LA VERDADERA NATURALEZA DEL CRISTIANISMO PRIMIGENIO




Tras la desaparición de Cristo, su doctrina se fue desmembrando poco a poco hasta convertirse en una religión puramente exotérica y de masas. En realidad el núcleo esencial de dicha doctrina había sido metafísico e iniciático hasta que el mesianismo telúrico-demoníaco judío la transformó en una religión subversiva y enfermiza cuyo fondo era la compasión, el humanitarismo, el pacifismo, la negación del mundo y de la vida, el igualitarismo y el culto a todo lo débil y decadente. Si Cristo habló de la belleza de la Creación y del cuerpo humano como “templo” del Espíritu, el judeocristianismo por un lado transformó el mundo en un “valle de lágrimas” (1) donde sólo se venía a sufrir y a mortificarse porque, claro, según esta chusma “la vida es dolor y sufrimiento”, y por otro lado convirtió al cuerpo en enemigo irreconciliable y mortal del espíritu, auténtica aberración que chocaba diametralmente con las tradiciones solares y heroico-viriles donde el hombre era concebido como una unidad total y jerarquizada sin ningún tipo de oposición o enfrentamiento entre sus tres componentes: espíritu, alma y cuerpo. Para el judeocristianismo todo lo visible y material era maléfico y pecaminoso, de ahí su desprecio y su odio hacia todo lo bello, grande y majestuoso. Era la religión de los resentidos, de los sin-tradición y sin-raza, de la plebe vil, vociferante y rencorosa. Si para las tradiciones solares y heroicas el cuerpo era la manifestación visible del espíritu, para las tradiciones lunares y telúrico-matriarcales sólo podía ser la cárcel o prisión del mismo, de ahí la obsesión sadomasoquista por los autocastigos, las flagelaciones y las mortificaciones de todo tipo y con total abandono de uno mismo, además de sentimientos de culpabilidad y de “pecado” (2). Por otro lado, si en las religiones de tipo solar el hombre oraba de pié, dando la cara a la divinidad, dueño y señor de sí mismo, en las religiones telúrico-matriarcales (como el judeocristianismo) estos hombrecillos repelentes y nauseabundos se arrodillan, humillados, acobardados y con sentimientos de inferioridad y de culpabilidad ante una presunta divinidad que se les antoja cruel, prepotente, caprichosa y tiránica (recordemos al Yavé-Jehová bíblico o al Alá musulmán (3)), una psudo-divinidad ante la cual el hombre era completamente pasivo. Son los dos tipos de espiritualidad y de visiones del mundo antagónicas e irreconciliables entre sí que se disputan la primacía del mundo desde los orígenes de la Humanidad: la Luz del Norte y la Luz del Sur.

La decadencia del cristianismo sería fatal cuando se difundió; esto por el hecho de que la doctrina netamente ARIA del Conocimiento -la Gnosis- y la Sabiduría divina -la Sophia Perennis de la que hablaban los gnósticos-, más que ninguna otra, tiene mucho de vía iniciática y metafísica que sólo unos pocos podían comprender y seguir, los cuales gracias a una gran espiritualidad y voluntad de poder habían de poseer una aspiración viva y clara hacia el decondicionamiento y la renuncia verdaderamente polar y olímpica (no olvidemos que en la tradición indo-aria el asceta es el supracasta, es decir, el que está por encima de las castas). En el momento en que el cristianismo fue cogido por las masas y se extendió hacia otros pueblos y razas, en muchos casos crepusculares, fueron inevitables las mutaciones, alteraciones, tergiversaciones y falsificaciones de la doctrina aristocrática y esotérica de Cristo. No hay más que ver en nuestros penosos tiempos modernos a esos pueblos salvajes y animaloides haciendo profesión de fe cristiana con sus bailoteos y griteríos verdaderamente repugnantes y demoníacos... la conclusión lógica después de una larguísima etapa de democratización, socialización y plebeyización ha la que fue sometida la doctrina uránico-solar y olímpica de Cristo, etapa desastrosa a la que no fue ajena la Iglesia Vaticana que presentó el Concilio Vaticano II (1962-65) como un triunfo del modernismo y progresismo “católicos” sobre los restos medievales y aristocráticos, es decir ARIOS, de la doctrina cristiana. Fue tan sólo uno más, entre otros muchos, “signo de los tiempos”.

