La industria del Holocausto
De "La lengua del pueblo"
James Petras - Mayo 2004
Sátira de James Petras sobre las indemnizaciones del Holocausto
Lev se puso a leer con detenimiento las páginas económicas para comprobar las
cotizaciones de la bolsa
en los días anteriores. «El Dow Jones ha bajado, el NASDAQ ha bajado, el S&P
ha bajado...» Pasó luego a
las empresas individuales: «General Motors ha bajado, IBM ha bajado...». De
pronto, hizo una pausa, tomó el
rotulador amarillo y subrayó: «La industria del Holocausto» ha subido.
Comprobó luego la trayectoria de dicha industria durante los últimos años:
crecimiento sólido en toda
la década, con un refuerzo en el nuevo milenio.
«Tengo que estudiar esto a fondo para asegurarme de que la industria del
Holocausto no es otra burbuja
vacía como la informática», se dijo. Identificó a los personajes más
destacados: Eisenstadt, Bronfman,
Weisel, grandes despachos de abogados, presidentes de las principales
organizaciones judías... «Tiene buena pinta. ¿Cuánto tiempo aguantará?», se
preguntó. Descolgó el auricular del teléfono y llamó a Kevin
Rubenstein.
–Dime, Kevin, ¿qué sabes de la industria del Holocausto, tiene futuro o es de
las de comprar y vender?
–Es una mina, Lev. Las víctimas se están muriendo, pero cuantos menos
supervivientes hay, más dinero da.
Kevin parecía entusiasmado.
–¿No te parece una contradicción? –dijo Lev algo perplejo, pero lleno de
interés.
–Es que los flujos de capital y los márgenes de beneficios tienen
poco que ver con las víctimas
enfermas o ya fallecidas y mucho con los abogados, que son la parte dinámica e
innovadora de la industria. Es una historia larga, pero sencilla: mientras
quede un solo superviviente, la industria del Holocausto será
un buen negocio. Oye, tengo una cita ahora. ¿Por qué no me invitas a almorzar
mañana y te lo explicaré
todo?
–De acuerdo. Mañana a las doce. En el restaurante tailandés.
El broker estaba intrigado. Repitió mentalmente el comentario final de Kevin:
«Mientras quede un solo
superviviente, la industria del Holocausto será un buen negocio... No puede
ser como el vino, que cuanto
más viejo es más caro vale. ¿Cómo es posible que esos viejos saquen más dinero
ahora, casi sesenta años
después del Holocausto, que cuando había más supervivientes, eran más jóvenes
y tenían más vida por
delante? ¿Por qué el dinero ahora va al bolsillo de las personas, en vez de a
Israel?».
El teléfono sonó e interrumpió sus pensamientos.
–Hola, Lev, soy Fritz Hauptmann, de Volkswagen. El mercado sigue cayendo y me
estoy poniendo nervioso.
¿No cree usted que deberíamos invertir en un fondo seguro hasta que pase la
marea?
–Vale, Fritz. Ahora mismo voy a trasladar temporalmente su cuenta a un fondo.
Pero creo que he
encontrado algo realmente bueno. Crecimiento estable y un magnífico
rendimiento.
–¿Está bromeando, Lev? ¿En este mercado?
–Sobre todo en este mercado. Mañana, cuando averigüe más, lo llamaré. Quién
sabe, puede que hoy sea su día de suerte, Fritz –la voz del broker sonaba
optimista.
–Así lo espero, Lev, esta semana he perdido veinte mil.
–Hasta mañana.
El teléfono no dejó de sonar en todo el día. Eran sobre todo pequeños
inversionistas asustados, a punto
de perder sus fondos de pensión.
«Qué hijos de puta avariciosos», Lev se reía para sus adentros. «Estaban
seguros de que podrían retirarse y
comprar una casa en Palm Springs, pero ahora van a tener suerte si les queda
algo para alquilar un cuartucho en un gueto de negros».
Algunos de sus clientes más importantes también lo llamaron. Lev les aconsejó
que aguantaran, porque
tenía unas acciones totalmente seguras.
En la cafetería de la agencia de inversiones se encontró con Marcus Murphy,
un compañero bastante
mediocre.
–Oye, Lev, deberías leer este libro de Goldhagen. Sabes, dice que todos los
alemanes odiaban a los
judíos, que todos fueron responsables, incluso los que barrían la calle. ¿Qué
te parece?
–Qué quieres que te diga. En los años veinte, más de las dos terceras partes
del electorado alemán votó
contra el fascismo, pero los nazis ilegalizaron, encarcelaron y mataron a
millones de socialistas,
comunistas y socialdemócratas, que eran antifascistas.
Marcus frunció el ceño. Estaba harto de aquel judío tan resabiado. Siempre que
encontraba algún punto a
favor del pueblo judío (como solía llamarlo), Lev se lo tiraba por tierra.
Incluso le había oído decir que
Israel debería abandonar los territorios ocupados. «Es como si Irlanda les
entrega Dublín a los ingleses»,
solía decir su madre.
Mientras Marcus seguía parloteando sobre Goldhagen, Lev empezó a pensar.
