DEBATES METAFÍSICOS (IX):CIENCIA SACRA Y CONOCIMIENTO
No hace demasiado estuvimos debatiendo con la
intención de presentar, por un lado, los ámbitos a cuyo conocimiento aspiraban
(sería de muy optimistas escribir ´aspiran´) las ciencias Tradicionales o
ciencias
sagradas y, por otro lado, delimitar el terreno al que, por el contrario, se han
circunscrito las actuales ciencias; ciencias que, desde la óptica de la
Tradición, cabe calificar como de profanas o desacralizadas y
cercenadas de cualquier referente o aspiración Superiores.
Por la naturaleza distinta de los objetivos que ambas
persiguen –o han perseguido- podemos, sin duda, escribir con mayúscula el
Conocimiento al que se refieren –o referían- las primeras y con minúscula el
conocimiento al que se delimitan las segundas.
Igualmente se puede utilizar el término ´Gnosis´ como sinónimo de ese
Conocimiento propio de las diferentes disciplinas sacras del Mundo de la
Tradición; y, reiteramos, con tan pocos puntos en común con ese otro tipo de
conocimiento inherente a este mundo moderno tan extremada y tristemente romo
e ignorante de cualquier vestigio y atisbo de Trascendencia.Concluyendo, señalar
que también se comprobará, en los párrafos transcritos a continuación, cómo al
tratar estos asuntos no hemos
podido obviar, por pura lógica y consecuencia, cuestiones como la de las
carencias innatas a la filosofía (1) –como herramienta que es de la mente- o
como la de la problemática que rodea al mundo de la técnica y de la máquina.
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Hablaré, echando mano de René Guénon, de ciencias sagradas y de ciencias
profanas:
Antes de ir adentrándose en todos los procesos (humanismo -antropocéntrico-,
racionalismo, iluminismo ilustrado, liberalismo, positivismo,...) que, sobre
todo a raíz del fin del Medievo, han ido empantanando al ser humano y
convirtiéndolo en una criatura vasta y burdamente materializada, el hombre
concebía los fenómenos de la naturaleza como la manifestación externa y última
de fuerzas que tenían un carácter más sutil y que junto a dichos fenómenos
componían una especie de tejido que podríamos asimilar con el mismo entramado
del Cosmos. Dicho de otro modo, lo de abajo -lo fenoménico- estaba íntimamente
ligado a lo de arriba y era su manifestación externa. O, en otras palabras, se
tenía la certeza de que lo que acontecía en el microcosmos tenía su origen y su
modelo en lo que sucedía en el macrocosmos.
Pues bien, con esta percepción holística que mantenía el
hombre tradicional, eran contempladas todas las ciencias que, de este modo,
podemos denominar como sagradas. Se tenía la certidumbre de que ningún fenómeno
que pudieran captar nuestros sentidos estaba desgajado de ese entramado más
sutil que se halla más allá de lo sensible, pero ligado a ello. El hombre
moderno amputado de su dimensión suprasensible, ignoró la existencia y/o
realidad de lo metafísico (de lo que hay más allá de lo físico), desacralizó las
ciencias y, al amputarles el que siempre había sido el principal objetivo de
ellas en el Mundo Tradicional, las convirtió en profanas y dejaron, a partir de
entonces, de tener un carácter cosmológico
-integral- para pasar a plegarse única y exclusivamente en el estudio, el
análisis y la enumeración cuantitativa de lo fenoménico -de lo más externo y
secundario- y para pasar a ser meras servidoras del pathos fáustico, obsesivo y
alienante de una técnica y de un maquinismo desaforados y titánicos que han
adquirido la categoría de fin en sí mismos; de una técnica y de unas máquinas
que esclavizan el existir del hombre y que lo han convertido en un mero apéndice
de ellas (un hombre desestructurado que, en
lugar de ponerlas a su servicio, se ha puesto al servicio ciego de ellas).
