1. El reino de la mentira
Que si los derechos humanos, que si la democracia, que aunque no sea
un sistema perfecto, es el mejor posible: lo nuevo en el Occidente que
impone el modelo democrático al mundo, por sus logros reales, y
por una serie de presiones que no tienen ya nada que ver con el concepto
filosófico de la democracia, es que está desarrollando, como
cualquier otro sistema de gobierno, rasgos totalitarios.
Se ha abierto una era de hipocresía sin precedentes. Pues las
democracias, que son tan agresivas como cualquier régimen, se pasan
el tiempo invocando la moral y los derechos humanos para encubrir sus actuaciones.
Cuando Luis XIV encandilaba y ensangrentaba a toda Europa, no se las daba
de liberador. Desde la Revolución de 1789, eso se acabó.
Antes las guerras las hacían los especialistas, y los reyes no tenían
por qué justificarse ante una opinión pública que
todavía no existía. Una de las conquistas de la democracia,
que han heredado los demás regímenes de la edad moderna,
es que ahora se manda a todo el mundo al matadero, por lo cual hay que
convencer a la carne de cañón de que va a morir por una causa
santa. El adversario no puede ser sino satánico. Durante la primera
guerra mundial, los servicios de propaganda aliados echaron a rodar el
rumor de que los alemanes les cercenaban las manos a los niños belgas
y fabricaban abono con los cadáveres, cuando no jabones. Estas "informaciones"
fueron retomadas sistemáticamente por la prensa, dando inicio a
las técnicas modernas de alucinación colectiva. La cosa cuajó
porque el público se engolosina con los horrores. Pero ya en los
años de 1920 a 1925, todo el mundo reconoció que estos alegatos
habían sido fabricados. Mientras tanto, bajo la presión de
Francia, los vencedores habían impuesto a Alemania el inicuo tratado
de Versalles. Trataron a los perdedores como los únicos responsables
del conflicto, despedazaron el imperio austro-húngaro, y humillaron
a Alemania por todos los medios posibles. Francia, Bélgica e Inglaterra
se adueñaron de sus colonias, perdió parte de su suelo en
provecho de Polonia, Checoslovaquia y Bélgica. Fue desarmada sola
y unilateralmente. Por fin, fue condenada a pagar los platos rotos de la
guerra. John M.Keynes, número tres de la delegación británica
-una de las mentes más lúcidas de este siglo- renunció
a su cargo diciendo: "si imponéis estas condiciones escandalosas
a Alemania, provocaréis la ruina económica de Europa central
y una nueva guerra dentro de veinte años".
Se nos dice que las democracias son débiles, y suelen capitular
ante las dictaduras, arrastrando una tendencia fatal a reanudar con "el
síndrome de Munich"; pero nuestros perros guardianes se aprovechan
del lugar común para enfatizar sobre la necesidad de aplastar a
tal o cual país -árabe por el momento- por estar ofendidendo
al establishment mundial. En realidad las democracias son todo lo contrario
de regímenes débiles cuando se trata de eliminar a enemigos
del Dinero. La segunda guerra mundial, que se habría podido evitar,
ofreció a las democracias magníficas oportunidades para demostrar
su carácter pacífico. En agosto de 1945, los norteamericanos
lanzaron dos bombas atómicas sobre Japón. Siempre se dijo
que lo hacían para acortar el conflicto. Sin embargo hoy se sabe
con absoluta certeza que los Japoneses habían ofrecido capitular
un mes antes. Y también se sabe por qué los norteamericanos
se hicieron los sordos: por un lado sus estrategas querían probar
sus bombas sobre ciudades de verdad (precioso experimento) y por el otro
se trataba de darle a entender a Stalin que la guerra había terminado
y que debía ponerle punto final a la progresión de los ejérictos
soviéticos en el Asia. Al principio del mismo año, la aviación
inglesa había destruido Dresde con bombas incendiarias. Dos cientas
mil personas fueron quemadas vivas en una sola noche, tanto como en Hiroshima
y Nagasaki. Una última oleada de asalto se encarnizó sobre
los bomberos en medio de la ciudad en llamas. Y eso cuando la guerra en
Europa estaba practicamente terminada; la ciudad de Dresde no contaba con
ninguna industria ni instalación estratégica, pero albergaba
a cientos de miles de refugiados que huían ante el Ejército
Rojo. Dresde era una de las ciudades de arte más hermosas del mundo.
Los ingleses sabían todo eso. También sabían que los
bombardeos masivos tenían poco efecto sobre las capacidades militares
de la Wehrmacht.
En 1980, Irak, sostenido por la URSS y los Occidentales, atacaba a
Irán. La revolución islámica le quitaba el sueño
al mundo, y el imán Khomeiny era "el nuevo Hitler". La ONU, templo
del derecho internacional, se negó a designar el agresor, limitándose,
después de darle largas al asunto, a rogar a los beligerantes que
suspendieran las hostilidades. Francia, principal proveedor de armas de
Irak, se había opuesto a una condena de su cliente. Cinco años
más tarde, los Irakíes utilizaron armas químicas contra
Irán, violando todas las convenciones internacionales. La ONU siguió
callada. Por fin, los occidentales intervinieron miltarmente al lado de
Irak, y la guerra terminó por empate. En 1990 nuestro mismo ëamigoí
Saddam ocupó Kuwait, joya de la democracia mundial. Había
caído en una trampa urdida por Estados Unidos, quienes le habían
dado a entender que una anexión de Kuwait no les molestaría.
Pero para desgracia del querido Saddam, ya Khomeiny había muerto,
y le tocaba a Irak estorbar a los Occidentales. El país se había
vuelto demasiado poderoso, amenazaba la estabilidad de Arabia Saudita,
principal aliado, guardián del botín petrolero y banquero
de Estados Unidos en la región, y más que nada, disponía
de cohetes capaces de caer sobre Israel. De ahí que los Occidentales
descubrieran que el régimen irakí era monstruoso, que pisoteaba
los derechos humanos, y que Saddam era el nóvisimo Hitler. De un
pestañazo, la ONU votó todas las resoluciones necesarias
para hacer uso de la Fuerza, a cada cual más humanitaria y democrática,
y así fue cómo estalló la llamada "guerra del Golfo",
en realidad la destrucción planificada y premeditada de Irak por
la aviación americana y los ayudantes franco- británicos.
¿Para qué multiplicar los ejemplos ? En este fin de siglo,
la democracia encarna el Bien, el Derecho y la Justicia, como cualquier
dictadura, aunque no se le vean tanto los colmillos desde adentro, porque
los tiene de oro. Las agresiones promovidas por la democracia son cruzadas
por la libertad. La ideología dominante se limita hoy a la exaltación
de la democracia. Y esta civilización de termitas, en proceso de
auto-hundimiento, segrega un discurso que es la imagen invertida de la
realidad. La "inteligentzia", la casta política y el hampa mediática
compiten en servilidad ante los nuevos amos. El silencio elocuente de los
intelectuales en los procesos por revisionismo (que son la oportunidad
para analizar las bases históricas del nuevo totalitarismo), su
velocidad para hacer alardes de su capacidad de sacrificio para socorrer
al vencedor, su habilidad para colocarse en las corrientes ascendentes,
su lameculismo, los han colocado a la par de los criados de Stalin, y además
se la dan de izquierdistas en su mayoría.
Terminemos con una observación que todos han podido hacer cien
veces en cuanto a la famosa "transparencia democrática". Siempre
se dice que las dictaduras ocultan sus catástrofes. Lo cual es cierto.
