Orania, un reducto del «apartheid» en el desierto sudafricano
Un grupo de 600 afrikáners convive en una localidad exclusiva para blancos y
regida por sus propias normas racistas
Una estatua de bronce en honor del arquitecto del apartheid despunta sobre
un desolado risco en medio del desierto, desde donde contempla el gastado
poblado, azotado por el viento, que se ha convertido en el último reducto de
su sueño.
En ese lugar, bajo un sol de otoño, un puñado de sus descendientes trabaja
duro para intentar cincelar de este pétreo suelo un oasis exclusivo para
blancos. Sueñan con que este polvoriento enclave se convierta en la semilla
de la que germine un fértil suelo patrio independiente en el que los afrikáners blancos progresen, y donde mantengan viva la visión racialmente
segregacionista de Hendrik Verwoerd, el anterior primer ministro
sudafricano.
Esto es Orania, ubicado a 900 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo, en la
remota provincia de Northern Cape. Una ciudad granjera blanca, de propiedad
privada, y que ha dado la espalda a la nueva democracia.
La visión de Verwoerd, al igual que la figura esculpida que tanto les gusta
mostrar a los residentes, se ha convertido en una parodia del pasado. El
otrora poderoso líder blanco, que hace 35 años quiso confinar a la mayoría
negra sudafricana a una serie de pequeños reductos infértiles y mantener
blanco y puro el 87% de las mejores tierras, ha quedado inmortalizado como
un enano de un metro.
La creación de Orania
«Soy muy feliz viviendo aquí, es bastante seguro y eso es muy importante
para mí... Tengo mi gente, mis hijos y mis nietos», dice, a sus 97 años, Betsie, la arrugada viuda de Verwoerd, sentada en una silla de ruedas en el
interior de su casa prefabricada, llena de rosas y recuerdos de su marido.
Tannie (Tía) Betsie se mudó a Orania en 1992, un año después de que un grupo
de derechistas compraran al Gobierno, por 1,5 millones de rand (unos 37
millones de pesetas), una ciudad edificada con motivo de la construcción de
una presa, una ciudad que declararon de propiedad privada, lo que significa
que los 600 habitantes de Orania tienden a crear sus propias normas.
Un comité se encarga de investigar a los potenciales residentes. Los negros
pueden realizar compras o hacer repartos pero no pueden trabajar o pasar la
noche en la localidad. «No le tengo demasiado cariño al lugar», reconoce Darrell Vaalmark, un vendedor mestizo, tras describir cómo un residente de Orania le llamó «kaffir», mientras intentaba obtener clientes en la
localidad. Kaffir es un término peyorativo para designar a los negros y que
está prohibido utilizar hoy día. Vaalmark, el cual tiene permiso para vender
sus productos al supermercado en las afueras de Orania, afirma que un
corpulento hombre blanco, vestido con pantalones y botas de combate, amenazó
con pegarle un tiro si regresaba.
Durante los últimos ocho años, desde que arribaron los primeros residentes y
se mudaron a los destartalados chalés prefabricados de la época de la
construcción hidráulica, Orania ha crecido hasta contar con dos escuelas
-una de ellas con su propio sistema educativo informatizado-, un hospital,
una estación de servicio, un supermercado, una carnicería, un museo, un
hotel y un cámping. Un edificio con un campanario sirve como iglesia para
esta comunidad profundamente calvinista, cuyos miembros piensan que
obtendrán su volkstaat (patria en afrikaans), si Dios así lo quiere.
Las banderas del volkstaat de vivos colores, una amalgama de los pendones de
las repúblicas afrikáner bóer del siglo pasado, ondean en este árido rincón
donde sólo dos partidos políticos de derechas han realizado una campaña
electoral previa a las segundas elecciones democráticas previstas para el
próximo 2 de junio.
Sus habitantes afrikáners blancos proceden de distintas partes de Sudáfrica;
piensan que han perdido sus derechos tras convertirse en un grupo
minoritario dentro de una nación de mayoría negra. Ven el comienzo de una
nueva vida en este ordenado pueblecito al lado de los secos márgenes del río
Orange, el cual da nombre a Orania y es la arteria vital de la actividad
agrícola de la localidad. Una granja láctea con 300 vacas y gestionada por
ordenadores es el orgullo del pueblo. También se cultivan maíz, nueces y
melones.
Todo el trabajo lo realizan los residentes blancos, bajo la creencia de que
el duro trabajo les traerá la libertad. Arguyen que los afrikáners perdieron
el poder en Sudáfrica tras hacerse dependientes de la mano de obra negra.
Desde 1994, Sudafrica está gobernada por el Congreso Nacional Africano.
«Hemos perdido todo»
«Somos una gente extremadamente independiente y tal vez un poco difíciles
por nuestra actitud hacia otros grupos. Hemos perdido todo, nuestra nación,
nuestras escuelas, incluso nuestro idioma se encuentra en peligro», afirma Andreas du Plessis, un periodista convertido en promotor de Orania.
Los residentes se quejan de que la prensa ha sido injusta con la comunidad,
que en sus ocho años de existencia sólo ha logrado atraer un modesto número
de los 2,5 millones de afrikáners blancos que se calcula existen en el país.
Orania posee significados distintos para distintas personas. Según Anna
Boshoff, la presencia de Tannie Betsie -su madre- significa mucho para los
residentes de Orania, donde unos enormes carteles en blanco y naranja, a lo
largo de sus amplias aceras, les recuerda la obligación de pensar y hablar
en afrikaans. «Betsy es el símbolo de la libertad afrikáner», asegura Boshoff, directora de uno de los colegios, para reconocer, a continuación,
que existen racistas en la ciudad.
Ya en su sesentena, Boshoff guarda un asombroso parecido con su padre, el
cual en 1966 fue asesinado por un enajenado en el Parlamento para blancos de
Sudáfrica, y cuyo sistema de apartheid envió al presidente Nelson Mandela a
la cárcel de por vida. Para Boshoff, Orania representa un lugar donde puede
sobrevivir su exclusiva versión del afrikanismo.
Sin paro, sin problemas y sin comisaría
La ciudad de Orania ha atraído a cierto número de personas sólo por
cuestiones prácticas, como puede ser la cuestión laboral.
Gys Olivier, el dueño del supermercado de la localidad, dice que él y su
familia se mudaron de Pretoria a Orania después de que fuera reasignado a
otro trabajo de su puesto como físico en una instalación nuclear.