«Quién sabe», se dijo, «si lo
importante no es el número de supervivientes, sino el de implicados o
supuestamente implicados en el
Holocausto; si en vez del número de víctimas lo que cuenta es el número de
abogados y el dinero, no la
justicia.»
Lev dio cuenta rápidamente del almuerzo y regresó a la oficina. Llamó al
Centro del Holocausto en Washington. Al cabo de media hora en que lo
estuvieron mareando de un departamento a otro, lo pusieron con el jefe de la
«Sección del Testimonio Viviente».
Lev fue directo al grano:
–¿Puede indicarme quiénes son los abogados que se ocupan de negociar las
indemnizaciones que han de
recibir las víctimas del Holocausto?
Al otro lado hubo una pausa.
–No es fácil de decir. ¿A qué indemnizaciones se refiere? Hay muchos pleitos y
cada uno de ellos está
al cargo de un pequeño ejército de abogados.
Lev reflexionó a toda velocidad: «Esto es más que una industria artesanal, es
una empresa corporativa.».
Especificó:
–¿Puede darme una lista de los pleitos pendientes que se ocupan de la
esclavitud de los judíos en las
industrias alemanas?
–Sólo tenemos informes de los abogados principales, de los grandes despachos
que negocian con los alemanes, de los pleitos aprobados por los presidentes de
las principales organizaciones judías, que ceden un porcentaje a nuestra
fundación.
–De todos modos, eso me vale para empezar. ¿Puede enviarme la lista?
–¿Puede hacer usted una contribución? –la voz del otro lado sonó como una
exigencia.
–Déme su dirección postal –contestó Lev.
–Aceptamos tarjetas de crédito –replicó el otro con brusquedad, sin soltar la
presa.
–Les enviaré un cheque –Lev empezaba a exasperarse.
–Entonces tomará más tiempo –la voz se volvió intimidatoria.
«Esta gente es dura de roer», pensó Lev cuando colgó el auricular. «Veré si
Kevin puede pasar a través del
parapeto para enterarme de lo que es la industria del Holocausto».
Rubenstein apareció con una corbata verde brillante y la calva cubierta con
una kipá.
–Kevin, vas de uniforme –se burló Lev.
– Yo soy así.
Una vez instalados en la mesa, mientras esperaban el almuerzo, Kevin empezó a
hablar:
–La historia es larga, pero te daré los datos esenciales para que te hagas una
idea y luego busques
los detalles por tu cuenta. La industria del Holocausto se inició después de
la condena de los criminales nazis y de que los alemanes pagasen
indemnizaciones a Israel. Unos veinte años después, en la época de la guerra
de los Seis Días, cuando los israelíes ocuparon los territorios árabes, se
puso de moda ser judío y recordar el Holocausto. Aparecieron miles de libros
sobre el asunto, buenos, malos e insustanciales. Hubo cientos de conferencias,
días del recuerdo, libros de texto revisados y aumentó el valor de Israel,
sobre todo entre judíos que ni remotamente habían estado implicados o que
simplemente habían tenido algún pariente lejano en los campos de
concentración. Todos se implicaron, era una manera de encontrar una identidad
especial, sobre todo para abogados, médicos o famosos que nunca habían pisado
una sinagoga y que estaban casados con gentiles.
Lev lo interrumpió:
–Me parece un discurso sociológico interesante, pero…
–Ten paciencia, hombre, que enseguida llego a la industria. Hubo un abogado,
un antiguo comunista
especializado en derecho corporativo, que puso la compensación sobre la mesa.
Sus argumentos eran más o
menos los siguientes: los nazis trabajaron en estrecha colaboración con el
gran capital; los judíos fueron
esclavos, pero no esclavos asalariados, según su antiguo lenguaje de rojo,
sino auténticos esclavos al
servicio de las grandes compañías de la Alemania nazi, que todavía existen y
tienen mucho dinero. Empezó a
pronunciar discursos en Forest Hill y Brighton Beach, a la búsqueda de
antiguos esclavos. Pero tenían que
ser judíos, los polacos, los griegos o los rusos no contaban. Cuando tuvo una
lista bastante grande,
organizó una rueda de prensa para anunciar el pleito. Allí aparecieron los
grandes despachos de abogados de Wall Street y los habituales del Partido
Demócrata.
Una vez que se iniciaron las negociaciones, le tocó el turno a los
investigadores legales y a los historiadores, que desenterraron la historia.
La infraestructura del Holocausto se puso en marcha y Elie Weisel le dio un
gran impulso cuando obtuvo el premio Nobel –Kevin hizo una
pausa para atacar su plato.
Lev preguntó:
–Cuánta pasta hay en juego? ¿Cuál es la rentabilidad?
–Casi quince mil millones. La mitad será para los abogados. Los procedimientos
judiciales, las ayudas
legales, los traductores, los interventores, consultores universitarios, los
archivistas de la Fundación y los cabilderos también conseguirán un pellizco.
–¿Y los supervivientes? –preguntó Lev con incredulidad.