Y ¿qué de las democracias? Cada vez que se produce un incidente
nuclear o una corrupción, los poderes públicos (y privados)
se confabulan para ocultarlo.
2. El revisionismo
Los revisionistas cuestionan la historia generalmente aceptada sobre
la segunda guerra mundial, tal como nos la imponen los medios de difusión
de masas. Se trata de los que no creen ni en la existencia de cámaras
de gas en los campos de concentración, ni en un exterminio sistemático,
planificado o improvisado de los judíos. Según los historiadores
revisionistas, los alemanes sí cometieron matanzas de judíos,
pero nunca exterminaron a "los" judíos (como algo general y planificado)
en mataderos industriales, ni en Auschwitz, ni en Treblinka ni en ninguna
otra parte. Y la tesis según la cual seis millones de judíos
perecieron por gases u otras armas es una mentira de guerra. Siguiendo
a estos historiadores, el número de víctimas judías
es mucho menor, y la presencia de cámaras de gas en los campos es
un rumor de tiempos de guerra que recibió un aval demagógico
en el proceso de Nuremberg.
No vamos a recordar aquí los argumentos de los revisionistas.
Puede estar legalmente prohibido difundirlos por vía de prensa o
publicaciones en muchos paises, pero da la casualidad que para muchos son
convincentes y hasta ahora no se les ha dado más refutación
que la censura, pues los historiadores oficiales se conformaron con lanzar
contra los revisionistas el anatema religioso sin contestar realmente a
sus argumentos.
Conviene preguntarse no obstante por qué las tesis revisionistas
suscitan tanto odio, pues cualquier acercamiento al tema es explosivo.
¿Por qué la deportación de los judíos dio lugar
al culto de la "shoah"? ¿Por qué tantas ceremonias oficiales
permanentes, esos programas televisivos permanentes, esos filmes, esas
alusiones continuas en los medias, tantos libros redundantes y tantas conmemoraciones
?. La respuesta más corriente, la que se consigue cuando se le hace
la pregunta a una persona desprevenida y de buena fe, es que los judíos
fueron víctimas del mayor crimen colectivo en la historia, y que
esto merece, y en todo caso explica, una expiación permanente. Además
se trataría de la obligación de recordar constantemente "lo
que pasó", para evitar que vuelva a pasar. Según este enfoque,
los que niegan el genocidio son criptonazis que intentan blanquear a Hitler.
Esta respuesta es insuficiente pues muchas atrocidades que sobrepasan en
magnitud las susodichas han sido muy tranquilamente olvidadas, como la
trata de negros, o las matanzas que acompañaron la colonización
del Africa o el exterminio de indígenas que resultó de la
colonización de América. E incluso, más cercana, la
larga lista de los crímenes cometidos "por la humanidad" y por los
aliados. Los revisionistas están más cerca de la verdad cuando
explican que el encarnizamiento con el que se les persigue procede del
hecho de que han puesto el dedo exactamente donde no debían: sobre
las mentiras que fabricaron los Aliados con el fin de legitimar la segunda
guerra mundial y el orden que de ahí resultó. Así
es cómo el mito de las cámaras de gas le sirve de clave a
la bóveda ideológica del mundo moderno: justifica la destrucción
de Alemania, los crímenes cometidos por los vencedores (todo está
permitido cuando de vencer al demonio se trata), el recorte de las fronteras
europeas (Alemania perdió la quinta parte de su territorio, doce
millones de ciudadanos alemanes fueron expulsados, dos millones al menos
fueron masacrados, Rusia se ensanchó con territorios alemanes, y
Polonia se deslizó dos cientos kilómetros hacia el oeste).
Por fin este mito justifica la fundación del Estado de Israel por
los "sobrevivientes de la shoah", y con ello la destrucción del
poder árabe. Todo esto debería dar a reflexionar y merecería
discutirse, pero la ley en Francia (y muchos otros paises) no lo permite.
Además, aunque todo esto fuera cierto, la argumentación revisionista
no abarca la totalidad del fenómeno. El hombre de la calle de hoy
está convencido de que los judíos estuvieron a punto de desaparecer
de la faz de la tierra, y se indigna cuando se formulan dudas al respeto.
Y el ëantisemitismoí se ha convertido en pecado mortal. Así es como
los Israelíes pueden hacer lo que se les venga en ganas, crímenes
racistas terribles, pues cualquier crítica a Israel la convierten
en acusación de negar la "shoah", lo que equivale a cometer
un sacrilegio.
Y sin embargo queda un residuo misterioso en el fenómeno de
unanimidad en el rechazo al revisionismo que no explican los argumentos
exclusivamente racionales de los revisionistas. El residuo es el siguiente:
¿Cómo es que la leyenda del exterminio de los judíos
echó raíces tan fácilmente, mientras que cada cual
puede comprobar, cuando menos, que si bien los judíos estuvieron
a punto de ser aniquilados -y habría que ponerse a estudiar seriamente
las tentativas en tal sentido- de ninguna forma han sido exterminados,
en el sentido que da el diccionario a semejante palabra. ¿Por qué
el "exterminio" se ha convertido en el centro de la ideología occidental?.
La propaganda no puede explicarlo todo. Un mito no se crea "desde arriba",
con unas cuantas directivas.
Empecemos por lo elemental, el por qué el mito de las cámaras
de gas se convirtió en algo tan importante. Nadie niega que Hitler
tenía obsesión contra los judíos, y los nazis podían
haber tenido la intención de aniquilarlos sin necesidad de usar
gases. A la inversa, aún si se descubriera alguna cámara
de gas en algún campo de concentración, esto no demostraría
en absoluto que estuviera destinada a eliminar a todos los judíos
que los alemanes deportaban por Europa. No hay vínculo lógico
necesario entre genocidio y cámara de gas. Los dos problemas son
independientes, y normalmente se debía poder tratar la cuestión
de las cámaras de gas como un punto particular de importancia secundaria,
un detalle. Incluso en Francia, se podría plantear que el texto
de la ley Gayssot, interpretada estrictamente, como debería ser
siempre tratándose de una ley penal, no prohibe realmente la discusión
sobre la existencia de tal o cual cámara, o incluso de las cámaras
en general. Pues dicha ley prohibe que se niegue el crimen contra la humanidad;
de ninguna manera prohibe que se discutan los instrumentos y las modalidades
del crimen, tanto más cuando el juicio de Nuremberg sólo
evoca las cámaras de gas de manera incidental y alusiva, sin ofrecer
la menor precisión o localización. Pero resulta que fue lo
contrario lo que ocurrió. En vez de decir: "lo que importa es que
los nazis aniquilaron a millones de judíos, y poco importa el cómo",
los pontífices del Holocausto se atragantaron con la cámara
de gas. Se empalaron en una punta del iceberg, fabricando así una
máquina infernal que tarde o temprano les estallará en pleno
rostro. ¿Acaso les quedaba otro camino? No, pues cuando los revisionistas
empezaron a darse a conocer, hace unos veinte años, ya era tarde.