Cuando hablamos de la ARIANIDAD de la doctrina de Cristo, lo hacemos teniendo en cuenta el triple significado que tiene dicha acepción. A saber: espiritual, aristocrático-guerrero y, finalmente, racial. Una doctrina es puramente ARIA cuando cumple los tres principios, de la misma manera que un hombre es auténticamente ARIO cuando hay una total concordancia y armonía entre los tres componentes del ser humano, es decir, hay pureza racial desde el mismo momento que ésta comprende sus tres elementos: el espiritual, el psíquico y el físico.

LA ARIANIDAD DE LA DOCTRINA DE CRISTO

La doctrina de Cristo es indiscutible que originalmente fue de carácter mistérico, iniciático y esotérico, con abundancia de parábolas y símbolos que iban destinadas a una comunidad cerrada de iniciados y no a la masa “porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. En el Mensaje de Cristo no hay pesimismo, ni una identificación radical de la materia con el Mal; todo lo contrario: su prédica transmite un sentimiento de la naturaleza positivo y un reconocimiento de la realidad material, al mismo tiempo que la convicción de que el mundo está regido por la voluntad del Padre. La transformación de la doctrina de Cristo en una religión subversiva exotérica, pesimista, anarco-evasionista, lunar y de masas fue obra de Saulo, quien plebeyizó y democratizó su doctrina para ponerla al servicio de una inmensa legión de degenerados de todo tipo, desarraigados y de eunucos espirituales para, así, demoler el edificio ario-solar y heroico-viril del Imperio Romano, contradiciendo en esto a Cristo cuando dijo que “no hay que echar las perlas a los cerdos”. El cristianismo en su versión sapiencial y gnóstica dividía a los hombres en tres grupos: los GNÓSTICOS, es decir, aquellos que SABEN que Dios existe y que contactan directamente con Él sin ningún tipo de intermediarios -oposición total, por tanto, a la sacerdotalidad anti-viril de los judeocristianos-, eran profundamente espirituales y eran los que habían alcanzado la “revelación e iniciación crística”; un segundo grupo eran los PSÍQUICOS, es decir, aquellos que simplemente CREEN que Dios existe y que, al contrario de los gnósticos, no habían recibido la “llamada”, aunque actuaban bien en la vida, según los dictados de la buena conciencia. Mientras los primeros, verdadera élite espiritual, alcanzaban la LIBERACIÓN, los segundos sólo podían alcanzar la SALVACIÓN. El tercer grupo eran los MATERIALES, aquellos que no tienen ni espíritu ni alma, sino que se comportan como animales y por ello la vida de éstos últimos se les antojaba como despreciable. Estos están condenados a la más pura y cruel perdición. A este tercer grupo, auténticos sub-humanos, tras la muerte física les espera la “segunda muerte” de la que hablaban todas las tradiciones solares, como decía el gran poeta pagano Hesíodo su destino es el de apagarse sin pena ni gloria en el Hades, es decir, que toda su sustancia está fatalmente condenada a la total desintegración. Así que el cristianismo originario y gnóstico echaba brutalmente por tierra la teoría ridícula y risible de la igualdad de todos los hombres y de que todos sin excepción poseen un espíritu y alma inmortales según las doctrinas degeneradas del cristianismo semítico y “sudista” (4). Para el cristianismo originario el “Paraíso” se conquistaba y no era un regalito que la Divinidad hacía a un puñado de llorones y de cobardes arrodillados pidiendo favores y compadeciéndose de sí mismos (Nos viene a nuestra memoria en este momento esas imágenes degradantes y vomitivas de fantoches y de degenerados mutilándose y flagelándose en “Semana Santa”. Una manifestación más de la Luz del Sur). Un dato sintomático del mundo en el que vivimos es que los actuales sistemas políticos “democráticos” y “liberales” se apoyan precisamente en este tercer tipo de seres con las conocidas monsergas del “un hombre, un voto”, la “voluntad popular”, la “igualdad de todos ante la ley”, etc. Podríamos decir que el mundo moderno con sus doctrinas subversivas y antitradicionales (capitalismo, marxismo, existencialismo, anarquismo, etc.) es la dictadura totalitaria y tiránica de los MATERIALES, es decir, de los que en la tradición indo-aria eran conocidos como PARIAS, los sin-casta o, mejor dicho, los que estaban por debajo de las castas; enemigos de todo tipo de autoridad y jerarquía y que, por desgracia, hoy son mayoría: es la “rebelión de las masas” de la que hablaban Ortega y Gasset y José Antonio. Es la ascensión e invasión de la sub-humanidad que todo lo arrasa, degrada y corrompe. Ya dijimos en otra ocasión que a la involución de los ciclos cósmicos le sigue irremediablemente la regresión de las castas humanas. El tipo humano que le corresponde a esta “Edad Oscura” o Kali-Yuga, en cuya fase terminal estamos, es un ser completamente descentrado, sin ética ni moral de ningún tipo, un ser fácilmente manejable y manipulable por las Fuerzas del Caos y sin capacidad de respuesta ni de lucha. Nuestra civilización moderna del final del Kali-Yuga parece más bien una civilización de muertos vivientes, de tarados de todo tipo y de robots que una de hombres auténticos. Como Cristo, también podríamos afirmar, pues, “Nuestro Reino no es de este mundo”, con toda la carga simbólica y esotérica que dicha frase tiene.

