LOS
IBEROS, PRÍNCIPES DE OCCIDENTE
Hace un par de años se celebraron en Barcelona,
con el reclamo de este mismo título, una exposición y un
congreso que pretendían dar a conocer con más
profundidad y profusión de datos y muestras la realidad de
uno de los pueblos que habitaban, en la Antigüedad, en la Península
Ibérica. Nosotros
visitamos la exposición y pudimos extraer, entre otras, la
siguiente consecuencia:
Que no hace falta que seamos nosotros -los que
defendemos concepciones del mundo y de la existencia diametralmente opuestas
a las preconizadas por el
Establishment que nos ha tocado padecer- los que tengamos que gastar
nuestras energías en demostrar realidades tan obvias como la que
tiene al pueblo
ibero, o íbero, como uno más de entre los que forman
parte de la gran familia indoeuropea. No hace falta, no, puesto que pudimos
comprobar cómo los
datos, restos arqueológicos y comentarios que se exponían
en esta exposición y en sus publicaciones-guías venían
a corroborar y a reforzar una realidad que
para nosotros, y para muchos otros investigadores e historiadores,
siempre ha sido incuestionable. La "Cultura Oficial", seguramente
sin pretenderlo, vino
a darnos la razón.
Las características más definitorias
de la concepción de la vida, la existencia y la espiritualidad que
siempre tuvieron los pueblos blancos no semitas eran,
una y otra vez, asignadas a los iberos en los textos editados con
motivo de la dicha exposición y en los comentarios vertidos por
su comisaria, la Catedrática
de Arqueología de la Universidad de Valencia Carmen Aranegui.
Para empezar, la publicación-guía
comienza afirmando textualmente que "Los iberos no vinieron de ninguna
parte, aunque en otras épocas muchos
estudiosos se empeñaron en afirmar que llegaron de Ásia
o de África. Eran una gran etnia dividida en pueblos que habitaban
la cuenca occidental del
Mediterráneo". Éste es el primer golpe dado a los
que pretenden encuadrarlos dentro de los pueblos semitas o camitas.
Otro de los rasgos de los pueblos indoeuropeos
siempre fue el de su organización social de naturaleza vertical,
fuertemente jerarquizada y estructurada en
castas o estamentos sociales con unas funciones muy definidas y
en cuya pirámide se hallaba la realeza detentadora de las potestades
guerrera y espiritual.
En el caso del mundo íbero no podía ser de otra manera
y así los reyes detentaban el poder político y religioso
como miembros que eran de la casta dirigente:
la aristocracia o nobleza guerrera e impregnada de un sentido superior
de la existencia. Casta que era la única que se dedicaba al ejercicio
de las armas. Así,
siguiendo la citada publicación, podemos leer que "En Iberia
no existía un ejército profesional. Sólo los aristócratas
tenían derecho a ser guerreros" o "Sólo
los aristócratas tenían derecho a defender su ciudad,
por eso están representados siempre ?en esculturas e inscripciones-
con sus armas". Asimismo podemos
seguir leyendo que "Era una sociedad jerarquizada. Los jefes
representaban a todo el grupo, organizado en familias nucleares". Familias
nucleares que nos
recuerdan inmediatamente a otras equivalentes en otros pueblos boreales
?o hiperbóreos, utilizando siempre terminología evoliana-
tales como los clanes
celtas o las gens romanas.
De lo escrito en este parágrafo se desprende
ineludiblemente una concepción guerrera de la vida muy propia también
a los pueblos indoeuropeos, que no
sólo concebían la guerra en su sentido externo y más
obvio sino que incluso le daban una importancia mayor a su vertiente interna:
en el fragor de la acción
bélica el hombre vence sus debilidades, sus miedos, forja
su voluntad, robustece su carácter, elimina las pequeñeces
y miserias que nublan su alma y entra,
en medio del frenesí del combate, en estados alterados de
conciencia que le pueden permitir despertarse a una realidad superior de
la vida más allá del
mundo sensible.
Y para corroborar el esencial sentido guerrero
de la existencia del pueblo íbero seguimos leyendo que "El hombre,
sin embargo, es la antítesis de la
representación femenina. Sus atavíos más valiosos
son las armas y a menudo se le representa desnudo con ellas" o que "Fueron
famosos jinetes y
participaron en batallas fuera de la propia Península. La
máxima prerrogativa para un guerrero ibero era presentarse como
jinete. El caballo, atributo
guerrero y social, era para ellos un elemento de prestigio del más
alto nivel" o también que "Los animales eran símbolos sagrados,
el ciervo se vincula a la
divinidad femenina y el caballo -instrumento de guerra- a
la masculina" o esta otra que dice que "los exvotos -u ofrendas a la divinidad-
de bronce
?ofrecidos por nobles- hacen alusión a las armas como signo
de prestigio; en ellos los caballos están en muchos casos artísticamente
enjaezados, lo que
muestra una vez más la importancia de este animal ?como la
herramienta guerrera que representa- en la cultura ibera". Como la función
guerrera la ejercía
el varón eran las tumbas de éste las más llamativas
debido a la trascendencia que entre los pueblos íberos se le daba
a esta función social y así seguimos con
la lectura de la mencionada publicación y leemos que "...hay
pocas tumbas ricas de mujeres, suelen ser sencillas y con muy pocas ofrendas".
En una sociedad guerrera como ésta los
valores directamente relacionados con la milicia formaban parte innata
de la idiosincracia de sus gentes. Así nos
encontramos en la revista-guía con afirmaciones como la que
sigue a continuación:
"La "fides" y la "devotio" eran cualidades
que se les reconocían a los iberos. La lealtad y el mantenimiento
de la palabra, el compromiso hasta la
muerte, les distinguían de otros pueblos".
Y así no nos extrañamos de que
se hayan encontrado esculturas como una monumental en la que aparece la
figura del héroe idealizado en combate con
otros guerreros o con animales fantásticos.
Y dentro de este contexto no podían faltar
los ritos iniciáticos mediante los cuales el adolescente dejaba
de ser un niño y pasaba a formar parte de lo que
en algunas tradiciones se ha conocido como "sociedades de hombres";
esto es, que pasaba a ser un guerrero. Así se han hallado muchas
estatuillas en
santuarios íberos que representan este tipo de rito iniciático.
Aparte, óbviamente, de la vestimenta y
de las armas uno de los signos externos que identificaban al que ya formaba
parte de las "sociedades de hombres"
aludidas era la barba; tal como se puede comprobar en el anverso
de algunas monedas romanas del S. I a. C., como es el caso de unos denarios
sertorianos de
plata encontrados en Huesca.
Y si hablamos de ritos sagrados no podemos pasar
por alto los funerarios, puesto que si siempre existió una costumbre
definitoria de la mentalidad de los
pueblos hiperbóreos ésta fue la de incinerar los cadáveres
y los iberos, como miembros de este gran tronco racial, no fueron
-tal como se indica en la revista-
una excepción: "Los cadáveres de los aristócratas
íberos ardían en una pira funeraria durante más de
un día. Los guerreros se incineraban con sus armas,
que eran dobladas y arrojadas al fuego junto con otras pertenencias
significativas. Finalizada la cremación, metían los restos
en una urna que era enterrada
junto al ajuar funerario". "Al pueblo también se le incineraba.
Hay necrópolis con tumbas modestas, con pocas ofrendas y sin monumentos
funerarios
importantes".
Pueblos como los semitas, con su concepción
pelásgica, matriarcal, telúrica y horizontal de la existencia,
optan por el enterramiento de los cadáveres y su
devolución a las entrañas de la Madre Tierra . Frente
a ellos los pueblos boreales, con su percepción uránico-solar
y vertical de la vida, eligieron la
cremación del cuerpo para facilitar de esta manera la salida
del espíritu o alma (siempre ha habido mucha disparidad a la hora
de definir uno y otro ente) y
su elevación hasta fundirse con el Sol ?astro símbolo
de la más alta Esencia divina- o hasta llegar a las otras dimensiones
atemporales y no espaciales ?a
menudo identificadas con el Cielo, con lo alto- que esperan tras
el fin de la vida física.Y continuamos citando textualmente que
ìEs frecuente que para
acompañar el monumento funerario aparezcan alas de pájaro.
Eso hace pensar que los iberos situaban el más allá en la
esfera de lo celesteî.
Parece ser que en algunos casos, los menos, también
se llegó, entre los iberos, a practicar otro rito funerario asociado
igualmente a pueblos indoeuropeos
como, por ejemplo, los persas, que habían abrazado la religión
de Zaratrusta ?el mazdeísmo o zoroastrismo-, consistente en conseguir
la desaparición del
soporte físico de la persona exponiéndolo en lugares
elevados -montículos o atalayas construidas a tal efecto-
a la rapiña de los buitres. Rapaces que en su
posterior vuelo ascendente se pensaba que portaban el alma del fallecido
hacia el Sol. (Todavía en nuestros días los descendientes
de los mazdeístas que
huyeron a la Índia ?los parsis- practican, en este país,
dicho ritual funerario.)
Volviendo, con tal de definir posiciones, a los
contrastes, hemos de recordar que mientras que para los pueblos semitas
el fin de la vida física ha
constituido siempre una tragedia, puesto que nunca han tenido muy
claro el concepto de alma y hasta su misma existencia y, por tanto, con
la muerte se
acaba del todo, según ellos, el periplo existencial de la
persona, cuyos residuos habrían de esperar ?tal y como cree el judaísmo-
a la anunciada futura
resurrección de la carne para poder volver a existir, para
los pueblos boreales, en cambio, la muerte física suponía
el paso previo para el inicio de otra
existencia más perfecta, o perfecta, e imperecedera, eterna.
