Orania, un reducto del «apartheid» en el desierto sudafricano

 

 


Un grupo de 600 afrikáners convive en una localidad exclusiva para blancos y regida por sus propias normas racistas

Una estatua de bronce en honor del arquitecto del apartheid despunta sobre un desolado risco en medio del desierto, desde donde contempla el gastado poblado, azotado por el viento, que se ha convertido en el último reducto de su sueño.

En ese lugar, bajo un sol de otoño, un puñado de sus descendientes trabaja duro para intentar cincelar de este pétreo suelo un oasis exclusivo para blancos. Sueñan con que este polvoriento enclave se convierta en la semilla de la que germine un fértil suelo patrio independiente en el que los afrikáners blancos progresen, y donde mantengan viva la visión racialmente segregacionista de Hendrik Verwoerd, el anterior primer ministro sudafricano.

Esto es Orania, ubicado a 900 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo, en la remota provincia de Northern Cape. Una ciudad granjera blanca, de propiedad privada, y que ha dado la espalda a la nueva democracia.

La visión de Verwoerd, al igual que la figura esculpida que tanto les gusta mostrar a los residentes, se ha convertido en una parodia del pasado. El otrora poderoso líder blanco, que hace 35 años quiso confinar a la mayoría negra sudafricana a una serie de pequeños reductos infértiles y mantener blanco y puro el 87% de las mejores tierras, ha quedado inmortalizado como un enano de un metro.

La creación de Orania
 

«Soy muy feliz viviendo aquí, es bastante seguro y eso es muy importante para mí... Tengo mi gente, mis hijos y mis nietos», dice, a sus 97 años, Betsie, la arrugada viuda de Verwoerd, sentada en una silla de ruedas en el interior de su casa prefabricada, llena de rosas y recuerdos de su marido.

Tannie (Tía) Betsie se mudó a Orania en 1992, un año después de que un grupo de derechistas compraran al Gobierno, por 1,5 millones de rand (unos 37 millones de pesetas), una ciudad edificada con motivo de la construcción de una presa, una ciudad que declararon de propiedad privada, lo que significa que los 600 habitantes de Orania tienden a crear sus propias normas.

Un comité se encarga de investigar a los potenciales residentes. Los negros pueden realizar compras o hacer repartos pero no pueden trabajar o pasar la noche en la localidad. «No le tengo demasiado cariño al lugar», reconoce Darrell Vaalmark, un vendedor mestizo, tras describir cómo un residente de Orania le llamó «kaffir», mientras intentaba obtener clientes en la localidad. Kaffir es un término peyorativo para designar a los negros y que está prohibido utilizar hoy día. Vaalmark, el cual tiene permiso para vender sus productos al supermercado en las afueras de Orania, afirma que un corpulento hombre blanco, vestido con pantalones y botas de combate, amenazó con pegarle un tiro si regresaba.

Durante los últimos ocho años, desde que arribaron los primeros residentes y se mudaron a los destartalados chalés prefabricados de la época de la construcción hidráulica, Orania ha crecido hasta contar con dos escuelas -una de ellas con su propio sistema educativo informatizado-, un hospital, una estación de servicio, un supermercado, una carnicería, un museo, un hotel y un cámping. Un edificio con un campanario sirve como iglesia para esta comunidad profundamente calvinista, cuyos miembros piensan que obtendrán su volkstaat (patria en afrikaans), si Dios así lo quiere.

Las banderas del volkstaat de vivos colores, una amalgama de los pendones de las repúblicas afrikáner bóer del siglo pasado, ondean en este árido rincón donde sólo dos partidos políticos de derechas han realizado una campaña electoral previa a las segundas elecciones democráticas previstas para el próximo 2 de junio.

Sus habitantes afrikáners blancos proceden de distintas partes de Sudáfrica; piensan que han perdido sus derechos tras convertirse en un grupo minoritario dentro de una nación de mayoría negra. Ven el comienzo de una nueva vida en este ordenado pueblecito al lado de los secos márgenes del río Orange, el cual da nombre a Orania y es la arteria vital de la actividad agrícola de la localidad. Una granja láctea con 300 vacas y gestionada por ordenadores es el orgullo del pueblo. También se cultivan maíz, nueces y melones.

Todo el trabajo lo realizan los residentes blancos, bajo la creencia de que el duro trabajo les traerá la libertad. Arguyen que los afrikáners perdieron el poder en Sudáfrica tras hacerse dependientes de la mano de obra negra. Desde 1994, Sudafrica está gobernada por el Congreso Nacional Africano.

«Hemos perdido todo»

«Somos una gente extremadamente independiente y tal vez un poco difíciles por nuestra actitud hacia otros grupos. Hemos perdido todo, nuestra nación, nuestras escuelas, incluso nuestro idioma se encuentra en peligro», afirma Andreas du Plessis, un periodista convertido en promotor de Orania.

Los residentes se quejan de que la prensa ha sido injusta con la comunidad, que en sus ocho años de existencia sólo ha logrado atraer un modesto número de los 2,5 millones de afrikáners blancos que se calcula existen en el país.

Orania posee significados distintos para distintas personas. Según Anna Boshoff, la presencia de Tannie Betsie -su madre- significa mucho para los residentes de Orania, donde unos enormes carteles en blanco y naranja, a lo largo de sus amplias aceras, les recuerda la obligación de pensar y hablar en afrikaans. «Betsy es el símbolo de la libertad afrikáner», asegura Boshoff, directora de uno de los colegios, para reconocer, a continuación, que existen racistas en la ciudad.

Ya en su sesentena, Boshoff guarda un asombroso parecido con su padre, el cual en 1966 fue asesinado por un enajenado en el Parlamento para blancos de Sudáfrica, y cuyo sistema de apartheid envió al presidente Nelson Mandela a la cárcel de por vida. Para Boshoff, Orania representa un lugar donde puede sobrevivir su exclusiva versión del afrikanismo.

Sin paro, sin problemas y sin comisaría

La ciudad de Orania ha atraído a cierto número de personas sólo por cuestiones prácticas, como puede ser la cuestión laboral.

Gys Olivier, el dueño del supermercado de la localidad, dice que él y su familia se mudaron de Pretoria a Orania después de que fuera reasignado a otro trabajo de su puesto como físico en una instalación nuclear.

