¿Por qué los alemanes celebran la derrota de 1945?
Los festejos anuales de la "Liberación": un diagnóstico médico
8 de mayo de 1945, Alemania en ruinas.
El III Reich ha caído ante el número y la brutalidad confabulada de sus enemigos. Se auguran tiempos de terror, humillación, amordazamiento y venganza maquillada de justicia-show. Nadie abogará por los vencidos.
Si en este día alguien hubiera dicho que al cabo de 60 años el mismo pueblo alemán festejaría la capitulación incondicional de la Wehrmacht como el día de su “Liberación”, los demás habrían cuestionado su identidad de alemán y se habrían preocupado por su condición psíquica.
¿DERROTA-LIBERACIÓN?
Pues ahora, 60 años después, es efectivamente así:
Esta ridícula mentalidad ha alcanzado ya proporciones endémicas, hasta el punto en que los alemanes con capacidad de pensamiento y juicio caen fuera de las normas, constituyendo más bien una minoría. ¿Qué es lo que ha ocurrido con los alemanes en las últimas décadas? Pero, en primer lugar: ¿de qué fueron liberados los alemanes en 1945?
- Liberados del peso de casi 3 millones de mujeres y niños, asesinados a sangre fría por comunistas soviéticos, polacos y checos, mientras huían con la esperanza de refugiarse en el oeste.
- Liberados de nuestras tierras y de todas nuestras propiedades en el Este (más de un tercio de los hogares alemanes).
- Liberados de otros tantos millones de hombres, mujeres y niños; calcinados en los huracanes de fuego que dejaba el terrorismo aéreo perpetrado por norteamericanos y británicos sobre ciudades y pueblos sin ningún objetivo militar.
- Liberados de más de un millón de prisioneros de guerra, que tras la capitulación-“liberación” murieron en los campos de reclusión franceses y norteamericanos (un asesinato masivo y premeditado a través de un bloqueo de hambre).
- Liberados en su conjunto de casi 14 -15 millones de alemanes, que murieron en una “segunda vuelta de la Guerra de los 30 años” (según el primer ministro británico Major).
- Liberados de cientos de miles de patentes e inventos de valor incalculable, de obras de arte, monumentos, centros culturales, instalaciones industriales, patrimonios públicos y privados.
- Liberados de todo derecho fundamental a la libertad y la autodeterminación.
Lo único que lograron conservar los alemanes en ese tiempo fue el sano entendimiento humano, el sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional, la identidad nacional y la solidaridad, el orgullo de pertenecer a un pueblo que durante seis años había contenido a un mundo de todopoderosos enemigos, la inquebrantable voluntad de edificación, “a pesar de todo”.
El objetivo del adversario a partir del 8 de mayo de 1945: La mutilación psíquico-espiritual de los alemanes
La mutilación de las facultades psíquico-espirituales de toda una nación: ése era el gran objetivo. El medio para alcanzarlo: la reeducación, siguiendo un plan ambicioso y elaborado minuciosamente (Ver al final de este articulo: cf. “What to do with Germany”, US-Directive de 1945, UN 2/95). Esta vez los vencedores aspiraban a algo mayor, pues la experiencia anterior demostraba que la miseria material de los alemanes –como aquella provocada artificialmente tras la primera guerra mundial y que provocó cientos de miles de muertos– no bastaría para lograr la subyugación espiritual del pueblo germano.
Sin embargo, esto sí se ha conseguido en las últimas décadas, cuando las inescrupulosas potencias vencedoras robaron a los alemanes su historia, todos sus derechos y, sobretodo, el derecho de encontrar la verdad. En colaboración con sus peones locales, han empujado a los alemanes hacia un complejo de “Culpa y Expiación” que conlleva características propias de una conducta anormal.
El lavado de cerebro, como un método practicable, es conocido ya desde hace siglos. Pero lo realmente novedoso es la colosal dimensión que ha alcanzado en la actualidad, donde una gran nación, dueña de una elevada cultura, ha sido colocada por completo en un literal estado de excepción, hasta alcanzar un estadio de extravío e incapacitación. Este fenómeno mental había sido estudiado a principios del siglo pasado por el Néstor de la psiquiatría moderna, Emil Kraepelin, quien introdujo en el diccionario científico el concepto de “enajenación inducida”.
