Roberto Bardini – bambupress@iespana.es
La
Segunda Guerra Mundial ha terminado en mayo de 1945 y el eje Berlín-Roma-Tokio
fue derrotado en todos los frentes. Pero según Spruille Braden, embajador de
Estados Unidos en Argentina, existe un coronel que tiene simpatías “japo-nazi-fascistas”.
Se llama Juan Domingo Perón y ocupa los cargos de vicepresidente, ministro de
Trabajo y director de la incipiente aviación civil. Coinciden
con la embajada estadounidense los liberales, los comunistas, los socialistas,
los conservadores, los radicales, los ultra católicos, ciertos nacionalistas
reaccionarios, los terratenientes, los empresarios, los industriales. Coinciden
tanto, que todos entonan a coro La
Marsellesa, la patriótica marcha de Francia.
No
coinciden con la embajada los trabajadores del campo y la ciudad, que cantan el
Himno Nacional y son muchos más que todos esos sectores juntos.
El
alto mando de las Fuerzas Armadas, deseoso de agradar a Washington, decide
arrestar al coronel Perón y destituirlo de sus cargos. En la noche del jueves
11 de octubre de 1945, oficiales del ejército y la marina asisten al Círculo
Militar y discuten si derrocan al presidente Edelmiro Farell y toman el poder o
si entregan el gobierno a la fláccida Corte Suprema de Justicia. Alfredo L.
Palacios, primer diputado socialista de América latina, está presente e
intercambia comentarios conspirativos con generales y almirantes.
Un
mayor del ejército de voz ronca y afecto al vino tinto propone el asesinato de
Perón en una emboscada. Se llama Desiderio Fernández Suárez y 11 años más
tarde será jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires. En 1956 se
dedicará a fusilar a civiles peronistas en un basural sin juicio previo ni
derecho a defensa, sin siquiera órdenes escritas. Fernández
Suárez y sus amos constituyen un precedente, una experiencia piloto, del baño
de sangre que inundará al país dos décadas más tarde. El periodista
Rodolfo Walsh, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, los
denunciará en su libro Operación Masacre,
una pequeña joya del periodismo de investigación que se adelantó a lo que los
estadounidenses denominan non fiction
novel y que se atribuye erróneamente a Truman Capote, autor de A
sangre fría.
Caviar,
pavo y champagne
El
viernes 12 de octubre de 1945, aprovechando el feriado por el Día de la Raza,
un grupo de gente bien se congrega frente al suntuoso Círculo Militar. Es como si
fuera un elegante día de campo y no faltan las cestas de comida para almorzar
sobre el césped. El diario La Prensa
del día siguiente describe a los asistentes: “Era un público selecto formado por señoras y niñas de nuestra
sociedad y caballeros de figuración social, política y universitaria”.
Al son de la canción mexicana La
cucaracha, los asistentes cantan:
Perón
y Farell
Perón
y Farell
ya
no pueden caminar
porque
no tienen
porque
les falta
el
apoyo popular.
Muy
inadecuado plagio, en esas circunstancias, de una tonada popular que es uno de
los símbolos de la Revolución Mexicana. “El público selecto” se retiró a
la medianoche, después de entonar en varias oportunidades el Himno Nacional y,
como de costumbre, La Marsellesa. Durante mucho tiempo los peronistas bromearon acerca
de que la zona quedó cubierta de “restos de caviar, pavo y botellas de
champagne”.
Esa
noche, Perón es detenido y enviado a la isla Martín García. Oficialmente se
informa que la finalidad es “preservar su seguridad ante la posibilidad de un
atentado”. En la tarde del sábado 13, el diario sensacionalista Crítica
anuncia la detención bajo un rencoroso titular en el que ni siquiera lo nombra:
“Ya no constituye un peligro para el país”. Unos días antes, el 9
de octubre, un panfleto universitario había cantado victoria: “Rechazado por
todas las fuerzas sociales y políticas y por la prensa que él amordazó, el
coronel fascista ha debido resignar sus cargos (...). Bajo la presión del
pueblo, el fascismo busca una válvula de escape y se desprende de uno de sus
hombres”.
Pero
ni el sector antiperonista de las Fuerzas Armadas, ni la coalición política-rural-empresarial,
ni la prensa opositora, se podían imaginar que todo les saldría al revés y
que tendrían que aguantar al molesto Perón durante un histórico largo rato.