La política de acción afirmativa ha supuesto para los blancos, que en el
pasado tenían su puesto de trabajo literalmente garantizado, que la búsqueda
de trabajo les resulte más difícil o que estén siendo jubilados
anticipadamente para dar cabida a los aspirantes negros. «Creo que el
problema de obtener trabajo es un motivo mucho más específico del por qué
viene aquí la gente», afirma Christiaan van der Merwe, un abogado recién
licenciado también procedente de Pretoria.
Otros arguyen que ha sido para escapar de la ola de crímenes en Sudáfrica.
Sin apenas crímenes, Orania no tiene siquiera una comisaría, y, a diferencia
del resto del país, sus casas casi no tienen barrotes y alarmas antirrobo.
http://www.orania.co.za/default_eng.asp
http://www.kleinfontein.net/index3.htm
Orania, más de una
década de verdadera Libertad
La opción de crear comunidades autosuficientes
Orania fue abierto oficialmente el 11 de abril de 1991, se trataba de un
pueblo abandonado que en 1990 una entidad llamada Afstig (the Afrikaaner
Freedom Movement) compró por 1,5 millones de Rands ( +/- 180.000 Euros). A
partir del momento de su apertura oficial, se comenzaron a vender las casas a
unos precios que oscilaban entre los 31.000 y 41.000 Rands (3.750 hasta 5000
Euros). Con los beneficios de estas ventas, en agosto de 1991, se compró un
terreno de 2.300 hectáreas a unas granjas cercanas con el cual las primeras
familias instaladas en aquel pueblo comenzarían a dedicarse a la agricultura y
la ganadería. La finalidad era crear una comunidad autónoma al gobierno, lo
más autosuficiente posible, en la que se pudieran preservar la cultura y la
identidad Afrikaan en Sudáfrica.
Son los descendientes de los colonos holandeses y franceses del siglo XVII los
que lo pueblan. “Es una cuestión de superviviencia” tal y como afirma Carel
Boshoff, uno de los fundadores de este enclave. Para Boshoff, esta acción no
significa un acto racista tal y como anuncian algunas instituciones y
organismos del gobierno sudafricano actual, sino un punto en el cual pueda
preservarse la herencia de una diminuta minoría con mas de 350 años de
historia en aquel pais que se ve, ya sea por violencia o por mestizaje, cada
dia mas amenazada.
Muchos
son los que no logran adaptarse a las dificultades que conlleva el volver a
ser autosuficiente. Según la opinión de John Strydom esto se debe a que cuesta
despejar la idea misma de que el trabajo manual es en cierta forma degradante.
La filosofía de este grupo, en cambio, es que no hay mayor realización que la
de poder depender del esfuerzo de uno mismo y de la comunidad a la que
directamente se pertenece para la propia supervivencia. Esa es la regla, por
ello no se aceptan ni criadas, ni jardineros, ni cualquier tipo de servidumbre
asalariada.
Las bajas se han suplido rápidamente con los muchos que huyen de la violencia
urbana de la Sudáfrica actual, así como de la creciente discriminación
positiva que sufre la minoría blanca de ese pais. Esto hace mejorar la
capacidad de esta comunidad, los que no tienen una clara idea de la
responsabilidad y del significado de la creación de una comunidad de estas
características tienden a marcharse, mientras se quedan todos aquellos con una
mayor voluntad y determinación en su objetivo de formar parte y construir
conjuntamente un nuevo modo de sociedad ajeno a la que actualmente impera.
Algunas organizaciones antirracistas internacionales consideran un acto
racista que no se acepten negros o mestizos en esa comunidad, pero en realidad
en el seno de la misma nadie comprende el sentido de una comunidad creada para
proteger la identidad y las costubres Afrikaan en la República Sudafricana en
la que se acepten negros y mestizos. También son muchos los medios de
información en Europa y Estados Unidos que consideran la mera existencia de
esta comunidad poco menos que un crimen. De todos modos esto no es
ninguna novedad y sería tonto o hipócrita rasgarse las vestiduras por ello.
A pesar de sus enemigos, Orania persiste y pretende abrir un camino para que
otros sigan su ejemplo, con la intención de alcanzar ese "Volkstaat" un Estado
del Pueblo, organizado a partir de comunidades autosuficientes en colaboración
mutua. La última novedad en esta comunidad es la creación de una moneda
propia, que puede verse aquí: http://www.orania.co.za/geld.asp
Búnker sólo para blancos
Los ideales
del 'apartheid' surafricano subsisten en Orania, un pequeño pueblo al otro
lado de la historia
24-06-2007
Die Bybel, la Biblia, reposa en unas rocas en la colina que se eleva sobre
Orania, un pueblo de unos 600 habitantes -la mayoría rubios, la mayoría de
ojos azules, todos blancos- en pleno centro de Suráfrica. Se reúnen 60
personas y atienden al pastor que lee en afrikaans pasajes del Éxodo: Moisés
liberando a su pueblo, la tierra prometida, la formación de una gran nación...
No es de extrañar la elección del predicador: los fundadores de Orania la
crearon en los noventa como el edén desde el que los afrikáners, descendientes
de los colonizadores europeos, desplegarían su Volkstaad, el Estado del pueblo
elegido que les protegería de, en su opinión, una Suráfrica multirracial
dispuesta a vengarse por el apartheid y a acabar con su cultura, su lengua y
su religión. A diferencia de Moisés, empero, pocos seguidores han tenido los
fundadores de Orania. Sólo 600 de los más de dos millones y medio de
afrikáners, muchos de los cuales les consideran racistas y ultraconservadores,
fanáticos religiosos con un proyecto trasnochado risible. Es como si no se
hubiesen enterado de que la Suráfrica de la supremacía blanca y el apartheid
está ya condenada por la historia.
Tras la ceremonia, que conmemora el fin de la guerra anglo-bóer, fiesta
pública en la población, se desvelan los bustos de cinco presidentes de la
Suráfrica predemocrática. Entre ellos, el arquitecto del apartheid, el hombre
que encarceló a Nelson Mandela, Hendrik Verwoerd. Es apreciado en Orania: no
en vano, su yerno, Carel Boshoff, es uno de los fundadores. "Era un gran
hombre, muy respetable", asegura este doctor en teología, de 79 años, del
político que instauró las leyes más odiadas por la población negra, como la de
ser confinada en el 13% del territorio en falsas patrias creadas según unas
supuestas etnias inmutables. "Pero los blancos, preocupados por la economía,
reclutaron a negros para sus fábricas", narra Boshoff, "y éstos trajeron a sus
familias, y hubo que abrir escuelas y hospitales, y ya fue imposible
desarrollar sus patrias. El espacio vital del afrikáner fue invadido. Había
que buscar alternativas y elegimos Orania".
