Por Karl Santhrese
Se descubrió un nuevo fraude en el amplio repertorio de la mitología judeo-holocaustica.
En el imaginario colectivo circulan cientos de historias
mitológicas donde los judíos son mostrados como las eternas víctimas
inocentes, presas de la maldad de otros pueblos. Es decir las decenas y
decenas de persecuciones que el racista “pueblo superior” o “`pueblo
elegido” (como les gusta llamarse) ha tenido a lo largo de la historia, ha
sido siempre por culpa de «los otros». Pero cabría preguntarse bajo una
óptica más objetiva y racional ¿Qué habrán hecho los judíos para que muchos
pueblos los hayan perseguido?.
Que
las persecuciones han existido, de eso no hay dudas. Pero tampoco hay dudas
de que existe una tendencia por parte de los judíos, de mostrar una falsa
imagen de si mismos, donde se maximiza el sufrimiento de ellos y hasta se
distorsiona la realidad inventando historias que refuercen su “papel” de
víctimas. Mediante el engaño y la explotación de la fibra emocional del
espectador o receptor, logran la satanización de los “villanos” que los
persiguieron y la conmiseración de los propios crímenes judíos frente a
otros pueblos. Esto no siempre es evidente, pues se juega con la ingenuidad
de la gente que les cree ciegamente todas las historias holocáusticas.
Solo el esfuerzo de investigadores independientes, logra desmontar el sutil
y totalitario aparato propagandístico. Así se acabó con las mentiras de que
los nazis hacían jabón o mantequilla con los judíos, se desmontó el
fraudulento libro de “Ana Frank”, convertido en literatura obligatoria
pro-judía y anti-nazi en muchos colegios del mundo. Se intenta manipular
desde pequeños las mentes de los jóvenes. Los investigadores independientes
también probaron en una decena de estudios científicos, el mito de los “6
millones de gaseados” en los campos de concentración nazis, esto ya esta
recorriendo el mundo y es reconocido incluso por un puñado de destacados
judíos. No obstante la mayoría de la prensa sionista internacional continúa
hasta hoy en día difundiendo este mito. Sin meterme en este escabroso
terreno, del cual solo hacer alusión, enciende los sentimientos irracionales
de la gente alienada, pasaré a describir el nuevo descubrimiento mitológico.
El prestigioso diario belga “Le Soir” después de reunir pruebas durante
varias semanas, logró la confesión de la autora de un best seller de la
literatura judeo-holocaustica titulado “Sobreviviendo con lobos”, del cual
ya existe incluso un filme (2007).
En esta historia, hasta ahora autobiográfica y totalmente
“verídica”, la autora pretendía ser una niña judía criada por lobos durante
la Segunda Guerra Mundial, donde realiza entre 1942 y 1943 un viaje de tres
mil kilómetros a través de Europa en búsqueda de sus padres deportados por
los malignos nazis. Según contaba ella, había sobrevivido gracias a la
protección de una manda de lobos.
Gracias a la investigación del diario “Le Soir” la autora Misha Defonseca ha
debido confesar que su libro es un producto de su imaginación. De niña había
vivido junto a su abuelo y luego con su tío, es más su nombre real es
Monique De Wael.
Lamentablemente por más que se descubran día a día la falsedad de estas
historias “verídicas”, no se implementa ningún tipo de pena o acción legal,
por estafa moral y manipulación. Más de 62 años han pasado del exterminio de
la Alemania nazi en manos de los EE.UU. y los aliados “salvadores del mundo
libre”, sin embargo no hay día que un humano no se tope con alguna de estas
historias judeo-holocáusticas tan lacrimógenas como falsas.
El caso de Misha Defonseca (o la falsa niña-lobo judía)
Misha Defonseca llegó a los Estados Unidos en la década de los ochenta
procedente de Bélgica. A quienes le preguntaban por su vida les relataba una
fantástica peripecia, cómo sus padres habían sido deportados por los nazis
cuando sólo tenía nueve años, cómo ella había recorrido 3.000 kilómetros de
una Europa en guerra para encontrarlos, cómo había estado en el ghetto de
Varsovia, cómo había matado a un soldado alemán, cómo había sobrevivido en
el bosque con una manada de lobos. Una editora la oyó contar su historia en
una sinagoga y se la compró.