La cámara de gas ya se había convertido en el símbolo
del Holocausto. Había cristalizado en tono a ella tal comunión
emotiva que ya no había marcha atrás. Por lo tanto se echó
una capa adicional de dogmatización, y se sigue aportando al alud
con intimidaciones, procesos, agresiones, leyes de excepción y exageraciones
mediáticas. Por otra parte, como los especialistas de la cosa ya
saben perfectamente hasta dónde metieron la pata, procuran desviar
la atención del público con movilizaciones sobre otros temas
relacionados con el sufrimiento de los judíos en los años
de la guerra: por ejemplo la reclamación de los tantísimos
millones de dólares que Suiza se tragó, y que los nietos
y biznietos de los judíos jamás heredarán. Un día
esta enorme presa se abalanzará sobre los que la edificaron, y aparecerá
infinitamente vergonzoso el hecho de que las cámaras de gas las
hayan inventado, propagado, y enarbolado, como su fantasma predilecto e
inconfesable, unos cuantos supuestos defensores de la democracia. Pero
la movilización alocada contra el revisionismo conduce a una revelación
inédita del hecho comunitario judío, y los métodos
utilizados promueven la indagación sobre la verdadera función
y la verdadera naturaleza de dicho vínculo social, anteriormente
insospechado en buena medida.
La historia enseña que una situación anormal puede durar
mucho tiempo. Nunca dura eternamente. La verdad siempre vuelve a salir
del pozo. La ideología se amolda a la realidad, y se restablece
el equilibrio. La descolonización, el fin del "comunismo", la reunificación
alemana como la desunificación yugoeslava ilustran esta ley. La
creencia en las cámaras de gas es tan absurda, y tan contraria a
los hechos, que terminarán esfumándose. Pero como la civilización
occidental actual descansa sobre esa creencia, que son para las democracias
lo que la religión fue para el régimen feudal, la difusión
del revisionismo provocará derrumbes espectaculares. La clase política
ya lo ha comprendido. Al sentir movedizo el piso bajo sus plantas, se cuelga
de cualquier entarimado, y de ahí los repiques de tambor en torno
al holocausto, los hermosos procesos judiciales en los que se arrastra
a octogenarios ante audiencias criminales para responder acusaciones de
"crímenes contra la humanidad", de definición elástica
e intercambiable, por hechos cometidos medio siglo atrás. De ahí
las procesiones a la casa de Ana Frank, a la casa de los niños de
Izieu, a la mínima cámara de gas del Struhof, y tutti quanti.
Durante el juicio de Nuremberg los jueces evadieron la cuestión
de cómo funcionarían las cámaras de gas en una artística
neblina. Los historiadores que vinieron detrás no buscaron averiguar
nada más. Bajo la presión de los revisionistas, se encontraron
obligados a rebajarse al nivel de los hechos, a ofrecer pruebas, a discutir
cifras, a entrar en cuestiones técnicas. Es el comienzo del fin.
Robert Faurisson legalmente ya no tiene el derecho de escribir públicamente
lo que todavía tiene derecho a pensar (véase el texto de
la ley francesa: "Serán castigados con las penas previstas por la
línea seis del artículo veinticuatro quienes hayan discutido,
por uno de los medios enunciados en el artículo 23, la existencia
de uno o varios crímenes contra la humanidad tal y como están
definidos por el artículo 6 del estatuto del tribunal militar internacional
anexo al acuerdo de Londres del 8 de agosto de 1945 y que fueron cometidos
bien por miembros de una organización declarada criminal en aplicación
del artículo 9 del susodicho estatuto, bien por una persona reconocida
culpable de tales crímenes por una jurisdicción francesa
o internacional") pero tenemos el derecho a seguir escribiendo: "Toda censura
es una confesión. Sólo se amordaza al que pronuncia verdades"
(Pierre Gripari).
Supongamos por un momento que la verdad sea al revés. Roberto
Faurisson es un falsificador de historia. Es un científico demente.
Los revisionistas explotan contradicciones menores entre los testimonios,
exageran sus consecuencias, e intentan sembrar la duda acerca del genocidio
más espantoso de todos los tiempos. Movidos por un antisemitismo
orgánico, niegan el sol en pleno día. Los deportados relataron
lo que vieron. Los alemanes confesaron. ¿Qué más quieren
? Pero si fuera así, ¿por qué prohibir a los revisionistas
que hablen? Si están equivocados, bastaría con dejarlos expresarse
para que lo absurdo de sus tesis se haga patente. "Cierto, dicen los nuevos
censores, pero es que sus teorías, por delirantes que sean, amenazan
con convencer a gente de pocas luces y mal informadas, con lo cual resurgiría
el antisemitismo". Aquí ya asoma la punta de la oreja de los eternos
defensores del orden: "Las tesis de los revisionistas son absurdas, evidentemente,
pero podría escapársele al público la evidencia de
su absurdidad. Lo cual demuestra a las claras que lo absurdo de las tesis
revisionistas no es tan evidente, y hace patente lo absurdo de la tesis
de los censores. Demuestran así no estar tan seguros de tener la
razón. Si su fe en la realidad del genocidio y de las cámaras
de gas fuera firme, no exigirían una ley antirrevisionista dogmática.
Por fin, estos demócratas confiesan ingenuamente que no toman en
serio el principal postulado de la democracia, es decir la racionalidad
(por lo menos global) del ciudadano. Pues el fundamento de la democracia
estriba en la hipótesis según la cual los ciudadanos son
en su conjunto entes de razón, mayores de edad mental, y capaces
de discernimiento. Tal vez esto tenga poco que ver con la realidad, pero
no quita que la democracia descansa sobre esta hipótesis. Y resulta
que son los mismos demócratas los que demuestran, al pretender censurar
y aprisionar a los revisionistas, que no confían en su propio sistema.
Mientras el pueblo siga mirando los juegos televisivos y se acalore con
la política interior y los partidos de fútbol, todo bien,
y viva la libertad. Pero si surge una teoría peligrosa para la clase
dominante, caen las máscaras: no van a dejar que los niños
juegen con fuego. Los extranjeros pobres que afluyen a los países
occidentales no necesitan que se les expliquen las reglas del juego: saben
que lo que buscan en tierras extranjeras es un respiro en su lucha contra
la miseria, y que la propaganda estatal es la misma bajo todos los climas:
se matan de risa con la histeria anti-revisionista; han podido notar en
múltiples circunstancias cómo muchos occidentales a partir
de sus ínfulas mal camufladas aún ante sus propios ojos generan
una seudo-ingenuidad que es mezcla de estupidez y de cinismo. No se hacen
ilusiones sobre la supuesta generosidad de las democracias que en general
es un cálculo inspirado por el miedo; y saben que la libertad de
pensamiento se gana por el enfrentamiento personal contra los muros del
conformismo, que ningún régimen la regala, sino que lo normal
es ganársela a golpes.
3. Ahogados al amparo de las leyes
Primero el "revisionismo", luego el "negacionismo". Inventar palabras
nuevas, según Madame de Staël, sería, dice Cioran, el
síntoma más seguro de la estirilidad de las ideas (in: Confesiones
y anatemas, p.15) Se cambia el cartel, se ponen comillas que sirven de
sujetadores anti-infecciones, para gente a la que no se cita nunca exactamente
con sus frases y contextos, y a quienes no se da nunca la posibilidad de
contestar a las acusaciones. La prensa entera baila el mismo son. Cuando
no les queda más remedio que nombrarlos, se califica a los revisionistas
de "grupito abyecto", de "ralea", "escoria de la humanidad" o "lepra".
Vocabulario que recuerda las "lúbricas víboras" y "sifilíticas
arañas" que fueron apodos de trotzkistas y otros opositores políticos.
El revisionismo es una herejía. Antaño camino a la hoguera,
hoy camino a la cárcel.