Cuando se conoció la renuncia del coronel, el
héroe era él y no ellos.
Poco
después trasciende que el ex vicepresidente ha sido enviado prisionero a la
isla Martín García. El lunes 15 de octubre se generan las primeras reacciones.
Afiliados del Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne, conducido por Cipriano
Reyes, salen a las calles de Berisso y Ensenada pidiendo la libertad del
coronel.
Al
norte del país, la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA)
declara una “huelga general revolucionaria en todos los ingenios” y toma
contacto con los gremios de Buenos Aires. El jefe de la región militar de la
zona, teniente coronel Fernando Mera, se compromete a avanzar sobre la Capital
Federal junto con los obreros. No figuran demasiados oficiales como Mera en la
historia argentina del siglo veinte.
En
algunos barrios de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires aparecen volantes
que reclaman por el ex vicepresidente y ministro de trabajo. Uno de ellos dice:
“La contrarrevolución mantiene preso al liberador de los obreros argentinos,
mientras dispone la libertad de los agitadores vendidos al oro extranjero.
Libertad para Perón. Paralizad los Talleres y los Campos”. Los panfletos
llevan la firma de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Militantes
de la Alianza Libertadora Nacionalista y simpatizantes espontáneos recorren las
calles del centro de Buenos Aires al grito de “¡Patria sí, colonia no!”. La policía intenta disolverlos con
gases lacrimógenos pero los manifestantes vuelven a reagruparse. A la noche hay
87 detenidos.
En
la madrugada del 17, los obreros que desde el día anterior esperan una resolución
de la Confederación General del Trabajo (CGT), se lanzan a las calles mientras
sus dirigentes se meten en la cama. Los
asalariados imponen de hecho una huelga general sin esperar la fecha fijada por
la adormilada conducción de la CGT. La espontánea decisión se extiende como
una reacción en cadena a otros puntos de la ciudad, de las provincias, del país.
Los
trabajadores pasan por encima de sus titubeantes líderes gremiales, desbordan a
sus sindicatos e ignoran olímpicamente las recomendaciones de comunistas,
socialistas y anarquistas. Para colmo de males, algunos cuadros políticos y
militantes de base de estas tres tendencias abandonan para siempre sus
organizaciones y se unen a los seguidores del coronel “nazi-nipo-fascista”.
Atados a esquemas europeos, algunos dirigentes de “izquierda” y teóricos
“rigurosamente científicos” no entienden –y parece que nunca entenderán–
que ciertos movimientos populares no son
químicamente puros ni surgen de mezclar probetas en un laboratorio. Los
obreros tampoco hicieron caso, desde luego, a los discursos de casi todos los
partidos políticos, los esfuerzos del embajador estadounidense Spruille Braden,
los editoriales de la prensa “democrática”, las conspiraciones
“institucionales” de los cuarteles, las cultas tertulias del Jockey Club y
las encopetadas reuniones de la Unión Industrial Argentina, la Sociedad Rural y
la Bolsa de Comercio.
Los
asalariados carecen de un programa político o de un plan de acción. Sólo
mencionan un nombre a gritos: Perón. Concentran su fuerza en un objetivo único:
la libertad del coronel.
El
día anterior un médico militar amigo del oficial detenido le diagnostica una
(falsa) pleuresía y logra convencer al alto mando del ejército de regresarlo a
Buenos Aires para tratarle la “afección”. A las 6:30 de la mañana del
mismo 17, después de cuatro horas de navegación, llega a la Capital Federal la
lancha que conduce al prisionero y su custodia. Lo llevan al Hospital Militar
Central y lo “internan” en el quinto piso. Es un día de calor, pegajoso y húmedo.
“¡Perón
sí, otro no!”
En
las primeras horas de la mañana, los trabajadores de las fábricas de
Avellaneda, Lanús y Quilmes y de los frigoríficos de Berisso y Ensenada
comienzan a formar grupos para marchar a pie hacia Buenos Aires. Llevan banderas
argentinas y retratos de Perón. Pocas horas después, desde La Plata salen
camiones repletos de gente con el mismo rumbo. Unos y otros convergen a las
nueve de la mañana en la entrada a la Capital Federal pero se encuentran con
que el puente Pueyrredón y otras vías de acceso sobre el Riachuelo, han sido
levantados por orden de la policía y la Prefectura Marítima para impedirles el
paso. Los agentes obligan a descender a los pasajeros de distintos medios de
transporte que logran pasar, los palpan de armas y les informan que deben
continuar a pie. “Cumplimos órdenes”, aseguran. Las órdenes, sin embargo,
no se cumplen en otros lugares.
