Eva Perón. Mi voluntad suprema
1919 - 7 de mayo - 2006
Llama ardiente en el corazón del Pueblo de la Patria, muralla contra la
tiranía clerical-bolchevique
Mi voluntad suprema:
Quiero vivir eternamente con Perón y con mi pueblo.
Esta es mi voluntad absoluta y permanente y es, por lo tanto, mi última
voluntad.
Donde
está Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para
quererlos con todas las fuerzas de mi vida y con todo el fanatismo que me quema
el alma.
Si Dios lo llevase del mundo a Perón, yo me iría con él, porque no sería capaz
de sobrevivir sin él, pero mi corazón se quedaría con mis descamisados, con mis
mujeres, con mis obreros, con mis ancianos, con mis niños para ayudarlos a vivir
con el cariño de mi amor, para ayudarlos a luchar con el fuego de mi fanatismo y
para ayudarlos a sufrir con un poco de mis propios dolores.
Porque he sufrido mucho; pero mi dolor valía la felicidad de mi pueblo. Y yo no
quise negarme –yo no quiero negarme–, yo acepto sufrir hasta el último día de mi
vida si eso sirve para restañar alguna herida o enjugar una lágrima.
Pero si Dios me llevase del mundo antes que a Perón yo quiero quedarme con él y
con mi pueblo, y mi corazón y mi cariño y mi alma y mi fanatismo seguirán con
ellos, seguirán viviendo en ellos haciendo todo el bien que falta, dándoles todo
el amor que no les pude dar en los años de mi vida, y encendiendo en sus almas
todos los días el fuego de mi fanatismo que me quema y me consume con una sed
amarga e infinita.
Yo estaré con ellos para que sigan adelante por el camino abierto de la Justicia
y la Libertad hasta que llegue el día maravilloso de los pueblos.
Yo estaré con ellos peleando en contra de todo lo que no sea pueblo puro, en
contra de todo lo que no sea la raza de los pueblos.
Yo estaré con ellos, con Perón y con mi pueblo, para pelear contra la oligarquía
vendepatria y farsante, contra la maldita raza de los explotadores y de los
mercaderes de los pueblos.
Dios es testigo de mi sinceridad; él sabe que me consume el amor de mi raza que
es el pueblo.
Todo lo que se opone al pueblo me indigna hasta los límites extremos de mi
rebeldía y de mis odios. Pero Dios sabe también que nunca he odiado a nadie por
sí mismo, no he combatido a nadie por maldad, sino por defender a mi pueblo; a
mis obreros, a mis mujeres, a mis pobres grasitas, a quienes nadie defendió
jamás con más sinceridad que Perón y con más ardor que Evita.
Pero es más grande el amor de Perón por el pueblo que mi amor: porque él, desde
su situación de privilegio, supo llegar hasta el pueblo, comprenderlo y amarlo.
Yo, en cambio nací en el pueblo y sufrí en el pueblo. Tengo carne y alma y
sangre de pueblo. Yo no podía hacer otra cosa que entregarme a mi pueblo.
Si muriese antes que Perón, quisiera que esta voluntad mía, la última y
definitiva de mi vida, sea leída en acto público en la Plaza de Mayo, en la
Plaza del 17 de Octubre, ante mis queridos descamisados.
Quiero que sepan, en ese momento, que lo quise y lo quiero a Perón con toda mi
alma y que Perón es mi sol y mi cielo. Dios no me permitirá que mienta si yo
repito en este momento una vez más: «no concibo el cielo sin Perón».
Pido a todos los obreros, a todos los humildes, a todos los descamisados, a
todas las mujeres, a todos los niños y a todos los ancianos de mi Patria que lo
cuiden y lo acompañen como si fuese yo misma.
Quiero que todos mis bienes queden a disposición de Perón como representante
soberano y único del pueblo.
Yo considero que mis bienes son patrimonio del pueblo y el movimiento peronista,
que es también del pueblo, y que todos mis derechos como autora de La razón de
mi vida y de Mi mensaje, cuando se publique, sean también considerados como
propiedad absoluta de Perón y del pueblo argentino.
Mientras viva Perón él podrá hacer lo que quiera de todos mis bienes: venderlos,
regalarlos e incluso quemarlos, porque todo en mi vida le pertenece, todo es de
él, empezando por mi propia vida, que yo le entregué por amor y para siempre de
una manera absoluta.
Pero después de Perón el único heredero de mis bienes debe ser el pueblo, y pido
a los trabajadores y a las mujeres de mi pueblo que exijan por cualquier medio
el cumplimiento inexorable de esta voluntad suprema de mi corazón que tanto los
quiso. Todos los bienes que he mencionado y aun los que hubiese omitido deberán
servir al pueblo, de una u otra manera.
Quisiera que se constituya con todos esos bienes un fondo permanente de ayuda
social para los casos de desgracias colectivas que afecten a los pobres, y deseo
que ellos lo acepten como una prueba más de mi cariño.
Deseo que en estos casos, por ejemplo, se entregase a cada
familia un subsidio equivalente a los sueldos y salarios de un año, por lo
menos.
También deseo que, con ese fondo permanente de Evita, se instituyan becas para
que estudien hijos de los trabajadores y sean así los defensores de la doctrina
de Perón, por cuya causa gustosa daría mi vida.
Mis joyas no me pertenecen. La mayor parte fueron regalos de mi pueblo. Pero aun
las que recibí de mis amigos o de países extranjeros, o del General, quiero que
vuelvan al pueblo.
No quiero que caigan jamás en manos de la oligarquía y por eso deseo
constituyan, en el museo del Peronismo, un valor permanente que sólo podrá ser
utilizado en beneficio directo del pueblo.
Que así como el oro respalda la moneda de algunos países, mis joyas sean el
respaldo de un crédito permanente que abrirán los Bancos del país en beneficio
del pueblo, a fin de que se construyan viviendas para los trabajadores de mi
Patria.
Desearía también que los pobres, los ancianos, los niños, mis descamisados sigan
escribiéndome como lo hacen en estos tiempos de mi vida y que el monumento que
quiso levantar para mí el Congreso de mi pueblo recoja las esperanzas de todos y
las convierta en realidad por medio de mi Fundación, que quiero siempre pura
como la concebí para mis descamisados.
Así yo me sentiré siempre cerca de mi pueblo y seguiré siendo el puente de amor
tendido entre los descamisados y Perón.
Por fin quiero que todos sepan que si he cometido errores los he cometido por
amor, y espero que Dios, que ha visto siempre mi corazón, me juzgue no por mis
errores, ni mis defectos, ni mis culpas, que fueron muchas, sino por el amor que
consume mi vida. Mis últimas palabras son las mismas del principio: quiero vivir
eternamente con Perón y con mi pueblo.
Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos, porque él también está con
los humildes, y yo siempre he visto que en cada descamisado Dios me pedía un
poco de amor que nunca le negué.
Eva Perón
PRENSA NACIONAL ALTERNATIVA