Diez años de prisión en Austria, cinco en Alemania, un
año en Francia: esta es la tarifa actual, y no hablemos del monto
de las multas. Después de algunos remilgos, Suiza, Italia, Bélgica,
(y ahora estamos dilucidando como quedará la ley en España)
han doblado el lomo. Se han promulgado leyes anti-revisionistas. Canadá,
donde fracasó estrepitosamente el juicio al editor Zundel, es el
próximo objetivo de los censores, junto con Estados Unidos. En Europa
se están multiplicando los procesos judiciales en aplicación
de estas leyes mafiosas, y han empezado a caer las penas de prisión
firme. Ya no aparece un periódico o una radio que comente estos
juicios. La conspiración del silencio funciona perfectamente. En
España no es tan fácil explotar una supuesta culpa antisemita
colectiva: si bien en 1492 la reina Isabel expulsó a los judíos
que se negaban a la asimilación, los historiadores saben que Franco
había ofrecido a Hitler acoger a los judíos de Salónica,
propuesta enmarcada en las relaciones tradicionales con una comunidad descendiente
de españoles.
El revisionismo tiene que ver con la libertad de expresión,
la investigación histórica, la cuestión judía,
el libre ejercicio de la razón y el valor del testimonio en historia.
De modo que todos los autores que en el pasado se han preocupado por estas
cuestiones han dicho cosas que se emparentan con nuestro tema. Así
por ejemplo Anatole France y Jules Michelet, respectivamente:
"Para ubicarse en este asunto, se necesitaba, al principio, cierta
dedicación y algún método crítico, con holgura
para ejercerlo. Así vemos que la luz se hizo primero entre los que,
por la cualidad de su espíritu y la naturaleza de sus labores, eran
más aptos que otros a moverse en el terreno de investigaciones difíciles.
Después hizo falta solamente sentido común y atención.
Hoy en día basta con el sentido común".(Monsieur Bergeret
en París)
"Para ser fiel, la historia debe asentarse en el desprecio a las leyes" (Historia de Francia, t.2, p.250)
4. El sentido de la historia
Qué extraño es todo en este asunto: el peso creciente
de los judíos en la sociedad contemporánea, la fascinación
que ejercen sobre los intelectuales, el mito de la Shoah conviertiéndose,
por así decirlo, en la religión de la democracia, su aroma
espiritual. En Francia, el affaire Dreyfus fue una especie de ensayo general,
con papeles invertidos, y a escala reducida. La inocencia de Dreyfus implicó
la culpabilidad del Estado Mayor, y la de las instituciones que le respaldaban:
el Estado, el gobierno, la iglesia, los conservadores, la derecha. Los
revisionistas de aquella época (los partidarios del capitán
Dreyfus que reclamaban la revisión de su proceso) ya eran percibidos
como enemigos públicos, aunque, a diferencia de los revisionistas
actuales, no carecieron nunca de los medios de comunicación para
darse a escuchar. En realidad, los familiares de Dreyfus tenían
los recursos financieros que les permitieron desencadenar la primera campaña
de prensa en torno a la condena de un inocente (suceso trivial que habitualmente
no les quita al sueño salvo a los allegados) primera etapa decisiva,
anterior a la movilización ideológica de ambos campos. Hoy
en día, la inexistencia de las cámaras de gas conllevaría
la inocencia de Alemania en cuanto a ese crimen, y la culpabilidad de las
democracias en la condena universal de los nazis y más generalmente
del pueblo alemán entero, por ese mismo crimen. El affaire Dreyfus
por poco acaba con el estado francés. El revisionismo amenaza el
equilibrio mundial. ¿Serán fortuitas estas coincidencias?
Las dos tiene que ver con la cuestión judía. ¿Y?
La historia no es la resultante de fuerzas que conforman una serie
de causas identificables a distintos niveles del pasado, como nos hemos
acostumbrado a pensar. Según los materialistas y la rutina académica,
el movimiento de la historia está determinado por causas materiales,
principalmente económicas, como progreso técnico, concentración
industrial, choque de imperialismos. Sin embargo, ni positivistas ni marxistas
pueden prescindir de la búsqueda del "sentido de la historia", de
cierta causa final. Las teorías del "fin de la historia" evidencian
el dramático desamparo en que se cae cuando se desdibuja este vector.
En realidad, la orfandad radica en la pérdida del sujeto, imaginado
a partir del espectro de algún que otro "pueblo elegido". Es muy
difícil para los occidentales renunciar a todas las metástasis
del etnocentrismo. Veamos como muestra el caso del revolucionario paradigmático,
Carlos Marx, el igualitarista, el economista, el que no le daba relevancia
al factor étnico. En tanto que lector de Hegel, veía en la
historia un proceso de ascenso helicoidal de la humanidad hacia un edén
de superaciones múltiples, y consideraba la lucha de clases como
el motor de esta evolución. Uno se puede preguntar si el "materialismo
dialéctico" no tiene algo que ver con la vieja teoría de
la predestinación de los judíos y el mesianismo. A Marx no
le caían bien los judíos, y se he ha tachado de antisemitismo
por su ensayo ëLa cuestión judíaí; pero en cierta medida
sustituyó al pueblo de Israel por la clase obrera en sus esquemas
mentales. "Los proletarios no tienen patria", "proletarios de todos los
países, uníos", "No importa lo que piense cada proletario,
ni siquiera lo que el proletariado en su totalidad piense de sí
mismo, lo importante es lo que la clase obrera se encuentre abocada a cumplir,
conforme con su naturaleza, cuando llegue la hora de rendir cuentas". Si
sustituimos la palabra "proletario" por "israelita", y "proletariado" por
"pueblo hebreo", el carácter tradicional y fundamentalista del postulado
se hace patente. Y no nos extraña que el pensamiento de Marx haya
sido adoptado tan masivamente por judíos como él, cansados
del provincianismo crispado que les enseñaran su religión
en la infancia, mas deseosos de reinterpretar a escala moderna y planetaria
el gran mito mesiánico. Algo semejante ocurre con el freudismo,
descendencia hegemónica de los esquemas mentales de un judío
laico, nostálgico de un esquema claro y totalizante. Según
la vulgarización freudiana el vínculo por la sangre, con
unívocos papeles para tres personajes, padre, hijo, y madre sería
el único anudamiento significativo en las relaciones humanas, y
estas repiten, a niveles varios de bestialidad o sublimación, ese
solo triángulo estrictamente hereditario; así la familia
edipiana se convierte en exclusivo zócalo natal, que sustituye la
etnicidad, la supeditación a un entorno particular, físico
y humano, amplio y externo.
Marxistas y freudistas, empobreciendo por supuesto la aventura intelectual
de los grandes críticos y renovadores del tiempo y espacio mentales
que les tocó vivir, afianzaron en la inconciencia occidental los
dos extremos de la teleología israelita más primaria: expulsados
del paraíso terrenal, desterrados, internacionalizados, se supone
que podamos redimirnos, ir camino a la asunción de una burda función
paterna, autoritaria, totalitaria. Y que la tierra prometida, donde nos
tocará el papel de los amos o de los dóciles servidores e
imitadores de estos, según nuestro rango, sea el planeta, al fin
librado de sus idolatrías varias, a sangre y fuego si con la autoridad
científica no bastare.
Cuando miramos las cosas con cierta distancia, tenemos la sensación
de que el problema de las cámaras de gas no es más que una
faceta de un problema más vasto, el de los judíos en la historia.