–Sus fotografías aparecerán en el New York Times en la sección de interés
humano y se los mencionará en las páginas de negocios. Es probable que les
organicen una agradable cena en algún hotel elegante cuando se anuncie el
acuerdo y, eventualmente, podrán conseguir algún dinero, si no se mueren
antes.
A Lev le molestaba el cinismo de Kevin, pero no quiso cortarlo antes de que
llegase a la información
estratégica.
–Sabes, la compañía Holocaust Inc. se ha constituido en sociedad anónima y
cotiza en bolsa –dijo.
–¿Que si lo sé? –Kevin sonrió con satisfacción–. Invertí en ellos el primer
día que sus acciones
salieron a la venta. ¿Cómo crees que compré mi casa en Martha's Vineyard, a un
paso de los Kennedy?
–¿Tiene futuro, es decir, seguirá subiendo cuando se alcance un acuerdo con
las industrias alemanas o se
trata de un negocio de entrar y salir? –preguntó Lev con cautela.
–Y yo qué sé –Kevin lanzó una carcajada. Dio un trago de vino. Sus ojos
brillaban–. Te diré algo, Lev: entre
nosotros, creo que la industria del Holocausto tiene un futuro espléndido,
porque después de las industrias
alemanas vienen las estadounidenses, las francesas, las inglesas, los
banqueros, los fabricantes... Están
las víctimas directas, sus descendientes, etc. Está el dolor físico de las
víctimas y la angustia mental de
los hijos de sus hijos. Están los proveedores de las industrias alemanas. Ese
Goldhagen descubrió una mina
de oro cuando puso la mano sobre los alemanes, los hizo a todos responsables y
los puso en fila para que
paguen.
Lev rió.
–Con razón esa mierda de libro es un bestseller.
Kevin no entendió el chiste. Lev le lanzó una flor antes de hacerle una última
pregunta:
–Kevin, eres un tipo bien informado.
El otro sonrió de oreja a oreja.
–Me da gusto ayudar a un amigo viejo, sobre todo si me invita a un almuerzo de
cincuenta pavos.
–Dime algo, ¿es posible rastrear esas transacciones de miles de millones de
dólares?
Kevin apretó los labios.
–Sí y no. El gobierno federal y los estados apoyan a los abogados y, sobre
todo, a los financieros de la
hermandad. Los jueces se pondrán de su parte y no hay en perspectiva ningún
arreglo amigable. El gobierno
alemán pagará para evitar que los judíos estadounidenses les impidan penetrar
en los mercados y
en los circuitos financieros. Por ahí no hay ningún problema –Kevin hizo una
pausa–. El problema lo están
creando esos abogaduchos que quieren sacar tajada y que están intentando
pleitos contra los capataces, los
chóferes de autobús y los porteros que, según dicen, facilitaron la
explotación del trabajo de esclavos.
Uno de ellos incluso lo está intentando contra los cocineros que cocinaban
para los capataces que
trabajaban en Volkswagen y que explotaron a los esclavos judíos.
–Eso parece el cuento de nunca acabar –lo interrumpió Lev.
–Sí, pero las grandes empresas alemanas no pagarán a menos que los abogados
consigan que los tribunales cierren la puerta a futuras reclamaciones –replicó
Kevin–. Ése es el problema. Esos chupones quieren un pellizco y amenazan con
impedir los pagos, es una especie de chantaje al Holocausto.
–Lo cual es un inconveniente a la hora de invertir
–comentó Lev con prudencia.
–Siempre hay un riesgo cuando se quiere ganar algo, es la ley de la economía
–dijo Kevin con humor.
Lev regresó a la oficina y les dio una orden a sus jóvenes ayudantes.
–Hoy, a las ocho de la tarde, quiero un informe sobre todos los pleitos del
Holocausto, ya estén en marcha o
en potencia.
A las ocho, Lev convocó la reunión.
–¿Tenéis noticias?
–Muchas. Hay pleitos pendientes por todas partes, en Inglaterra, y en Estados
Unidos, y en todos los
niveles de la jerarquía corporativa –dijo un jovencito recién graduado de la
Wharton School.
–Es probable que IBM se siente en el banquillo, porque según un abogado, montó
los sistemas de listas y los
censos que utilizaron los nazis para localizar a los judíos –añadió un recién
salido de Howard.
–Pero eso no es todo –agregó a un graduado del Brooklyn College–. Hay una
serie de pleitos adicionales contra los supervisores que dirigieron la cadena
de producción que montó los sistemas de IBM,
los ingenieros que los diseñaron y los trabajadores de la cafetería donde
almorzaban. Unos cuantos abogados del Bronx van a convocar una rueda de
prensa.
Lev perdió los estribos:
–¿Y qué me decís de los propietarios del barco que transportó los sistemas de
IBM, de los granjeros que
cultivaron las hortalizas que cocinaron los trabajadores de la cafetería para
los trabajadores que fabricaron las máquinas que IBM les suministró a los
nazis?
Los tres ayudantes se quedaron sin habla. No sabían si reír o llorar.