Boshoff deja caer, casual, la expresión "espacio vital", de obvias
reminiscencias nazis (el Lebensraum hitleriano), sin pestañear. Tampoco lo
hace al reconocer que Orania no ha tenido mucho éxito: "La reacción no fue la
esperada, pero es que suponía un cambio radical en un tiempo en el que no era
aceptable". Boshoff se refiere al periodo de exultante optimismo tras la
liberación de Nelson Mandela y las primeras elecciones en las que la población
negra votó, en 1994. "El afrikáner pensó que las cosas no cambiarían; pero
ahora hay una africanización del país, y eso inquieta. Además, es víctima de
la discriminación positiva [que favorece al negro a la hora de ser empleado].
Si no cambian las cosas, desapareceremos", augura.
La
preservación de la cultura es la cantilena de los oraníes. "Aquí, buscando,
puedes encontrar uno o dos, pero hay muchos más racistas en Ciudad del Cabo o
en Johanesburgo", dice John Strydom, un médico en la cincuentena reconvertido
a agricultor y guía de la población. Strydom se mudó hace diez años: "Para
estar con los míos. Conscientes de nuestro pasado étnico y cultural, optamos
por un retorno a la comunidad, frente a una sociedad cosmopolita". Según él,
lenguaje, historia y religión definen al afrikáner. El idioma afrikaans,
basado en el holandés, se creó al incorporar giros de los esclavos malayos y
de los indígenas zulúes o xhosas, del inglés, francés y portugués. Una lengua
usada por parte de la población blanca y mayoritariamente hablada por los
coloureds (mulatos), protegida por la Constitución.
Para los oraníes, la protección no es suficiente. "En las escuelas, allá
fuera, el afrikaans que se enseña es kafrikaans", ríen Odél y Renée, de 14 y
16 años; término con reminiscencias al kaffir importado del árabe, que en
español derivó en cafre, con el significado de salvaje: el epíteto con el que
se insultaba a los negros en Suráfrica.
"La religión es importante", asegura Strydom, según la cual los oraníes,
calvinistas recalcitrantes, se sentirían "más cercanos a un católico que a un
budista, a un anglicano que a un hindú". Y es que los aspirantes al seudo-Volkstaadt
pasan un examen de ingreso. "Entrevistamos a unas 48 personas al mes, buscan
huir del crimen o del paro. Vemos si tienen antecedentes penales o problemas
con drogas. Les decimos que estamos lejos de la ciudad, que el trabajo está
complicado", dice el guía. La aceptación depende, según Boshoff, "de que el
aspirante esté cómodo entre nosotros, y nosotros con él". La escasez de
melanina ayuda. En Orania no vive un solo negro o coloured. Ni siquiera para
limpiar casas o recoger la basura, trabajos que durante el apartheid se
reservaban a los negros. En Orania son los blancos pobres los que se dedican a
estas tareas. "Somos autosuficientes", dice Strydom. El símbolo de Orania es
un niño arremangándose, presto al trabajo.
El pueblo, una colonia usada en los sesenta para construir un pantano, fue
comprado en 1991 por una compañía creada ad hoc. Tras su restauración,
continúa recordando a colonia, a vida regulada. Casas unifamiliares con
jardines, escuela, biblioteca, piscina, una joyería, una bodega, una planta de
reciclaje. "Me gusta porque es limpio, agradable y tranquilo", dice Christiaan
van Zyl, arquitecto, de 40 años. "Además soy un afrikáner orgulloso de serlo".
Van Zyl incide en el concepto que los oraníes potencian. "Somos líderes en
iniciativas ecológicas", asegura el arquitecto, creador de edificios
construidos con balas de paja. "Lo del racismo es m... de vaca", dice sin
acabar la palabrota. "Invención de los medios, de los liberales. No nos une el
color de la piel, sino la historia, la cultura". "Somos una nación sin Estado.
Lo queremos y lo tendremos", concluye Boshoff.
Orania es el último
bastión blanco que queda en Suráfrica
25-04-2004
Orania, Suráfrica. En un polvoriento y remoto rincón de Suráfrica, unos 600
afrikaners construyen sin mucho aspaviento el sueño de un territorio
exclusivamente blanco.
Convencidos de que el régimen de mayoría negra preanuncia el fin de su
cultura, un puñado de descendientes de los colonos holandeses y franceses del
siglo XVII compró todo un pueblo en un extremo del desierto de Karoo, a 595 km
al suroeste de Johanesburgo.
"Es cuestión de supervivencia. Al fin y al cabo, son los números los que
cuentan", afirmó Carel Boshoff, ex profesor universitario y uno de los
fundadores de Orania.
Aquí flamean las banderas de las repúblicas afrikaner del siglo XIX y los
carteles anuncian orgullosos: "Ek praat Afrikaans" (Yo hablo afrikans).
Boshoff insiste en que el pueblo no es reliquia de un pasado racista sino un
"laboratorio" que explora el modo de preservar una diminuta minoría blanca con
más de 350 años de tradiciones e idioma propio en un país negro.
Los fundadores escogieron deliberadamente un lugar aislado y han resistido su
incorporación a la administración local, por temor a ser absorbidos por los
pueblos vecinos de mestizos.
Un comité inspecciona a los aspirantes a residir aquí, que deben adherirse a
las estrictas creencias religiosas y código moral de la ciudad. No se ven bien
la bebida ni la cohabitación. La regla es la autosuficiencia: ni mucamas ni
jardineros.
No todos se adaptan y muchos se van.
"Cuesta despejar la idea misma de que el trabajo manual es en cierta forma
degradante", dijo John Strydom, un hombre alto y resistente que es el guía
oficial de Orania.
Muchos vienen escapando de la violencia urbana y la acción afirmativa.
Lukas Taljaard es uno de miles de empleados públicos blancos que aceptaron un
retiro anticipado para dar lugar a los trabajadores negros. Incapaz de hallar
empleo en otro sitio, se mudó a Orania con su esposa y sus dos hijos y abrió
un garaje.
"No hay trabajo para nosotros allí, de modo que tenemos que hacerlo por cuenta
propia", afirmó.
Los que vienen por motivos racistas son una minoría, insisten los líderes del
pueblo. Cuando se le preguntó por qué no había negros en el pueblo respondió
que ninguno ha solicitado la residencia.
