha ordenado que abandone Berlín en caso de derrumbarse la defensa de la capital del Reich y que tome parte como Jefe en el Gobierno que ha nombrado.

Si no me negase a acatar la orden, aparte del sentimiento de afecto y de lealtad personal que no nos permitirían jamás abandonar al Führer en su hora de mayor angustia, yo aparecería el resto de mi vida como un traidor sin honor y un vulgar canalla y perdería mi propia estimación así como el respeto de mis compatriotas, respeto que me sería necesario para el cumplimiento de cualquier servicio de tarea futura de reconstrucción de la Nación alemana y del Estado alemán.

En la pesadilla de traición que rodea al Führer en estas jornadas críticas de la guerra, tienen que estar con él hasta la muerte algunos incondicionales, incluso si ello contradice la orden terminante – y perfectamente justificable desde el punto de vista material – que da en su Testamento.

Creo que de este modo sirvo mejor al porvenir del pueblo alemán. En los duros tiempos que vengan, los ejemplos serán más importantes que los hombres. Siempre se encontrará algún hombre que muestre a la Nación el camino para salir de sus tribulaciones, pero la reconstrucción de la vida nacional sería imposible si no la inspirasen ejemplos claros y claramente comprensibles para todos.

Por esta razón, con mi esposa y en nombre de mis hijos demasiado jóvenes para hablar por sí, pero que si tuviesen edad suficiente se adherirían sin resrvas, expreso mi inquebrantable decisión de no salir de la capital del Reich, incluso si cae y de terminar al lado del Führer una vida que para mí, personalmente no tendría valor si no puede emplearse en servicio de él y a su lado”. (Joseph Goebbels)."

 

Hitler nombró sucesor suyo al Gran Almirante Doenitz, que se encontraba en Hamburgo. Éste intentó lograr una paz por separado con los occidentales, sin conseguirlo. Himmler, por mediación del sueco Conde Bernadotte, alto dignatario de la Cruz Roja Internacional, intentó lo mismo, con idéntico resultado negativo: los anglosajones respondieron  que la rendición  debía ser incondicional, rendición sin condiciones y en todos los frentes a la vez. El General y Mariscal Alfred Jodl , por su parte, trató de que Eisenhower aceptara un armisticio en su sector, mientras las tropas alemanas del frente del Este continuarían resistiendo a los bolcheviques. La respuesta de Eisenhower fue que mientras todas las fuerzas alemanas de todos los sectores no depusieran las armas, los aliados continuarían las hostilidades. Jodl intentó, entonces, concluir un acuerdo con Montgomery, en el sentido de que éste aceptara, en su sector, la rendición de las fuerzas alemanas que se oponían, pero además aceptara también la rendición de diversas unidades del frente del Este, que tratarían de cruzar Alemania para rendirse a los ingleses, y no a los soviéticos.

 

El Almirante Friedenburg, que se encargó de esa misión por encargo de Jodl y Doenitz, recibió de Montgomery, que, dicen, era un ferviente anglicano, la siguiente respuesta:

“Rendición incondicional o exterminio en masa… De lo contrario, cada treinta minutos los bombardeos ingleses convertirán a una ciudad alemana en un montón de cenizas. De modo que ningún niño alemán quedará con vida”.

Tampoco Montgomery fue declarado “criminal de guerra” por ninguna autoridad temporal ni religiosa. Evidentemente, los “criminales” sólo pueden serlo los vencidos, una vez convenientemente amordazados, ¡Vae Victis! ¡Ay de los vencidos!

En 1940, tras la derrota de Francia, Hitler saludó y dio la mano al Mariscal Petain. El vagón de Compiegne, y las condiciones alemanas a la rendición de Francia, fueron una muestra del elevado civismo del vencedor alemán que dio la mano al vencido francés, y que con gobierno y Estado Mayor en pleno recibió al Mariscal francés que debía rendirse, con todo tipo de condiciones y prerrogativas.

Nada parecido en 1945 donde los vencedores no respetaron a los vencidos. La rendición incondicional que la Alemania vencedora no impuso a Francia ni a nadie, la rendición sin condiciones se firmó en el Cuartel General Aliado en Reims, el 7 de mayo de 1945. Los Generales Keitel y Jodl saludaron militarmente, firmaron el acta de rendición y expresaron la esperanza de que “los vencedores traten generosamente al pueblo alemán”. Nadie respondió al saludo militar ni a las palabras de los generales alemanes. El Almirante Doenitz, fue condenado a  veinte años de prisión, que cumplió, por ser el último Jefe de Estado legal de Alemania, que sería gobernada a partir de 1945 por los colaboracionistas.

La guerra había terminado. Los cañones callaron. Pronto empezarían a hablar los fusiles de los pelotones de ejecución y el cadalso de la horca tras la parodia jurídica de Nürnberg.

 

Para terminar, nada mejor que las palabras del escritor falangista Víctor de la Sena, hijo de la escritora Concha Espina, y que fue un gran admirador de Hitler, al que al conocer  su muerte, el 2 de Mayo de 1945, en el periódico “Informaciones”, dedicó su despedida: “Un enorme ¡Presente! se extiende por el ámbito de Europa por Adolf Hitler, hijo de la Iglesia católica, que ha muerto en defensa de la Cristiandad”.

  

Eduardo N.

 

 

 

 



Historia
NuevOrdeN