“Enajenación calculada”
Aquí se trata del viejo –y bien conocido por psicólogos y psiquiatras– método de la desorientación planificada, mediante un trabajo intensivo de influenciación mental. Si bien los especialistas conocen a fondo hasta tres formas de enajenación, el ciudadano de a pie sólo está familiarizado con las dos primeras. A saber, la primera es la enajenación innata, la segunda la enajenación adquirida y, la tercera, la “enajenación inducida”.
La enajenación innata no requiere de explicaciones adicionales. También la enajenación adquirida (sea a través de enfermedades, lesiones o intoxicaciones) ha sido extensamente divulgada. En contraste, la enajenación inducida –lograda a través de una masiva influenciación mental, especialmente en las fases de riesgo del desarrollo juvenil–, si bien era conocida por el hombre desde tiempos prehistóricos con sus ritos cultistas, es en nuestros días un tema confiado sólo a especialistas.
La enajenación inducida no tiene mucho que ver con la inteligencia, pero sí con la suspensión parcial del pensamiento lógico a través de una influenciación psíquico-espiritual dirigida. Esta actúa tanto más destructivamente cuanto más joven e inmaduro es el espíritu humano sometido a ella.
A través de adoctrinamientos dirigidos en el momento preciso, es posible desactivar por completo algunos campos funcionales del pensamiento lógico, incluidos los patrones conductuales innatos y los relacionados con la preservación de la especie. Como resultado, las personas afectadas llegarán incluso a actuar contra sus propios intereses existenciales. Hay fases del desarrollo, sobre todo en el individuo joven, donde estas manipulaciones atacan irreversiblemente la mente y dejan lisiamientos mentales de por vida.
Un ejemplo comparativamente simple nos ayudará a aclarar lo anterior: los japoneses y los chinos, después de los primeros cuatro años de vida, por lo regular, ya no están en capacidad de aprender la pronunciación de la letra “R”, ya que luego de este período la función mental necesaria para este efecto no podrá ser solicitada al cerebro. En cambio, los japoneses/chinos nacidos en Europa, pueden aprenderlas tan fácilmente como nuestros niños. Y a la inversa, un niño europeo que crezca exclusivamente en el espacio idiomático asiático, ya no podrá luego de su cuarto año de vida aprender ningún tipo de “R” (por supuesto, si bien la función cerebral necesaria puede en casos más complejos estar presente en edades posteriores, ésta termina en sustancia con los 10 años de vida). Las culturas de la antigüedad tenían conocimiento de estos fenómenos: como los romanos, que durante sus conquistas se preocupaban por aniquilar la población masculina, incluido todo niño mayor de diez años, asegurando con ello una romanización exitosa de los nuevos territorios al haber eliminado a todo potencial portador de la cultura de los pueblos subyugados.
Algo más sutil, pero con igual rotundo éxito, acostumbraban a hacer los gobernantes cristianos en el medioevo, cuando secuestraban a los hijos tiernos de sus adversarios paganos. Estos niños eran luego internados en una especie de campos de reeducación (e.g. monasterios). Al cabo de algunos años de severo adoctrinamiento, los ahora jóvenes reeducados, se convertían en uno de los instrumentos más eficaces contra sus propios pueblos y creencias.
Entre los casos más representativos de enajenación inducida están los turcos con sus Jenízaros de 1329-1826. Esta tropa de elite, por un lado la punta de lanza de las campañas expansionistas turcas –una especie de Waffen-SS de gran prestigio– y por otro la guardia personal del Sultán, estaba integrada primordialmente por hijos de cristianos, raptados cuando aún eran niños.
Bajo una sola condición, de que sean suficientemente jóvenes para ser sometidos a una reeducación fundamental, estos niños eran preparados para todo propósito, incluso para masacrar y asesinar a sus propios parientes, padres y hermanos. En este mismo estilo procedían los fanatizados niños soldados de Pol-Pot, al servicio del Khmer Rojo (Camboya), contra sus propios padres, a quienes por lo general torturaban personalmente hasta la muerte, haciendo gala de increíble crueldad.
Los brutales métodos de lavado cerebral diseñados por los comunistas y practicados a gran escala, sobre todo con adultos, no eran sino una herramienta comparativamente rudimentaria, que si bien convertía a las personalidades débiles en lisiados psíquicos, por lo general dejaba a las mentes fuertes la posibilidad de convalecencia
Pero los modernos trucos psicoanalíticos de la reeducación occidental, con sus refinados, sutiles y científicamente probados métodos de lavado cerebral, casi invisible y de introducción subrepticia, hicieron posible redireccionar la mentalidad de pueblos enteros contra sus propios y esenciales intereses. Para ello se hizo empleo virtuoso de todos los medios de comunicación, entretenimiento y educación –empezando desde la infancia–, con el apoyo comedido de los medios de poder legislativo, ejecutivo y judicial. El ejemplo más trágico en nuestros tiempos es el pueblo alemán.