"La gente siempre me pregunta si los negros serían bienvenidos", dijo Strydom,
y agregó: "Yo me pregunto ¿por qué habrían de querer venir?"
Ecoaldea en Sudafrica
19-06-2004
Todos hemos podido ver a los menonitas o a los Amish en películas como "Único
testigo", con Harrison Ford, y otras. Son estas personas que visten como hace
200 o 300 años: viven de la agricultura, y rechazan (seria mejor decir que
seleccionan) los avances técnicos: así no usan la electricidad ni los
automóviles en su vida "casera", pero si que la usan en su actividad
profesional para ser competitivos (atención al dato!). Hay varias ciudades
menonitas en el Paraguay. Suelen llevar nombres alemanes como Sommerfeld,
aunque la principal sea Filadelfia (nada que ver con la de los EEUU) e incluso
hablan en sus comunidades un idioma antiguo llamado Plat Deutsch. En total son
unas 50,000 personas. Estas comunidades están situadas en la region del Chaco,
son comunidades prosperas, mucho mas que el resto de Paraguay, y viven mas que
dignamente con un minimo de energía y de comodidades superfluas.
Otro caso es la ciudad de Orania, en Sudafrica. Dejando aparte, que no es
poco, el motivo mas que probablemente racista de su constitución, pues es solo
para blancos y representa un rechazo del actual sistema multicolor (aunque en
la practica sea mas negro que otra cosa) del pais, hay que reconocer que es de
lo mas parecido a una comunidad sostenible, pues la sostenibilidad es uno de
sus objetivos explícitos, además de la preservacion de la cultura y la lengua
"afrikaans". Nació alrededor de 1990, y cuenta con unos 500 habitantes
dedicados a la agricultura (muy tecnificada, usando métodos que aprendieron en
Israel para cultivar el desierto), y como comunidad funciona perfectamente
bien, aunque crece muy lentamente.
Lo que si quisiera destacar es que estas comunidades tienen un trasfondo
ideológico claramente definido: la religión en un caso y la preservación de la
cultura "afrikaans" en el otro. Creo que sin un trasfondo ideológico o
religioso no es posible que una comunidad de estas características funcione,
pues sin un objetivo "mas alto" que el de vivir bien no hay forma de evitar ni
de resolver los problemas que la convivencia conlleva inevitablemente. En mi
opinión, la pura sostenibilidad no es movil suficiente, eso cuando no se usa
como tapadera de elementos antisociales o snobs.
No puedo evitar dejar de comentar a este respecto, que eso de montar de
comunidad autosostenible ocupando por las buenas un pueblo no es forma de
hacer las cosas, por muy aparentemente abandonado que el pueblo esté. Orania,
por poner un ejemplo, se formo a partir de la compra legal por parte de varias
decenas de familias, de un antiguo poblado minero abandonado. Pagaron por el
pueblo, en 1990, unos 200.000 dólares (que es el precio medio de un piso sin
ningún lujo en Barcelona o Madrid), pero lo compraron. Nada de okupas ni de
historias por el estilo. No debe extrañar que si se empieza con una ocupación
se acabe con una expulsión porque los propietarios se defienden.
Por otra parte la compra obliga a quienes emprendan la "aventura" a comprometerse y a ser serios en el empeño e impide que se desanimen a las primeras de cambio. Probablemente también deberia decir que, en mi opinion, el movimiento "ecoló", como un poco frívolamente lo llaman en Francia, recoge a un exceso de amateurs de fin de semana y, en cambio, esta falto de gente seria que sea consciente de que no hay soluciones maravillosas, baratas y sin esfuerzo. Lo mas probable es que el resultado no sea tan bonito como uno separaba al principio y que el esfuerzo haya sido mucho mayor de lo esperado, pero que aun asi haya valido la pena, porque lo alcanzado habrá sido real y tangible.
Podéis encontrar info sobre los menonitas d Paraguay y también sobre Orania en
Google. Mientras los comentarios sobre los menonitas son mas o menos amables,
aunque de tono condescendiente, los comentarios sobre Orania suelen ser
ferozmente críticos al concentrarse en su claro rechazo de la diversidad
étnica, "mantra" poco menos que sagrado en el mundo actual. Pero si uno es
capaz de obviar este aspecto y limitarse al contexto sostenible de esta ciudad
puede encontrar en ella muchos elementos útiles, empezando por el uso de
dinero propio de Orania en vez de los rands de Sudafrica con el objetivo de
propiciar el intercambio de bienes y servicios dentro de la comunidad.
Orania, reserva de blancos
10-04-94
En 1990 un puñado de afrikáners compra esta aldea que se convierte en la
primera «reserva» blanca de Suráfrica. En Orania sólo hay una regla: los
mestizos y los negros tienen prohibida la entrada en la parte residencial del
pueblo. Sus 350 habitantes sueñan con construir el Estado blanco que les
permita no tener que soportar la llegada al poder del CNA.
A lo lejos, parece que el macadán baila y que el asfalto se ha vuelto loco a
causa del tórrido calor que reina en el lugar. Sólo unos cuantos chiflados, a
los que parece no importunarles el sol, las serpientes ni los lagartos
atraviesan furtivamente el pavimento. La carretera, que cruza el pueblo, está
bordeada por arbustos secos y cactus. Y es que aquí, a 700 kilómetros al
suroeste de Johannesburgo, a la entrada del desierto del Karoo, Africa del Sur
parece el «far-west».
En
este pequeño oasis verde pálido, el café no se llama Bagdad, sino Kaffe Asfaal.
En el interior del local, la dueña ha tendido en unas cuerdas los vestidos de
algodón y los gorritos con puntillas, al estilo de los «boers». En las calles
no se ve ni un sólo negro o mestizo. ¿Estoy todavía en Suráfrica? La visión de
unas cuantas rosas en el borde de un jardincillo cubierto de césped me da la
respuesta: esto sólo es posible con la obstinación botánica de los blancos
surafricanos. Y es que estoy en Orania, el único pueblo totalmente blanco del
antiguo país del apartheid.
Sus 350 habitantes son todos afrikáners, descendientes directos de los
primeros colonos holandeses y calvinistas, mezclados, a lo sumo, con algunos
hugonotes franceses. La última «tribu blanca de Africa», como llama un autor
británico a los tres millones y medio de afrikáners, que posee una identidad
singular. Una identidad basada desde el principio en la reclusión de las
mujeres, cuya única distracción es la lectura de la Biblia y en una visión
siempre a distancia y a punta de fusil del Africa negra. Desde hace tres
siglos, los afrikáners vienen luchando por preservar su identidad, primero de
la «opresión» británica y, después, del «peligro negro», el «Swaart gevaar».