Esa historia se convirtió en Sobreviviendo con lobos, un best-seller mundial
publicado en 1997, traducido a once idiomas y transformado recientemente en
una superproducción de éxito en los países francófonos. El libro llegó a ser
lectura obligatoria en los colegios franceses, a pesar que desde el primer
momento le persiguieron las críticas por las incongruencias históricas y
argumentales. Pero estas objeciones no eran suficientes como para disuadir a
sus lectores, fascinados por una historia demasiado fantástica como para
ponerle pegas.
Lástima que no fuera sólo fantástica. También era falsa.
La fachada de Misha Defonseca se ha venido abajo este fin de semana cuando
una investigación periodística ha sumado las pruebas en su contra. La autora
se llama en realidad Monique De Wael, nunca ha sido judía, no abandonó
Bruselas durante la guerra, aunque sus padres – eso sí – fueron detenidos
por colaborar con la resistencia y desaparecieron. Lo demás es inventado.
"No es la verdera realidad, pero es mi realidad" – se justifica – "Hay
momentos en los que me cuesta diferenciar entre la realidad y mi mundo
interior".
Pero llegará un día en que la Verdad y la Justicia brillarán y este mundo
del revés en el que vivimos, desaparezca por completo bajo la luz de un
nuevo mañana.
Esta
historia porque abre una interesante reflexión sobre el concepto de “verdad”
en la literatura. No es el primer caso de personaje que se erige como
representante de una tragedia colectiva (como el Holocausto o el 11-S) y
cumple un papel convincente hasta que su impostura se descubre. Es difícil
decir porqué gente se comporta así. Incluso se da el caso que no actúen por
propio beneficio y que les deba mucho la causa que defienden. Pero no quita
que la verdad histórica no tiene dos caras: se ha estado en un campo de
concentración o no se ha estado, se estuvo en las Torres o no.
Pero resulta que esta señora escribe una autobiografía fantástica y dice que
al fin y al cabo, su verdad histórica y su verdad imaginaria son
intercambiables. Porque a la autobiografía le suponemos un compromiso de
verdad, pero ¿compromiso con quién? Desde la primera autobiografía moderna,
Las Confesiones de Rousseau, sabemos que el compromiso del autor es consigo
mismo, no con el lector. La autobiografía es la fábula del yo, y el afán de
sinceridad no equivale a objetividad, al contrario. Para la objetividad
están las biografías, y eso sólo a veces. De las autobiografías suelen ser
mucho más valiosas las mentiras, las omisiones y las tergiversaciones.
Luego está el concepto de mentira útil. Cuando a Rigoberta Menchú se le
acusó de haber falseado datos en su autobiografía, ella se defendió diciendo
que, si bien no eran cosas que le habían ocurrido a ella, las había incluído
para hacer más visibles las atrocidades a las que había sido sometido su
pueblo, y que al final cabo a ella le habían dado el Premio Nobel de la Paz
y no el de Literatura. ¡Como si el Nobel de los libros no se lo dieran a los
fabuladores!
En realidad le ha hecho un flaco favor a la causa del Holocausto. Cuando las
verdades son tan crudas como esta, las mentiras, por mucho que quieran
sacarle lustre, están de más.
La vida de Misha con los lobos es una gran mentira
A Rómulo y a Remo les amamantó la loba y gracias a ello nació Roma. A la
belga Misha Defonseca una manada de lobos la adoptó cuando tenía cuatro años
y buscaba, perdida entre las nieves y las tierras heladas de la Europa
destruida por los nazis, a unos padres que habían sido detenidos por las
tropas de Hitler en Bruselas. De Robert y Josephine sólo sabía la cría que
habían sido deportados hacia algún lugar del Este. De la odisea de la niña
nacieron una autobiografía traducida a 18 lenguas, Sobreviviendo con lobos,
y una película de éxito del mismo título. Sólo un problema: la autobiografía
es pura ficción, lo que pone en la picota el rigor de la industria del
holocausto, que certificó la realidad de la peripecia.
Con la escueta ayuda de una brújula, Misha partió en busca de sus padres
como relata en su autobiografía (la edición española del libro es de
Martínez Roca, 2004), convertida en un canto a la resistencia y a la
humanidad de los animales con la adaptación al cine de la francesa Vera
Belmont. En el curso de su aventura, la infante es protegida, alimentada y
guiada por una manada de lobos (mansos), logra llegar (y entrar y salir) al
Ghetto de Varsovia y hasta mata a un nazi que intenta violarla. No encuentra
a sus padres, pero se salva. Casi 60 años más tarde, cuenta su historia.