–¿Y de los comerciantes que les vendieron a los trabajadores y a los
ingenieros de IBM la ropa con que
trabajaban, no tienen ningún pleito pendiente? –añadió Lev con sarcasmo. No
cabe duda de que la industria del Holocausto tiene un buen potencial de
crecimiento, con un montón de casos en varios continentes, lo cual
disminuye el riesgo de que uno solo de ellos la mande al carajo.
Todos asintieron. El jovenzuelo del Howard College añadió:
–No creo que haya mucho peligro de que disminuyan los beneficios.
–¿Qué quieres decir? –le preguntó Lev.
–Que la industria seguirá dando ganancias y los supervivientes sólo obtendrán
una fracción.
–Vale. Habéis hecho un buen trabajo, muchachos –Lev dio por terminada la
reunión y se puso a trabajar en
un plan de inversiones para sus principales clientes sobre las perspectivas a
largo plazo de la industria
del Holocausto.
«Se puede esperar», concluyó en la última línea, «un beneficio de entre el
veinte y el treinta por 100, lo
cual no está nada mal en un mercado a la baja como el actual».
PRENSA NACIONAL ALTERNATIVA
http://pna.deargentina.net.ar
”Si male locutus sum, testimonium perhibe de malo; si autem bene, quid me
caedis?”
Si he hablado mal, exhibe pruebas de que está mal; pero si he hablado bien,
por qué me pegas ?
[San Juan 18.23]
"Una salus victis, nullam sperare salutem.”
Una salvación para el vencido, no esperar salvación alguna.
[Virgilio -'Eneida' - Libro II]
Banqueros y atracadores
por Israel Shamir
I.
El sábado 13 de octubre de 2001 el periódico The Times publicó la siguiente
noticia: "El dinero del Holocausto judío era un mito". Con ello se bajó
definitivamente el telón de uno de los dramas más absurdos y odiosos de robo y
pillaje. Todo empezó en 1995, cuando dos importantes caballeros, Edgar
Bronfman, presidente del Congreso Judío Mundial, y Abraham Burg, en aquel
entonces una estrella ascendente de la política israelí, hicieron una visita a
los bancos suizos con una misión humanitaria. "Tienen ustedes miles de
millones de dólares depositados por los judíos antes de la Segunda Guerra
Mundial", dijeron. "Queremos que se nos devuelva ese dinero de inmediato,
ahora que los supervivientes del Holocausto judío todavía están vivos. Dejemos
que disfruten de una relativa tranquilidad durante los últimos años de sus
vidas". Bronfman y Burg eran ese tipo de hombres a quienes cualquier banco o
compañía de seguros escucha con atención.
Edgar Bronfman heredó sus millones de su padre, Sam, un capo mafioso que amasó
su fortuna mediante el tráfico ilegal de alcohol en Estados Unidos: durante la
Ley Seca lo destilaba en Canadá y lo pasaba de contrabando con la ayuda de su
banda de gangsters a través del lago Ontario. Pero Sam Bronfman ganó incluso
más dinero como prestamista. Poco antes de su muerte, un reportero le preguntó
que cuál era el invento más grande de la historia.
Fiel a sí mismo, contestó que los intereses de los préstamos.
El capital obtenido con el crimen y esquilmado a los deudores puede servir en
el mundo de la política. También en la política judía, puesto que no es
preciso que a uno lo elijan para convertirse en una figura importante. Sólo
hace falta alquilar dos habitaciones en un edificio de oficinas, colocar en la
puerta un letrero de la Asociación Judía Mundial o de la Organización para la
Liberación Judía y, sin más, ya forma uno parte del negocio. Esos títulos no
están registrados. El Congreso Judío Mundial de Bronfman era exactamente eso:
una minúscula compañía con un nombre ostentoso. Antes de la llegada de
Bronfman contó con algunos presidentes paternales y afables, tales como su
predecesor, Nahum Goldmann, pero la organización no iba a ninguna parte ni
cortaba realmente el bacalao. En cambio, con el inmenso capital de Bronfman se
convirtió en una estructura de poder.
Avrum (Abraham) Burg, portavoz de la Knesset (parlamento) israelí y candidato
a la secretaría general del Partido Laborista de Israel, es hijo del doctor
Burg, un importante político -líder del Partido Religioso Nacional- que fue
ministro durante cuarenta años, hasta el día de su muerte, de todos los
gobiernos de Israel. Su retoño Avrum ya había dado una nota en falso en el
programa ABC Nightline del 2 de agosto de 2001, cuando describió a los
palestinos como "gente con la que a uno no le gustaría casar a su hija". Avrum
Burg necesitaba un promotor para avanzar en la política, mientras que Edgar
Bronfman necesitaba un socio digno de fiar para llevar a cabo su plan.
Ningún banco o compañía de seguros podía negarse a unos caballeros tan
importantes. Tras una breve resistencia, los enanos suizos cedieron y los
dirigentes titulares del pueblo judío se largaron con un montón de dinero en
los bolsillos. "Estos judíos quieren robar nuestros bancos y nuestras
compañías de seguros en nombre de su holocausto", probablemente pensaron los
banqueros, echando humo de indignación. Pero estaban equivocados.
