DEBATES METAFÍSICOS (VI): EL EMANATISMO

 

En esta nueva selección de reflexiones, observaciones y explicaciones hemos elegido un tema que contrapone, con radicalidad, la que fue la Espiritualidad propia y consustancial de nuestros ancestros con respecto a aquella ajena que durante, prácticamente, dos milenios ha monopolizado el impulso hacia lo Trascendente del hombre de Occidente; la cual, por otra parte, manifiesta una incontestable coherencia teológica con las otras principales religiones de origen semita o religiones del desierto.

 

 Oponemos, pues, dos posturas antagónicas a la hora de concebir el origen del hombre: la emanacionista, adscrita a la certidumbre que, en relación a este tema, tuvieron siempre nuestros antepasados y la creacionista que, de manera alógena, se incrustó en Europa aprovechando los primeros síntomas de debilitamiento y caída de tensión interior del Imperio Romano. Es la primera de ambas la que es objeto del presente capítulo. Como podrá observarse –y tal como ha sucedido en casi la totalidad de las anteriores entregas- aparecen algunos párrafos que no han sido extraídos de ningún debate mantenido por nosotros, sino que forman parte de artículos que habíamos elaborado en otros momentos.

 


 Los dioses no son invenciones de la mente humana. Estamos con Plotino cuando afirmaba que dioses, démons, personas, animales, la naturaleza,... no son más que el resultado de la manifestación por emanación -en diferentes grados- del Principio Supremo; el Principio Divino o Motor Inmóvil como también se le ha denominado. Digamos que, por ejemplo, los vegetales y los minerales representarían algunas de las formas más burdas de la manifestación de dicho Principio. Pensamos que el Ser Supremo Incondicionado se manifiesta en formas divinas para que el vulgo devoto no ignore el hecho de la existencia de la Trascendencia, pues el Conocimiento del Ser Supremo y la Identificación con el mismo sólo está al alcance de unos pocos que manifiestan una naturaleza o unos impulsos proclives a la transformación real interior, pero la mayoría daría, por completo, la espalda a lo espiritual si no se le hiciera más fácil de ´entender´ y ´contemplar´ gracias a la existencia de divinidades con forma; formas que se diferenciarán para cada etnia y/o cultura con el fin de que se adapten mejor a los parámetros existenciales de cada una de éstas.


 

Si el hombre (como el resto del Cosmos) es el resultado de la manifestación, por emanación, del Principio Supremo, en sus comienzos todavía era conciente de su ´reciente´ origen sacro y, más aún, vivía de acuerdo a él. La duda, por tanto, no cabía sobre la existencia de una Realidad que se estaba experimentando, sobre una Realidad que le era evidente. .


Y estos hombres sumisos que las religiones bíblicas modelan son el resultado de posturas como las que afirman que ´todo es contingente excepto dios´.

Esto es:

1. Que ante dios no somos más que insignificantes criaturillas que por sí mismas no pueden aspirar a ningún tipo de elevación espiritual.

2. Que para nada compartimos su naturaleza divina, sino que nos encontramos mucho más cerca de la animalidad (o claramente dentro de ella) que de la divinidad.

3. Que no emanamos del Principio Divino sino que somos el resultado de un acto creacionista que ha provocado un hiato ontológico insalvable entre lo divino y nuestra naturaleza.

4. Que tenemos que reconocer la humildad del hombre debido a su irrisoria pequeñez. Pero dejémonos de tabúes y no hablemos de humildad, hablemos claramente de humillación. Ese hombre humillado por su creador bíblico no hará más que esperar pasivamente los tiempos, por venir, de la resurrección de la carne, porque no posee la capacidad heroica de cambiar su incierto destino y de hacerse uno con el Ser (entre otras cosas porque no alberga en su interior la llama de la Trascendencia). Ese hombre humillado será siempre un pesimista que aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

 


El hombre carece, según el hebraísmo, de espíritu, por lo que tras la muerte física nada le sobrevive al cuerpo y no queda más que esperar ´al final de los tiempos´ en el que la carne resucite y sobrevenga el ´paraíso terrenal´ . Hemos de señalar que la consideración de la existencia de una sola componente en el ser humano corresponde a una concepción monista de la vida que como mucho permite la licencia de poder hablar de ´cuerpos espiritualizados´. (1)

 


 ¡Qué poco trascendentes y qué materialistas resultan esas religiones que no creen en la inmortalidad del alma (uno preferiría utilizar el término espíritu) y que defienden la idea de que sin la existencia del cuerpo o materia aquella -el alma- no puede existir! ¡Qué materialistas resultan estas religiones monistas!

 


 Los dioses, como el hombre, han de encontrar el origen de su existencia en la manifestación -por emanación- del Principio Supremo incondicionado, sin forma.

 


 ¿Cuál es nuestro origen divino? Consideremos que es el Principio Supremo, el Motor Inmóvil, lo Trascendente o la Inteligencia Superior. De ahí -siguiendo a Plotino- procedemos por emanantismo. En la Antigüedad (fuera de los parámetros de la Metafísica y descendiendo al nivel de los cultos) los grandes héroes, las grandes familias -las ´gens´ romanas, los clanes celtas, las ´sippes´ germánicas-, etnias enteras se creían descendientes directos de dioses o diosas. De cualquier modo, el origen de los mismos dioses -si continuamos con Plotino- sería el resultado del mencionado proceso de emanatismo del Principio Supremo, descondicionado y sin forma. .

 


 La misma familia de Julio César se consideraba descendiente de Venus. Por esta manera de pensar, hasta el mismo nombre genérico identificativo de algunos pueblos hacía referencia a su origen divino: godos (dioses). (2)

 


 En todas las culturas Tradicionales el hombre siempre se creyó descendiente de los dioses. Los clanes, las tribus, las genes creían tener en alguna divinidad a su antepasado más remoto. Los Iniciados, al ir más allá de la forma concreta y antropomórfica que se le otorgaba a la divinidad, concebían al hombre como emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, lo hacían partícipe y portador de la Esencia Inmutable y Sacra de dicho Principio. (3) .

 


La paganidad siempre consideró a la naturaleza como fruto por emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, la alzó al pedestal que le correspondía y tuvo árboles, bosques, montañas,... como lugares sagrados y de culto. (2)

 


 (1) Léase en nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales” (2) Presente en nuestro trabajo ”Paganismo y cristianismo” (3) Extraído de nuestro ensayo titulado “Contra el darwinismo”

 

 

Eduard Alcántara

Septentrionis Lux






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