“Yo no he venido a derogar la Ley, sino a darle cumplimiento” dijo Cristo a sus seguidores, o también “quien no recoge, desparrama”. A estas frases hay que darle su significado profundo, simbólico y esotérico: Cristo, Héroe Solar “sobre el Tiempo o por encima del Tiempo” como diría nuestra camarada ya fallecida Savitri Devi, cuando hablaba de la Ley no estaba refiriéndose a la judaica sino a otra Ley muy superior que la precedió en muchísimos milenios y que era la Tradición Primordial (el Verbo del cual nos hablaba San Juan Evangelista) que se manifestó al hombre de los orígenes del presente Manvantara o Edad Cósmica (“En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham naciese, YO SOY” dijo Cristo) . Esa Religión Perenne o Verdad Suprema se reveló al Hombre Primordial de la Edad de Oro en la sede nórdico-polar, en Hiperbórea, la Tierra Sagrada que aparece un poco por todas las tradiciones espirituales y Patria originaria de la raza divina de los ARIOS, raza que tras la desaparición del continente ártico, se expandió por todo el Universo pero principalmente por el continente Euroasiático, el Norte de África y América (5) donde fundó grandes civilizaciones como, por ejemplo, la griega, la romana, la persa, la egipcia, la hindú, la celta o, más recientemente, la medieval. Estas razas espiritualmente superiores al ir descendiendo de la patria ártica se iban enfrentando a razas física y espiritualmente inferiores, que portaban una visión del mundo lunar, matriarcal y antiviril, aniquilándolas o doblegándolas e imponiendo por la fuerza y la violencia de las armas (entonces, gracias a los Dioses, no existían ni las urnas para votar y la hoy tan cacareada “igualdad” o, mismamente, la doctrina subversiva y plebeya de los “derechos humanos”-como si los sub-humanos los tuvieran-, entonces no valían un comino), civilizaciones de tipo solar y heroico. En todas las tradiciones sagradas se encuentra un eco de estos enfrentamientos míticos y legendarios entre la raza de los dioses y la raza de seres animalescos y demoníacos: en los Edda, en el Mahabarata hindú e incluso en la misma Biblia hebraica donde aparecen multitud de temas procedentes del mundo hiperbóreo: el mito del “Paraíso Terrenal” (Hiperbórea), del “Diluvio Universal” (la catástrofe que acabó con nuestra Patria Ártica), el simbolismo de la “Torre de Babel” (la Tradición Primordial ramificándose en multitud de tradiciones tras la pérdida de la Patria Nórdico-polar y la finalización de la Edad de Oro), el mito de Melquisedek (el Legislador Primordial de la tradición indo-aria Manú, el “Rey del Mundo” que aparece en todas las tradiciones indo-europeas y que en el Medievo europeo se le conocía como al misterioso “Preste Juan” y en la tradición griálico-artúrica como el “Rey Pescador”. Precisamente Cristo, según el mismo Evangelio, fue ordenado sacerdote según la orden de Melquisedek que, como sabemos, representaba un tipo de espiritualidad olímpica, solar y heroico-viril, y no según la de Aarón).