Escapando de la dominación inglesa en sus carretas de bueyes, los «boers»,
estos campesinos afrikáners, subieron en 1834 hacia el norte, explorando las
tierras fértiles que se encontraban más allá de los ríos Orange y Vaal. Veinte
años después de su primer éxodo, consiguieron hacer realidad su sueño de
independencia y fundaron dos repúblicas. Una independencia que duró poco:
«cazados» cuarenta años después por los británicos, los afrikáners se ponen en
pie de guerra. Derrotados y humillados, se unen, por la fuerza, en 1910, a la
Unión Surafricana y tienen que esperar más de cuarenta años para saborear su
revancha. En 1948, la victoria electoral de los nacionalistas afrikáners marca
el inicio de la instauración del «apartheid».
Hoy, cuando el Partido Nacional se dispone a entregar el poder a la mayoría
negra, son muchos los que estiman que la soberanía de la nación afrikáner está
de nuevo -y más que nunca- en peligro. De ahí que reivindiquen un «Volkstaat»,
un «Estado del pueblo», reclamado por la mayoría de los afrikáners y no sólo,
como algunos quieren hacer creer, por la extrema derecha racista, liderada por
el movimiento neonazi AWB de Eugène Terre-Blanche.
En efecto, incluso los más liberales y los más cultos no harían ascos a una
porción de territorio en la que pudieran satisfacer su ansia de
autodeterminación. Pero, ¿dónde se situaría este «Volkstaat»? ¿Cómo y cuándo
se les concedería? Por eso, saltando por encima de las teorías y sin paciencia
para esperar a que los políticos se decidan, o no, a concedérselo, un puñado
de afrikáners, reunidos en torno a Carel Boshoff, profesor de Teología en
Pretoria y presidente de la Fundación para la Libertad de los Afrikáners (Afrikáner
Vryheid Stigting) pasó a la acción y fundó Orania.
La historia de Orania comienza con un pequeño anuncio en un periódico
agrícola, en el que se solicita comprador para el pueblo. El pueblo está a la
venta. Había sido construido en los años 80 para los funcionarios del servicio
de Aguas y para los 65 obreros mestizos que trabajaban en la construcción de
una presa en el río Orange. De ahí que contase con casas espaciosas, aunque
prefabricadas, iglesia y escuela coquetas para los unos, así como un minúsculo
municipio con sus calles de arcilla para los otros. En el mes de enero de
1990, la presa se terminó y las familias blancas hicieron sus maletas y se
fueron. Entonces, antes que devolver a la naturaleza las 500 hectáreas de este
pueblo artificial, el Gobierno decidió encontrarle un nuevo propietario. Toda
una ganga para Carel Boshoff y sus amigos, que compran Orania y su centenar de
casas por un trozo de pan: setenta millones de pesetas.
El único inconveniente: los obreros mestizos no se querían ir del pueblo
abandonado por los funcionarios blancos. El enfrentamiento con ellos, para
conseguir que abandonasen la aldea, se convirtió en «una sucia y triste
historia», según Andre Van den Berg, uno de los actuales residentes de Orania.
Y es que, por un lado los «intrusos», que estaban en paro, no tenían dónde ir.
Por el otro, los nuevos propietarios estiman que han comprado el pueblo, pero
no a sus habitantes. Además, los mestizos hubieran querido quedarse en esta
comunidad con la que habían terminado por identificarse, no en vano hablaban
ya el «afrikaans» y compartían su fe calvinista.
La asimilación de los 3,2 millones de mestizos en el seno de la nación
afrikáner es objeto de una viva polémica, desde hace varios años, entre los
propios afrikáners. En cambio, los afrikáners de Orania no se anduvieron con
contemplaciones. «Una lengua y una misma religión no son suficientes para
hacer que alguien forme parte de nuestra cultura. No tenemos los mismos
valores ni la misma historia», explica el alcalde de Orania, Pielser Jerrie.
Por su parte, ocupados en otras prioridades, el Gobierno y el Congreso
Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela miran hacia otra parte y los
mestizos son expulsados del pueblo.
Inmediatamente después de su salida, el Ayuntamiento restaura sus casas, que
deben albergar a los obreros afrikáners, que reemplazarán a la mano de obra
negra. Y es que los habitantes de Orania están decididos a cortar por lo sano
y acabar con todos los compromisos y las medias tintas del pasado. En Orania,
no está permitido siquiera contratar a criadas o a jardineros negros.
«Nos hemos vuelto un pueblo perezoso», susurra Désirée Adendorf, un jubilado
que se ha convertido en el «patrón» del hotel de Orania. Demasiado viejo para
poder cargar sólo con todo el trabajo de su pequeño hotel, Désirée intentó
cargar algunas tareas ingratas sobre una mujer, joven y blanca, a la que
contrató como ayudante de servicio doméstico. «Eso es trabajo de kaffir»
(negro en «afrikaans»), le espetó ésta e inmediatamente se largó sin ni
siquiera pedir su cuenta. Y como ella, otros muchos obreros llegaron e,
inmediatamente, volvieron a irse, a pesar del paro creciente entre los
miembros de la comunidad blanca. Y a pesar también de los interesantes
incentivos que les ofrece el municipio. Por ejemplo, si para comprar una casa
en la parte principal de Orania se necesitan casi cuatro millones de pesetas,
las de la «Pequeña Felicidad», el antiguo municipio para negros, sólo cuestan
setecientas mil pesetas para el que las quiera comprar o dos mil quinientas
para el que las quiera simplemente alquilar.
Yendo de un lugar a otro con su pequeña familia, Van der Merwe oyó hablar de
Orania. «Aunque no fuese por el trabajo, hubiera terminado por venir, dice
este antiguo soldado, instalado aquí desde hace 18 meses. Estaba harto de los
negros. No se valoran a sí mismos, no intentan superarse ni hacen nada para
salir de su penosa situación».
En Orania, Van der Merwe repara los transistores y los televisores de todos
los vecinos. Los otros cincuenta obreros encontraron trabajo en una de las 51
pequeñas empresas con las que cuenta la aldea: comercios, carnicería, taller
mecánico y hasta pequeñas empresas que fabrican «clips» o muebles de cocina
para toda la región. Es decir, no se trata de un nuevo retorno a la tierra
para estos nuevos pioneros afrikáners, todos ellos de procedencia urbana y que
están convirtiendo Orania en una próspera comunidad. Para eso, hizo falta
dinero, dedicación y buena voluntad, como la de algunos jubilados, gracias a
los cuales la ciudad cuenta con su café, su hotel, un dentista y un médico que
atiende un hospital de nueve camas.