La política de acción afirmativa ha supuesto para los blancos, que en el pasado tenían su puesto de trabajo literalmente garantizado, que la búsqueda de trabajo les resulte más difícil o que estén siendo jubilados anticipadamente para dar cabida a los aspirantes negros. «Creo que el problema de obtener trabajo es un motivo mucho más específico del por qué viene aquí la gente», afirma Christiaan van der Merwe, un abogado recién licenciado también procedente de Pretoria.

Otros arguyen que ha sido para escapar de la ola de crímenes en Sudáfrica. Sin apenas crímenes, Orania no tiene siquiera una comisaría, y, a diferencia del resto del país, sus casas casi no tienen barrotes y alarmas antirrobo.

 

http://www.orania.co.za/default_eng.asp

 

http://www.kleinfontein.net/index3.htm

 

 

 

 



Orania, más de una década de verdadera Libertad



La opción de crear comunidades autosuficientes


Orania fue abierto oficialmente el 11 de abril de 1991, se trataba de un pueblo abandonado que en 1990 una entidad llamada Afstig (the Afrikaaner Freedom Movement) compró por 1,5 millones de Rands ( +/- 180.000 Euros). A partir del momento de su apertura oficial, se comenzaron a vender las casas a unos precios que oscilaban entre los 31.000 y 41.000 Rands (3.750 hasta 5000 Euros). Con los beneficios de estas ventas, en agosto de 1991, se compró un terreno de 2.300 hectáreas a unas granjas cercanas con el cual las primeras familias instaladas en aquel pueblo comenzarían a dedicarse a la agricultura y la ganadería. La finalidad era crear una comunidad autónoma al gobierno, lo más autosuficiente posible, en la que se pudieran preservar la cultura y la identidad Afrikaan en Sudáfrica.


Son los descendientes de los colonos holandeses y franceses del siglo XVII los que lo pueblan. “Es una cuestión de superviviencia” tal y como afirma Carel Boshoff, uno de los fundadores de este enclave. Para Boshoff, esta acción no significa un acto racista tal y como anuncian algunas instituciones y organismos del gobierno sudafricano actual, sino un punto en el cual pueda preservarse la herencia de una diminuta minoría con mas de 350 años de historia en aquel pais que se ve, ya sea por violencia o por mestizaje, cada dia mas amenazada.


Muchos son los que no logran adaptarse a las dificultades que conlleva el volver a ser autosuficiente. Según la opinión de John Strydom esto se debe a que cuesta despejar la idea misma de que el trabajo manual es en cierta forma degradante. La filosofía de este grupo, en cambio, es que no hay mayor realización que la de poder depender del esfuerzo de uno mismo y de la comunidad a la que directamente se pertenece para la propia supervivencia. Esa es la regla, por ello no se aceptan ni criadas, ni jardineros, ni cualquier tipo de servidumbre asalariada.


Las bajas se han suplido rápidamente con los muchos que huyen de la violencia urbana de la Sudáfrica actual, así como de la creciente discriminación positiva que sufre la minoría blanca de ese pais. Esto hace mejorar la capacidad de esta comunidad, los que no tienen una clara idea de la responsabilidad y del significado de la creación de una comunidad de estas características tienden a marcharse, mientras se quedan todos aquellos con una mayor voluntad y determinación en su objetivo de formar parte y construir conjuntamente un nuevo modo de sociedad ajeno a la que actualmente impera.



Algunas organizaciones antirracistas internacionales consideran un acto racista que no se acepten negros o mestizos en esa comunidad, pero en realidad en el seno de la misma nadie comprende el sentido de una comunidad creada para proteger la identidad y las costubres Afrikaan en la República Sudafricana en la que se acepten negros y mestizos. También son muchos los medios de información en Europa y Estados Unidos que consideran la mera existencia de esta comunidad poco menos que un crimen.  De todos modos esto no es ninguna novedad y sería tonto o hipócrita rasgarse las vestiduras por ello.


A pesar de sus enemigos, Orania persiste y pretende abrir un camino para que otros sigan su ejemplo, con la intención de alcanzar ese "Volkstaat" un Estado del Pueblo, organizado a partir de comunidades autosuficientes en colaboración mutua. La última novedad en esta comunidad es la creación de una moneda propia, que puede verse aquí: http://www.orania.co.za/geld.asp

 


Búnker sólo para blancos
 

Los  ideales del 'apartheid' surafricano subsisten en Orania, un pequeño pueblo al otro lado de la historia
 

24-06-2007



Die Bybel, la Biblia, reposa en unas rocas en la colina que se eleva sobre Orania, un pueblo de unos 600 habitantes -la mayoría rubios, la mayoría de ojos azules, todos blancos- en pleno centro de Suráfrica. Se reúnen 60 personas y atienden al pastor que lee en afrikaans pasajes del Éxodo: Moisés liberando a su pueblo, la tierra prometida, la formación de una gran nación... No es de extrañar la elección del predicador: los fundadores de Orania la crearon en los noventa como el edén desde el que los afrikáners, descendientes de los colonizadores europeos, desplegarían su Volkstaad, el Estado del pueblo elegido que les protegería de, en su opinión, una Suráfrica multirracial dispuesta a vengarse por el apartheid y a acabar con su cultura, su lengua y su religión. A diferencia de Moisés, empero, pocos seguidores han tenido los fundadores de Orania. Sólo 600 de los más de dos millones y medio de afrikáners, muchos de los cuales les consideran racistas y ultraconservadores, fanáticos religiosos con un proyecto trasnochado risible. Es como si no se hubiesen enterado de que la Suráfrica de la supremacía blanca y el apartheid está ya condenada por la historia.


Tras la ceremonia, que conmemora el fin de la guerra anglo-bóer, fiesta pública en la población, se desvelan los bustos de cinco presidentes de la Suráfrica predemocrática. Entre ellos, el arquitecto del apartheid, el hombre que encarceló a Nelson Mandela, Hendrik Verwoerd. Es apreciado en Orania: no en vano, su yerno, Carel Boshoff, es uno de los fundadores. "Era un gran hombre, muy respetable", asegura este doctor en teología, de 79 años, del político que instauró las leyes más odiadas por la población negra, como la de ser confinada en el 13% del territorio en falsas patrias creadas según unas supuestas etnias inmutables. "Pero los blancos, preocupados por la economía, reclutaron a negros para sus fábricas", narra Boshoff, "y éstos trajeron a sus familias, y hubo que abrir escuelas y hospitales, y ya fue imposible desarrollar sus patrias. El espacio vital del afrikáner fue invadido. Había que buscar alternativas y elegimos Orania".

