EL ISLAM Y LA TRADICIÓN
Frente a los procesos disolventes y corrosivos que le son inherentes a este
nuestro mundo moderno, hay quien desde posiciones propias a las de la Tradición
contempla el actual resurgir de la fe islámica y el fortalecimiento de las tesis
integristas musulmanas como el rescoldo principal en el que ella –la Tradición-
pervive o se testimonia. Ante la desacralización de la vida y de la existencia
que azota, con cada vez mayor virulencia, sobre todo a Occidente, los hay que
ven la actual eclosión del fundamentalismo mahometano como una revuelta integral
protagonizada por los valores sacros y perennes.
Ante lo cual nos formulamos la siguiente pregunta:
¿Se parangona la religiosidad islámica con los parámetros básicos que informan lo que conocemos como Tradición o, más bien, la fe sarracena se colocaría al nivel de los primeros peldaños que, desmarcándose ya de dicha Tradición, hacen descender al hombre por los vericuetos sombríos del mundo moderno?
Y nuestra respuesta apunta hacia la segunda opción. Y apunta hacia ella porque
en el mundo Tradicional al hombre que atesoraba en su interior potencialidades
de desapego con respecto a todo aquello que pudiese condicionarlo y
mediatizarlo, a ese hombre se le ponía a su alcance la posibilidad de emprender
el arduo y metódico camino del descondicionamiento interno que representaba el
paso previo para la posterior adquisición del Conocimiento de lo Trascendente e
Incondicionado, gracias, esto último, a lo que algunas doctrinas sagradas han
denominado como el Despertar.
Y si consideramos al hombre integralmente en sus tres dimensiones –a saber:
cuerpo, alma o psique y Espíritu- este Despertar acontecía en el plano del
Espíritu, es decir, en el plano de lo que es más que humano. En un plano que si
se consigue ser activado nos abre la visión y el Conocimiento de la Realidad
Suprasensible y Metafísica que nos Trasciende y que, por otro lado, se halla
ignota para el hombre mutilado de nuestras petrificadas civilizaciones.
Y esta dimensión del Espíritu empezó a ser amordazada por los primeros embites del mundo moderno. Empezó a ser anestesiada hasta llegar a sumírsela en un sueño casi perpetuo. Se imposibilitó el que el hombre con potencialidades Superiores pudiese optar a su transformación ontológica interior.
¿Y qué le fue quedando a este hombre mutilado de Ser; mutilado de lo Trascendente que anida en su fuero interno, pero ya en eterno letargo? Pues le fue quedando lo que de mero hombre tiene; lo que le conforma como un ser condicionado. Le fue, tan sólo, quedando su cuerpo y su alma o mente. Y, en consecuencia, si quería seguir sacralizando –ahora con minúsculas- su vida y su existencia –o, al menos, parte de ellas- se tenía que empezar a conformar con sentir piadosa devoción por lo divino y con profesarle fe a la divinidad. Ya no podía más Conocer y hacerse uno con lo Trascendente, pues la semilla Espiritual que anidaba en su interior, y que compartía la misma esencia con lo Trascendente, se hallaba fatalmente adormecida.
Su alma o psique
era un conglomerado de naturaleza humana y perecedera y no era, pues, una
herramienta que le pudiese acceder a lo Sobrehumano e imperecedero, sino que
sólo le podía servir para creer en ello. Las doctrinas sapienciales, esotéricas
e iniciáticas habían sido, de esta manera, olvidadas y el hombre se limitó a
formas de simple devoción, religiosidad; a formas, en definitivas exotéricas. Se
ciñó al mero cumplimiento de normas morales y de ritos vacíos, con el simple fin
de estar a bien con la divinidad y conseguir, así, una salvación que se hacía
fácilmente accesible a todos. Un salvación, pues, de carácter igualitario, pues
para conseguirla era suficiente con cumplir como un buen creyente dichos
preceptos morales y dichos rituales, como decíamos, vacíos y carentes de poder
–como soporte y símbolo- de transformación interior. Anótese, pues, que el
Despertar o Iluminación al que en el Mundo Tradicional únicamente podían tener
acceso unos pocos seres Superiores –en cuanto a su cualificación interior se
refiere-, tenía, pues, un carácter aristocrático (de ´aristos´= los mejores),
mientras que la doctrina de la salvación, propia de una religiosidad inherente a
la caída de nivel del mundo moderno, tiene unas connotaciones igualitarias y,
por ende, democráticas, debido a una promiscuidad (=cantidad) que es producto de
la facilidad que existe para alcanzarla.