Esta historia, que empezó como un cuento de hadas, siguió luego al pie de la
letra el guión de cualquier película de atracos. Pasaron seis años y
prácticamente ningún dinero salió de las magnánimas bolsas de las comisiones
internacionales creadas por Bronfman y Burg. Los supervivientes del Holocausto
no recibieron casi nada y el capital pasó a ser propiedad de quienes exigían
justicia para las víctimas.
En fechas recientes, el respetado periódico LA Times [i] afirmó: "Al parecer
una comisión internacional, creada para resolver las disputas relativas a los
seguros de los tiempos del Holocausto, se ha gastado más de treinta millones
de dólares en salarios, facturas de hotel y anuncios de periódicos, pero sólo
ha distribuido tres millones a los demandantes". Los miembros de la comisión
convirtieron ésta en una agencia de viajes de lujo y en un centro de recreo,
continuaba el LA Times: "Los documentos muestran que desde 1998 la comisión ha
organizado al menos dieciocho reuniones de hasta 100 participantes en hoteles
de Londres, Jerusalén, Roma, Washington y Nueva York". En cuanto al finiquito
en compensación por el trabajo de esclavos durante la época nazi, The
Independent [ii] informó que "mientras que las víctimas del Holocausto
recibirán (quizá) entre 2,500 y 7,500 dólares US, cada uno de los abogados
"judíos" que negociaron el arreglo cobrarán más de un millón".
Asimismo, The Times afirmó que los bancos suizos, tras verificar las cuentas
bancarias inactivas, se encontraron con que ni siquiera pertenecían a las
víctimas judías del Holocausto, sino principalmente a "gente rica no judía que
se olvidó de su dinero". Los suizos no entregaron mil quinientos millones de
dólares US a Bronfman y Burg porque estuviesen convencidos de sus
reclamaciones, sino porque no tuvieron otro remedio, ya que Bronfman (junto
con Mark Rich) era entonces un importante mecenas del presidente Bill Clinton,
y Clinton seguramente los obligó a hacerlo, so pena tal vez de bombardear
Suiza.
Algunos aspectos de esta historia empezaron a aflorar a la superficie en
Holocaust Industry [La industria del Holocausto], un libro bestseller de
Norman Finkelstein, profesor de la Universidad Columbia de Nueva York.
Finkelstein se oponía en él a los métodos extorsionistas de las organizaciones
judías. Éstas lo acusaron de mentiroso y de antisemita. Ahora, un año después
de la publicación del libro, están apareciendo nuevos detalles, jugosos e
inesperados, sobre esta sórdida maniobra. Si llegaran a confirmarse,
estaríamos ante el atraco más importante perpetrado durante todo el siglo XX.
Al parecer el profesor Finkelstein se equivocó en varias cosas: para decepción
de quienes odian a los judíos, las víctimas del atraco fueron no solamente los
bancos y las compañías de seguros, sino también gente ordinaria de origen
judío. Para regocijo de quienes aman a los judíos, los atracadores eran los
autodenominados líderes judíos que decían representar al pueblo judío.
II.
El hombre que hizo este descubrimiento es muy diferente del profesor
neoyorquino Finkelstein. Martin Stern es un rico hombre de negocios británico,
muy implicado en bienes raíces, así como en causas judías y sionistas. Trabaja
en Londres y pasa los fines de semana en su amplio apartamento del barrio
ortodoxo de Jerusalén. No se pierde una sola oración en su sinagoga, hace
obras de caridad y ama a Israel. Fue su encuentro casual con un banquero suizo
en Villar, un prestigioso enclave de los Alpes suizos, lo que puso en marcha
la maquinaria de las reclamaciones del Holocausto. El banquero le contó a
Stern una pequeña historia muy interesante. Su banco, Union Suisse (USB),
informatizó sus archivos en 1987 y descubrió muchas cuentas inactivas desde
1939. Los gestores del banco llegaron a la conclusión de que unos cuarenta y
cinco millones de francos suizos (treinta millones de dólares US) de depósitos
probablemente pertenecían a los judíos que fallecieron durante la guerra o
después de ésta.
"Como no queríamos quedarnos con dinero ajeno", dijo el honrado banquero
suizo, "nos pusimos en contacto con el Congreso Judío Mundial y les pedimos
que nos ayudasen a encontrar a los herederos de aquellos fondos, pero el
Congreso nos respondió que eso no era asunto suyo". Los suizos,
desdeñosamente, transfirieron el dinero a la Cruz Roja.
Martin Stern se sintió conmovido por la historia y la contó en la radio
israelí. Dos semanas después de la emisión, "como por casualidad", Bronfman y
Burg llamaban a la puerta de la Corporación de Bancos Suizos exigiendo el
dinero. Tal como se ha dicho más arriba, lo obtuvieron, pero se lo quedaron
para sus propios fines. Martin Stern se sintió implicado y siguió el
desarrollo de la historia.