Boshoff deja caer, casual, la expresión "espacio vital", de obvias reminiscencias nazis (el Lebensraum hitleriano), sin pestañear. Tampoco lo hace al reconocer que Orania no ha tenido mucho éxito: "La reacción no fue la esperada, pero es que suponía un cambio radical en un tiempo en el que no era aceptable". Boshoff se refiere al periodo de exultante optimismo tras la liberación de Nelson Mandela y las primeras elecciones en las que la población negra votó, en 1994. "El afrikáner pensó que las cosas no cambiarían; pero ahora hay una africanización del país, y eso inquieta. Además, es víctima de la discriminación positiva [que favorece al negro a la hora de ser empleado]. Si no cambian las cosas, desapareceremos", augura.

La preservación de la cultura es la cantilena de los oraníes. "Aquí, buscando, puedes encontrar uno o dos, pero hay muchos más racistas en Ciudad del Cabo o en Johanesburgo", dice John Strydom, un médico en la cincuentena reconvertido a agricultor y guía de la población. Strydom se mudó hace diez años: "Para estar con los míos. Conscientes de nuestro pasado étnico y cultural, optamos por un retorno a la comunidad, frente a una sociedad cosmopolita". Según él, lenguaje, historia y religión definen al afrikáner. El idioma afrikaans, basado en el holandés, se creó al incorporar giros de los esclavos malayos y de los indígenas zulúes o xhosas, del inglés, francés y portugués. Una lengua usada por parte de la población blanca y mayoritariamente hablada por los coloureds (mulatos), protegida por la Constitución.

Para los oraníes, la protección no es suficiente. "En las escuelas, allá fuera, el afrikaans que se enseña es kafrikaans", ríen Odél y Renée, de 14 y 16 años; término con reminiscencias al kaffir importado del árabe, que en español derivó en cafre, con el significado de salvaje: el epíteto con el que se insultaba a los negros en Suráfrica.

"La religión es importante", asegura Strydom, según la cual los oraníes, calvinistas recalcitrantes, se sentirían "más cercanos a un católico que a un budista, a un anglicano que a un hindú". Y es que los aspirantes al seudo-Volkstaadt pasan un examen de ingreso. "Entrevistamos a unas 48 personas al mes, buscan huir del crimen o del paro. Vemos si tienen antecedentes penales o problemas con drogas. Les decimos que estamos lejos de la ciudad, que el trabajo está complicado", dice el guía. La aceptación depende, según Boshoff, "de que el aspirante esté cómodo entre nosotros, y nosotros con él". La escasez de melanina ayuda. En Orania no vive un solo negro o coloured. Ni siquiera para limpiar casas o recoger la basura, trabajos que durante el apartheid se reservaban a los negros. En Orania son los blancos pobres los que se dedican a estas tareas. "Somos autosuficientes", dice Strydom. El símbolo de Orania es un niño arremangándose, presto al trabajo.

El pueblo, una colonia usada en los sesenta para construir un pantano, fue comprado en 1991 por una compañía creada ad hoc. Tras su restauración, continúa recordando a colonia, a vida regulada. Casas unifamiliares con jardines, escuela, biblioteca, piscina, una joyería, una bodega, una planta de reciclaje. "Me gusta porque es limpio, agradable y tranquilo", dice Christiaan van Zyl, arquitecto, de 40 años. "Además soy un afrikáner orgulloso de serlo". Van Zyl incide en el concepto que los oraníes potencian. "Somos líderes en iniciativas ecológicas", asegura el arquitecto, creador de edificios construidos con balas de paja. "Lo del racismo es m... de vaca", dice sin acabar la palabrota. "Invención de los medios, de los liberales. No nos une el color de la piel, sino la historia, la cultura". "Somos una nación sin Estado. Lo queremos y lo tendremos", concluye Boshoff.



Orania es el último bastión blanco que queda en Suráfrica

 

25-04-2004

Orania, Suráfrica. En un polvoriento y remoto rincón de Suráfrica, unos 600 afrikaners construyen sin mucho aspaviento el sueño de un territorio exclusivamente blanco.
Convencidos de que el régimen de mayoría negra preanuncia el fin de su cultura, un puñado de descendientes de los colonos holandeses y franceses del siglo XVII compró todo un pueblo en un extremo del desierto de Karoo, a 595 km al suroeste de Johanesburgo.

"Es cuestión de supervivencia. Al fin y al cabo, son los números los que cuentan", afirmó Carel Boshoff, ex profesor universitario y uno de los fundadores de Orania.

Aquí flamean las banderas de las repúblicas afrikaner del siglo XIX y los carteles anuncian orgullosos: "Ek praat Afrikaans" (Yo hablo afrikans). Boshoff insiste en que el pueblo no es reliquia de un pasado racista sino un "laboratorio" que explora el modo de preservar una diminuta minoría blanca con más de 350 años de tradiciones e idioma propio en un país negro.

Los fundadores escogieron deliberadamente un lugar aislado y han resistido su incorporación a la administración local, por temor a ser absorbidos por los pueblos vecinos de mestizos.

Un comité inspecciona a los aspirantes a residir aquí, que deben adherirse a las estrictas creencias religiosas y código moral de la ciudad. No se ven bien la bebida ni la cohabitación. La regla es la autosuficiencia: ni mucamas ni jardineros.

No todos se adaptan y muchos se van.

"Cuesta despejar la idea misma de que el trabajo manual es en cierta forma degradante", dijo John Strydom, un hombre alto y resistente que es el guía oficial de Orania.

Muchos vienen escapando de la violencia urbana y la acción afirmativa.

Lukas Taljaard es uno de miles de empleados públicos blancos que aceptaron un retiro anticipado para dar lugar a los trabajadores negros. Incapaz de hallar empleo en otro sitio, se mudó a Orania con su esposa y sus dos hijos y abrió un garaje.

"No hay trabajo para nosotros allí, de modo que tenemos que hacerlo por cuenta propia", afirmó.

Los que vienen por motivos racistas son una minoría, insisten los líderes del pueblo. Cuando se le preguntó por qué no había negros en el pueblo respondió que ninguno ha solicitado la residencia.