Y se descubre que en nuestras sociedades es una axioma muy general e inconscientemente
aceptado el que los judíos tengan una misión de alcance universal
que cumplir. Los judíos se enorgullecen de contar a Moisés,
a Spinoza, a Marx a Freud o a Einstein como miembros de la familia, además
de un sin fin de creadores y mecenas en el arte y la literatura; sencillamente
ven en estos los representantes de una empresa específica destinada
a elevar el nivel de la humanidad, la cual, sin ellos, no sería
tan humana, y no hace falta darles cuerda para que concedan que comparten
el deslumbramiento ante la carga, privilegio y excepcionalidad que le corresponde,
milagrosamente, a su comunidad. Además, a nadie, cristiano, judío
o ateo, se le ocurriría recordar que el abominable ministro de Stalin
Djerzinski era además de abominable, judío. Operamos una
selección automática en las figuras descollantes: entre los
buenos, una fracción asombrosa eran, son y serán judíos,
y es de buen gusto recordarlo cada vez que se pueda; entre los malos, sería
antisemitismo expresar que algunos fueron, son y serán judíos.
De modo que parecería que judíos y vulgo echan a andar sistemáticamente
la creencia en la existencia de los superiores "sabios de Sión"
tales como los celebra el apócrifo Protocolo de hace un siglo. Es
cierto, la singularidad del destino de los judíos desde hace dos
mil años merece reflexión. Por una parte, su situación,
lejos de confundirse con los vaivenes de cualquier comunidad minoritaria
en una serie de países, se anuda en una red inextricable de alianzas
aparentemente incoherentes, imposibles de racionalizar, pues toda reflexión
sociológica y externalista es tachada automáticamente de
antisemita, y no menos automáticamente, obviada y olvidada. Es probable
que el antisemitismo, prohibido en Occidente, alguna vez estalle en brotes
histéricos cuando algún agravio objetivo, negociable si de
apuestas racionales se tratara, surja. Por otra parte, hay que reconocer
objetivamente que la larga marcha de los hebreos los ha llevado a las cumbres
de la sociedad occidental, hasta el punto que vivimos un filosemitismo
autoritario, indiscriminado, y consentido sobre todo por los que se creen
más firmes en su sentido igualitario, los miembros de la izquierda
intelectual, por ejemplo. Es lógico suponer que la absoluta inconsciencia
judeófila proporcione algún día el detonador que le
ponga fin al mundo, fin a este mundo.
5. La cuestión judía
"En Estados Unidos no hay problema negro, sino un problema blanco".
De esta fórmula debida a un escritor negro americano, y clara evidencia
para cualquier negro en el mundo, uno podría creer que vale también
para el caso judío. Así no existiría ningún
problema judío, y sólo se podría meditar sobre el
problema del antisemitismo. Pero sí existe algo propio de los judíos
y difícil de comprender, pues el fenómeno no se da en otras
comunidades minoritarias dentro de tal o cual nación. Esto tiene
que ver con la naturaleza del vínculo social que une a los miembros
de esa indedefinible comunidad.
Antiguamente, la cuestión judía tenía más
que nada una dimensión religiosa. Viviendo en medio de naciones
diversas sin disolverse en ellas, una comunidad se aferraba a una religión
considerada anacrónica, de ahí su marginación y las
persecuciones. El "Pueblo del Libro" se negaba a reconocer que Cristo era
el Mesías anunciado por el antiguo testamento. Según los
cristianos, el nacimiento de Jesús había puesto un punto
final a la misión de los hebreos y varias veces intentaron convertir
a los israelitas por las buenas o las malas, sin lograrlo nunca completamente.
Por otra parte, se trata de una comunidad con vocación comercial
secular fortalecida por las leyes medievales sobre la usura, pero conocida
desde épocas anteriores, y además el éxito material
siempre les valió la envidia y el recelo de los demás. En
buena medida, bajo el impuso de San Pablo, la iglesia se edificó
imitando las estructuras autoritarios del judaismo destronado. Ahora bien,
ya la iglesia católica ha perdido su preponderancia, y ha abandonado
parte de las bases de su dogmática, para tratar de reconquistar
el terreno perdido; de modo que, para conseguir "el perdón", se
ha volcado en un renovado judeo-cristianismo: en vez de designar como enemigo
y deicida al pueblo del cual ha captado una monumental herencia, ahora
la iglesia prohibe lo que antes alentaba, pretendiendo dar una lección
más de universalismo, humanismo, ecumenismo, etc. Así la
propaganda antisemita cristiana se ha conmutado en filosemitismo, lo cual
deja el malestar de cualquier truco óptico encubridor de una historia
más compleja. Mientras tanto, los que "se salvaron del holocausto"
han conquistado una posición dominante en Occidente, y la creación
del estado de Israel les confirió un estatuto de doble afiliación,
a la vez que dislocaba el Medio Oriente. El conflicto árabo-israelí
no tiene salida, y ha provocado una ruptura entre el occidente y el mundo
musulmán.
Se calcula hoy en día en diez y siete millones el número
de judíos en el mundo. Después de siglos de marginación,
forman parte masivamente de los privilegiados, pues una fracción
importante ocupa posiciones importantes en las cúpulas del poder
político, de las finanzas, de los medias y de la universidad, y
los que no alcanzan una prosperidad descollante se benefician de un aura
prestigiosa y de una red de beneficiencia social comunitaria eficiente.
Con el apoyo de las grandes potencias, han creado un estado en el cual
no se radican. Las persecuciones padecidas durante la segunda guerra mundial
y su potencia social colectiva los protegen contra cualquier crítica.
Desde hace dos mil años, los israelitas tiene conflictos con
sus conciudadanos. Semejante incompatibilidad no es explicable solamente
por el antisemitismo. Si a un niño lo excluyen de todas las escuelas
donde se le matricula, no es insensato suponer que su carácter y
su conducta en algo provocan la animosidad de su entorno. El antisemitismo
no es una faceta o una variante del racismo ordinario. Se puede ser antisemita
sin ser racista, o filosemita y racista. En un principio, la hostilidad
hacia los judíos es una mezcla de xenofobia banal, de hostilidad
religiosa (otros ritos, y ese irracional rechazo a Jesucristo), y de envidia,
cuando son ricos y prósperos. Pero hay investigadores judíos,
y el gran Bernard Lazare es el fundador de una línea de reflexión
sociológica y moderna, que reconocen lo que constantemente corrompe
el diálogo potencial: los judíos como comunidad (nunca hay
que generalizar) se consideran como superiores al común de los mortales.
Ese es el punto de ruptura. A lo largo de las vicisitudes de su historia
o de la memoria selectiva que cultivan, los israelitas no han dejado de
creerse intrínsecamente diferentes de la gente que les rodea, lo
cual no puede menos que exasperar a estos. Es este sentimiento de pertenecer
a una élite, que procede del mito del "pueblo elegido", lo que le
confiere al antisemitismo su naturaleza particular. Aún si no lo
dicen abiertamente -pero su prensa interna es explícita- los judíos
se enorgullecen de conformar una aristocracia hereditaria, que ha atravesado
la historia y sobrevivido a imperios, dinastías, civilizaciones.
Y esta actitud no tiene por qué caerle bien a los demás habitantes.