En una odisea de cinco años, Misha atraviesa en solitario Bélgica, Alemania,
Polonia -donde llega a vivir en el gueto de Varsovia- y Ucrania antes de
virar al Oeste y, vía Yugoslavia e Italia, volver a casa sin haber
encontrado a sus padres. Durante un tiempo del angustioso periplo, una loba
solitaria da calor a la indefensa criatura, a la que ofrece sus presas para
que coma, feliz alianza que destruye un cazador. Más tarde, una manada toma
el relevo y otra joven loba adopta a la indefensa Misha.
Si la historia parece increíble es porque lo es. Defonseca presentó en 1997
y en Estados Unidos, donde ahora vive a sus 70 años, como autobiografía una
vida de penalidades propia de tiempos bélicos. La realidad ha sido desvelada
por el diario belga Le Soir, que indagó sobre las dudas más que razonables
que suscitaba la fabulosa aventura de Misha.
Editado en 1997 bajo el título Misha: Una memoria del Holocausto y luego bajo el más sugestivo de Sobreviviendo con lobos, la trágica historia de vida de la belga Misha Defonseca fue efectivamente un éxito editorial de grandes proporciones: llegó a ser best seller en Europa y ya lo han traducido a 18 idiomas, además de contar con una ópera y de haber sido llevada recientemente a la pantalla grande.
Con motivo precisamente de ese estreno cinematográfico,
el diario belga Le Soir inició una investigación por su cuenta para
determinar si la historia, bastante inverosímil de por sí y cuestionada
desde que se hizo pública, no era una lisa y llana mentira. Y descubrió que
lo era: Misha Defonseca es en realidad Monique de Wael, nació en 1937 (por
lo que tenía 4 y no 8 años al momento de iniciar su presunta travesía) y no
es de familia judía sino católica. A sus padres no se los llevó la Gestapo
por su religión sino por sus convicciones políticas, pues eran miembros de
la resistencia, y corrió el rumor de que su padre delató a otros camaradas.
Por eso a Monique, que vivió bajo la tutela de parientes y que figura como
inscrita en una escuela de su pueblo natal en el tiempo en donde su alter
ego sobrevivía con lobos, la llamaban “la hija del traidor”.
“Sí, mi nombre es Monique de Wael, pero intento olvidarme de ello desde los
4 años”, declaró Misha Defonseca el último día de febrero, cuando la presión
ya fue demasiada.
En Bruselas vive todavía una prima de la escritora. "¡Hay que ver qué
imaginación tiene esta Monique!", exclama Emma Dewael, que a los 88 años
revela la verdadera peripecia de Monique Dewael. Los padres de la niña
fueron detenidos en 1941 por los nazis en un barrio de Bruselas, por
participar en la resistencia y murieron en la guerra.
De la niña pasaron a ocuparse otros familiares, y fueron para Monique años
muy duros. Tras negar inicialmente las revelaciones del periódico, la
escritora se ha rendido a las evidencias y ha pedido perdón por la
mistificación. En una carta a Le Soir, escribe: "Esta historia es la mía. No
es la realidad real, pero es mi realidad, mi manera de sobrevivir". Sobre
Defonseca se arrojan ya abogados, editores, psiquiatras... con millones de
euros y hasta años de cárcel en juego.
Un cuento de hadas destrozado
"No
importa que la historia no sea verdad, porque es muy bonita", ha dicho a Le
Soir Vera Belmont, directora de la película sobre la extraordinaria
peripecia de Misha Defonseca. "Tengo la sensación de haber sido engañado",
confiesa Bernard Fixot, de la editorial francesa Robert Laffont, que tradujo
el libro aparecido en Estados Unidos. "Creí a la editora americana, Jean
Daniel, que me aseguró haber comprobado todos los datos".
Para De Wael, el libro no retrata la realidad factual.
“Pero esa era mi realidad, mi método de supervivencia”.
Tan compenetrada dice estar con su papel de sobreviviente que desde entonces
se sintió judía.
“Y más tarde hice las paces conmigo misma, porque la comunidad judía me
aceptó”.
