REIVINDICANDO A JAUME I EL CONQUERIDOR
En el 8º centenario de su nacimiento (2-II-1.208/2-II-2.008)
El que España pudiera seguir siendo situada en el orbe europeo tuvo su debe en la Reconquista de todos aquellos territorios que, a raíz de la invasión sarracena del año 711, habían caído en manos del Islam. El proceso recuperador de aquello que había sido invadido y usurpado fue lento y se alargó durante centurias. Sabemos que su feliz cierre acaeció oficialmente el 2 de enero de 1.492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos.
Este
arduo luchar por recuperar lo que legítimamente nunca debió de habérsele
arrebatado al Reino Visigodo se erige en una de las piedras angulares de nuestra
historia. De haber fracasado se hubiera producido una total suplantación de la
esencia, de las raíces, de la identidad, de la cultura y de la idiosincrasia de
las gentes de este nuestro país. Pero, afortunadamente, en lugar de fracaso el
éxito coronó el titánico y prolongado esfuerzo bélico. El espíritu esforzado, el
valor, el coraje, el espíritu de sacrificio, la forja del carácter y otros
valores como los de la fidelidad, el honor, el espíritu de sacrificio y el de
superación o la voluntad fueron fortaleciéndose en las adversidades y en los
campos de batalla que enfrentaron a nuestros reconquistadores contra los
adalides de la fe islámica. Y estos valores, junto a una concepción de la vida
que iba más allá de la exclusiva creencia en este mundo imperecedero y que sabía
también de la existencia de una Realidad Superior, divina y eterna,
catapultarían a la conquista de los cinco continentes a los protagonistas o a
los descendientes de la gesta reconquistadora.
Es por ello que es intasable lo mucho que España le debe a aquellos heroicos esforzados que nos hicieron posible seguir formando parte de la gran familia europea. Y es por ello que los que dirigieron los diferentes procesos reconquistadores nunca deben de dejar de ser considerados por nosotros como puntos de referencia, como arquetipos a imitar, como modelos a seguir y como ejemplos a admirar. Nuestros hijos también deben de tener a estos héroes como referencia existencial y, de este modo, vivirán con dignidad de acuerdo a estos elevados valores en ellos personificados y sabrán de dónde vienen, dónde se hallan sus raíces, quiénes son y a qué vasta comunidad pertenecen. Y si así lo hacen no serán jamás almas en pena fácilmente manipulables y convertibles en el individuo-masa gregario que bovina y ovinamente deviene objeto sin rostro del consumismo uniformizador e indiferenciado al que nos está sumiendo este mundo globalizador y alienante.
Quedando, pues, clara la importancia que tiene reivindicar la figura de los diferentes y principales protagonistas de la gesta de la Reconquista debemos encarar una deficiencia que ha mostrado cierta historiografía de corte, diríamos, jacobina, centralista. Y es la que estriba en haber puesto de relieve y ensalzado con toda justicia a determinadas figuras clave en todo este épico proceso, dejando, por el contrario e injustamente, en un segundo plano, o casi en el anonimato, a otras. En esta línea se ha sabido, pues, encumbrar a nuestro Don Pelayo o al irrepetible Ruy Díaz de Vivar –el Cid Campeador- y casi se ha silenciado
–desde una historiografía que pretendía ensalzar las glorias patrias- a la egregia figura de Jaume I el Conqueridor (Jaime I el Conquistador). Parecíase como si se ningunease la gesta reconquistadora acaecida en la parte oriental de nuestras tierras y protagonizada, básicamente, por catalanes y aragoneses. Parecíase como si la Reconquista hubiera sido, casi exclusivamente, empresa llevada acabo por reinos como el de Asturias, el de León o el de Castilla. Parecíase que a Don Pelayo o al Cid, sólo se le pudieran añadir figuras como las de Alfonso VI (recuperó Toledo) o Fernando III el santo (tomó Córdoba y Sevilla). Cuando resulta que, sin querernos olvidar del Reino de Navarra cuyo rey Sancho VII el Fuerte tomó parte en la crucial batalla de Las Navas de Tolosa (1.212) contra los almohades, hemos de reivindicar que junto a un Don Pelayo, cuya gesta en Covadonga está impregnada también de la leyenda que envuelve siempre a los héroes pioneros y/o fundadores, podríamos igualmente reivindicar –debido a la fuerte carga simbólica que representan- a un Otger Kathalon (Cataló o Catalón) y a sus nueve barones de la fama a quienes el mito sitúa como iniciadores, desde las montañas y los valles pirenaicos, de la reconquista de lo que con el tiempo serán los primeros condados catalanes.
Pero si del terreno del presunto mito nos queremos trasladar al de los personajes meramente históricos bueno sería no olvidar al conde Ramón Berenguer III liberando Solsona y Tarragona del dominio musulmán y, en otro orden de cosas, emparentando con el Cid Campeador al casarse con una de las hijas de éste -María- (parentezco que le moverá a ayudar a la por entonces ya viuda del Cid –doña Jimena- a defender la ciudad de Valencia de los ataques de los musulmanes) o no olvidar tampoco a un Ramón Berenguer IV tomando Lleida y Tortosa y completando, así, la Reconquista del territorio catalán que conocemos como el Principado.