"La gente siempre me pregunta si los negros serían bienvenidos", dijo Strydom, y agregó: "Yo me pregunto ¿por qué habrían de querer venir?"

 


 

 

Ecoaldea en Sudafrica

 

19-06-2004


Todos hemos podido ver a los menonitas o a los Amish en películas como "Único testigo", con Harrison Ford, y otras. Son estas personas que visten como hace 200 o 300 años: viven de la agricultura, y rechazan (seria mejor decir que seleccionan) los avances técnicos: así no usan la electricidad ni los automóviles en su vida "casera", pero si que la usan en su actividad profesional para ser competitivos (atención al dato!). Hay varias ciudades menonitas en el Paraguay. Suelen llevar nombres alemanes como Sommerfeld, aunque la principal sea Filadelfia (nada que ver con la de los EEUU) e incluso hablan en sus comunidades un idioma antiguo llamado Plat Deutsch. En total son unas 50,000 personas. Estas comunidades están situadas en la region del Chaco, son comunidades prosperas, mucho mas que el resto de Paraguay, y viven mas que dignamente con un minimo de energía y de comodidades superfluas.


Otro caso es la ciudad de Orania, en Sudafrica. Dejando aparte, que no es poco, el motivo mas que probablemente racista de su constitución, pues es solo para blancos y representa un rechazo del actual sistema multicolor (aunque en la practica sea mas negro que otra cosa) del pais, hay que reconocer que es de lo mas parecido a una comunidad sostenible, pues la sostenibilidad es uno de sus objetivos explícitos, además de la preservacion de la cultura y la lengua "afrikaans". Nació alrededor de 1990, y cuenta con unos 500 habitantes dedicados a la agricultura (muy tecnificada, usando métodos que aprendieron en Israel para cultivar el desierto), y como comunidad funciona perfectamente bien, aunque crece muy lentamente.


Lo que si quisiera destacar es que estas comunidades tienen un trasfondo ideológico claramente definido: la religión en un caso y la preservación de la cultura "afrikaans" en el otro. Creo que sin un trasfondo ideológico o religioso no es posible que una comunidad de estas características funcione, pues sin un objetivo "mas alto" que el de vivir bien no hay forma de evitar ni de resolver los problemas que la convivencia conlleva inevitablemente. En mi opinión, la pura sostenibilidad no es movil suficiente, eso cuando no se usa como tapadera de elementos antisociales o snobs.


No puedo evitar dejar de comentar a este respecto, que eso de montar de comunidad autosostenible ocupando por las buenas un pueblo no es forma de hacer las cosas, por muy aparentemente abandonado que el pueblo esté. Orania, por poner un ejemplo, se formo a partir de la compra legal por parte de varias decenas de familias, de un antiguo poblado minero abandonado. Pagaron por el pueblo, en 1990, unos 200.000 dólares (que es el precio medio de un piso sin ningún lujo en Barcelona o Madrid), pero lo compraron. Nada de okupas ni de historias por el estilo. No debe extrañar que si se empieza con una ocupación se acabe con una expulsión porque los propietarios se defienden.

 

Por otra parte la compra obliga a quienes emprendan la "aventura" a comprometerse y a ser serios en el empeño e impide que se desanimen a las primeras de cambio. Probablemente también deberia decir que, en mi opinion, el movimiento "ecoló", como un poco frívolamente lo llaman en Francia, recoge a un exceso de amateurs de fin de semana y, en cambio, esta falto de gente seria que sea consciente de que no hay soluciones maravillosas, baratas y sin esfuerzo. Lo mas probable es que el resultado no sea tan bonito como uno separaba al principio y que el esfuerzo haya sido mucho mayor de lo esperado, pero que aun asi haya valido la pena, porque lo alcanzado habrá sido real y tangible.


Podéis encontrar info sobre los menonitas d Paraguay y también sobre Orania en Google. Mientras los comentarios sobre los menonitas son mas o menos amables, aunque de tono condescendiente, los comentarios sobre Orania suelen ser ferozmente críticos al concentrarse en su claro rechazo de la diversidad étnica, "mantra" poco menos que sagrado en el mundo actual. Pero si uno es capaz de obviar este aspecto y limitarse al contexto sostenible de esta ciudad puede encontrar en ella muchos elementos útiles, empezando por el uso de dinero propio de Orania en vez de los rands de Sudafrica con el objetivo de propiciar el intercambio de bienes y servicios dentro de la comunidad.



 


Orania, reserva de blancos

 

10-04-94

 

En 1990 un puñado de afrikáners compra esta aldea que se convierte en la primera «reserva» blanca de Suráfrica. En Orania sólo hay una regla: los mestizos y los negros tienen prohibida la entrada en la parte residencial del pueblo. Sus 350 habitantes sueñan con construir el Estado blanco que les permita no tener que soportar la llegada al poder del CNA.


A lo lejos, parece que el macadán baila y que el asfalto se ha vuelto loco a causa del tórrido calor que reina en el lugar. Sólo unos cuantos chiflados, a los que parece no importunarles el sol, las serpientes ni los lagartos atraviesan furtivamente el pavimento. La carretera, que cruza el pueblo, está bordeada por arbustos secos y cactus. Y es que aquí, a 700 kilómetros al suroeste de Johannesburgo, a la entrada del desierto del Karoo, Africa del Sur parece el «far-west».

En este pequeño oasis verde pálido, el café no se llama Bagdad, sino Kaffe Asfaal. En el interior del local, la dueña ha tendido en unas cuerdas los vestidos de algodón y los gorritos con puntillas, al estilo de los «boers». En las calles no se ve ni un sólo negro o mestizo. ¿Estoy todavía en Suráfrica? La visión de unas cuantas rosas en el borde de un jardincillo cubierto de césped me da la respuesta: esto sólo es posible con la obstinación botánica de los blancos surafricanos. Y es que estoy en Orania, el único pueblo totalmente blanco del antiguo país del apartheid.

Sus 350 habitantes son todos afrikáners, descendientes directos de los primeros colonos holandeses y calvinistas, mezclados, a lo sumo, con algunos hugonotes franceses. La última «tribu blanca de Africa», como llama un autor británico a los tres millones y medio de afrikáners, que posee una identidad singular. Una identidad basada desde el principio en la reclusión de las mujeres, cuya única distracción es la lectura de la Biblia y en una visión siempre a distancia y a punta de fusil del Africa negra. Desde hace tres siglos, los afrikáners vienen luchando por preservar su identidad, primero de la «opresión» británica y, después, del «peligro negro», el «Swaart gevaar».