La naturaleza integral de las ciencias tradicionales se fue
disipando a medida que el hombre se alejaba de sus raíces sacras y empezaba a
ser incapaz de percibir otra realidad que no fuera la que le llegaba a través de
sus sentidos. Así pues, por poner algunos ejemplos, del sentido cosmológico de
la numerología pitagórica al objeto de la matemática moderna hay un abismo. De
la astrología antigua (en la cual se hallaba implícita la astronomía) se pasó,
paulatinamente, a una astronomía actual carente de cualquier referente Superior;
de aquélla apenas han quedado, en nuestros días, residuos en forma de irrisorias
´artes adivinatorias´ acerca de perspectivas sobre el trabajo, el dinero y el
amor,... La alquimia ha derivado en la química, es decir, en los efectos
subalternos y colaterales de la Gran Obra o Ars Regia (los alquimistas se
referían como a ´quemadores de carbón´ o ´sopladores´ -el equivalentes de los
químicos de hoy- a los
que, ya entonces, eran incapaces de ver más allá de dichos efectos secundarios).
La física de la Antigüedad clásica no tenía sentido si no era dentro del dominio
de la Metafísica. Y así podríamos continuar
escarbando sobre dónde tienen su origen la mayoría de las ciencias profanas y
seguiríamos percatándonos de que éstas no son más que residuos de lo que fueron
las ciencias sagradas, por lo que quien crea que el verdadero conocimiento se
encuentra en el dominio de las ciencias modernas debería empezar a concienciarse
de que, en realidad, tan sólo debería referirse a un tipo de conocimiento
fenomenológico y superficial, amputado de sus causas últimas y Superiores.
E igualmente, el que piense que a través de la filosofía
también puede aspirar al Conocimiento, se encamina por derroteros erróneos, pues
la filosofía utiliza del método discursivo y de lo especulativo y ambos son
dominios de lo mental y deberíamos tener bien diáfana la idea de que la mente es
un instrumento humano que es, como tal, inútil a la hora de aspirar a la Gnosis
de lo que es más que humano; esto es, de lo suprasensible o metafísico. Y sólo
por medio de esos difíciles, rigurosos y metódicos procesos iniciáticos (2) que
el disolvente mundo moderno ya no conoce, sólo por medio de ellos se puede
acceder (o casi mejor sería decir ´se podía´) al Conocimiento de lo
Suprasensible y/o de lo Absoluto.
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Dejémonos de relativismos engendrados por un racionalismo (deformación de la
capacidad racional del ser humano, que niega la realidad de aquello que no puede
ser ´aprehendido´ a través de procesos mentales
discursivos), por, decíamos, un racionalismo al que deberíamos de concebir como
un subproducto más de las desviaciones culturales del actual Sistema de valores
dominantes.
Dejémonos de relativismos exacerbados y dejémonos de poner en duda hasta las
Realidades que nos Trascienden y a las que la mente, por su naturaleza, no tiene
la capacidad de poner en duda o criticar en
alardes de ningún tipo, pues los sistemas racionales de la lógica son
herramientas de
lo humano que, por ende, se encuentran en una dimensión diferente a la
–digámoslo así- Suprahumana y Metafísica.
No nos conformemos con observar, estudiar y analizar lo
fenomenológico, lo visible y lo externo y experimentar con ello, sino que
aspiremos a concebir todo ello como parte de un todo, cuyas esencias primeras lo
trascienden y no son cognoscibles por nuestros sentidos.
Sólo centrándose en lo secundario, en los fenómenos y olvidándose de otras
Realidades Superiores, se comprende la fijación del hombre por exacerbar lo
material y desarrollar hasta lo ilimitado y descontrolado
el maquinismo y el tecnicismo. Pero, ante esto último, no se caiga en la
arrogancia -en la que ha caído el mundo moderno- de creerse superior al Mundo de
la Tradición por haber sobrealimentado a la técnica y a la
máquina hasta convertirlas en dueñas de nuestros alienados destinos y, por otro
lado, no se olvide de que han quedado bastantes pruebas, vestigios y testimonios
de la existencia de grandes logros en muchas disciplinas de diferentes
civilizaciones tradicionales; así en arquitectura, en astronomía, en medicina,
en ingeniería,...No hemos, ni muchísimo menos, clamado contra la técnica o
contra las máquinas, sino contra el descontrol titánico al que ha llevado su
hipertrofia actual. El hombre debe servirse de ellas y no ser su frenético
siervo.
(1) A propósito de la filosofía ya expusimos sus carencias en nuestra segunda
entrega de esta serie de “Debates metafísicos”; aquella intitulada “La
Iniciación”.
(2) Volvemos –sobra lo obvio del porqué- a remitirnos al mismo capítulo segundo
de nuestros “Debates metafísicos”.
Eduard Alcántara
Septentrionis Lux