Ser judío ¿qué significa? No es solamente un problema
de religión. Cientos de miles de judíos no van a la sinagoga,
son ateos, o no tienen conocimientos sobre el judaísmo. ¿Acaso
forman una raza? Genéticamente, los judíos rubios de Rusia
o de Rumanía están más próximos de sus compatriotas
cristianos que los judíos argelinos. A fin de cuentas, ser judío
significa ser nacido de padres judíos o por lo menos ser de madre
judía. Es el único criterio que permite distinguir a un judío
del que no lo es. Es el punto de vista rabínico, y era también
el de los nazis. Sobre este punto los ideólogos de la raza de los
señores están de acuerdo con los rabinos del pueblo elegido.
Ya ningún país, fuera de Arabia Saudita o Koweit, les
aplica un estatuto particular a los israelitas. Están emancipados.
Ya no hay numerus clausus, y todos los ciudadanos son iguales ante la ley.
En Europa, la revolución francesa terminó de abolir el ostracismo
que afectaba a los judíos, ya practicamente emancipados por Luis
XVI. Los demás países siguieron la corriente. En un primer
tiempo, muchos judíos se han asimilado contrayendo matrimonios mixtos,
cambiándose el nombre o convirtiéndose al catolicismo o al
protestantismo. En Alemania el proceso de asimilación preocupaba
a los rabinos, no a los alemanes, y de no aparecer Hitler, los judíos
se hubieran diluído en la nación germánica. Alemanes
y judíos las tenían todas para entenderse: son igualmente
trabajadores, inteligentes y dominantes. En Francia también, numerosos
israelitas abandonaron la práctica religiosa y cualquier sentimiento
identitario diferenciador. Se mezclaron con sus conciudadanos. Desde la
última guerra, han cambiado las cosas. Los judíos padecen
brotes de chauvinismo y no pierden una oportunidad de proclamar sur "judeidad".
El ascenso de los judíos en la sociedad moderna es un fenómeno
impresionante. Sin plan previo, sin proyecto común, por un mecanismo
de capilaridad social, se han elevado en las naciones como impulsados por
una mano invisible. Este éxito excepcional se explica por su maravillosa
adaptación al mundo actual, y por estructuras comunitarias internacionales
dúctiles y múltiples, perfectamente funcionales, que permiten
a los judíos mejor que a nadie estar rápidamente informados
de las oportunidades que se les puedan ofrecer en el mundo entero, sin
necesidad del menor "complot". La conspiración judía no existe.
Antes se decía de cierta cofradía famosa que era una espada
cuya punta estaba en todas partes y el puño en Roma. Los israelitas
también son como una espada con punta en todas partes, pero sin
puño alguno, hasta hoy día. Estaban dondequiera, pero se
neutralizaban. Trotsky equilibraba a los banqueros de Londres, y sólo
un paranoico podía imaginarse que conspiraban juntos. Pero esta
situación ha evolucionado. Hay judíos en la derecha y en
la izquierda pero ahora están vinculados, como por un hilo invisible,
al estado de Israel. Además forman por ahora un frente común
contra el revisionismo, es decir contra la verdad en marcha. Lógicamente
la preponderancia de los judíos debería suscitar reacciones
antisemitas, y sin embargo no pasa nada. La tapa está soldada a
la olla. No solamente no se puede hablar mal de los judíos, sino
que ya no se puede decir nada que no sea de su agrado. Además, una
simple alusión a su omnipresencia desata huracanes mediáticos
y cualquier distanciamiento de una figura política con respecto
a una presión procedente de Israel es calificada sin ambajes de
antisemita. Le ha pasado a Carlos Menem, a Cuauhtémoc Cárdenas
y a otros. Hoy el tema judío es tabú, mientras que el control
que ejercen los judíos sobre cualquier faceta de la autoridad es
enceguedor, y además están coligados en torno al estado hebreo.
En los años venideros, el conflicto árabe-israelí
llevará a los judíos de cualquier horizonte a cuajar en un
formidable grupo de presión empujando para desatar la guerra.
6. El conflicto árabe israelí
La creación del estado de Israel en 1948 ha vuelto insoluble
el problema judío. Recordemos los hechos. Teodor Herzl, un periodista
austriaco amante de la cultura germánica, tenía la ambición
de resolver el problema judío. Primero había recomendado
la asimilación colectiva de los israelitas por medio de ceremonias
solemnes en la catedral San Esteban, en Viena. Los israelitas hubieran
entrado en procesión en la catedral, hubieran recibido el bautizo
y hubieran salido católicos de la operación. Se terminaban
los judíos, desaparecía el problema judío. Pero sus
compañeros no se entusiasmaron con la propuesta. Mientras se encontraba
en París para reportar sobre el "affaire" Dreyfus, tuvo una iluminación:
lo que hacía falta era que los judíos encontraran una patria.
Su idea era así de simple, o simplista. En cuanto tuvieran una tierra
de ellos, allí se juntarían y se convertirían en un
pueblo común y corriente. Su folleto El estado judío apareció
en 1896 y es el acta de nacimiento del sionismo político. Ya sabemos
lo que vino detrás. Después de un arranque dificultuoso,
la idea sionista fue abriéndose camino, y en vísperas de
la segunda guerra mundial, Palestina contaba con centenares de colonias
judías respaldadas financieramente por la diáspora. Pero
resulta que Palestina no era "una tierra sin pueblo para un pueblo sin
tierra". Se habían olvidado de los palestinos.
En 1947, la ONU decidió la división de Palestina en un
estado judío y un estado palestino. ¿Con qué derecho?
¿Con qué derecho países como Venezuela, Perú
u otros - sobre los cuales Estados Unidos ejercieron las presiones que
todos sabemos - tuvieron vela en ese entierro? En todo caso, cuando al
cabo de seis meses se proclamó el estado judío, los países
árabes, que habían votado contra el plan de partición
de Palestina, le declararon la guerra a Israel. Fueron derrotados, y cientos
de miles de palestinos huyeron de sus casas y tierras. Los dirigentes sinonistas
acabaron de aterrarlos practicando pogromes, y los palestinos fueron a
parar a campos de refugiados, en Líbano, Jordania y Siria. Ahí
siguen.
La creación del estado judío tiene de farsa y de tragedia.
Empecemos por la Declaración Balfour. Se trata de una carta de pocas
líneas dirigida en 1917 por Lord Balfour, el entonces secretario
de estado para asuntos exteriores del gobierno británico, al banquero
Rothschid. En esa carta, el ministro le comunica a su ilustre corresponsal
que el gobierno inglés considera favorablemente el establecimiento
de un "hogar nacional judío" en Palestina, tierra de la que los
ingleses acababan de adueñarse. La expresión "hogar nacional"
ya es extraña por sí misma. Pero la cosa no para ahí;
en ese documento se ve a un hombre de estado inglés comprometerse
ante un financiero a ceder a un pueblo indefinido un territorio que no
le pertence a la corona. Si Palestina hubiera sido una isla desierta y
posesión británica, la cosa habría sido diferente.
Sigamos. ¿Con qué derecho los judíos invadieron Palestina
echando a parte de sus habitantes? Si todos los pueblos de la tierra se
pusieran a reivindicar territorios que sus hipotéticos antepasados
ocupaban unos veinte siglos atrás, ¡el lío que se armaría!