Para Yolande Potgieter y su marido, venir a Orania supuso «otros muchos
sacrificios». El era empleado de los ferrocarriles nacionales y ella, del
ministerio de Hacienda y, como tales, gozaban de una excelente posición y una
bonita casa en una zona residencial de Johannesburgo. En Orania, se ocupan del
único supermercado que hay. «No nos gustan los negros. Roban y matan. No es
que neguemos que también hay criminalidad entre los afrikáners. Pero como los
negros son diez veces más numerosos, eso se nota. Este es, de hecho, su
principal problema. Si nosotros salimos mejor adelante, no es porque, en las
zonas blancas, tengamos más dinero, sino porque nosotros tenemos dos o tres
hijos y ellos, en cambio, tienen diez», asegura en un largo soliloquio la
joven mujer, que parece totalmente convencida de lo que dice.
Deufie Van der Spuy procede de Natal. Está aquí porque quería terminar su vida
en un lugar tranquilo y apacible. «Tenía miedo incluso de pasearme por la
playa», explica la sexagenaria, feliz de haber cambiado «las verjas en las
ventanas, los sistemas de seguridad y las alarmas» por la tranquilidad de
Orania. Y es que, mientras Sudáfrica se ha convertido en el país más violento
del mundo, en el que se han contabilizado 20.000 crímenes en el año 1992, en
este pueblo sólo se ha registrado un robo de una bomba de agua desde que está
habitado exclusivamente por los afrikáners.
Según sus habitantes, la receta del éxito de Orania se basa en la estricta
separación entre su zona residencial y la llamada «zona de libre comercio»,
integrada por algunas tiendas, situados al borde de la carretera nacional. En
la primera, no pueden entrar los negros ni los mestizos; en la segunda, en
cambio, está autorizada su presencia, siempre que sea de paso. Ni siquiera ha
sido necesario promulgar una ley para hacer cumplir esta regla, que se ha
impuesto con toda naturalidad y que todo el mundo respeta. Además, los
afrikáners saben ser «flexibles». Por ejemplo, cuando un empleado negro de la
compañía telefónica o eléctrica tiene que operar en el centro de la ciudad, se
le deja entrar. Asimismo, los conductores de camiones negros y mestizos pueden
pararse en la zona comercial que está al lado de la carretera nacional a tomar
una copa o comer un bocadillo. «La clave consiste en mantener el equilibrio
entre los negocios y la tranquilidad», explica el presidente Van der Berg. Por
eso, el antiguo propietario del Kaffe Asfaal, que se divertía azotando a los
negros que se detenían en su local, ha sido expulsado.
«El racismo formará parte de la Constitución de los afrikáners durante mucho
tiempo, porque durante medio siglo hemos creído en el poder de la
discriminación para asegurar nuestra supervivencia como minoría», afirma Van
der Berg. Hoy, en cambio, ya no se trata tanto de «poder», cuanto de
consecución de una «entidad separada» para volver a lo que los fundadores de
Orania creen poder calificar de nacionalismo «depurado», es decir, «un
nacionalismo sin xenofobia y sin complejo de superioridad». De ahí que las
esperanzas se vuelvan hacia las jóvenes generaciones de Orania. «Me gustan las
canciones, los bailes y los poemas afrikáners y quiero que perduren. Y eso no
es posible en un país en el que somos diez veces menos numerosos» explica con
pasión Berthus, una joven estudiante de Pretoria, que se acaba de instalar en
el pueblo.
Numancia
en el río Orange.
Los afrikaners de Suráfrica
cavan la última trinchera
06-07-1991
La nueva Suráfrica que está a punto de nacer provoca escalofríos en un buen
número de blancos, para quienes supone un radical desplome hacia la
africanización y el tercermundismo. Para los afrikaners, descendientes de los
primeros blancos que se asentaron en el cabo y que consideran a Suráfrica como
su país, se hace muy dificil pasar por el aro. Una minoría de esta
desorientada minoría está ya echando los cimientos de un futuro Estado
afrikaner en Orania, en la ribera del río Orange situada en el desértico
suroeste de Suráfrica
Karel
Boshoff, profesor de la Universidad de Pretoria, es el padre intelectual de lo
que debería convertirse en el Estado Afrikaner de Orania, una escisión de la
República de Suráfrica para acoger a un pueblo de 2,5 millones de personas que
buscan la autodeterminación. "El afrikaner ama la libertad, luchó por ella
durante 150 años y no va a aceptar la dominación extranjera, sea blanca o
negra", dice Boshoff en su despacho de Pretoria. "El problema de los
afrikaners es que están diseminados por todo el país", añade. Había que
identificar un territorio que pudiera ser el Estado afrinaker. Boshoff
concluyó que el relativamente despoblado oeste, apenas un millón de personas
en casi la tercera parte del país, era la nueva tierra de promisión.
Estudios geológicos, de pluviometría y de aprovechamiento del Orange muestran
que lo que hoy es un desierto podría convertirse en una zona capaz de sostener
a cientos de miles de familias. "Antes tratamos de llevar a los negros a las
zonas subdesarrolladas, pero la atracción del desarrollo les hacía volver. Lo
que nosotros pretendemos ahora es dejar las zonas desarrolladas y empezar de
cero con un sistema monocolor". Es un apartheid a la inversa, un gueto sólo
para blancos en el que no habrá lugar para los negros: "Podrán venir, pero
como visitantes, sin reclamar derechos ni poder político".
Dos trabas elementales obstaculizan el nacimiento de la imaginaria República
de Orania: la escisión de Suráfrica y la presencia en el territorio de negros
y mestizos. "El Gobierno va a ver que no es un precio muy alto a cambio de
mejorar la situación", dice Boshoff. "La alternativa es una situación
inestable en la que se verá que el Congreso Nacional Africano no tiene el
monopolio de la violencia".
Boshoff asegura que la idea ha tenido buena acogida entre los blancos, "que se
dan cuenta de que van a ser una minoría sin derechos", y confía en que la
Constitución surafricana que ha de redactarse en un plazo de uno a tres años
empuje a Orania a unos 300.000 blancos. "La situación va a cambiar tanto que
Orania va a ser una idea atractiva", añade Boshoff.