Escapando de la dominación inglesa en sus carretas de bueyes, los «boers», estos campesinos afrikáners, subieron en 1834 hacia el norte, explorando las tierras fértiles que se encontraban más allá de los ríos Orange y Vaal. Veinte años después de su primer éxodo, consiguieron hacer realidad su sueño de independencia y fundaron dos repúblicas. Una independencia que duró poco: «cazados» cuarenta años después por los británicos, los afrikáners se ponen en pie de guerra. Derrotados y humillados, se unen, por la fuerza, en 1910, a la Unión Surafricana y tienen que esperar más de cuarenta años para saborear su revancha. En 1948, la victoria electoral de los nacionalistas afrikáners marca el inicio de la instauración del «apartheid».

Hoy, cuando el Partido Nacional se dispone a entregar el poder a la mayoría negra, son muchos los que estiman que la soberanía de la nación afrikáner está de nuevo -y más que nunca- en peligro. De ahí que reivindiquen un «Volkstaat», un «Estado del pueblo», reclamado por la mayoría de los afrikáners y no sólo, como algunos quieren hacer creer, por la extrema derecha racista, liderada por el movimiento neonazi AWB de Eugène Terre-Blanche.

En efecto, incluso los más liberales y los más cultos no harían ascos a una porción de territorio en la que pudieran satisfacer su ansia de autodeterminación. Pero, ¿dónde se situaría este «Volkstaat»? ¿Cómo y cuándo se les concedería? Por eso, saltando por encima de las teorías y sin paciencia para esperar a que los políticos se decidan, o no, a concedérselo, un puñado de afrikáners, reunidos en torno a Carel Boshoff, profesor de Teología en Pretoria y presidente de la Fundación para la Libertad de los Afrikáners (Afrikáner Vryheid Stigting) pasó a la acción y fundó Orania.

La historia de Orania comienza con un pequeño anuncio en un periódico agrícola, en el que se solicita comprador para el pueblo. El pueblo está a la venta. Había sido construido en los años 80 para los funcionarios del servicio de Aguas y para los 65 obreros mestizos que trabajaban en la construcción de una presa en el río Orange. De ahí que contase con casas espaciosas, aunque prefabricadas, iglesia y escuela coquetas para los unos, así como un minúsculo municipio con sus calles de arcilla para los otros. En el mes de enero de 1990, la presa se terminó y las familias blancas hicieron sus maletas y se fueron. Entonces, antes que devolver a la naturaleza las 500 hectáreas de este pueblo artificial, el Gobierno decidió encontrarle un nuevo propietario. Toda una ganga para Carel Boshoff y sus amigos, que compran Orania y su centenar de casas por un trozo de pan: setenta millones de pesetas.

El único inconveniente: los obreros mestizos no se querían ir del pueblo abandonado por los funcionarios blancos. El enfrentamiento con ellos, para conseguir que abandonasen la aldea, se convirtió en «una sucia y triste historia», según Andre Van den Berg, uno de los actuales residentes de Orania. Y es que, por un lado los «intrusos», que estaban en paro, no tenían dónde ir. Por el otro, los nuevos propietarios estiman que han comprado el pueblo, pero no a sus habitantes. Además, los mestizos hubieran querido quedarse en esta comunidad con la que habían terminado por identificarse, no en vano hablaban ya el «afrikaans» y compartían su fe calvinista.

La asimilación de los 3,2 millones de mestizos en el seno de la nación afrikáner es objeto de una viva polémica, desde hace varios años, entre los propios afrikáners. En cambio, los afrikáners de Orania no se anduvieron con contemplaciones. «Una lengua y una misma religión no son suficientes para hacer que alguien forme parte de nuestra cultura. No tenemos los mismos valores ni la misma historia», explica el alcalde de Orania, Pielser Jerrie. Por su parte, ocupados en otras prioridades, el Gobierno y el Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela miran hacia otra parte y los mestizos son expulsados del pueblo.

Inmediatamente después de su salida, el Ayuntamiento restaura sus casas, que deben albergar a los obreros afrikáners, que reemplazarán a la mano de obra negra. Y es que los habitantes de Orania están decididos a cortar por lo sano y acabar con todos los compromisos y las medias tintas del pasado. En Orania, no está permitido siquiera contratar a criadas o a jardineros negros.

«Nos hemos vuelto un pueblo perezoso», susurra Désirée Adendorf, un jubilado que se ha convertido en el «patrón» del hotel de Orania. Demasiado viejo para poder cargar sólo con todo el trabajo de su pequeño hotel, Désirée intentó cargar algunas tareas ingratas sobre una mujer, joven y blanca, a la que contrató como ayudante de servicio doméstico. «Eso es trabajo de kaffir» (negro en «afrikaans»), le espetó ésta e inmediatamente se largó sin ni siquiera pedir su cuenta. Y como ella, otros muchos obreros llegaron e, inmediatamente, volvieron a irse, a pesar del paro creciente entre los miembros de la comunidad blanca. Y a pesar también de los interesantes incentivos que les ofrece el municipio. Por ejemplo, si para comprar una casa en la parte principal de Orania se necesitan casi cuatro millones de pesetas, las de la «Pequeña Felicidad», el antiguo municipio para negros, sólo cuestan setecientas mil pesetas para el que las quiera comprar o dos mil quinientas para el que las quiera simplemente alquilar.

Yendo de un lugar a otro con su pequeña familia, Van der Merwe oyó hablar de Orania. «Aunque no fuese por el trabajo, hubiera terminado por venir, dice este antiguo soldado, instalado aquí desde hace 18 meses. Estaba harto de los negros. No se valoran a sí mismos, no intentan superarse ni hacen nada para salir de su penosa situación».

En Orania, Van der Merwe repara los transistores y los televisores de todos los vecinos. Los otros cincuenta obreros encontraron trabajo en una de las 51 pequeñas empresas con las que cuenta la aldea: comercios, carnicería, taller mecánico y hasta pequeñas empresas que fabrican «clips» o muebles de cocina para toda la región. Es decir, no se trata de un nuevo retorno a la tierra para estos nuevos pioneros afrikáners, todos ellos de procedencia urbana y que están convirtiendo Orania en una próspera comunidad. Para eso, hizo falta dinero, dedicación y buena voluntad, como la de algunos jubilados, gracias a los cuales la ciudad cuenta con su café, su hotel, un dentista y un médico que atiende un hospital de nueve camas.