Se sentía cada vez más intranquilo por la manera en que el dinero del
Holocausto estaba siendo administrado. Aparte de sus propios salarios, el
comité de reclamaciones desembolsó cuarenta y tres millones de dólares US en
bolsas de comida para los judíos rusos. Ni Bronfman ni Burg habían mencionado
este asunto cuando fueron a los bancos suizos a exigir que se acelerasen los
pagos a los supervivientes, a los propietarios del dinero. ¿Habían cambiado de
planes?
Por circunstancias familiares, Stern se puso en contacto con la compañía de
seguros Generali. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Generali era una
compañía muy importante, propiedad de judíos italianos. "En aquel tiempo
muchas compañías de seguros estaban en manos judías y funcionaban como
pequeños bancos privados", explica Stern. La Generali tenía muchos bienes en
Palestina, así como en los Balcanes y en Italia. A pesar de la guerra, del
fascismo italiano y del Holocausto, la Generali retuvo su conexión judía. Sus
directivos no quisieron seguir el ejemplo de los suizos y de los alemanes y
negaron cualquier conocimiento de las pólizas anteriores a la guerra. Stern
investigó por su cuenta y riesgo y logró encontrar el lugar secreto donde los
directivos de la Generali guardaban las pólizas anteriores a la guerra,
enterándose entonces de que la compañía era deudora de enormes sumas de dinero
a los herederos de sus asegurados. Su descubrimiento forzó a la Generali a
enmendar la plana, por lo que aceptó pagar, compensando personalmente a los
beneficiarios.
III.
Ahora bien, si los fallecidos no hubieran sido judíos, sus herederos hubiesen
cobrado el valor de las pólizas en la compañía de seguros o en un banco. Pero,
tal como el lector ya habrá sospechado, nosotros los judíos somos diferentes.
Lo somos porque padecemos un mal endémico que se llama ingenuidad, y por eso
aceptamos tener un intermediario -los líderes judíos- a la hora de negociar
con el resto del mundo, mayoritariamente gentil.
A partir de 1950, los líderes judíos hicieron una fortuna como intermediarios,
ya que las compensaciones no fueron a parar a los herederos y a los
supervivientes, sino a las pegajosas manos de los líderes. Los judíos
israelíes estaban obligados a recibir las compensaciones y las pensiones a
través del gobierno de Israel, mientras que los judíos europeos recibían el
dinero directamente de los gentiles. Aunque parezca mentira, los
supervivientes que recibían los pagos de manos judías siempre obtenían menos,
a veces mucho menos. El Estado judío, los bancos judíos y las organizaciones
judías ganaban un porcentaje en cada transacción y no se privaban en absoluto.
Cuando Israel sufría de una elevada inflación, las pensiones de los
supervivientes estaban siempre indexadas a la baja. Los bancos no transferían
los fondos a tiempo.
Cuando empezó la afluencia de judíos rusos a Israel, los líderes judíos
llegaron a un acuerdo con Alemania para que costease a los supervivientes. La
parte del león de los fondos desbloqueados por los alemanes permaneció en
manos de las organizaciones judías, los intermediarios y otros negociantes.
Todo aquel que se fió de nuestros propios hermanos terminó bien jodido, ya que
el pasatiempo favorito de los bandidos judíos, de los banqueros judíos y de
los líderes judíos consiste en robar a otros judíos. Una persona cínica diría:
la idea de Pueblo Judío es de por sí el mejor invento de tales canallas. En
tiempos de nuestros abuelos no funcionaba así, ya que cualquier judío estaba
al corriente de que un facineroso judío era capaz de robar a otro judío con
mayor celeridad -a la velocidad del rayo- que a un gentil. Pero ahora nos
hemos olvidado de esa importantísima noción.
IV.
Una vez que Martin Stern encontró las pólizas, la compañía de seguros Generali
aceptó cooperar y pagar. Pero los políticos israelíes y judíos deseaban
permanecer en el terreno de juego. Negociaron un finiquito fijo con la
Generali en nombre de los beneficiarios judíos de las pólizas. Se trataba de
una idea absurda, pues lo judíos, ya sean un grupo religioso o étnico,
aseguran sus vidas como personas privadas. Más aún, nunca dieron poderes a los
políticos israelíes para representarlos. Pero éstos negociaron el finiquito,
recibieron cien millones de dólares, les pusieron el nombre de Fondo Generali
y empezaron a gestionarlo como si fuese suyo. Se olvidaron de los intereses de
los beneficiarios judíos de las pólizas, pues probablemente nunca llegaron a
considerarlos más que como argumento retórico para lograr En junio de 2001, de
1250 solicitudes de información recibidas sobre las
pólizas, el Fondo Generali había respondido sólo a 72. Los beneficiarios eran
mareados a derecha o a izquierda, a menudo los rechazaban sin razón alguna o
incluso no recibían respuesta. Desesperados, llamaron a la puerta de los
italianos, que les pagaron de inmediato. Esto es una prueba adicional de que
nosotros, los judíos, necesitamos intermediarios judíos tanto como un pez
necesita un traje de baño. Al mismo tiempo, los administradores del Fondo
efectuaron 270 "pagos humanitarios ex gratia": enviaron bolsas de comida a los
judíos rusos para atraerlos a Israel. Estoy seguro de que la compañía Generali
se sentiría muy feliz de alimentar a los judíos rusos y de incrementar su celo
sionista, pero ¿por qué los políticos israelíes no lo hicieron mientras
negociaban el arreglo?