Johan Moolman, un mecánico de la zona de Port Elizabeth, fue el primero en
establecerse, aun antes de la compra del campamento, que el llarila pueblo,
que se realizó el último día del pasado mes de febrero. Johan acaba de llegar
de una semana de caza en el Kalahari, donde se ha hecho con más de dos
toneladas de carne. Johan es un osazo de manos tremendas y carácter amable, un
característico afrikaner. "He dejado atrás todo lo que era agradable y fácil
para empezar una nueva vida desde cero. Tenemos que sacrificarnos para que la
nación afrikaner y mis hijos sobrevivan", dice mientras entrega con parsimonia
a su mujer, Candida, trozos de carne seca de jemsbok, el antílope surafricano,
para colgar.
Moolman se ha montado una tienda de ultramarinos y un garaje en Orania, que
para él es la última trinchera. Salió de Namibia hace años y ahor a tiene que
empezar una nueva vida escapando otra vez de los negros, como Candida, de
ascendencia portuguesa y huida de Angola.
Los negros y el poder
"Los negros sólo quieren el poder. Después empiezan a destruirlo todo. No hay
más que ver el resto de África" dice Johan. La petición de Nelson Mandela de
una Suráfrica unida le pone en pie de guerra: "Lo que pide Mandela y lo que va
a tener es muy distinto. No es más que un negro imbécil. Puede pedir toda
Suráfrica, pero a mí no me va a tener; puede comprar a los judíos... pero no
va a tener esta tierra mía. Que vengan y lo intenten. No queremos guerra pero
si la quiere va a tenerla".La Biblia es el único libro visible en casa de
Johan y Candida, el libro que rige sus vidas y las de sus tres hijos. Candida
habla en afrikaan y Johan lo traduce al inglés: "Mandela no tiene elección
porque no cree en Dios, y Dios no va a permitir a Mandela o a nadie que nos
quite esto."
A la hora del almuerzo a casa de los Moolman llega Ems van der Merwe,
bibliotecaria jubilada que dice no haber sido nunca tan feliz como en Orania.
Ems tiene en la cabeza que Suráfrica es víctima de un compló ateo-Iiberal-judeo-africanizante-marxista.
"En Ciudad del Cabo han rodeado la ciudad", y describe círculos con la mano.
"¿Por que se han establecido de esa forma estratégica? Ahí hay algo. Y el
negro no puede organizarse; es cosa de los comunistas". La encargada de elegir
los fondos bibliográficos para Orania dice también: "El dinero internacional
quiere hundir a Suráfrica. Los Kissinger, Rockefeller, Rothschild... toda esa
gentuza no quiere al afrikaner. Y vaticina: "No creo que llegue Navidad sin
que haya sangre. Este Mandela cada vez pide una cosa distinta. No quiere
negociar".
"Somos europeos en Africa; el conflicto procede de que África quiere ser
África y que hay europeos", diagnostica Visser, responsable de la educación en
Orania. "Yo no voy a aceptar un país gobernado por negros, que la experiencia
en todo África demuestra que va al caos. Nunca han construido nada. La cultura
blanca y la cultura negra son incompatibles. Ahora no estamos buscando
soluciones para Suráfrica, sino para nosotros. Nunca me ha interesado la
política ni soy violento, pero si me fuerzan a luchar, lucharé".
Volkstaat (
El Volkstaat (en afrikaans Estado del Pueblo) es una propuesta de
autodeterminación para el establecimiento de la minoría afrikaner en Sudáfrica
siguiendo principios federales, pero buscando la independencia total en forma
de una patria para los afrikaners.
Algunos afrikanears han perseguido la autodeterminación e independencia
mediante la creación de repúblicas bóer desde el siglo XIX. La pérdida de la
autodeterminación y el fin del poder de la minoría en Sudáfrica han hecho
resurgir esta propuesta.
Se ha hecho numerosos estudios y propuestas, pero parece que nunca ha tenido
un apoyo mayoritario entre los afrikaners. El apoyo se ha incrementado
por la degradación de su calidad de vida en Sudáfrica.
Hay diferentes métodos para establecer el Volkstaat. Al margen del posible uso
de la fuerza, la Constitución de Sudáfrica y la legislación internacional
ofrecen algunas posibilidades. La dispersión de las comunidades afrikaners,
que son minoritarias por todo el país, es un obstáculo importante para el
establecimiento del Volkstaat, ya que los afrikaners no son mayoritarios en
ningún área geográfica separada que se pueda sostener independientemente. Los
propulsores de la propuesta han creado dos pequeñas comunidades, Orania en la
Provincia Septentrional del Cabo y Kleinfontein en Gauteng, con el fin de
llevarla a la práctica.
El gobierno sudafricano ha declarado que no dará, en absoluto, apoyo a un
Volkstaat, pero que hará lo posible para asegurar la protección de la lengua y
cultura de los afrikaner, así como de las otras minorías del país.
El caso de separatismo territorial entre los afrikaners no tiene tanta fuerza
como las reclamaciones presentadas por otros nacionalismos étnicos como los de
los kurdos, chechenos o tamiles.
A finales de los 80, el Afrikaner Vryheidstigting o Avstig (Fundación para la
Libertad Afrikaner), creada por el profesor Carel Boshoff, propuso la creación
de un Volkstaat en el norte de la Provincia Septentrional del Cabo, una zona
rural y mínimamente desarrollada. Avstig compró la ciudad de Orania en 1991 y
la convirtió en un Volkstaat modélico. Boshoff se convirtió en representante
del Frente de la Libertad, un partido político que defiende el concepto de
Volkstaat.
Orania está situada en el ápice más septentrional del original Volkstaat, en
la Provincia Septentrional del Cabo y cerca del Estado Libre.
Apoyo a la propuesta y medios para llevarla a cabo.
]Se llevaron a cabo dos encuestas entre los blancos sudafricanos, en 1993 y en
1996, con la pregunta "¿Qué te parecería la demarcación de un área para
afrikaners y otros blancos sudafricanos en la cual pudiesen disfrutar de
autodeterminación? ¿Apoyas la idea del Volkstaat?". La de 1993 dio el
resultado del 29% de simpatizantes de la idea, y que un 18% considerarían la
posibilidad de trasladarse. La de 1996, sin embargo, había bajado a un 22% de
simpatizantes y sólo el 9% pensaba trasladarse. Por el contrario, la
proporción de blancos sudafricanos que se oponían había aumentado del 34% al
66%.
La encuesta de 1996 mostró que "aquellos que en 1996 habían dicho que podrían
considerar trasladarse al Volkstaat eran principalmente hombres de habla
afrikaans que votaban al Partido Conservador de Sudáfrica o al Frente de la
Libertad, tenían puntos de vista racistas (24% racistas, 6% ligeramente
racistas, 0% no racistas) y no estaban a gusto con la nueva Sudáfrica
democrática".[4] El redactor, sin embargo, no daba una definición de "punto de
vista racista", y se podía confundir con posiciones de otros grupos.
Antes de las elecciones de 1999 se sugirió que el 26,9% de los afrikaners
querían emigrar, pero como no podían, se mostraban partidarios de soluciones
al estilo del Volkstaat.
En una conferencia de autodeterminación afrikaner celebrada en Orania en
octubre de 2005, los intelectuales afrikaners mostraron poco entusiasmo por la
separación territorial, y propusieron otras ideas, como la de un "ciber-gobierno".
Insatisfacción con la vida
La insatisfacción con la vida en la Sudáfrica post-apartheid suele citarse como indicación de apoyo a la idea del Volkstaat entre algunos afrikaners.
Una encuesta hecha por el Consejo del Volkstaat entre blancos de Pretoria,
identificaron los siguientes problemas por orden de importancia:
Crimen
Problemas económicos
Seguridad personal
Acción afirmativa
Calidad educativa
Crecimiento de la población
Servicios sanitarios
Derechos lingüísticos y culturales
Vivienda
Otros
Ataques a granjas
Entre los afrikaners rurales, los crímenes violentos contra la comunidad
granjera ha contribuido a endurecer sus actitudes. Entre 1998 y 2001 se
produjeron 3.500 ataques a granjas por todo el país. Estos ataques han
provocado la muerte de 541 granjeros, sus familias o sus trabajadores, en sólo
tres años. La media era de dos ataques a granjas cada semana.
El Frente de la Libertad interpreta estos hechos como un tipo de violencia
étnica que tiene como objetivo los afrikaner. A mediados de 2001, este grupo
pidió a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que presionase al gobierno
sudafricano para que hiciera algo para evitar la muerte de granjeros, definida
por ellos como "masacre étnica". Su líder, Pieter Mulder, reclamó que muchos
de los ataques parecían organizados, y que el motivo no solo era criminal,
porque "en Sudáfrica crecía un definitivo clima antiafrikaner. Los asesinos de
afrikaners a menudo eran aplaudidos por sus partidarios en los juicios".
Una Comisión Independiente creada por la Comisión Nacional de Policía, publicó
un informe en 2003, donde indicaba que la población blanca no erea el objetivo
exclusivo de los ataques, y que la proporción de víctimas blancas se había
reducido en los cuatro años anteriores al informe.
Desempleo
A pesar del
deterioro de su situación desde el fin del apartheid, los afrikaner tienen una
de las tasas de empleo más alta del país. Los blancos (de los cuales cerca de
la mitad son afrikaners) sólo tenían un índice del 10% en 2001 (la media
nacional es del 37%), pero ha crecido un 197% desde 1995. Están desempleados
un total de 228.000 blancos.[2]
La satisfacción laboral entre los afrikaners sólo es superada por la de los
anglófonos, ya que un 78% respondieron a una encuesta que estaban "muy
satisfechos" con su trabajo.[12] Sin embargo, la situación es peor que cuando
había apartheid, cuando los blancos recibían un tratamiento especial, y ello
puede nutrir de partidarios al Volkstaat.[9]
Uno de cada cinco blancos sudafricanos emigraron durante la década 1995-2005 a
causa de los crímenes y de la Acción Afirmativa, iniciativa legal que pretende
que las tasas de empleo reflejen la verdadera situación demográfica del país,
cosa que hace que los afrikaner tengan dificultades para encontrar trabajo.
Emigración
Según una
encuesta preelectoral de 1999, el 2,5% de los afrikaners querían emigrar, el
26,4% estaban dispuestos a hacerlo si podían y el 5,3% lo estaba considerando.
La mayoría, sin embargo, el 64,9%, quería quedarse. La encuesta sugirió que el
porcentaje de afrikaners que querían emigrar y no podían representaban el
deseo de una solución como el Volkstaat.
Una nueva encuesta del Instituto Sudafricano para las Relaciones Raciales,
realizada en septiembre de 2006, puso de relieve un declive estimado de la
población blanca sudafricana del 16,1% en la década 1995-2005.
Situación actual para la creación del Volkstaat
Wingard afirmó en
2005 que sólo una "guerra civil" podía hacer que los afrikaner obtuvieran la
independencia en cualquier parte de Sudáfrica.[9] El Frente de la Libertad
Plus continúa dando apoyo a la idea, pero su apoyo electoral es bajo (1% del
voto en 2006 sobre todos los sudafricanos, lo que representaría el 6% de los
afrikaners).
Hay dos mini-Volkstaats, ciudades compradas como propiedad privada donde se
practica el separatismo afrikaner. Un grupo menor que conspiraba establecer un
Volkstaat por la fuerza fue desarticulado en 2003.
Volkstaat por la fuerza
- Die Boeremag
(Fuerza Bóer) fue una organización separatista afrikaner violenta. La mayoría
de sus miembros fueron arrestados en 2003 y acusados de traición.
- Frente de la Libertad
El Frente de la
Libertad ha sido la mayor fuerza política que ha promovido la idea. Este
partido político afrikaner tiene representación en el parlamento nacional y en
algunos provinciales. Su apoyo, sin embargo, ha caído bajo los 140.000 votos,
es decir, menos del 1% a nivel nacional en 2004. Ello significaría que menos
del 6% de la población blanca afrikaner (2.558.958 según el censo del 2001)
los apoya.
Volkstaat bajo propiedad privada
Se ha intentado crear un Volkstaat en la pequeña ciudad de Orania, en la Provincia Septentrional del Cabo. La tierra de la ciudad es de propiedad privada, y los afrikaners han sido animados por los promotores del proyecto, aunque pocos han respondido de momento: aproximadamente 600 habitantes en 2001, 10 años después de su establecimiento.
Se ha hecho otro
intento de de asentamiento en Kleinfontein cerca de Pretoria (en el área
metropolitana de Tshwane). Ambos asentamientos no son municipios y no tienen
autogobierno legalizado ni ningún reconocimiento oficial. Sólo Orania ha
reclamado al gobierno ser reconocido como municipio separado.