Para Yolande Potgieter y su marido, venir a Orania supuso «otros muchos sacrificios». El era empleado de los ferrocarriles nacionales y ella, del ministerio de Hacienda y, como tales, gozaban de una excelente posición y una bonita casa en una zona residencial de Johannesburgo. En Orania, se ocupan del único supermercado que hay. «No nos gustan los negros. Roban y matan. No es que neguemos que también hay criminalidad entre los afrikáners. Pero como los negros son diez veces más numerosos, eso se nota. Este es, de hecho, su principal problema. Si nosotros salimos mejor adelante, no es porque, en las zonas blancas, tengamos más dinero, sino porque nosotros tenemos dos o tres hijos y ellos, en cambio, tienen diez», asegura en un largo soliloquio la joven mujer, que parece totalmente convencida de lo que dice.

Deufie Van der Spuy procede de Natal. Está aquí porque quería terminar su vida en un lugar tranquilo y apacible. «Tenía miedo incluso de pasearme por la playa», explica la sexagenaria, feliz de haber cambiado «las verjas en las ventanas, los sistemas de seguridad y las alarmas» por la tranquilidad de Orania. Y es que, mientras Sudáfrica se ha convertido en el país más violento del mundo, en el que se han contabilizado 20.000 crímenes en el año 1992, en este pueblo sólo se ha registrado un robo de una bomba de agua desde que está habitado exclusivamente por los afrikáners.

Según sus habitantes, la receta del éxito de Orania se basa en la estricta separación entre su zona residencial y la llamada «zona de libre comercio», integrada por algunas tiendas, situados al borde de la carretera nacional. En la primera, no pueden entrar los negros ni los mestizos; en la segunda, en cambio, está autorizada su presencia, siempre que sea de paso. Ni siquiera ha sido necesario promulgar una ley para hacer cumplir esta regla, que se ha impuesto con toda naturalidad y que todo el mundo respeta. Además, los afrikáners saben ser «flexibles». Por ejemplo, cuando un empleado negro de la compañía telefónica o eléctrica tiene que operar en el centro de la ciudad, se le deja entrar. Asimismo, los conductores de camiones negros y mestizos pueden pararse en la zona comercial que está al lado de la carretera nacional a tomar una copa o comer un bocadillo. «La clave consiste en mantener el equilibrio entre los negocios y la tranquilidad», explica el presidente Van der Berg. Por eso, el antiguo propietario del Kaffe Asfaal, que se divertía azotando a los negros que se detenían en su local, ha sido expulsado.

«El racismo formará parte de la Constitución de los afrikáners durante mucho tiempo, porque durante medio siglo hemos creído en el poder de la discriminación para asegurar nuestra supervivencia como minoría», afirma Van der Berg. Hoy, en cambio, ya no se trata tanto de «poder», cuanto de consecución de una «entidad separada» para volver a lo que los fundadores de Orania creen poder calificar de nacionalismo «depurado», es decir, «un nacionalismo sin xenofobia y sin complejo de superioridad». De ahí que las esperanzas se vuelvan hacia las jóvenes generaciones de Orania. «Me gustan las canciones, los bailes y los poemas afrikáners y quiero que perduren. Y eso no es posible en un país en el que somos diez veces menos numerosos» explica con pasión Berthus, una joven estudiante de Pretoria, que se acaba de instalar en el pueblo.

 




Numancia en el río Orange.

Los afrikaners de Suráfrica cavan la última trinchera
 

06-07-1991



La nueva Suráfrica que está a punto de nacer provoca escalofríos en un buen número de blancos, para quienes supone un radical desplome hacia la africanización y el tercermundismo. Para los afrikaners, descendientes de los primeros blancos que se asentaron en el cabo y que consideran a Suráfrica como su país, se hace muy dificil pasar por el aro. Una minoría de esta desorientada minoría está ya echando los cimientos de un futuro Estado afrikaner en Orania, en la ribera del río Orange situada en el desértico suroeste de Suráfrica

Karel Boshoff, profesor de la Universidad de Pretoria, es el padre intelectual de lo que debería convertirse en el Estado Afrikaner de Orania, una escisión de la República de Suráfrica para acoger a un pueblo de 2,5 millones de personas que buscan la autodeterminación. "El afrikaner ama la libertad, luchó por ella durante 150 años y no va a aceptar la dominación extranjera, sea blanca o negra", dice Boshoff en su despacho de Pretoria. "El problema de los afrikaners es que están diseminados por todo el país", añade. Había que identificar un territorio que pudiera ser el Estado afrinaker. Boshoff concluyó que el relativamente despoblado oeste, apenas un millón de personas en casi la tercera parte del país, era la nueva tierra de promisión.

Estudios geológicos, de pluviometría y de aprovechamiento del Orange muestran que lo que hoy es un desierto podría convertirse en una zona capaz de sostener a cientos de miles de familias. "Antes tratamos de llevar a los negros a las zonas subdesarrolladas, pero la atracción del desarrollo les hacía volver. Lo que nosotros pretendemos ahora es dejar las zonas desarrolladas y empezar de cero con un sistema monocolor". Es un apartheid a la inversa, un gueto sólo para blancos en el que no habrá lugar para los negros: "Podrán venir, pero como visitantes, sin reclamar derechos ni poder político".

Dos trabas elementales obstaculizan el nacimiento de la imaginaria República de Orania: la escisión de Suráfrica y la presencia en el territorio de negros y mestizos. "El Gobierno va a ver que no es un precio muy alto a cambio de mejorar la situación", dice Boshoff. "La alternativa es una situación inestable en la que se verá que el Congreso Nacional Africano no tiene el monopolio de la violencia".

Boshoff asegura que la idea ha tenido buena acogida entre los blancos, "que se dan cuenta de que van a ser una minoría sin derechos", y confía en que la Constitución surafricana que ha de redactarse en un plazo de uno a tres años empuje a Orania a unos 300.000 blancos. "La situación va a cambiar tanto que Orania va a ser una idea atractiva", añade Boshoff.