En el terreno de la simbología es donde el carácter hiperbóreo y polar se manifiesta con mayor claridad. Por ejemplo el número doce -los apóstoles de Cristo- es un número solar que siempre ha aparecido donde se construyó o se intentó construir un centro tradicional: los doce tronos de Midgard, los doce Dioses Supremos Olímpicos, los doce lictores de Roma, los doce residentes de Avalón, los doce caballeros del Rey Arturo, los doce condes palatinos de Carlomagno, los doce signos del Zodíaco, los doce troncos del centro délfico, los doce miembros de la Junta Política de la Falange de José Antonio, los doce miembros del círculo interno de la Orden Negra SS que se reunían periódicamente en la sala central del Castillo de Webelsburg, etc. Otro símbolo Ario que aparece con frecuencia en el Mensaje de Cristo es el del pez. “Yo os haré pescadores de hombres”, dijo Cristo a sus apóstoles. Pues bien, el pez ya era sagrado en la tradición céltica: por un lado, al introducirse en la boca, éste confería todo conocimiento y por otro lado simbolizaba la transmisión de la Tradición Primordial en Irlanda a través de la raza divina de los Tuatha dé Dannan, que según la leyenda céltica fueron los últimos portadores de la lengua y tradición hiperbóreas. Precisamente René Guénon dijo que el simbolismo del pez era de origen claramente nórdico e hiperbóreo, constatándose su presencia “en Alemania Septentrional y en Escandinavia, además de en Escocia” pasando a Asia donde fue llevado por los portadores de esa Tradición Primordial nórdico-polar, es decir las razas arias o indoeuropeas que después crearían las grandes civilizaciones de Persia e India. Precisamente en la tradición indo-aria el pez simbolizaba al Dios Visnú revelando la Tradición Primordial nórdico-polar a través de “Los Vedas”. Por todo ello podríamos decir que el cristianismo primigenio fue junto con el budismo originario (antes también de su degradación), una de las últimas grandes manifestaciones de la tradición nórdico-polar en pleno Kali-Yuga, de ahí la utilización del símbolo del pez, común a todas las tradiciones ario-solares aunque dicho símbolo fuera luego utilizado de manera paródica e invertida por el judío Saulo y sus seguidores.
Otro símbolo polar que aparece con frecuencia en el Evangelio es el de la Montaña, considerada por todas las doctrinas tradicionales como el Axis Mundi -Centro del Mundo- por antonomasia y el Templo Solar por excelencia al igual que morada de los Dioses. Sólo de pasada recordemos que nació dentro de una cueva -simbólicamente representa el corazón de la montaña- e igualmente en una cueva fue sepultado y resucitó -en un sepulcro-, sobre la misma Cristo fue tentado por el diablo, sobre ella eligió a sus doce discípulos y sobre ella, finalmente, fue crucificado sobre una cruz (símbolo de los Cuatro elementos: Fuego, Aire, Agua y Tierra) y nuevamente sobre una montaña se apareció a sus discípulos tras su resurrección.