Los
trenes no funcionan. Los empleados ferroviarios están en huelga. Paralelamente,
columnas de hombres y mujeres provenientes de barrios populares atraviesan
Buenos Aires rumbo a la Plaza de Mayo. Vienen de La Boca, Nueva Pompeya, Parque
Patricios, La Paternal, Devoto, Villa Urquiza, Lugano, Liniers, Flores.
Confluyen con gente humilde que llega de la Zona Oeste del Gran Buenos Aires,
Merlo, Moreno y Morón. Por diferentes accesos, arriban trabajadores de Zárate
y Campana. Otros vienen de más lejos.
Hay
soldados acuartelados en Campo de Mayo y otras guarniciones. Lo mismo ocurre en
todas las comisarías. Militares y policías están divididos en sus simpatías:
aguardan, tensos, la orden para reprimir. Algunos destacamentos de vigilantes
que se han desplegado en vías estratégicas hostigan a pequeños grupos que
caminan por el medio de la calle. Otros, en cambio, los protegen.
El
día avanza. Como ríos, pequeños grupos se unen y se transforman en compactos
torrentes que marchan por Rivadavia, Avenida de Mayo, Balcarce, Diagonal Norte.
Frente a la Casa de Gobierno, mientras tanto, la plaza se va llenando
lentamente. Algunos manifestantes comienzan a gritar: “¡Aquí están, éstos
son, los muchachos de Perón!”. Otros, agotados por la larga caminata y el
calor, se quitan los zapatos y sumergen los doloridos pies en las fuentes de
agua.
Raúl Scalabrini Ortiz, testigo de la época y miembro de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), describe aquella jornada que le cambió el rostro a Argentina:
"El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.
Venían
de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de
las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías
del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de
Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo
grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de
precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el
empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado”.
Otro
testigo de la época, Juan José Hernández Arregui, relata con idéntico
entusiasmo:
A caballo unos, en bicicleta o camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada marchaba como un sonámbulo invulnerable.
La
argentina de los campos vacíos, siempre iguales a sí mismos, estaba
paralizada. Todo el país había concentrado la energía del trabajo cotidiano
en una gigantesca huelga general. Los obreros de los frigoríficos, del petróleo,
del caucho, los portuarios, de la construcción, habían cruzado sus brazos
sobre el pecho. Los trenes, inmóviles como largos animales dormidos, exhibían
en la protesta desoladora y terrible de su mudez, esa voluntad nacional de un
pueblo más tensa que los poderes entumecedores de una historia construida con
millones de seres aplastados y levantada sobre un siglo de infamia. «¡Libertad
para Perón! ¡Perón sí, otro no! ¡Muerte a los traidores!», se leía en los
vagones ferroviarios. Desde Córdoba, Tucumán, San Juan, Mendoza, Jujuy, los
parias anuales de las cosechas, los criollos a precios módicos, descendían en
marejadas sombrías a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo
eterno”.
A
ellos suma su visión el ensayista Arturo Jauretche, presidente de FORJA:
Fue
un Fuenteovejuna: nadie y todos lo hicieron. Se llenó la plaza, en una especie
de fiesta, de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera y cuyo
pecado más grande fue lavarse «las patas» en las fuentes porque habían
caminado quince, veinte o treinta kilómetros”.
Mientras
tanto, la policía recibe la orden de bajar el puente Pueyrredón y permitir el
paso. Los trabajadores de La Plata, Berisso y Ensenada trasponen el límite
entre la provincia y la Capital Federal. Los agentes dejan de hostilizar a los
manifestantes. Se sabe que ciertos oficiales del ejército y la policía que
simpatizan con Perón están dispuestos a tomar algunos regimientos y el
Departamento Central de Policía. Cesa el acuartelamiento de los militares en
sus guarniciones.
Una
mujer amante
Durante
las tensas horas que transcurren entre la detención de Perón y el anuncio de
que se encuentra en el Hospital Militar, una mujer ha desplegado una frenética
actividad. Se llama María Eva Duarte y es amante, en todos los sentidos de la
palabra, del coronel.