Johan Moolman, un mecánico de la zona de Port Elizabeth, fue el primero en establecerse, aun antes de la compra del campamento, que el llarila pueblo, que se realizó el último día del pasado mes de febrero. Johan acaba de llegar de una semana de caza en el Kalahari, donde se ha hecho con más de dos toneladas de carne. Johan es un osazo de manos tremendas y carácter amable, un característico afrikaner. "He dejado atrás todo lo que era agradable y fácil para empezar una nueva vida desde cero. Tenemos que sacrificarnos para que la nación afrikaner y mis hijos sobrevivan", dice mientras entrega con parsimonia a su mujer, Candida, trozos de carne seca de jemsbok, el antílope surafricano, para colgar.

Moolman se ha montado una tienda de ultramarinos y un garaje en Orania, que para él es la última trinchera. Salió de Namibia hace años y ahor a tiene que empezar una nueva vida escapando otra vez de los negros, como Candida, de ascendencia portuguesa y huida de Angola.


Los negros y el poder

"Los negros sólo quieren el poder. Después empiezan a destruirlo todo. No hay más que ver el resto de África" dice Johan. La petición de Nelson Mandela de una Suráfrica unida le pone en pie de guerra: "Lo que pide Mandela y lo que va a tener es muy distinto. No es más que un negro imbécil. Puede pedir toda Suráfrica, pero a mí no me va a tener; puede comprar a los judíos... pero no va a tener esta tierra mía. Que vengan y lo intenten. No queremos guerra pero si la quiere va a tenerla".La Biblia es el único libro visible en casa de Johan y Candida, el libro que rige sus vidas y las de sus tres hijos. Candida habla en afrikaan y Johan lo traduce al inglés: "Mandela no tiene elección porque no cree en Dios, y Dios no va a permitir a Mandela o a nadie que nos quite esto."

A la hora del almuerzo a casa de los Moolman llega Ems van der Merwe, bibliotecaria jubilada que dice no haber sido nunca tan feliz como en Orania. Ems tiene en la cabeza que Suráfrica es víctima de un compló ateo-Iiberal-judeo-africanizante-marxista. "En Ciudad del Cabo han rodeado la ciudad", y describe círculos con la mano. "¿Por que se han establecido de esa forma estratégica? Ahí hay algo. Y el negro no puede organizarse; es cosa de los comunistas". La encargada de elegir los fondos bibliográficos para Orania dice también: "El dinero internacional quiere hundir a Suráfrica. Los Kissinger, Rockefeller, Rothschild... toda esa gentuza no quiere al afrikaner. Y vaticina: "No creo que llegue Navidad sin que haya sangre. Este Mandela cada vez pide una cosa distinta. No quiere negociar".

"Somos europeos en Africa; el conflicto procede de que África quiere ser África y que hay europeos", diagnostica Visser, responsable de la educación en Orania. "Yo no voy a aceptar un país gobernado por negros, que la experiencia en todo África demuestra que va al caos. Nunca han construido nada. La cultura blanca y la cultura negra son incompatibles. Ahora no estamos buscando soluciones para Suráfrica, sino para nosotros. Nunca me ha interesado la política ni soy violento, pero si me fuerzan a luchar, lucharé".
 

 


Volkstaat (

 

El Volkstaat (en afrikaans Estado del Pueblo) es una propuesta de autodeterminación para el establecimiento de la minoría afrikaner en Sudáfrica siguiendo principios federales, pero buscando la independencia total en forma de una patria para los afrikaners.

Algunos afrikanears han perseguido la autodeterminación e independencia mediante la creación de repúblicas bóer desde el siglo XIX. La pérdida de la autodeterminación y el fin del poder de la minoría en Sudáfrica han hecho resurgir esta propuesta.

Se ha hecho numerosos estudios y propuestas, pero parece que nunca ha tenido un apoyo mayoritario entre  los afrikaners. El apoyo se ha incrementado por la degradación de su calidad de vida en Sudáfrica.

Hay diferentes métodos para establecer el Volkstaat. Al margen del posible uso de la fuerza, la Constitución de Sudáfrica y la legislación internacional ofrecen algunas posibilidades. La dispersión de las comunidades afrikaners, que son minoritarias por todo el país, es un obstáculo importante para el establecimiento del Volkstaat, ya que los afrikaners no son mayoritarios en ningún área geográfica separada que se pueda sostener independientemente. Los propulsores de la propuesta han creado dos pequeñas comunidades, Orania en la Provincia Septentrional del Cabo y Kleinfontein en Gauteng, con el fin de llevarla a la práctica.

El gobierno sudafricano ha declarado que no dará, en absoluto, apoyo a un Volkstaat, pero que hará lo posible para asegurar la protección de la lengua y cultura de los afrikaner, así como de las otras minorías del país.

El caso de separatismo territorial entre los afrikaners no tiene tanta fuerza como las reclamaciones presentadas por otros nacionalismos étnicos como los de los kurdos, chechenos o tamiles.

 

A finales de los 80, el Afrikaner Vryheidstigting o Avstig (Fundación para la Libertad Afrikaner), creada por el profesor Carel Boshoff, propuso la creación de un Volkstaat en el norte de la Provincia Septentrional del Cabo, una zona rural y mínimamente desarrollada. Avstig compró la ciudad de Orania en 1991 y la convirtió en un Volkstaat modélico. Boshoff se convirtió en representante del Frente de la Libertad, un partido político que defiende el concepto de Volkstaat.

Orania está situada en el ápice más septentrional del original Volkstaat, en la Provincia Septentrional del Cabo y cerca del Estado Libre.
 

 Apoyo a la propuesta y medios para llevarla a cabo.

 

]Se llevaron a cabo dos encuestas entre los blancos sudafricanos, en 1993 y en 1996, con la pregunta "¿Qué te parecería la demarcación de un área para afrikaners y otros blancos sudafricanos en la cual pudiesen disfrutar de autodeterminación? ¿Apoyas la idea del Volkstaat?". La de 1993 dio el resultado del 29% de simpatizantes de la idea, y que un 18% considerarían la posibilidad de trasladarse. La de 1996, sin embargo, había bajado a un 22% de simpatizantes y sólo el 9% pensaba trasladarse. Por el contrario, la proporción de blancos sudafricanos que se oponían había aumentado del 34% al 66%.