A los antiguos reyes solares se les ungía con aceite sagrado u otro perfume, como signo de su dignidad celeste, algo que se hizo hasta fechas relativamente recientes como en nuestra fascinante Edad Media Europea. Es famoso el episodio del Evangelio donde una mujer derramó sobre la cabeza de Cristo un “ungüento de nardo legítimo” ante la estupefacción de los pobres discípulos poco o nada acostumbrados a ese tipo de rituales “paganos”. Cuando éstos recriminaron a la mujer su acción, Cristo les dijo: “Derramando este ungüento sobre mi cuerpo, me ha ungido para mi sepultura. En verdad os digo, donde quiera que sea predicado este Evangelio en todo el mundo, se hablará también de lo que ha hecho ésta para memoria suya”. Ya no había dudas de que Cristo había roto totalmente con la repelente tradición judía: prohíbe la circuncisión, la usura, el engaño y el expolio (aberraciones típicamente judías), los sacrificios de animales, el adulterio no sólo femenino, sino también el masculino (algo impensable en el mundo semítico. No hay nada más que darse una vueltecilla por los modernos y “tolerantes” países musulmanes de nuestros días, donde el adulterio masculino ni siquiera se contempla), el rechazo de la idea de un Dios malvado y tiránico - como el del Antiguo Testamento hebraico-, en favor de uno que otorga la Sabiduría, el Conocimiento y la Belleza. Si Aquel prometía a los suyos la total dominación de la Tierra, el último prometía el cielo: “Buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio”, es decir, lo espiritual está por encima de lo material, y toda auténtica REVOLUCIÓN que se precie debería de tener en cuenta dicha consigna. Los hombrecillos prepotentes y chulescos de nuestra nauseabunda modernidad piensan tanto en el mañana que se olvidan de lo que más importa que es el presente, el aquí y el ahora. Por otro lado hay que señalar que Cristo utilizaba el ayuno como medio de realización y superación, es decir como una manera de disciplinar el cuerpo y la mente para, de esta manera, buscar el desapego hacia lo mundano y material y no como un “castigo” mortificatorio y sadomasoquista como nos tienen acostumbrados ciertos desequilibrados y psicópatas que se las dan de místicos. Decía que “no envenena lo que entra, sino lo que sale de tu boca”, es decir, no importa lo que uno coma o deje de comer sino lo que importa es que sea un hombre verdadero en el que la murmuración, la calumnia, el engaño, la falsedad, o charlatanería no tengan cabida en él. Según el Evangelio, Cristo no se distinguía por sus extraordinarias penitencias, ni asperezas, ni ayunos. Abundante o escaso, participaba de lo que le daban en cada sitio, sin llamar la atención de nadie y tampoco desdeñaba los convites que le ofrecían de vez en cuando y, sin embargo, fascinaban el poder mágico y arrollador de su palabra, de su porte viril y aristocrático y de su impresionante nobleza y humildad. Cristo se distinguía por esa serenidad olímpica y solar que caracterizaba a las distintas formas de espiritualidad que procedían de la Tradición Primordial nórdico-polar, muy lejos de la pompa y del boato típicos de las formas de espiritualidad degradadas y lunares tan aficionadas a las mortificaciones y autoflagelaciones de todo tipo, al abandonismo, el evasionismo, el pesimismo negador del mundo, los lloriqueos... La doctrina de Cristo iba destinada para un tipo humano verdaderamente diferenciado y superior, no como el cristianismo afeminado y democrático de nuestros días cuyo mensajillo pestilente (que si igualdad, que si tolerancia, que si paz, bla, bla, bla... como veis, camaradas, “ideales” típicamente burgueses y democráticos) va destinado a semi-hombres, inútiles e inadaptados sociales (vagos, enfermos mentales, contrahechos de todo tipo), mujeres fracasadas y desfeminizadas, razas simiescas, tenebrosas y crepusculares (no hay nada más que ver a esos negritos “cristianos” haciendo el jilipollas con sus cantes y bailoteos grotescos), gentuza barriobajera de todo tipo (sidosos, ladrones, drogadictos) (6), etc., recordándonos la obra verdaderamente diabólica de Saulo contra el Imperio Romano al exaltar a todo tipo de basura humana y antitradicional poniéndolos en el mismo plano de igualdad que aquella maravillosa raza de conquistadores que era la ario-romana. No decía Cristo que las cosas santas no había que echárselas a los perros?, No decía Cristo que Él no había venido a este mundo para traer la paz sino el fuego y la espada?, No decía que toda casa levantada contra si misma se derrumbaría?, No decía que el Reino de los Cielos también padece violencia?, No dijo que todo Reino dividido en distintos bandos en lucha, perecería?, No dijo que -algo tan poco liberal e igualitario- iba a traer al mundo división, desunión y separación?. El mensaje de Cristo, repetimos, iba destinado hacia un tipo de hombre verdaderamente superior y no hacia una multitud de imbéciles y de jovenzuelos prematuramente envejecidos y adocenados como nos tiene acostumbrado ese pingajo impresentable y desvirilizado que es el Papa de la Roma Vaticana, enemigo mortal de Europa y de toda verdadera reconstrucción viril y aristocrática que siempre será opuesta a los ideales pacifistas, anarcoides, humanitarios y burgués-sentimentaloides que la Gran Prostituta -la Roma Vaticana- encarna. El mundo hacia el cual iba dirigido el mensaje de Cristo hace dos milenios hay que recordar que estaba totalmente ordenado hacia lo sagrado (era el momento del gran Imperio Romano entonces liderado por el divino Augusto), y donde el elemento humano era una completa maravilla si lo comparamos a la inmensa masa de basura infrahumana de nuestra asquerosa modernidad demoníaca (pese a que, no lo olvidemos, el mundo ya estaba en pleno Kali-Yuga, ciclo cuya duración total es de 6.480 años según la tradición indo-aria y en cuya fase terminal nos encontramos). Mientras que el mundo al que se dirige la Iglesia plebeyizada y democrática de nuestros días es el mundo de la más absoluta apostasía, un mundo más de bestias que de hombres, es la inmensa masa de los tibios que tarde o temprano será aplastada por los Dioses. Como decían Evola y Guénon, del mal nunca puede surgir el bien, de lo inferior nunca saldrá lo superior, es metafísicamente imposible.