Tras la derrota en la segunda guerra mundial, con la que desapareció una gran parte de la elite espiritual portadora de la cultura europea, se puso en práctica una bien calculada y psicológicamente eficiente “reeducación”, que no sólo perdura hasta hoy en día, sino que cada vez con mayor intensidad, año tras año, combate sistemáticamente y tergiversa en su extremo contrario todo lo que constituye la esencia y el carácter de un pueblo sano.
Esto, a saber, son sus patrones conductuales hereditarios para la preservación de su identidad nacional, su herencia cultural, e incluso la preservación de su propia especie. Los patrones conductuales hereditarios surgieron como estrategias de supervivencia durante el proceso de selección, es decir, que son producto de la lucha librada durante generaciones por la existencia. Así, en lógica consecuencia, se deduce que un pueblo a quien le han sido robadas estas estrategias, se halla condenado a la extinción.
El pueblo alemán –si acaso combatido por su alta espiritualidad y fuerza vital, por parte de una competencia envidiosa, más allá del derecho y la moralidad–, al seguir este camino ha caído en un desarrollo peligroso. El cotidiano trabajo propagandístico de “recordación” hecho por los medios, al igual que las celebraciones anuales de la así llamada “liberación” (todos chorreantes de “Culpa y Expiación” e insuperables en nacionalmasoquismo), tan sólo pueden ser explicados en términos clínicos.
El día de conmemoración de la derrota que más nefastas consecuencias ha traído para Alemania, viene entretanto siendo aprovechado para confundir y trastocar causa y efecto. La acusación, machacada una y otra vez, de “exclusiva culpabilidad” en el estallido de la guerra, coloca a los alemanes en un verdadero estado paranoico, incapacitándolos para defenderse contra la abolición de su propio pueblo. El que no haya sido el Reich alemán, sino Inglaterra y Francia en 1939, quienes declararon la guerra y con ello desencadenaron el conflicto mundial, parece haber sido olvidado por estudiosos y laicos; igualmente, el hecho irrefutable que los EE.UU. hayan iniciado acciones bélicas contra Alemania mucho antes de una declaración formal de guerra, no es mencionado por nadie; también se planificó borrar de la memoria histórica que el Reich recién intervino en Polonia cuando este país, azuzado por la declaración de garantías franco-británica, había asesinado ya a miles de alemanes en los territorios robados, además de deportar a decenas de miles a campos de concentración y adueñarse de un sinnúmero de propiedades y hogares. Para completar este cuadro patético, vemos que los más plañideros histriones en esta comedia de falsificación de la historia no son siquiera nuestros “Amigos” aliados, sino los peones locales, borregos lisiados espiritualmente por la reeducación, que alardean de su vergüenza nacional, que siempre prestos a humillarse y pedir perdón a todo el mundo, actúan “más papistas que el papa”.
Por otro lado, a las potencias vencedoras les favorece una fatal propiedad del carácter del pueblo alemán – también un rasgo heredado de su naturaleza, aunque bastante negativo– que ellos planificadamente vienen aprovechando desde el derrumbamiento del Reich. Hacía ya siglos que el gran estadista Bismarck la había descrito así:
“El afán de servir a intereses ajenos, aun cuando esto sólo sea posible mediante el abandono de los intereses nacionales, es una enfermedad cuya extensión geográfica se limita a Alemania”.
Una lista con ejemplos –inconcebibles para el sano juicio– de los síntomas de esta enfermedad, llenaría páginas enteras y debería ser permanentemente actualizada con las nuevas absurdidades que surgen a diario. “Han falseado nuestra historia, convirtiéndola en un álbum de crímenes”, observaba el mismo ex canciller federal socialdemócrata, Helmut Schmidt. ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Con qué objetivo?