No cabe duda de que el Islam encaja totalmente en este tipo de religiosidad
descrita como consustancial al mundo moderno. Hablamos de religiosidad y no de
espiritualidad, pues la dimensión del Espíritu hemos, ya, explicado, cómo fue
siendo domeñada coincidiendo con los estertores de la Tradición. Y hablamos de
una religiosidad, como la musulmana, que hemos de definir como de pasiva y
devocional y, en consecuencia, opuesta, a aquella Espiritualidad que definió al
Mundo Tradicional y que hay que calificar como de activa, por cuanto era el
Hombre Superior el que consciente y soberanamente emprendía el difícil y
riguroso camino de la autotransformación y autorrealización interiores. Camino
que le iba convirtiendo en señor de sí mismo y dominador mayestático de miedos,
bajos impulsos, instintos primarios, emociones, sentimientos desatados y
pasiones turbadoras. Y señor de sí mismo que contrasta con el ideal de sumisión
que predica el Islam; cuya etimología es precisamente ésa: sumisión.
Un Islam, por tanto, que representa un tipo de religiosidad -por ser pasiva y
meramente devota- lunar. En contraposición a una Tradición cuya Espiritualidad
siempre fue –por su esencia activa- Solar y Olímpica.
No está en lo cierto aquel que quiera hacer partícipe al Islam de un tipo de
Espiritualidad activa, argumentando que en su seno se desarrollaron corrientes
de carácter esotérico y, por tanto, de genuina transustanciación interna de la
persona. Y no está en lo cierto porque siempre se trató de corrientes que, tras
la cortina de una aparente obediencia musulmana, eran portadoras de una
cosmovisión y de unos objetivos ajenos a los de la religiosidad oficial
existente en los territorios en los que tomaron cuerpo. Y tomaron cuerpo
precisamente en zonas de población de origen eminentemente, o considerablemente,
indoeuropeo en las que unos pocos siglos antes el Islam no había hecho todavía
acto de presencia en forma de invasión militar y en las que la fe mahometana no
había conseguido aún barrer algunos de los restos de una Espiritualidad Superior
y Solar que habían subsistido hasta el momento de dicha irrupción militar. Y nos
referimos a la zona ocupada de la Península Ibérica –Al Andalus- y a Persia. Y
como algunos de sus más destacados representantes resaltaríamos al maestro sufí
murciano Ibn Arabí (siglos XII y XIII) y al también sufí persa Al Hallaj (siglos
IX y X); quien, como dato significativo, fue torturado y ejecutado por salirse
de la ortodoxia marcada por la religión musulmana (esto es, por transitar por la
vía Olímpica del Despertar y del Conocimiento de lo Absoluto). Igualmente Persia
fue testigo de la aparición de otra orden de naturaleza esotérica e iniciática:
la de los ismaelitas.
Es bien
significativo que estas vetas de Espiritualidad Superior no se desarrollaran en
el seno de etnias de extracción no indoeuropea, pues hemos de tener bien
presente que pueblos como los semitas -entre los que mayoritariamente se
expandió inicialmente el Islam- siempre se adhirieron, y se siguen adhiriendo, a
un tipo de religiosidad pasiva y lunar; y esto es debido a su idiosincrasia
particular y a sus nulas potencialidades de cara a emprender vías iniciáticas de
elevación hacia una Conciencia Superior.
Quede, pues, claro que ante el embrutecimiento extremo representado por el
actual Occidente plutocrático, hedonista, tecnocrático, consumista, deletéreo y
disoluto, el Islam no representa al Mundo de la Tradición, sino que se enmarca
dentro de la fisonomía y los rasgos generales de los primeros procesos de
decadencia que acontecieron en el devenir de lo que conocemos como el mundo
moderno. Primeros procesos de decadencia que, como hemos visto, cercenaron la
dimensión Trascendente del hombre y le abocaron a que su psique, alma o mente se
quedara sin su Superior referente Espiritual y se recluyera en lo máximo a lo
que podía, ahora, aspirar si miraba hacia lo Alto: en la simple devoción y pía y
sumisa creencia.
Y tengamos
presente que cuando la mente se ha quedado sin este referente Superior –el
Espíritu-, su autonomía resultante y su falta de guía y eje Supremo le puede ir
abocando –como así ha ido aconteciendo, especialmente, en Occidente- a la
creación de monstruos como lo son el racionalismo –como absolutización y
degradación de la razón-, el iluminismo del período de la Ilustración, el
positivismo o el más abyecto materialismo propio de esta etapa crepuscular por
la que transita el mundo moderno.
PRO TRADITIO OMNIA
Eduard Alcántara
Septentrionis Lux