“Si te golpean en una mejilla, pon la otra” o “no resistáis al mal” no son consignas dadas por un pacifista a un puñado de homínidos amanerados y de mujerzuelas charlatanas y beatorras, sino que son consignas lanzadas por un auténtico KSHATRIYA (casta guerrera y pincipesca en la tradición indo-aria), aconsejando el abandono de la acción directa y un repliegue a posiciones más interiores dado el extremo grado de degradación e involución que sufre la humanidad en esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro, una etapa de disolución y destrucción totales tanto desde el punto de vista físico como espiritual. En el esoterismo extremo oriental esta postura, a la vez ascética y guerrera, es conocida como “cabalgar el tigre”. En la religión aria y solar de Mitra, una postura similar es cuando dicho dios solar cabalga un toro, entendiendo a éste último como una representación de las fuerzas disolutas y tenebrosas a las que hay que vencer. Cristo lanzó estas consignas hacia ese puñado más o menos grande de hombres verdaderamente diferenciados prestos a vivir en el corazón mismo del Mal, del Kali-Yuga, y a utilizar sus venenos como contravenenos, haciendo prueba de una extraordinaria vigilancia y fuerza de voluntad -a la vez militar y monacal- para así reinvertir sin tregua de ningún tipo los valores negativos de este mundo decadente y disoluto haciendo de sus relaciones con el, un combate total. Se trata, como decía Evola, de conquistar el Paraíso permaneciendo en los infiernos en continua lucha con los seres infra-humanos al igual que los guerreros-ascetas en busca del Grial del fascinante Medievo gibelino. Dejemos las luchas politiqueras mundanas para la gentecilla democrática y luchemos de verdad por una CONCEPCIÓN DEL MUNDO verdaderamente superior, y ésta es más propiamente metafísica y metapolítica que política a secas.



Janus Montsalvat
Septentrionis Lux

N O T A S:

1.- Si para estos personajillos el mundo es un “valle de lágrimas” completamente desacralizado y donde sólo se viene a sufrir, entonces se aplica la teoría progresista-materialista (muy judía, por cierto) del “todo vale”: la violación, destrucción, contaminación y degradación del medio ambiente y de nuestro planeta. Ya decía Julius Évola que la sensación de novedad, cambio y de ruptura con las tradiciones precedentes que trajo el judeocristianismo a Europa, fue la que generó la mentalidad demoníaca y corrosiva del progresismo. Por otro lado hay que señalar que el judeocristianismo tras apoderarse de una Roma ya desvirilizada y corroída desde sus entrañas, se hizo muy popular la siniestra figura del “monje-talador”: puesto que los cultos paganos aún se seguían ejerciendo secretamente en las aldeas (en latín PAGUS, de ahí el término paganismo, es decir, aldeano), a la Iglesia judeocristiana se le ocurrió la “maravillosa” idea de crear una pseudo-orden de auténticos hijos de perra destinada a talar los árboles que para los paganos eran considerados como sagrados ya que, como en todo el mundo indo-europeo, eran considerados simbólicamente (al igual que la Montaña, por ejemplo) como AXIS MUNDI -Centro del Mundo- e imagen de la Unidad Manifestada, es decir, de la Tradición Primordial. Así que los “monjes-taladores” se convirtieron, por obra y gracia de una religión anti-europea y anti-aria, en los primeros grandes deforestadores de la Historia de nuestra Patria Europea.