Desde
su celda en la isla Martín García él le había enviado una carta lamentando
la traición de esas Fuerzas Armadas a las que había dedicado más de la mitad
de su vida. El militar, que la apoda “mi chinita”, le proponía que ambos se
olvidaran para siempre de la política y retiraran a vivir a las montañas. La
historia, sin embargo, les había reservado otro destino.
Eva
es, en ese momento, una fiera herida. Hace una llamada telefónica tras otra, se
reúne con políticos, periodistas, camaradas de armas de Perón, gremialistas.
Se sube a un automóvil y se hace llevar de un lado a otro de la ciudad. Es una
mujer enérgica que habla con hombres y sabe tratarlos. Discute, persuade,
hierve de furia, derrama lágrimas, promete, insulta a los gritos. En menos de
lo que canta un gallo ha convocado a su alrededor a un grupo numeroso, selecto y
leal de hombres de ideas y acción. Luego de hablar con ella, cada uno parte a
su cuartel, sindicato, barrio, periódico, radio o centro de actividades políticas.
La
Argentina “invisible” muestra su rostro
Los
altos mandos del ejército deben haber razonado que no exageraba el diario La
Época cuando, pocos días atrás, había titulado en su primera plana:
“Desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, desde el Atlántico hasta los Andes,
se pide, se clama y se exige la libertad del coronel Perón”.
Posteriormente,
el escritor Leopoldo Marechal, autor de Adán
Buenosayres y Megafón o la guerra,
relató el impacto que le causó el 17 de octubre de 1945:
“El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. De pronto, me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular, y enseguida su letra: «Yo te daré / te daré patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con pe: / Peróoon». Y aquel «Peróoon» resonaba periódicamente como un cañonazo.
“Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista.
“Decidí
entonces, con mis hechos y palabras, declarar públicamente mi adhesión al
movimiento y respaldarla con mi prestigio intelectual, que ya era mucho en el país.
Esto me valió el repudio de los intelectuales que no lo hicieron y que
declararon al fin mi proscripción
intelectual”.
A
las 11:10 de la noche, después de varias idas y venidas entre la Casa de
Gobierno y el Hospital Militar, de deliberaciones y discusiones, Perón se hizo
presente en un balcón de la Casa Rosada. Aclamado, habló a sus seguidores
cuando faltaban diez minutos para la medianoche. El historiador británico
Daniel James menciona en Resistencia e
integración una situación sin antecedentes en el Buenos Aires de ese
convulsionado año: “El hecho de que la manifestación culminara en la Plaza
de Mayo fue por sí solo significativo. Hasta 1945 esa plaza, situada frente a
la Casa de Gobierno, había sido en gran medida un territorio reservado a la «gente
decente», y los trabajadores que se aventuraban allí sin saco ni corbata
fueron más de una vez alejados e incluso detenidos”.
El
primer mártir
Al
finalizar ese día, el naciente peronismo tuvo un mártir, el primero de una
larga, casi interminable lista.
A
la una de la mañana, cuando terminó la concentración en la Plaza de Mayo, un
grupo de jóvenes manifestantes marchó en dirección al edificio del diario Crítica,
en Avenida de Mayo 1333. El periódico dirigido por Natalio Botana había
asegurado esa tarde que Perón era un “mito fascista”. Además, había
publicado en primera plana una fotografía de cinco personas que cruzaban la
avenida 9 de Julio: “Estas son las huestes del coronel Perón”, decía el
grueso título. La foto, tomada en la mañana temprano desde la terraza de un
edificio de varios pisos, intentaba transmitir la imagen de una avenida vacía
en la que apenas se veía un minúsculo grupo de personas.
Los
muchachos peronistas, exaltados, lanzaron piedras y rompieron los vidrios de las
ventanas. Desde la terraza, los pistoleros de Botana dispararon sus revólveres. Parapetados
detrás de automóviles estacionados y árboles, algunos militantes de la
Alianza Libertadora Nacionalista respondieron al fuego. El tiroteo fue infernal
y duró hasta las tres de la mañana. Cuando todo terminó, quedaban 50 heridos
en la calle.
Uno
de ellos había recibido un balazo en la cabeza y murió poco después. Se
llamaba Darwin Passaponti y tenía 17 años. Había nacido el primero de
noviembre de 1927 y le faltaban dos semanas para adquirir la mayoría de edad.