Como quiera que sea, los judíos actuales no son ni herederos ni
siquiera descendientes de los hebreos. A lo largo de sus andanzas, el pueblo
judío se fue fundiendo parcialmente con distintas naciones. En la
Edad media, comunidades enteras de israelitas se convirtieron al cristianismo
y al islam y a la inversa múltiples etnias -en particular turcos,
árabes, negros y eslavos- abrazaron la fe mosaica. O sea, que los
judíos de hoy no son descendientes de los hebreos. Y los derechos
de propiedad que reivindican sobre Palestina son imaginarios. Queda el
argumento según el cual los judíos no han dejado durante
siglos de repetir que Palestina era su tierra y que volverían. Efectivamente,
durante siglos, los adeptos del judaísmo dispersos en las aldeas
de Cárpatos, burgos polacos y "mellaj" marroquíes, regados
por todo el mediterráneo, por Europa y América, terminaban
sus rezos con la fórmula "el año próximo en Jerusalén".
A primera vista esta frase sugiere una bravía voluntad, con mucho
de obsesión patológica, de volver a la tierra prometida.
En realidad sólo tenía, y sigue teniendo, valor de conjuro.
Bien se vio en los años ochenta, cuando los judíos de la
Unión Soviética, que discurrían enfáticos sobre
su apego entrañable a Israel, volaban a Estados Unidos en cuanto
conseguían su visado de salida. En cuanto a los judíos occidentales,
no hay uno entre mil que haya emigrado a Israel, lo cual no les impide
seguir salmodiando "El año próximo en Jerusalén".
O sea, que si Palestina hubiera sido un desierto, y si los judíos
del mundo entero se hubieran marchado para asentarse allá, se hubiera
vuelto realidad el sueño de Herzl. En lugar de esto, la creación
del estado hebreo ha vuelto irresoluble el problema judío, y ha
provocado en el Medio Oriente un cáncer que no deja de extenderse.
Los israelíes se han converdido en los "pies negros", colonos del
Medio Oriente.
Al principio pues, se suponía que Israel recibiría a
todos los judíos de la diáspora, los cuales hubieran formado
así un pueblo "normal" es decir semejante a los demás. En
los años cincuenta, los intelectuales evocaban el fin del pueblo
judío, y la imagen de un eterno errante depositando al fin el fardo
en el umbral del viejo hogar. Pero no fue así y los israelitas,
quiéranlo o no, se encuentran ahora en la situación de ¡israelíes
viviendo en el extranjero! Lógicamente, deberían escoger:
asimilarse o emigrar. No hacen ni lo uno ni lo otro, y esta doble nacionalidad
virtual es potencialmente explosiva. El lobby es tan poderoso por ahora
que cuesta imaginar que pudieran surgir antagonismos entre una comunidad
judía y un gobierno occidental. Pero no deja de girar la irónica
rueda de la historia.
Mucho se habla de integración hoy en día. ¿Qué
hacer para que los jóvenes árabes nacidos en Europa y naturalizados
se vuelvan franceses, belgas o ingleses? Pero en lo tocante a los judíos,
todos simulan creer que son ciudadanos iguales que todos, lo cual es pura
hipocresía. Es cierto que se visten como todo el mundo, salvo una
ínfima minoría, y que no se diferencian físicamente
de sus compatriotas. Pero reivincidican más que nunca su adhesión
a un pueblo judío, a una comunidad transnacional y organizada. Se
dicen que en caso de peligro tendrían la posibilidad de refugiarse
en Israel, como en una casa de veraneo. Pero es un país muy pequeño
para recibir a los trece millones de judíos de la diáspora,
lo cual hace ridículo el sueño de un asilo de paz para ellos.
En vez de aportar la solución de la cuestión judía,
Israel ha socavado la situación de los judíos aún
si por el momento, no se les pasa por la mente.
El conflicto árabe-israelí no tiene salida y solamente
puede empeorar. Desde 1945, el mundo ha padecido todo tipo de guerras locales
que han ido encontrando solución, pero el conflicto entre el estado
judío y sus vecinos no tiene por dónde hallar solución.
No se trata de un conflicto como otros. En primer lugar hunde sus raíces
en una historia de dos mil años de largo, que atañe a los
fundamentos de las civilizaciones árabe y cristiana. En segundo
lugar no es una guerra colonial porque Israel no es únicamente un
estado colonialista. Es cierto que los palestinos que todavía están
radicados allí son ciudadanos de segunda, y que la constitución
del estado hebreo implica un apartheid en los hechos. No obstante, el sionismo
no preveía la explotación de la mano de obra palestina. Los
israelíes explotan la mano de obra indígena al uso colonial,
pero prefiriían prescindir de ellos. El sueño de los israelíes
sería que los palestinos se evaporaran. Cuando se les entregó
la tierra palestina, los judíos no supieron qué hacer con
los palestinos, como una gente que, al adquirir una casa, no saben qué
van a hacer con los muebles abandonados por el antiguo dueño.
Israel es un estado artificial que no ha dejado de beneficiarse de
un extraordinario botín, desde su fundación celebrada con
una inmensa publicidad (escandalosamente racista, con el lema de: "volverá
a florecer el desierto"): las reparaciones alemanas, la ayuda occidental,
y el apoyo de la diáspora. El flujo anual de estas subvenciones,
dividido por el número de israelíes, arroja una cifra tres
o cuatro veces mayor que el ingreso per capita de los africanos. En estas
condiciones, hablar de milagro a propósito de la "resurrección"
de Israel es un tanto desacertado.
Ultimo punto. Desde 1967, Israel ocupa Cisjordania, las alturas de
Golan, la faja de Gaza, que se le concedió hace poco a Arafat, y
Jerusalén. Pocas veces se ha visto ocupación militar más
feroz. Miles de hectáreas de tierra han sido confiscadas a los palestinos.
El estado israelí, que decididamente se encuentra más allá
de cualquier ley, implanta metódicamente colonias de población
en los territorios ocupados, expulsando a los palestinos. Cientos de casas
de resistentes han sido dinamitadas o arrasadas con aplanadoras; miles
de palestinos -incluyendo niños- son inválidos, por heridas
de bala o porque los soldados les quebraron los brazos; hay escuadrones
de la muerte, compuestos de judíos orientales, que van a los campos
de refugiados a aterrar a los civiles. Y todos hemos visto por televisión
a esos colonos ebrios de odio, empuñando el fusil ametrallador y
persiguiendo a peligrosos terroristas de doce ños de edad que les
tiraban piedras. Por un lado, en Gaza y en otras partes, unos palestinos
desahuciados, aguantándoselas en villas miseria inmundas; por el
otro, judíos arrogantes con todas las comodidades en aldeas artificiales
edificadas de la noche a la mañana con el maná norteamericano.
El estado judío ha desviado aviones civiles y asesinado palestinos
hasta en Noruega, secuestrado jefes religiosos en Líbano y encerrado
a decenas de miles de palestinos en campos de concentración. La
tortura es legal y se practica a diario en las cárceles. Y nada
de esto impide que nuestros medias sean devotos del estado sionista "el
único estado democrático de la región" y califiquen
como terroristas a los resistentes palestinos. Cuando un soldado de "Tsahal"
cae a manos de la resistencia, se le dice "asesinado". Los "sobrevivientes
de Auschwitz" tienen todas las de ganar, no se calientan, ¿para
qué? si el mundo les pertenece.
7. Se avecina la tormenta
La implantación de un estado judío en el corazón
del mundo árabo-musulmán es una verdadera provocación
cuyas consecuencias devastadoras no han terminado de extenderse. Como los
palestinos no renunciarán a volver a su tierra, y como los israelíes
no lo aceptarán jamás, el conflicto seguirá ahondándose.