Martin Stern descubrió que los administradores del Fondo hacían frecuentes
viajes a Italia a expensas del Fondo y, cuando eso les parecía poco, no
dudaban en exigir pagos sustanciales a la compañía Generali.
El problema cruzó el océano y los reclamantes estadounidenses descubrieron que
sus reclamaciones habían sido "resueltas" por los políticos. Las
organizaciones judías de estadounidenses apoyaron a sus coleguis israelíes. Un
peón importante en dicho sistema fue Lawrence Eagleburger, un antiguo
Secretario de Estado de Estados Unidos. Este gran hombre preside la comisión
de líderes judíos que se ocupa de las reclamaciones de seguros relacionadas
con el Holocausto y cobra un salario anual de 350,000 dólares US. Según Stern,
el dinero del finiquito apenas llegaría para pagar a los beneficiarios de las
pólizas y por eso se siente horrorizado ante la facilidad con que Bronfman y
Burg se gastan los fondos en otras cosas.
V.
Las organizaciones judías fueron intransigentes con los bancos suizos y
alemanes, pero mucho más tímidas a la hora de tratar con un banco judío. El
Banco Leumi de Israel atesora probablemente más fondos de los judíos
fallecidos que cualquier banco suizo o alemán. Parece cosa de risa, pero los
banqueros israelíes no tienen prisa alguna por devolver el dinero. De hecho,
éste se les pega a los dedos como engrudo. Antes de la Segunda Guerra Mundial,
muchos judíos europeos depositaron sus ahorros en el Banco Anglo-Palestino,
que era el nombre del Banco Leumi antes de 1948. Algunos hicieron depósitos y
otros alquilaron cofres de seguridad. Pero los clientes no eran sólo judíos y
el banco es depositario de inmensas fortunas de los cristianos y de los
musulmanes palestinos.
Muchos palestinos perdieron sus depósitos durante el gran zafarrancho de 1948.
Los bancos israelíes utilizaron todos los medios posibles para bloquear el
dinero y hacerlo desaparecer conforme aumentaba la inflación. Pero a los
judíos no les fue mejor. Parece ser que el peor sitio en que un judío puede
depositar su dinero con seguridad es el Banco Leumi, es decir el Banco
Nacional de Israel. Los supervivientes del Holocausto y los herederos de las
víctimas se encontraron con la negativa tajante del Banco Leumi para
inspeccionar su documentación.
El Banco Leumi, en trámites de privatización, era una propiedad compartida por
la Generali. La compañía de seguros Migdal, la Generali y el Banco Leumi
constituyen un entramado de sociedades y de hombres de negocios de dudoso
historial. Algunos de esos individuos pertenecen al mismo tiempo al consejo de
administración de las compañías, comparten beneficios y saltan con facilidad
de fondo en fondo.
Martín Stern descubrió que, en los años cincuenta, el personal del Banco Leumi,
sin control ni supervisión externa y sin dejar constancia por escrito, abrió
todos los cofres de seguridad inactivos. Sus contenidos fueron introducidos en
sobres marrones y depositados al abrigo del control público. Como detalle de
interés, Stern tuvo noticias de un baúl que permaneció durante años en las
oficinas del Banco Leumi, para desesperación de las secretarias, que se
enganchaban las medias en sus esquinas. Cuando el baúl fue abierto, en su
interior se encontró un verdadero tesoro, aparentemente depositado por una
iglesia copta. A día de hoy, el baúl no ha sido devuelto a dicha iglesia.
Martín Stern no podía creer que fuera posible un incumplimiento tan flagrante
de las leyes bancarias. Durante su lucha en favor de los intereses de los
supervivientes del Holocausto y de sus herederos, exigió que los
representantes del Banco Leumi publicasen los nombres de los propietarios de
los cofres de seguridad cuyos depósitos habían sido retirados por el banco. Al
principio, la directora general de éste, Galia Maor, negó que el banco hubiese
abierto los cofres. Confrontada con las pruebas de lo contrario, replicó
severamente que "sólo encontramos cartas de amor". Me pregunto si una
respuesta como ésta, de haberla dado los suizos, hubiera sido aceptable para
las organizaciones judías.
El destino de los depósitos en dinero no ha sido diferente del de los cofres
de seguridad, puesto que el Banco Leumi ha salido ganando de cualquier manera.
Una tal señora Klausne, antes de la Segunda Guerra Mundial, depositó en el
Banco Leumi 170 libras esterlinas, el equivalente de 25,000 dólares US de
acuerdo con el valor actual. Cuando fue a reclamar su depósito, el Banco Leumi
le ofreció 4 dólares. Con vistas a evitar futuros problemas, el personal del
banco empezó a destruir toda la vieja documentación.