2.- Los clásicos decían que “Para conocer a los Dioses, hace falta que nos convirtamos en sus iguales”; Cristo, igualmente, dijo a sus seguidores: “Dioses sois”. Celsio, uno de los últimos grandes romanos dijo “Nuestro Dios es el Dios de los patricios, al que se invoca de pié, cara a nuestro fuego sagrado, y que se lleva delante de las legiones victoriosas; y no el dios al que se le ruega prosternado en tierra, con desprecio y abandono de uno mismo”, en clara alusión a la gentuza anarcoide-pacifista seguidora del rabino criminal de Saulo. Por otro lado Plotino, otro gran metafísico romano, dijo aquello de que “la Ley quiere que en la guerra la victoria pertenezca a los valientes, no a los que rezan” y que “no hay dios que combata por aquellos que no están en armas”. El mismo Cristo dijo a sus discípulos “Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerra; pero mirad, no os alarméis; pues conviene que así sea...”. La guerra templa al hombre, purifica y fortalece la raza tanto física, mental o espiritualmente; mientras que la molicie e idiotez democrático-burguesa desviriliza y empequeñece al hombre. Mientras en el mundo antiguo los grandes Imperios se construían heroicamente con la espada y con la violencia sagrada, en el mundo moderno los pseudo-Estados se construyen con discursitos parlamentarios totalmente vacíos y destinados a una plebe completamente descerebrada y con algo tan ridículo como echar un pedacito de papel en una urna de cristal cada cierto tiempo... definitivamente estamos viviendo en el Reino de la mentira e imbecilidad más absolutas.

3.- Dentro del Mahometatismo hay dos ramas, mucho más interesantes desde el punto de vista esotérico e indoeuropeo, como son el chiísmo y el sufismo. No deja de ser curioso que estas dos versiones esotéricas del Islam surgieran precisamente en la Persia aria y que para el Islam ortodoxo, es decir más semita, sean consideradas como herejías.

4.-Tras la desaparición de Cristo, su doctrina padeció dos grandes influencias en relación con el tiempo histórico que le tocó vivir. Uno fue un influjo oriental, más concretamente semítico, el que puede calificarse con el nombre de judeo-cristianismo, religión creada por el judío Saulo y de carácter anarco-comunista, pacifista e igualitario y el otro es el occidental y greco-romano y que algunos llaman heleno-cristianismo, religión ya que carácter viril y aristocrático fruto de la fusión, aunque incompleta, de la Doctrina de Cristo con el paganismo greco-romano (y posteriormente con el germanismo y el celtismo), de ahí que muchos, entre ellos nosotros, prefieran hablar de Kristianismo (Kristos en griego significaba Ungido). Durante la Edad Media, estas dos formas de interpretar la doctrina de Cristo, dos concepciones del mundo en definitiva, se manifestaron en la corriente subversiva del Güelfismo, de predominio de la Iglesia y de su Papa sobre el Imperio y el Emperador, considerada como la primera gran subversión moderna puesto que ello condujo a la destrucción del Imperio y a la desacralización del Estado y de la figura del Rey o Emperador, y en la corriente aristocrática y solar del Gibelinismo donde el Emperador era el representante de los dos poderes, el espiritual y el temporal.

5.- Según parece, los arios estuvieron presentes en Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica. Aunque fueran minoría, fueron los que aportaron la civilización y construyeron los imperios olmeka, tolteka, maya, azteca, inka y la civilización del Tiahuanaco, civilizaciones todas ellas de carácter solar y heroico en sus orígenes pero que cuando llegaron los españoles estaban ya en su alto grado de descomposición y de degeneración. En todas ellas existían mitos y leyendas a cerca de hombres barbados y de piel blanca que llegaron por mar en épocas remotísimas y portadores de una gran sabiduría y espiritualidad. También se sabe de presencia aria en, por ejemplo, China o Japón hace miles de años.

6.- No deja de ser curioso que el cristianismo papista moderno, volviendo a sus orígenes paulinos, es decir, a sus orígenes democráticos, plebeyos e igualitarios, seduzca al mismo material humano, mejor dicho semi-humano, que las sectas tipo New Age, AMORC, etc. El hombre verdaderamente superior sólo puede sentir náuseas ante tal tipo de espiritualidad descompuesta y patógena y ante tal tipo de basura humana.




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