Militarmente, no hay peligro para Israel. Tiene el mejor ejército
de la región, cuenta con la alianza estadounidense, y tiene armas
nucleares variadas y ultramodernas. Sus misiles pueden caer sobre cualquier
capital musulmana desde Teherán hasta Nouakchott. En pocas horas,
Israel puede aniquilar el mundo árabe. Los regímenes del
Medio Oriente lo saben y ya no pueden darse el lujo de una colisión
frontal con el vecino peligroso. Todos los países árabes,
o por lo menos sus gobiernos, están ya resignados a cohabitar con
el estado hebreo. Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Marruecos, los emiratos
del Golfo se han doblegado ante las horcas caudinas impuestas por los sionistas.
Este resultado es la ganancia de tres guerras sucesivamente perdidas por
los árabes, y de una presión político-financiera constante
ejercida por Estados Unidos sobre sus vasallos. A primera vista, los israelíes
han ganado el partido, y el injerto ya está afianzado. Pero es un
espejismo, primero porque la humillación de los árabes iniciada
por los occidentales desde 1918 con el maloliente Lawrence de Arabia tendrá
sus consecuencias. Los árabes han padecido una herida simbólica
imborrable. Los occidentales los estafaron pues después de colonizarlos,
les hicieron falsas promesas y les impusieron fronteras artificiales con
el fin de dividirlos (pensemos en Koweit, la "Alsacia de Irak"). Además
porque estos regímenes se encuentran amenazados desde adentro por
el ascenso del islamismo, y se van alejando lentamente de Occidente, que
antes les atraía. Esta deriva de continentes ha sido acelerada por
la implantación de judíos en Palestina, y el apoyo incondicional
que recibe Israel de Europa y América. La guerra del Golfo le abrió
los ojos a las masas musulmanas. Estas han comprendido que sus dirigentes
son traidores, que la ONU no era más que un instrumento de Estados
Unidos, y que no se mide con la misma vara a todos en política internacional.
Los tratados firmados entre Israel y los estados árabes descansan
sobre arenas movedizas. Además las muchedumbres árabes están
hipnotizadas por la sociedad de consumo, de la cual saben igualmente que
jamás se les abrirá. Este sentimiento de frustración
favorece a los islamistas. En un porvenir próximo, los regímenes
árabes que han pactado con Occidente, como Marruecos, Egipto, Arabia
Saudita y sus emires de casino, serán arrastrados por la oleada
integrista, recordemos el caso de Irán.
En septiembre de 1993, Israel ha reconocido a la O.L.P. como representante
de los palestinos, y las negociaciones siguen mal que bien entre las dos
partes. Era ya hora, la O.L.P., estructura burocrática que dependía
de ayudas y presiones de todo tipo, perdía terreno entre las masas
palestinas, y amenazaba con derrumbarse. Israel, que lo había hecho
todo para alcanzar este resultado y que estaba a punto de lograrlo se dio
cuenta a última hora de que la desaparición de la O.L.P.
le abriría camino a los islamistas, y desembocaría en una
situación catastrófica. Así es como Arafat reina sobre
dos territorios de bolsillo concedidos por los israelíes. Se ha
vuelto de hecho el aliado, cuando no el Gauleiter, de los israelíes.
Gaza y Jericho están destinadas a volverse dos Bantustanes donde
la policía palestina actuará como la milicia del sur de Líbano.
Cunde la guerra civil entre los palestinos. El proceso de paz no desembocará
sino en la decepción de los que habían creído en él.
De todas formas, aún si los palestinos obtuvieran la restitución
de sus territorios ocupados, lo que ya parece imposible a causa de las
colonias judías, si con ellos hicieran un estado, esto no resolvería
el problema de los refugiados. Un país con superficie equivalente
al de dos provincias belgas (Cisjordania y Gaza) ne podría recibir
a los dos millones de palestinos descendientes de las seis cientas mil
personas que huyeron cuando los combates de 1948, 1956 y 1967. O sea que
el problema inicial de una tierra para dos pueblos seguirá siendo
un problema sin otra solución que aquella que preconiza la Biblia:
el exterminio total de los enemigos de Israel. Y además está
Jerusalén que los israelíes no soltarán jamás,
y que será el detonador del estallido final.
América y Europa albergan comunidades musulmanas y judías.
En Francia, más de tres millones de musulmanes, marginalizados en
los suburbios coexisten con los setecientos mil judíos bien representados
en las esferas dirigentes. Los medias se la pasan denunciando el peligro
islamista. Mientras que hace poco aún, cualquier reticencia acerca
de la inmigración maghrebí y de la población musulmana
en Francia se tildaba de racista, ya los medias no tienen reparo en destilar
una histeria anti-musulmana anunciadora de grandes manipulaciones de la
opinión pública, y arrebañamientos espectaculares.
La palabra ayatollah se ha convertido en un insulto. Una chiquilla que
va a la escuela con un pañuelo en la cabeza merece que la echen,
pues se supone que está socavando las bases de la república
francesa ...
La cuestión judía es una bomba de reloj. Adentrarse en
las investigaciones revisionistas ayuda a medir el grado de peligrosísima
falsedad en que políticos, universitarios y medias tiene sumergidos
a los pueblos occidentales. No cabe la menor duda que a medida que se difundan
las conclusiones de los revisionistas, los enemigos del sistema democrático
y filosemita que imponemos al mundo las aprovechen y las utilicen a su
vez para derrocar a los neo-imperialistas mal enmascarados bajo el rótulo
de defensores de los derechos humanos. Ahora bien, ya son unos cuantos
los judíos conscientes de la estafa de la que se les hizo cómplices
aprovechando las secuelas del espanto y el sentimiento de culpa por haber
sobrevivido al nazismo. En la perifieria del imperio norteamericano, en
los países hispanófonos donde la mitología judía
no ha cobrado una posición hegemónica ni tiene tantas facilidades
para ejercer el terrorismo ideológico, los que creen en los valores
filosóficos de la democracia pueden dar un impulso notable al revisionismo
y restarle con ello su carga explosiva de consecuencias incontrolables.
De todas formas hay verdades que no se pueden sofocar, porque el que las
descubre y les debe cierta liberación mental descubre a la vez la
obligación de difundirlas.
Fuente: La Vieille Taupe
La versión original de este documento puede consultarse en:
<http://www.abbc.com/aaargh/fran/archVT/siorevdem96xxxx.html>
Este texto ha sido presentado en Internet por la secretaría internacional de la Asociación de Antiguos Aficionados a los Relatos de Guerra y Holocausto en 1997, con fines puramente educativos, para alentar la investigación, sobre una base no comercial y para una utilización razonable. La dirección de la secretaría es <aaargh@abbc.com>.
Debido a la Ley española hemos tenido que suavizar alguna frase que podría interpretarse mal. El autor de este texto no pretende crear una mala imagen de los judíos en general. De todas formas como es difícil a veces distinguir en cada frase entre la imagen del judaismo dada por la clase dirigente y lo que es la comunidad judía en global, hemos de dejar bien claro que las críticas al Estado Pirata de Israel o a la imagen de ëgrupo colectivo que las comunidades dirigentes judías quieren dar, no implican una cualificación, desprecio o ataque al colectivo judío en general, lo que sería absurdo e injusto, pues además muchos judíos, cada vez más, se unen al revisionismo en su estudio libre de la Historia y reclaman el fin de la estúpida dictadura que pretende escribir la Historia a golpe de Ley.