Este objetivo es entretanto reconocible para cualquiera: se multiplican las personas jóvenes que se avergüenzan de ser alemanas. Algunos incluso llegan al extremo de propagar su propio suicidio colectivo, exigiendo a voz en cuello: “¡Alemania, muérete!”. La enajenación inducida no se circunscribe a una limitada cifra de individuos en la escena política y mediática, sino que está a punto de convertirse en la enajenación colectiva de todo un pueblo. Para perplejidad, muchas personas reaccionan en estos días como los perros de Pavlov. El afamado psicólogo ruso había amaestrado a sus perros de tal modo que, a la señal de un timbre, el jugo gástrico les goteaba de una sonda. Los animales habían sido habituados a recibir su alimento sólo ante esta señal, y su reacción estaba ahora fijada en una falsa referencia. De acuerdo a este modelo, y gracias a la poderosa influenciación ejercida, la mera pronunciación de palabras como “Patria”, “Nacional”, “Raza” o “Pueblo”, dispara violentamente en muchos alemanes de hoy el nivel de adrenalina. El resultado deseado no se hace esperar: una desproporcionada reacción histérico-agresiva hacia estos conceptos.
Estando así las cosas, queda por ver si dentro del pueblo alemán viven aún suficientes fuerzas para su autosanación. De no ser así, el destino seguirá su propia marcha. Como el organismo que no quiere vivir más, su propia misión conducirá a la muerte. Pero, hasta ahora, este pueblo ha resistido todos los intentos de destrucción que su historia ha contemplado, así que es de esperar, que también esta vez pueda levantarse de su postración y recuperar su más profunda e inherente naturaleza.
Requisito para ello es que un núcleo del pueblo –por más pequeño que sea– logre permanecer preservado y sano. Al servicio de esta tarea tiene que ser dedicado todo nuestro trabajo.
Dr. Rigolf Hennig
Winston Churchill dijo el 27.2.1945:
“Pensamos aplicar medidas aún más drásticas y efectivas que en la última posguerra, ya que ahora entendemos más de este negocio, de manera que un proceder ofensivo por parte de Alemania será algo completamente imposible durante generaciones”. (Gollancz, Victor, Unser bedrohtes Erbe, Zürich 1947, p. 153)
Traducido y adaptado por Centauro. Tomado de www.un-nachrichten.de
Un patriota habla sobre lo que en realidad fue la “Liberación” de 1945
Libertadores
“A todos aquellos que no vivieron en carne propia el fin de la guerra en 1945, les digo que eso de disfrazar la derrota alemana con ropajes de una 'Liberación', es el más vil intento de falsificación de la historia.
Porque:
Los verdaderos libertadores no roban ni saquean. No cometen vejaciones, torturas, ni violaciones. Tampoco azuzan, aprueban o consienten que los otros “co-libertadores” lo hagan.
Los libertadores no arrastran a sus “liberados” a un tribunal-coliseo para sentarlos en el banquillo de los acusados. Y cuando juzgan a presuntos culpables, jamás obstaculizan su defensa. Y, de ninguna manera, dictando su propia justicia de vencedores, se arrogan el papel de fiscal, juez y verdugo a la vez.
Los libertadores no desprecian el derecho internacional. No entregan a “liberados” prisioneros en las manos de enemigos extranjeros; tampoco permiten que el hambre, los abusos y otras mil causas exterminen a los que se han rendido. No los explotan ni someten a trabajos de esclavo. Los libertadores no expulsan a los liberados de su hogar, no se adueñan de sus tierras, bienes y fincas. Tampoco posibilitan que los otros “co-libertadores” lo hagan.
Los libertadores no confiscan las casas de los liberados, no desalojan a tiros a los propietarios. Los libertadores no destruyen los lugares de trabajo de los liberados, tampoco perpetran la demolición y desmontaje de sus fábricas. Los libertadores no se apoderan de las embarcaciones, los ferrocarriles y vehículos de los liberados, tampoco ordenan la depredación sistemática de sus bosques.
Los libertadores no deshonran los monumentos de los liberados, tampoco los despojan de sus tesoros artísticos.
Los vencedores de 1945 no llegaron como libertadores, sino como conquistadores y opresores. ¡Es así y no de otra forma como ellos actuaron!”
Dr. Rudolf Ralvs
Traducido por Centauro. Tomado de Münchner Merkur 21.4.1995
1945: Instrucciones para la reeducación alemana
What to do with Germany.
1945.
Distributed by Special Service Division, Army Service Forces, U. S. Army. Not
for Sale.