Estudiaba en el Colegio Normal Mariano Acosta y militaba en la Alianza
Libertadora Nacionalista. Su padres eran farmacéuticos: ella, una ferviente católica
nacida en Entre Ríos; él, un anarquista oriundo de Santa Fe, que escribía
obras de teatro.
Aciertos
y errores, simpatías y rechazos
Al
día siguiente, bajo el título “Los grupos peronianos cometieron sabotaje y
desmanes”, Crítica presentó su
versión de los hechos:
“El
anunciado movimiento popular de los peronistas ha fracasado estrepitosamente, en
un ridículo de extraordinarias proporciones. Las multitudinarias e imponentes
columnas que los adictos al ex vicepresidente prometían reunir para dar la
sensación cabal de su poderío, se han trocado en grupos dispersos que recorren
las calles con paso cansino, en medio de la indiferencia y el desprecio de la
población... No obstante, ante el fracaso, los elementos más recalcitrantes de
ese peronismo en veloz menguante, tratan de hallar desquite cometiendo desmanes
y recurriendo al sabotaje”.
La
Nación
describió a “grupos revoltosos” e “individuos en completo estado de
ebriedad”. Los diarios de la llamada oligarquía no fueron los únicos
asombrados por la concentración del 17 de octubre; la enorme manifestación
popular también causó estupor a los periódicos La
Vanguardia, del Partido Socialista, y Orientación,
del Partido Comunista. El stalinista de derecha Rodolfo Ghioldi, dirigente del
PC, declaró a principios de 1955: “Lo que es de lamentar en Argentina es que
estas masas obreras que se han incorporado a la vida gremial, hayan roto su
virginidad política bajo la advocación del señor Perón”.
El
21 de octubre de 1945, cuatro días después de su liberación de la isla Martín
García, el coronel Juan Domingo Perón se casó con la actriz María Eva
Duarte.
En
1945 había surgido en el país del trigo y las vacas un movimiento histórico
que se extendería –con marchas y contramarchas, y pese a todos los esfuerzos
por erradicarlo– hasta fines del siglo veinte. Durante
largos años, el peronismo tendrá sus partidarios y sus detractores: unos, harán
hincapié en sus realizaciones sociales; otros pondrán énfasis en sus errores.
Por décadas, los habitantes del país no podrán mantenerse al margen o ser
indiferentes. La simpatía o el rechazo se transmitirán de generación en
generación.
Un
historiador que no es peronista, Pedro Santos Martínez, escribió en 1946-1955
- La nueva Argentina:
“Hace treinta años que la actualidad argentina está empapada de Perón. Cuando los grandes problemas argentinos que nos afectan son analizados, siempre se encuentra presente el peronismo. Ya sea para reconocerle su contribución o para lamentar el camino por donde orientó al país. Esta realidad peronista estimula o irrita. Es un ente político cuya vigencia en la historia nacional de nuestro tiempo está cargada de genialidades y mezquindades. Es grandiosa y mísera a la vez. Es lugar de referencia, de contraposición y de litigio. De ahí que nadie puede permanecer indiferente cuando se trae a colación.
Los opositores no fueron más felices. Sus aportaciones, excesivamente detractoras, solían presentar al período como un tránsito por el infierno. Muchos de ellos vivían un país que no era el que tenían ante sus ojos. A la espera de que Perón cayera del gobierno desde el día siguiente que lo asumió, todo cuanto él hacía era –en opinión de estos augures– provisional y demagógico. Así transcurrieron los años y no supieron ver los logros alcanzados por el país. Cuando volvieron, después de haber sido derrocado Perón, un buen núcleo creía que la historia se había detenido en 1943.
“El gobierno de Perón integra ontológicamente la vida argentina contemporánea. Se nos ha dado como una herencia, apetecida o no, pero real y que, en forma esencial, se halla inserta en la vida contemporánea. Sus logros han pasado a ser los de todos los argentinos del presente. Sus fracasos también, y han de servir como experiencia. En definitiva, pertenece al acervo histórico de la Argentina y debemos tener una actitud patriótica para entenderlo de este modo”.
En
1969, a más de dos décadas de aquel día, el historiador Félix Luna publicó El
45. Su impresión de ese año también tiene un gran valor porque, a pesar
de no ser simpatizante peronista, se esforzó por comprender el significado de
esa especial jornada y llegó a afirmar: “No
hay nada en nuestra historia que se parezca a lo del 17 de Octubre”.