La encuesta de 1996 mostró que "aquellos que en 1996 habían dicho que podrían considerar trasladarse al Volkstaat eran principalmente hombres de habla afrikaans que votaban al Partido Conservador de Sudáfrica o al Frente de la Libertad, tenían puntos de vista racistas (24% racistas, 6% ligeramente racistas, 0% no racistas) y no estaban a gusto con la nueva Sudáfrica democrática".[4] El redactor, sin embargo, no daba una definición de "punto de vista racista", y se podía confundir con posiciones de otros grupos.

Antes de las elecciones de 1999 se sugirió que el 26,9% de los afrikaners querían emigrar, pero como no podían, se mostraban partidarios de soluciones al estilo del Volkstaat.

En una conferencia de autodeterminación afrikaner celebrada en Orania en octubre de 2005, los intelectuales afrikaners mostraron poco entusiasmo por la separación territorial, y propusieron otras ideas, como la de un "ciber-gobierno".


Insatisfacción con la vida

 

La insatisfacción con la vida en la Sudáfrica post-apartheid suele citarse como indicación de apoyo a la idea del Volkstaat entre algunos afrikaners.

Una encuesta hecha por el Consejo del Volkstaat entre blancos de Pretoria, identificaron los siguientes problemas por orden de importancia:

Crimen
Problemas económicos
Seguridad personal
Acción afirmativa
Calidad educativa
Crecimiento de la población
Servicios sanitarios
Derechos lingüísticos y culturales
Vivienda
Otros
 

Ataques a granjas

 

Entre los afrikaners rurales, los crímenes violentos contra la comunidad granjera ha contribuido a endurecer sus actitudes. Entre 1998 y 2001 se produjeron 3.500 ataques a granjas por todo el país. Estos ataques han provocado la muerte de 541 granjeros, sus familias o sus trabajadores, en sólo tres años. La media era de dos ataques a granjas cada semana.

El Frente de la Libertad interpreta estos hechos como un tipo de violencia étnica que tiene como objetivo los afrikaner. A mediados de 2001, este grupo pidió a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que presionase al gobierno sudafricano para que hiciera algo para evitar la muerte de granjeros, definida por ellos como "masacre étnica". Su líder, Pieter Mulder, reclamó que muchos de los ataques parecían organizados, y que el motivo no solo era criminal, porque "en Sudáfrica crecía un definitivo clima antiafrikaner. Los asesinos de afrikaners a menudo eran aplaudidos por sus partidarios en los juicios".

Una Comisión Independiente creada por la Comisión Nacional de Policía, publicó un informe en 2003, donde indicaba que la población blanca no erea el objetivo exclusivo de los ataques, y que la proporción de víctimas blancas se había reducido en los cuatro años anteriores al informe.



Desempleo

 

A pesar del deterioro de su situación desde el fin del apartheid, los afrikaner tienen una de las tasas de empleo más alta del país. Los blancos (de los cuales cerca de la mitad son afrikaners) sólo tenían un índice del 10% en 2001 (la media nacional es del 37%), pero ha crecido un 197% desde 1995. Están desempleados un total de 228.000 blancos.[2]

La satisfacción laboral entre los afrikaners sólo es superada por la de los anglófonos, ya que un 78% respondieron a una encuesta que estaban "muy satisfechos" con su trabajo.[12] Sin embargo, la situación es peor que cuando había apartheid, cuando los blancos recibían un tratamiento especial, y ello puede nutrir de partidarios al Volkstaat.[9]

Uno de cada cinco blancos sudafricanos emigraron durante la década 1995-2005 a causa de los crímenes y de la Acción Afirmativa, iniciativa legal que pretende que las tasas de empleo reflejen la verdadera situación demográfica del país, cosa que hace que los afrikaner tengan dificultades para encontrar trabajo.


Emigración

 

Según una encuesta preelectoral de 1999, el 2,5% de los afrikaners querían emigrar, el 26,4% estaban dispuestos a hacerlo si podían y el 5,3% lo estaba considerando. La mayoría, sin embargo, el 64,9%, quería quedarse. La encuesta sugirió que el porcentaje de afrikaners que querían emigrar y no podían representaban el deseo de una solución como el Volkstaat.

Una nueva encuesta del Instituto Sudafricano para las Relaciones Raciales, realizada en septiembre de 2006, puso de relieve un declive estimado de la población blanca sudafricana del 16,1% en la década 1995-2005.


Situación actual para la creación del Volkstaat

 

Wingard afirmó en 2005 que sólo una "guerra civil" podía hacer que los afrikaner obtuvieran la independencia en cualquier parte de Sudáfrica.[9] El Frente de la Libertad Plus continúa dando apoyo a la idea, pero su apoyo electoral es bajo (1% del voto en 2006 sobre todos los sudafricanos, lo que representaría el 6% de los afrikaners).

Hay dos mini-Volkstaats, ciudades compradas como propiedad privada donde se practica el separatismo afrikaner. Un grupo menor que conspiraba establecer un Volkstaat por la fuerza fue desarticulado en 2003.


Volkstaat por la fuerza

 

- Die Boeremag (Fuerza Bóer) fue una organización separatista afrikaner violenta. La mayoría de sus miembros fueron arrestados en 2003 y acusados de traición.


- Frente de la Libertad

El Frente de la Libertad ha sido la mayor fuerza política que ha promovido la idea. Este partido político afrikaner tiene representación en el parlamento nacional y en algunos provinciales. Su apoyo, sin embargo, ha caído bajo los 140.000 votos, es decir, menos del 1% a nivel nacional en 2004. Ello significaría que menos del 6% de la población blanca afrikaner (2.558.958 según el censo del 2001) los apoya.


Volkstaat bajo propiedad privada

 

Se ha intentado crear un Volkstaat en la pequeña ciudad de Orania, en la Provincia Septentrional del Cabo. La tierra de la ciudad es de propiedad privada, y los afrikaners han sido animados por los promotores del proyecto, aunque pocos han respondido de momento: aproximadamente 600 habitantes en 2001, 10 años después de su establecimiento.

 

Se ha hecho otro intento de de asentamiento en Kleinfontein cerca de Pretoria (en el área metropolitana de Tshwane). Ambos asentamientos no son municipios y no tienen autogobierno legalizado ni ningún reconocimiento oficial. Sólo Orania ha reclamado al gobierno ser reconocido como municipio separado.



 

 


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