”La reeducación será obligatoria tanto para jóvenes como para viejos y no debe
restringirse al salón de clase. A su servicio se pondrá todo el poder de
convencimiento y la fuerza de las representaciones dramáticas. El arte
cinematográfico puede alcanzar aquí su más completa madurez. Los más
renombrados escritores, productores y Stars –bajo dirección de la “Universidad
Internacional”– dramatizarán la inaudita maldad del nazismo y, en contraste,
halagarán la belleza e ingenuidad de una Alemania que no se ocupa más con
marchas y ejercicios de tiro. Se les encargará la interpretación de una imagen
atrayente de la democracia, mientras que la radio deberá penetrar en los
mismos hogares, sea en la forma de entretenimiento o como conferencias sin
ningún tipo de disimulo. Los autores, dramaturgos y editores deberán someterse
a las examinaciones permanentes que conducirá la “Universidad Internacional”,
ya que todos ellos son considerados educadores. Desde el principio se
prohibirá todo tipo de publicación no-democrática. Sólo después que el
pensamiento alemán haya tenido oportunidad de ser fortalecido en los nuevos
ideales, se podrá permitir algunas opiniones contrarias, confiando en que el
virus ya no encontrará caldo de cultivo en el país; con esto se alcanzará
mayor inmunidad para el futuro.
El proceso de reeducación deberá cubrir y atravesar Alemania de extremo a extremo. Incluso los obreros deberán recibir en sus horas libres clases simplificadas sobre democracia. Además, los centros veraniegos de recreación y las organizaciones de educación popular están llamados a prestar ayuda para este propósito.
Tras el fin del conflicto, numerosos prisioneros de guerra alemanes permanecerán en Rusia; no voluntariamente, sino porque los rusos los necesitan como mano de obra. Esto no sólo es completamente legal, sino que contribuye a prevenir el riesgo de que los prisioneros retornados se conviertan en el núcleo de un nuevo movimiento nacional. En caso de que nosotros (los norteamericanos) no quisiéramos mantener en el país a los prisioneros alemanes, éstos deberán ser enviados sin más hacia Rusia.
La “Universidad Internacional” es la más apropiada para regular todos los detalles de los entes educativos alemanes, así como los programas de estudio, los currículos, las escuelas primarias, la selección de maestros, los libros de texto, en resumen: todos los asuntos en materia pedagógica. Necesitamos un “High Command” para la reeducación ofensiva. Para ello, los escolares alemanes mejor dotados recibirán la oportunidad de seguir preparándose en nuestras escuelas; posteriormente regresarán a Alemania como maestros y fundadores de una nueva tradición cultural, enlazada con los valores del civismo internacional. Los profesores deberán ser en la medida de lo posible alemanes liberales y demócratas. La inclusión de “extranjeros” podría incitar al rechazo, así que debe ser limitada a un mínimo; pero esto no debe dar lugar a que el control se nos escape de las manos.
Todo
medio concebible de influenciación mental en aras de una “cultura democrática”
deberá ser puesto al servicio de la reeducación. Las iglesias, los cines, el
teatro, las radiodifusoras, la prensa y los sindicatos tienen una tarea
designada dentro de ella.
La reeducación tomará el lugar del servicio militar, y todo alemán se someterá
a ella obligatoriamente, al igual que en el anterior servicio militar impuesto
por ley.
En
nosotros ha recaído la misión de salvar la paz y la libertad; aquella libertad
que nació en el Monte Sinaí, que fue puesta en la cuna en Belén, que pasó su
enfermiza niñez en Roma y su temprana juventud en Inglaterra; aquella cuyo
férreo pedante fue Francia; la misma libertad que vivió su joven adultez en
los Estados Unidos y que, de cumplir nosotros con nuestra contribución, de
seguro podrá vivir — all over the world!"
El programa de reeducación fue aprobado y suscrito en entusiasta unanimidad
por el presidente de EE.UU. Truman, sus representantes Wallace, Nelson,
Wichell, Rickenbacker, Sigrid Undset, Rey Stout, Clifton Fadiman, los
senadores Burton, Pepper, Capper, Job. Scheel, Lowell Thomas, Gabriel Heatter,
James W. Gerard, Lord Vansittart, Maurice Maeterlinck, Sommerset Maugham,
Louis Bromfield, Dean Alfange, Fancie Hurst, Cecil Roberts, Henry Bernstein,
Dr. Alvin Johnson, Dr. William Neilson, Gen. Marcel de Baer, Daniel A. Poling,
Wallace Deuel, Paul Jordan-Smith, Burnet Hershey, Hugh Cowdin, Edgar Ansel
Mowrer, Edwin H. Blanchard, J. H. Jackson, Dr. Melchior Polyi. H. R. Burke y
muchos otros representantes del espíritu “americano”.
Traducido por Centauro. Tomado de Unabhängige Nachrichten, 2/2000, S. 8