Los trucos utilizados por el Banco Leumi llamaron la atención de la prensa
israelí y de la Knesset, que nombró una comisión parlamentaria para investigar
el asunto. Se necesitaron seis meses de intensas negociaciones para formar la
comisión, pero sus estatutos adolecían de un fallo manifiesto. Los
supervivientes exigían encontrar a las personas responsables de haber
escondido sus fondos durante medio siglo. Esta exigencia no fue incluida. Peor
aún, la comisión cuenta entre sus miembros con personas responsables de dicho
estado de cosas. Zvi Barak que fue miembro gestor del Banco Leumi y que
también lo es del Fondo Generali, fue enviado a investigar a los bancos suizos
y ahora se supone que debe encontrar a los culpables en su propio banco.
Michael Kleiner, un parlamentario de derechas por el Partido Herut, escribió
lo siguiente a la comisión parlamentaria: "El banco destruye documentos en dos
secciones diferentes y ahora existen grandes sospechas relacionadas con los
depósitos del Holocausto y especialmente con los sobres marrones de las cajas
de seguridad"•
En fechas recientes, el Banco Leumi alcanzó notoriedad por el lavado de dinero
que ha llevado a cabo en gran escala cuando las fortunas robadas por Vladimiro
Montesinos y su jefe Alberto Fujimori -el ex presidente de Perú- fueron
detectadas en sus oficinas de Suiza. La palabra "lavado" no tiene sentido si
se aplica a dicho banco, ya que cualquier pañuelo que pasara por él saldría
más sucio de lo que estaba.
VI.
El triunfo más importante de los líderes judíos tuvo lugar en Alemania en
1991, cuando la Alemania del Este fue unificada con la República Federal de
Alemania. Después de 1945, la Alemania socialista no devolvió los bienes a los
propietarios alemanes de antes de la guerra, ya fuesen gentiles o judíos. Su
lógica era impecable: los alemanes del Este no aceptaban la noción de Pueblo
Judío y consideraban por igual a todos los ciudadanos alemanes, judíos o no.
Pensaban que la idea nazi de la separación de los judíos se había acabado en
1945. Estaban equivocados. La Alemania Federal aceptó el concepto feudal del
judaísmo en 1950, cuando pagó compensación por las propiedades judías, pero no
a los supervivientes o a sus herederos, sino al Estado de Israel y a los
líderes judíos en cualquier sitio que estuviesen. En 1991, tras la
reunificación, lo hizo de nuevo.
Por ejemplo, dos alemanes, Moses y Peter, murieron en la guerra y dejaron
algunas propiedades en Alemania del Este. Las propiedades de Peter, el gentil,
permanecieron bajo la custodia del gobierno alemán hasta que su heredero fue
encontrado. Si no hubiera tenido herederos, la propiedad hubiese permanecido
en manos del gobierno alemán. Pero la propiedad de Moses, el judío, hubiera
pasado a las manos de los señores Bronfman y Burg, en su calidad de líderes y
representantes del Pueblo Judío y de miembros de la Conferencia para las
Reclamaciones. El Estado alemán transfirió las propiedades que pertenecían a
sus ciudadanos judíos en el territorio de la Alemania del Este a las manos de
la Conferencia.
Dicha Conferencia era un organismo ficticio de 44 hombres que no representaban
a nadie. Algunos de ellos, por ejemplo, fueron enviados por una sociedad
pomposamente denominada Asociación Anglo-Judía, que cuenta con unos 50
miembros. Sólo dos personas "representaban" a millones de judíos israelíes.
Esta Conferencia debía supuestamente encontrar a los herederos de Moses y a
otros alemanes de origen judío.
Sin embargo, los líderes judíos tuvieron una idea mejor. Sabían que muchos
propietarios nunca iban a reclamar sus casas y, por lo tanto, la propiedad de
éstas pasaría a sus manos. Pero eso no era suficiente para tales
sinvergüenzas. Establecieron una fecha límite, tras la cual sería imposible
considerar cualquier reclamación de los herederos. Fue un golpe de genio
típicamente judío: unos treinta mil millones de dólares en propiedades pasaron
a sus manos de manera totalmente "legal". A partir de ese momento, se tomaron
con tranquilidad las reclamaciones de los legítimos herederos, mientras que
sumas inmensas, procedentes de los alquileres, se iban acumulando en sus
cuentas bancarias.
Las organizaciones estadounidenses de supervivientes judíos han iniciado su
lucha contra los líderes judíos. Exigen que la Conferencia haga pública una
lista completa de sus bienes, que encuentre a los legítimos herederos y les
devuelva sus propiedades. Están pensando en llevar a los tribunales a
Alemania, a Italia y a otros países y organizaciones que por razones
misteriosas aceptaron la idea medieval de la "propiedad judía". Afirman que la
propiedad sólo puede ser de judíos individuales y niegan la validez de esa
extraña "propiedad judía". Tal como prueba esta historia, tales ideas son
buenas para que los autoproclamados líderes judíos mantengan el nivel de vida
a que están acostumbrados, pero no para las personas ordinarias de origen
judío, que deberían de olvidarse, de una vez por todas, de esa costosísima
ilusión denominada solidaridad judía.