Ahora
bien, si es de ese tipo de personajes irrepetibles de los que, para bien de
nuestro país, queremos hacer bandera nadie de perfil más impactante y
carismático como para servir de arquetipo que el ya mencionado Jaume I el
conqueridor, pues en él vemos continuar la sangre valerosa de su padre el
rey Pere II (Pedro II el católico) de la Corona de Aragón (también
participante en la batalla de Las Navas de Tolosa y muerto -debido a su
temeridad, valor y osadía en el combate- al año siguiente -1.213- en la de Muret
en lucha contra los francos). En Jaume I vemos al huérfano de cuya crianza,
educación y formación se encargaron los monjes-guerreros de la Orden del Temple
en el castillo de Monzón. En Jaume I el conqueridor, rey de Aragón
(del que formaban parte el reino de Aragón y los condados catalanes) vemos al
reconquistador de Mallorca y de todo el territorio que acabará constituyéndose
en el Reino de Valencia; en la reconquista de la ciudad de Valencia (1.238) une
su épica con la del Cid Campeador, que ya la había reconquistado en 1.094
(aunque los almorávides volvieron a apoderarse de ella tres años después de la
muerte de Rodrigo Díaz de Vivar). En Jaume I el conqueridor vemos
a aquél que subordina los intereses de la Corona a la que representa a los
intereses generales de una España que todavía no existe como realidad política
unitaria pero a la cual aspirarán, a lo largo de toda la Edad Media, los
diferentes reinos y territorios que toman parte en esta épica empresa de la
Reconquista. Y los subordina, por
ejemplo, al entregar al Reino de Castilla el territorio de Murcia que había
arrebatado a los sarracenos tras responder a la ayuda que le había solicitado su
hija la reina Violante, esposa del rey de Castilla Alfonso X el sabio. Lo
entrega cumpliendo el Tratado de Almizra que, años antes, había firmado con el
infante Alfonso (el futuro Alfonso X) y en el momento de cuya firma afirmó que
era “Lo millor per Déu i per Espanya”
(“Lo mejor para Dios y para España”). Por el “Llibre dels feits” (“Libro de los
hechos”) -escrito en forma autobiográfica y seguramente dictado por él- sabemos
que uno de los argumentos que presenta a catalanes y a aragoneses para emprender
la campaña militar de Murcia es el de que se debe realizar “para
salvar España, porque si el rey moro de Granada –que se
hallaba tras la revuelta musulmana de Murcia contra
la Castilla de la que era vasalla- puede con
el rey de Castilla, la tierra de España de las tierras de Aragón y Cataluña
también pueden peligrar”.
En Jaume I el conqueridor vemos a aquella egregia figura movida no por intereses personales, localistas, materiales o terrenales sino por motivaciones idealistas, superiores y Trascendentes y lo vemos así cuando es capaz de organizar un ejército cruzado que parte de Barcelona, con su armada, para Tierra Santa con el objetivo de recuperar los Santos Lugares que estaban en manos del Imperio Turco. Desgraciadamente las tormentas dispersaron sus naves y se tuvo que renunciar a esta empresa que ha pasado a la historia como La Cruzada de los niños por la juventud de muchos de los cruzados que se apuntaron a ella.
Pero
en Jaume I también podemos ver al fortalecedor de instituciones como las
Cortes o al creador del Consell de Cent (Consejo de Cien) como órgano del
gobierno municipal de Barcelona.
O vemos al gran promotor de la influencia de la Corona de Aragón por todo el Mediterráneo; influencia en la que hay que incluir la redacción del primer código de costumbres marítimas: el Llibre del Consolat de Mar (Libro del Consulado de Mar).
El escritor y almogávar Ramón Muntaner escribió en su “Crònica” que en una de las batallas previas a la toma de Valencia una flecha enemiga se clavó en la frente del rey Jaume I, llegándosele a clavar la punta de la misma en el cerebro. De tal violencia fue el impacto que la inflamación provocada alrededor de ambos ojos, y en concreto en los párpados, adquirió (siempre según lo que cuenta el cronista) el tamaño de naranjas y ambos ojos quedaron totalmente cerrados. Al día siguiente, en cuanto el rey pudo entreabrir mínimamente los ojos volvió de nuevo al campo de batalla…
Al margen de más que posibles y justificadas exageraciones panegíricas lo explicado por Ramón Muntaner nos da la talla del arrojo, del coraje y de la entereza de nuestro –por otro lado- alto, fornido y corpulento personaje.
Se trata, pues y sin duda, de una figura a la que como españoles tenemos el profundo e irrenunciable deber de reivindicar. Uno de esos personajes en los que lo heroico formaba parte intrínseca de su ser y del que una visita a sus restos mortales, emplazados en el monasterio cisterciense de Poblet, podría ser uno de los homenajes póstumos que le podríamos rendir.
EDUARD ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX