Ser disidente
Os enviamos estas sugestivas sentencias ("Ser disidente"), obra de Juan Pablo Vitali, que fueron recitadas durante el recital poetico-musical de las recientes IV Jornadas de la Disidencia, como podéis ver en el video.
Dedicado a todos los Disidentes
Ser disidente
Ser disidente es llevar una espada de luz por los laberintos de la edad oscura.
Ser disidente es sentir a cada paso la soledad de la estirpe, apretando nuestros
corazones.
Ser disidente es optar por las alturas y también por los abismos.
Ser disidente es tallar escrituras sagradas sobre nuestra piel.
Ser disidente es arrojarse sobre el acero desnudo de la espada.
Ser disidente es volver siempre a las ciudades perdidas.
Ser disidente es haber perdido el sol de la Atlántida y recobrarlo en los hielos
lejanos del Sur.
Ser disidente es ver el rostro de hueso de nuestros muertos como un espejo
blanco en las tinieblas cotidianas.
Ser disidente es disentir con los dioses si éstos nos son adversos.
Ser disidente es ocupar las calles, hasta dominarlas.
Ser disidente es el mármol, el músculo, la piedra, el fuego, la montaña y los
caminos.
Ser disidente es el último lobo de Europa en la caverna, el águila dormida en
las alturas, el ciervo bramando en la profundidad de los bosques.
Ser disidente es dormir sobre puñales y despertar iluminado por los ojos de los
niños de Dresde, de Berlín y de Hiroshima.
Ser disidente es asediar el tiempo del silencio, con banderas que estallan
acercándose en el viento.
Ser disidente es ser siempre el último en retroceder y el primero en avanzar.
Ser disidente es ser el último hombre de pie, si es necesario, con el sol por
testigo y la llama eterna de los nuestros por bandera.
Juan Pablo Vitali
¿Por qué ya casi no hay ni poetas ni
guerreros?
La poesía y la guerra nacieron juntas. Cuando el hombre tantea la muerte, siente
indefectiblemente la necesidad de vincularse a algo más elevado que él mismo,
superándola. Los pueblos indoeuropeos nos han dejado extensos testimonios de ese
intento. El Bhagavad Gita, la Ilíada , las Sagas, el Ciclo del Grial, los
Cantares de Gesta. Todo forma parte de un intento de superación de la muerte
mediante símbolos estéticos, que son también símbolos sagrados.
En el instante extremo del combate es muy poco lo que puede considerarse esencial. Los antepasados y los dioses se convierten entonces en parte del guerrero. Viven ya en un mismo mundo, definitivamente, aunque el guerrero se mantenga todavía con vida.
Por eso van juntas la poesía y la guerra, porque los valores del último instante son de algún modo absolutos, y porque la muerte material debe ser superada por un alma inmortal que se lo ha ganado en la batalla.
No hay nada más poético que la muerte de un guerrero. Esa muerte implica un
cambio en el universo mismo, en la sucesión de la sangre, en la comunidad que lo
ha engendrado y seguramente también en los mundos invisibles donde viven los
guerreros que lo han precedido.
No hay guerra sin poesía. La muerte convierte al caído, ipso facto, en un
superhombre. No importa que un poeta no cante esa muerte en particular. Podría
decirse que no hay muertes particulares cuando se ha ingresado como ciudadano en
esa república aristocrática de la muerte con honor.
Existe, sin duda, una gloria común a todos los leales. Y dos veces benditos son
los que además de pelear sinceramente, lo hacen por una causa justa. Los
sinceramente equivocados tendrán también su paraíso, pero los sinceros de justas
causas se elevarán sin duda a la categoría de semidioses.
En la entrega de la sangre está seguramente la estética absoluta de un espíritu
poético, porque la sensibilidad del poeta y del guerrero son similares. Sólo es
diferente su forma de atravesar la realidad, en un viaje hacia una realidad
superior y pura, luminosa y fatal. Sobrehumana, en el sentido nietzscheano.
A medida que la edad oscura avanza, resulta más extraño encontrar una expresión
o una acción heroica. Ya casi no hay poetas ni guerreros. Se han convertido en
parte de una realidad extemporánea. Los hombres de esta época se mueren de forma
intrascendente.
La degradación torna difícil la poesía, que desaparece como va desapareciendo la
guerra en el sentido antiguo. Muy pocos hombres comprenden hoy el sentido
primordial y sagrado de la poesía y de la guerra.
Algún día, pasados milenios de milenios, ese sentido sacro de las cosas volverá,
para expresarse nuevamente en su real dimensión. Mientras tanto, siempre hay un
pequeño espacio y un breve instante donde la estética y el pensamiento
atraviesan la oscuridad. Es un punto a veces mínimo, pero a través de él podemos
atravesar la eternidad, como nuestras abuelas enhebraban el hilo de coser en una
aguja.
Juan Pablo Vitali