DEBATES METAFÍSICOS (X): EL TRADICIONALISMO
Y JULIUS EVOLA
Este capítulo lo hemos iniciado con un par de párrafos en los que, en su día,
pretendimos dejar claro que al adentramos en el tema del Tradicionalismo lo
último que nos mueve, y nos debe mover, es entretenernos
con peripecias, malabarismos y disquisiciones mentales.
Seguidamente hemos insertado un fragmento que no pertenece a
ningún debate por nosotros mantenido, sino a un escrito anterior, cuya
referencia aparece al pie de esta décima entrega. En este fragmento definimos lo
que entendemos por Tradicionalismo.
A continuación, aparecen reflexiones sobre aspiraciones que enarbola esta
corriente vital y de pensamiento de cara a la reconstrucción interior del hombre
de nuestro actual mundo moderno. Pasamos, más adelante, a la reproducción de
fragmentos en los que presentamos a Evola como quien mejor ha definido
–especialmente para el hombre indoeuropeo- la esencia de la Tradición, como
referente y eje
existencial que debiera ser para quien pretendiera situarse enfrente del
presente mundo moderno disolvente y alienante; pero sin salirse ni evadirse del
mismo.
Siempre (añadimos ahora) sin olvidarnos –aunque el maestro italiano es, en
nuestra opinión, quien más diáfanamente le puede mostrar el camino de la
Tradición a un indoario-, siempre, decíamos, sin olvidarnos de la imprescindible
aportación de un autor del calado y del rigor de René Guénon o de otros autores
–por citar tan sólo a los más renombrados y significativos; y que hasta
podríamos definir ya como ´clásicos´- tales
como Titus Burckhardt, Frithjof Schuon o Mircea Eliade.
Finalmente, hemos añadido un breve homenaje que le quisimos rendir a Evola con
motivo de cumplirse, el 11 de junio de 2.004, el 30 aniversario de su deceso.
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Pugnamos por estar en las antípodas de cualquier tipo de snobismo, de
dilettantismo y de cualquier pretensión de recreacionismo intelectualista, pues
estos defectos se hallan en la esfera de la mente y hay que depurarla, ordenarla
y disciplinarla para enfocar las miras del hombre por encima de ella: hacia el
plano de lo Absoluto. Pues es lo Absoluto lo que ha sido, en primera instancia,
ninguneado y, seguidamente, silenciado y ocultado en los sistemas
políticoculturales a los que hemos de oponernos.
Debemos pretender el caminar por el difícil sendero de la depuración de los
defectos del alma y debemos pretender, por tanto, el alejarnos, cada vez más, de
vanidades y engreimientos.
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No pretendemos, en absoluto, hablar de ´tradicionalismo’, así, en minúscula; o
sea, de una corriente que, por ejemplo, en España como doctrina política, social
y económica va, desde hace cerca de dos centurias,
indisociablemente ligada al carlismo. De lo que queremos tratar es de una forma
de entender y de vivir el mundo y la existencia que ha empujado al hombre, en
determinados momentos de su historia, a encauzar todo su quehacer cotidiano
hacia fines Elevados, Suprasensibles, Metafísicos,... y le ha llevado, en
consecuencia, a configurar unos tejidos sociales, culturales, económicos y
políticos guiados e impregnados hasta la médula por dichos valores Superiores y
dirigidos a la aspiración de la consecución de un Fin
Supremo, Trascendente. A esto denominamos Tradicionalismo, con mayúscula, a esta
tendencia que tiene como modelo el de la Tradición Primordial que conformó la
vida del Hombre de los orígenes; esto es, la vida del Hombre de la Edad de Oro
descrita por Hesíodo o del Satya-yuga definido por la tradición indoaria. (1)
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Nuestra principal, y modesta pretensión, al hablar sobre Tradicionalismo o
cuestiones de él derivadas, no es otra que la de intentar que aquellos que no
contemplen al ser humano en su plenitud, empiecen a
otear que éste no es un mero compuesto de cuerpo y mente, sino que también goza
de un componente trascendente que, aunque aletargado hoy en día, siempre fue el
faro que guió el discurrir de nuestros antepasados antes de que éstos empezaran
a ser arrastrados por el marasmo homocéntrico que
tomó fuerza, sobre todo, a inicios de la Edad Moderna y que, con el transcurso
de los siglos, les anegó en el más tosco materialismo.
Nuestra principal, y modesta intención, es la de que
empecemos a despojarnos todos de esta visión mutilada del hombre; mutilada de
aquello que le hace ser más que hombre y que le eleva por encima de la
condición de mero animal: de su dimensión espiritual.
Nuestra principal y modesta intención al hablar sobre el cuerpo doctrinal que
Evola nos presentó es la de intentar que aquellos que pretenden encarnar
íntegras alternativas al Sistema que nos aliena, se
sacudan las escorias ideológicas que puedan no hacerles ser valedores de una
cosmovisión radicalmente opuesta a la de este deletéreo mundo moderno, pues, a
nuestro modesto entender, nuestro autor italiano es quien de una manera más
integral ha presentado la visión del mundo y de la existencia más contrapuesta a
aquella otra a la que todos nosotros pretendemos combatir y la visión del mundo
y de la existencia más acorde con la que siempre fue propia de los pueblos
indoeuropeos a cuyo tronco pertenecemos.
Nuestra principal y modesta pretensión no es, pues, ensalzar y endiosar a
alguien como Evola que siempre abominó de personalismos, que siempre predicó el
principio Tradicional de la ´impersonalidad activa´ y que
siempre rechazó, en su propia persona, la idea de que él estuviera creando una
doctrina propia; pues siempre prefirió considerarse como un simple intérprete de
la Tradición.
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Se cumplen 30 años del fallecimiento de Julius Evola y vamos a ´aprovecharnos´
de ello para recordar que pocos como él se han desmarcado -al menos en las
últimas centurias- más integralmente de los contravalores que rigen nuestro
mundo actual. Nadie como él nos ha recordado en qué valores debemos de basar una
auténtica oposición a este mundo. Nadie como él ha sabido interpretar con más
precisión y rigor cuáles fueron los parámetros comunes por los que se han regido
las distintas comunidades tradicionales
que han jalonado el devenir de la humanidad. Pocos como él nos han hecho ver con
más claridad el que estos parámetros no tienen porqué haber caducado
definitivamente, sino que deberían de ser enarbolados por cualquiera que quiera
presentar la alternativa radical al entorno que nos aliena. Pocos como él nos
han transmitido el hecho fehaciente de que si en el mundo que nos embrutece
prima y dirige antijerárquicamente la Materia por encima de cualquier otra
realidad, en el mundo que debería suplantar a éste disolvente
el Espíritu tendría que ocupar la más alta jerarquía. Nadie como él nos ha
´descubierto´ cuál es el camino más apropiado hacia lo Trascendente a seguir por
el hombre indoeuropeo -si es que este hombre pretende liberarse del yugo
mutilador al que le somete el mundo moderno- y tal camino no es otro que el de
la vía de la acción; ya sea interna, buscando nuestro desapego y transformación
interiores, y ya sea, también, externa, luchando por intentar demoler el
deletéreo edificio en ruinas en el que ´vivimos´ con el objetivo
de construir, en su lugar, un Orden cimentado en valores imperecederos y en
principios inmutables. Pocos como él no tan sólo lucharon por todos estos
valores y principios, sino que, además, los hicieron suyos y, por tanto,
vivieron en coherencia con ellos.
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(1) Extractado de nuestro escrito “Los fascismos y la Tradición Primordial”.
Eduard Alcántara
Septentrionis Lux