De Wael no se privó de cerrar su apología con la denuncia de que en realidad
toda la culpa la tiene su editora, Jane Daniel.
“Al principio yo no quería publicar el libro, pero Daniel me convenció. Ella
me hizo creer, y yo creí”.
En efecto, fue Daniel quien le ofreció publicar la historia en Mt. Ivy Press,
su editorial unipersonal de Boston. Por esa época, Misha y su marido se
habían quedado sin trabajo, y Misha hacía unos dólares contando su historia
en comunidades judías de la zona. Daniel quedó impactada y puso a su
servicio a Vera Lee, una redactora profesional que se tomó el trabajo a
pecho.
“En cierto momento, Misha come barro”, cuenta Lee, “y yo fui afuera y comí
barro, a ver qué gusto tenía”.
Antes de que el libro saliera, Disney ya se había interesado por los
derechos.
Pero el ménage à trois literario terminó mal. Daniel echó a Lee antes de
terminar la redacción (quería agregar una historia de amor y Lee se opuso) y
una vez publicado el libro, Lee y Defonseca demandaron a la editora por
ganancias no devengadas. El juicio duró años, pero lo ganaron: en 2001,
Daniel fue condenada a pagarles la extravagante cifra de 20 millones de
dólares.
Desde entonces, atenta a la máxima de que no hay mejor defensa que el
ataque, Daniel se concentró en tratar de demostrar que la historia narrada
en el libro es falsa, o al menos la biografía que la sustenta desde la
solapa. Lo hizo a través de un blog (bestsellerthebook.blogspot.com), y fue
así que el genealogista Sharon Sergeant se puso en contacto con ella y
recabó los datos que luego publicó el diario belga.
Curiosamente, sin embargo, no es improbable que la denunciante haya sido
antes cómplice de todo el fraude. En un olvidado artículo aparecido en el
semanario alemán Der Spiegel en 1996, es decir antes del lanzamiento de
libro, Henrik Broder entrevista a las mujeres, y deja entrever cómo nació el
relato.
Anota Broder que mientras Misha contaba su historia, Daniel se ocupaba “de
las menudencias”, como tratar de justificar por qué Misha no se acordaba del
apellido de sus padres, en qué idioma se comunicaba con la gente durante su
viaje y cómo hizo para entrar y salir del Ghetto de Varsovia como si fuera
su casa.
La nota toma ribetes absurdos cuando Misha explica que su primer esposo, el
padre del mismo y el hijo que tuvo con él en Bélgica, todos se llamaban
Morris, una “curiosa continuidad” si se tiene en cuenta que entre judíos los
hijos nunca llevan el nombre del padre, “ni siquiera entre los no
ortodoxos”.
Antes de publicar el libro, Daniel consultó a Debórah Dwork (directora de un
centro de estudios sobre el Holocausto) y a Lawrence L. Langer (autor de
Testimonios del Holocausto: Las ruinas de la memoria). Ambos le recomendaron
sacar las manos del asunto, pero Daniel (lamentablemente, dice ahora) no les
hizo caso. El libro se publicó con el aval en la tapa del presidente de la
Anti Defam,tion League Liga Antidifamación y hasta del Premio Nobel y
sobreviviente Elie Wiesel (”Muy emotivo”, lo citan).
Desde el principio, el libro levantó sospechas, por ejemplo de Blake Eskin,
conocido por haber descubierto el fraude de otro falso sobreviviente, el
autor del Premio Pulitzer "Fragmentos", Binjamin Wilkomirski (Bruno
Doessekker). También el cirujano francés Serge Aroles, autor de un estudio
sobre niños-lobo, notó en seguida que la historia con los animales era
absurda. Publicó un artículo denunciando el fraude, que fue reproducido por
webs de ultraderecha y que le ganó la contraacusación de fascista y
antisemita.
Ante el mismo prejuicio tuvo que detenerse el diario israelí Ha’Aretz cuando
le preguntó a Vera Belmont, directora de la película sobre el libro, si
estaba enterada de las dudas que existían sobre la veracidad de la historia.
“Eso es exactamente como la gente que niega la existencia de los campos de
concentración”, contestó la cineasta.
Ahora que el fraude se hizo público, la directora cambió el ángulo, pero
volvió a justificarse.
“No importa si es verdad o no”, dijo a través de un portavoz, “ella la cree
y piensa que es una bella historia”.