Por esta razón lo que para etnias semitas constituía tristeza,
luto y dolor, para los pueblos
indoeuropeos suponía muy a menudo alegría, fiesta,
jolgorio y felicidad. Y, de acuerdo con lo expuesto, en la revista leemos
que "una de las formas que
tenían los íberos de despedir al difunto era con una
gran comilona de la que el muerto también participaba simbólicamente".
Esta ausencia de miedo hacia la muerte, junto
a las cualidades propias del guerrero ?valor, fidelidad, lealtad, honor;
así como la superación de la
aprensión al sufrimiento físico- explican la cita
hecha párrafos más arriba que hacía referencia ìal
compromiso hasta la muerteî del ìmilitesî íbero.
Tocando de nuevo el tema de la concepción
vertical y uránico-solar del existir común a los pueblos
boreales, no hemos de dejar de señalar que, entre éstos,
el accidente geográfico elevado o la construcción
vertical siempre han evocado al "Axis Mundi" o eje simbólico que
une Tierra y Cielo, vida sensible o física
con vida suprasensible o metafísica. Y, referido a nuestro
pueblo objeto del presente estudio, podemos seguir leyendo que "Los monumentos
o esculturas
que se edifican sobre o junto a la tumba son torres, pilares estela,
túmulos escalonados,. . ."
Al tener la misma extracción racial y,
en consecuencia, compartir visiones del mundo el romano invasor de la Península
Ibérica no tuvo ningún
inconveniente a la hora de mezclarse sanguíneamente con el
ibero invadido y de asimilarlo al orbe romano. Los territorios peninsulares
fueron incorporados
al mundo romano e Hispania se convirtió, en pie de igualdad,
en una Provincia más del Imperio romano.
Aquí no hubo problemas de asimilación, al contrario
de lo que ocurrió con la Palestina judía, que al pertenecer,
en buena parte, a un tronco racial diferente
y al poseer una cosmovisión diametralmente opuesta a la de
la romanidad, nunca se integró en sus estructuras políticas,
sociales ni religiosas y recibió, en
consecuencia, el status de Protectorado del Imperio.
Para reforzar y argumentar lo que se acaba de
exponer continuaremos con las referencias a la revista-guia:
"A su llegada a la Península, a finales
del siglo III a. C., Roma encontró una cultura fácilmente
adaptable al modelo romano". "El movimiento de tropas
romanas, unos 6.000 hombres por legión, que se instalaron
en Hispania para conquistarla, dejó tras de sí un montón
de hijos que con el tiempo reclamaron
sus derechos. Para ellos se fundó la ciudad de Carteya (San
Roque, Cádiz), para los hijos de hispanas y soldados romanos. La
realidad es que de ese cruce
nació Hispania". "Se llegó a la plena romanización
de los pueblos béricos. "Roma no encontró gran oposición
en el ámbito de la cultura ibérica, donde se
fue introduciendo y adaptando a través de las clases sociales
dominantes que pactaron con ella y comenzaron a vivir a la romana sin que
se decretasen esos
cambiosî.
Pero, sin duda, lo que más nos llamó
la atención cuando visitamos la exposición en cuestión
fue el contemplar la "Estela de Sinarcas", que data del siglo I
a. C. Y que se encontró en este municipio valenciano. En
ella se hallan grabados caracteres íberos que si no nos hubiesen
sido previamente presentados como
tales no hubiéramos dudado un ápice en identificarlos
rápidamente con las runas nórdicas. Entre dichos caracteres
se encontraban unos no parecidos ni
aproximados en su trazado sino idénticos a la runa Odal u
Odila, a la del Sol o Sowilo, a la Ingwaz o Inguz de la fertilidad, a la
Ehwaz asociada al corcel
Sleipnir de Odín, a la Eewaz que recuerda, entre otras cosas,
los ciclos de vida y muerte, a la Tyr o Tiwaz, a la Kenaz que significa
fuego y representa la
Iluminación y, también, la fidelidad, a la Gebo que
significa dar, a la Hagalaz que quiere decir granizo y a la Isa cuyo significado
etimológico es hielo...
. . .¿Hay alguien que se siga atreviendo
a poner en duda la adscripción indoeuropea de los íberos?
Creemos haber dejado del todo desmontada una de las
grandes falsedades que han venido postulando algunos pseudohistoriadores
y falsos antropólogos adláteres del Sistema establecido.
Ya se dejó bien patente
en otro artículo ("¿Mitad moros,
mitad judíos?") que las mayores aportaciones de sangre que hemos
recibido los españoles nos vienen esencialmente de
íberos, celtas, romanos y visigodos y si nadie ha discutido
nunca el origen indoeuropeo de los tres últimos, nadie honesto habrá
de discutir jamás la también
paternidad hiperbórea de los iberos.
Eduard Alcántara